Bartual contra Bartual

He vuelto de las vacaciones y han empezado a suceder cosas raras. En Twitter, donde para que ocurra algo extraño debe ocurrir algo verdaderamente extraño. Inquietante de una manera singular.

Antes de eso, recuerdo llegar a una historia bastante curiosa, también de Twitter, mientras miraba con bastante suspicacia a un mastín enorme rondándonos la sombrilla. La historia, tuiteada por el dibujante Adam Ellis, trataba sobre el supuesto fantasma de un niño muerto que se le aparecía en sueños y empezaba a descolocarle la vida doméstica. El gato de Ellis se quedaba mirando la puerta, atento a algo o alguien plantado tras la misma. Ellis lo grababa. Ellis lo subrayaba: Mirad qué cosas tan raras está haciendo mi gato. Algo está pasando y estoy empezando a preocuparme.
Por supuesto, era un relato de Ellis con tuiter como procesador de textos, editor y distribuidor.

Dos semanas más tarde, el viñetista español Manuel Bartual escribe una historia bastante curiosa, también en Twitter, sobre unos acontecimientos bastante extraños que están teniendo lugar durante sus vacaciones. Hombres altos, dopplegängers, hoteles horteras, mensajes premonitorios escritos en  un rollo de papel higiénico. Lo tenía todo. Hasta forma de falso relato documental, un estilo exprimido y machacado incluso en plena ola de cejas enarcadas y encogimientos de hombros de eso-que-ya-no-se-puede-nombrar-pero-que-una-vez-se-llamó-Lo-Posmoderno.

Seguramente, si tienen una cuenta en el pajarito azul o conocen a alguien que la tenga o leen medios digitales o ven la tele o, directamente, no estaban en coma, seguramente conozcan el fenómeno Bartual. Hasta dónde ha llegado, la repercusión que ha tenido y, lo más interesante de todo, los beneficios creativos que ha reportado a su autor. Porque, según el consenso de la audiencia que, tuit tras tuit, ha ido asistiendo al relato en directo de Bartual, este ha compuesto una de las piezas más innovadoras, originales, eficaces, adictivas y (perdón) emocionantes a nivel literario que muchos aseguran haber leído recientemente.

Eficaz, lo es. Adictiva, también (o al menos con un potencial de enganche bastante notable). Emocionante, bueno, cada uno tiene su acepción de emocionante, así que mejor dejarlo ahí. Es en los cantos a su originalidad e innovación donde la cosa empezó a chirriar un poco. Porque, ¿sabía Bartual del tuit-relato de Ellis? ¿Ha sido coincidencia que comenzara su proyecto justo dos semanas después que el dibujante estadounidense? Es más: si (por fin) se estaba concediendo a gran escala valor cultural al material que gente con mucho talento lleva posteando desde hace años, en redes, blogs, tumblrs y HTMLs dadaístas, ¿no sería justo plantearse la recientísima obra de Bartual con los mismos términos con que juzgamos el resto de la cultura popular? ¿Dónde estaba la parte incómoda  de toda esta historia? ¿De verdad se trataba, como rápidamente se lanzaron a contra-criticar otros Autores, como Nacho Vigalondo, de pura y llana envidia, de reacciones vacías y sin fundamento cuyo único motor es un resentimiento con orígenes tan arcanos como el patio del colegio?

Me parecían cuestiones bastante interesantes y, en un momento de puro aburrimiento y duda existencial, se me ocurrió hacerlas en voz alta en Twitter, el medio de la enésima revolución literaria .

Alguien me llamó payaso y me dijo que “a Bartual no se le toca.” Lo de payaso lo entiendo; lo de la inmunidad crítica, no tanto. A otros usuarios les pareció interesante este punto de partida. Luego fueron apareciendo ecos de otras críticas y digo ecos porque nunca llegué a leerlas directamente. Se trataban más bien de reflejos revestidos con la indignación de quien criticaba a la crítica: “Ya están los haters”, “En este país lo único que nos gusta es destrozarlo todo en lugar de disfrutar sin más”. Ahora sí que estaba intrigado: ¿qué estaban argumentando los críticos del Fenómeno Yo, Yo Mismo Y Manuel? Quizá hubiera alguna idea interesante. En eso, quiero creer, se basa la gracia de que alguien pueda pensar en ti y en tu obra. Salvo contados casos de megalomanía egotista en los que la paranoia y la manía persecutoria te lanzan a escribir sobre post-censuras, cualquier/a autor/a o creador/a cuya obra salga (o tenga la intención) en busca de un público conoce las reglas del juego. Las acepta, se enfrenta a ellas y se pasa la vida aprendiendo a cribar a los trolls de los opinadores, a los opinadores con intereses personales de los opinadores sinceros, sean despiadados o lenitivos.

La contra-crítica de prevención, la que se lee sospechando vagamente de qué se defiende antes de conocer la ofensa, por su parte, actúa de manera tan eficaz como el troll que únicamente se pasa por la fiesta para desbarrar de forma a duras penas inteligible: cuidado con hacerte preguntas, cuidado con poner en entredicho parte del Acontecimiento Del Verano, ándate con ojo si se te ocurre no disfrutar sin más. Porque la duda, como en los corros más tristes y rancios de ese patio de colegio al que aludía Vigalondo, jamás se contempla si es mi disfrute lo que se pone en entredicho. Un placer privado que, por sincero y nada presuntuoso, solo por esas dos cualidades tan rematadamente raras en el discurso público, ya merece todo el respeto. Un respeto cuya defensa termina derivando en prepotencia.

Quizá tenga que ver con que, gracias a Twitter, ahora nuestro placer personalísimo y privado nos permite formar parte de algo mayor, algo colectivo, al momento. Dejar de sentirnos solos durante el instante que dura darnos cuenta de que los demás, un demás descomunal, un demás de 400.000 seguidores, están con nosotros. Es lógico defender con uñas a lo RuPaul y dientes a lo Nosferatu algo así. A todos nos ocurre. Sin embargo, y paradójicamente, el temor a no conservar inmaculada la fuente de nuestro placer nos hace más vulnerables, como quien teme conocer en persona a sus ídolos por temor al esfuerzo ímprobo que supone asimilar que un individuo extremadamente gilipollas pueda hacer maravillas con su Word, su cámara o su mesa de mezclas. Huír de ese conflicto es posible, pero alguna vez ocurrirá.

Personalmente, la historia de Bartual me ha resultado entretenida. Tiene el talento suficiente para hacerla funcionar, para haberla viralizado, para ensamblarla de una forma coherente. No creo que se trate de ninguna revolución literaria, ni transmedia. No creo que puedan juzgarse en los mismos términos a, digamos, Stephen King con los creadores de relatos de realidades alternativas. Son momentos y artefactos diferentes, cada uno con sus debilidades y virtudes en buena parte según las habilidades del creador. Sin embargo, había algo mucho, mucho más interesante que todo eso. Y era, de nuevo, el repentino y masivo reconocimiento (al menos en español) de material creado exclusivamente para difundirse por redes sociales.

Porque si, de una santa vez, le hemos otorgado de forma colectiva valor autoral a este tipo de contenidos, ¿qué ocurre con su relación con el relato de Adam Ellis? La proximidad en el tiempo de ambos, lo idéntico del formato y los beneficios para el autor “posterior”, Bartual, me llamaban bastante la atención. Personalmente, no era una cuestión de plagio ni de originalidad, términos anquilosados para entrar a valorar cualquier obra si se tienen menos de 70 palos encima. La cuestión era un poco más complicada que eso.

Digamos que un buen día se estrena Exit Throught The Gift Shop. Digamos que su difusión en España es ínfima, que pocos saben de ella y de su estructura, donde no queda claro donde empieza y donde termina la broma de Banksy, incluido ese tulpa desquiciado que es Mr. Brainwash. Digamos que un director De Los Nuestros ve la peli un par de semanas después de su estreno y, maravillado, decide hacer algo parecido. Muy parecido. Emplea el mismo formato (falso documental), el mismo género (falso documental de arte), los mismos mecanismos narrativos para enganchar al espectador (crónica en primera persona a través de una cámara analógica). Sustituye al grafitero por un linotipista burgalés. Le añade un par de elementos algo descabellados y lo estrena. España se rinde ante lo rompedor de la obra, alaban su originalidad, desde productores a maridos de estrellas del pop colombiano, desde periodistas de prime time dominguero a, en fin, tu novio el que No Se Pierde Un Solo Meme. Si tienes noticias de Exit Throught The Gift Shop, como espectador, sientes que hay algo complejo en la situación. Te invade la misma sensación suspicaz de cuando te enteras del inmediato remake estadounidense de una (trago saliva) “ficción de éxito europea”. Incluso en ese caso no te resulta tan incómodo como, hasta cierto punto, sincero en sus pretensiones. El remake es lo que es. Entonces, ¿qué es esto? ¿Inspiración? Inspiración, aparte de lo que me falta cuando subo una cuesta, es el cajón de sastre del debate cultural. Todo es inspiración, nada nace por sí mismo, ni siquiera el Monstruo Espagueti Volador. Tampoco valen las frases hechas soltadas por Picasso sobre el robo y el arte. Así, ¿qué narices es ese término que incluso se ha arrojado en bombas racimo sobre el origen del Fenómeno Bartual? Digamos que la inspiración, sin disfraces ni aliños indulgentes, es un punto de partida, uno o varios, con la hermosa capacidad de ramificarse hasta construir algo lo suficientemente complejo y diferente como para dejar de seguir captando tu atención y convertirse en algo más. En este hipotético documental a rebufo de Exit Throught The Gift Shop faltan demasiadas diferencias como para conformarse con un argumento del tipo: “el original fue simplemente inspiración.”

¿Entonces? ¿Copia? ¿Plagio? ¿Remake? ¿Una verdadera revolución del contenido donde todo se parece y todo es originalísimo al mismo tiempo porque tu audiencia así lo cree? No creo que sea ni lo uno ni lo otro.

Como en la (mitificada) serie B y sus directores, Bartual ha identificado un esquema, un formato y un género, casi inauditos en España. Ha decidido adaptarlo pocos días después del último “éxito” del género en EEUU. Le ha salido bien. Y de nuevo, la misma incomodidad, una que conformó la primera y, creo, única pregunta que ha terminado interesándome de todo el asunto: si como creador  uno de los beneficios que vas a obtener (para tu consideración como tal, para tu obra anterior) es ser etiquetado como Original e Innovador gracias a una obra que, eres consciente de ello, no lo es, una obra que viene a rebufo de una muy reciente, similar en muchos aspectos, ¿resulta honesto aceptarlo? ¿Resulta honesto atribuirse esos méritos artísticos por parte de la audiencia, esa exposición feroz en medios aplatanados por el bochorno informativo del verano?

Esta duda no es exclusiva del Último Gran Entretenimiento del Verano. Es la clase de duda que cualquier juntaletras, juntaframes o junta autotune (quiero creer, supongo que de forma bastante ingenua) tiene dentro de sí, aun en silencio, aun de forma siempre privada, con los dientes muy apretados en mitad del reconocimiento y el hashtag.

Preguntas que nunca están de más si reconocer el valor de lo que consumimos gratuita y frenéticamente refrescando el timeline es más que una excusa. Una para sobreproteger nuestro placer, sintiéndonos menos solos en el próximo acontecimiento inesperado.

Isaac Reyes

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By | 2017-08-29T19:11:45+00:00 agosto 31st, 2017|Sociedad|0 Comments

Sobre el/la autor/a

Nacido la semana antes de acabar la Guerra Fría. Se le da mejor hacer tartas de queso que escribir. Se le da mejor escribir que el kickboxing. Nunca ha practicado kickboxing. Por Dios, si hasta se asusta de su sombra.

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