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De la rosa sólo nos queda el nombre

De la rosa sólo nos queda el nombre

on Dic12

El nombre de la rosa (Jean Jacques Annaud)

Todavía recuerdo, siendo un recién terminado estudiante de Historia, la conferencia a la que acudí referente a la Edad Media y las órdenes mendicantes y su influencia en dicha época. Allí, un enorme fraile franciscano, cuyo hábito marrón parecía agrandarlo más aún, hablando una suerte de español con marcado carácter germánico, daba comienzo a su conferencia (que versaba acerca de las ideas que la Orden de frailes menores, fundada por San Francisco de Asís a inicios del siglo XIII, había aportado a la Iglesia Medieval) citando unas palabras de la colosal novela que Umberto Eco había publicado en 1980: El nombre de la rosa.
El joven novicio que cuenta la historia, Adso de Melk, le pregunta a su maestro al llegar a la abadía benedictina, casi al inicio de la novela:
“¿Creéis que este lugar está alejado de la mano de Dios?”
A lo que su maestro, Guillermo de Baskerville, responde:
“¿Conoces algún lugar donde Dios se sienta cómodo?”
Tras esto, el conferenciante iba desgranando filosófica y teológicamente cuáles habían sido las aportaciones de una de las órdenes religiosas más importantes e influyentes del cristianismo dentro del Iglesia Católica…
Aquellas palabras me hicieron recapacitar mucho, y me vuelven a hacer pensar cada vez que me permito el lujo de ver y disfrutar más que el primer día de la película que hoy nos ocupa; porque ese día descubrí que El nombre de la rosa es más que un libro; y más que una película.

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Nos encontramos en el siglo XIV, y hasta una abadía benedictina se dirige el franciscano fray Guillermo de Baskerville junto con un novicio a su cargo, el joven Adso de Melk, para participar en un debate acerca de las controversias del papado de Aviñón. Aquella llegada es vista por el abad como algo providencial, puesto que se ha producido la muerte sospechosa de uno de los monjes de la abadía; y Guillermo de Baskerville es precedido por su inteligencia, así como por su anterior “servicio” a la Iglesia: su cargo de inquisidor. Así pues, Guillermo se verá envuelto en un misterio detectivesco del Medievo, principalmente cuando se continúen produciendo las muertes, y los monjes teman que el demonio se haya introducido entre los muros de la abadía.
¿Acaso tienen los monjes razón, o los muros de la abadía encierran algo más que la famosa biblioteca por la que es conocido el lugar? ¿Qué o quién está detrás de las muertes que se suceden entre los muros del colosal complejo?
Desde su publicación, en 1980, El nombre de la rosa se convirtió en todo un fenómeno; no solo por sus espectaculares ventas, sino por la tremenda obra en sí que fue capaz de articular su autor. El nombre de la rosa no era, simplemente, una buena novela histórica, sino que supuso un antes y un después en la vida de su autor; donde se desgrana historia, política y filosofía entre todas y cada una de sus maravillosas páginas.
Todo lo relatado anteriormente, en lugar de servir de acicate y motivación para la prensa especializada, se volvió en contra del director francés Jean-Jacques Annaud cuando estrenó su superproducción coproducida por Francia, Alemania e Italia, y que versionaba (es imposible trasladar a la gran pantalla la complejidad de la historia entretejida por Eco) la famosa obra. El libro era tan grande que cualquier película se le antojaba pequeña…

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La crítica se ensañó cuando, en el año 1986, se estrenó el film en olor de multitudes en Florencia. Allí se encontraba toda la flor y nata de la cultura italiana, toda la crítica y los principales medios de comunicación, ávidos de ver el resultado de un presupuesto estratosférico para una producción europea basada en un libro genial. “¡Qué delito esta rosa!” o “da sólo lecciones elementales y suscita débiles emociones” fueron algunas de las lindezas con las que algunos de los principales rotativos italianos despacharon la película al día siguiente.
¿De verdad era tan decepcionante la versión cinematográfica? ¿No había nada digno de reseñar en la obra de Annaud? El tiempo y una visión relajada de la película nos ofrecen una versión muy distinta. El nombre de la rosa es una tremenda película que nos ofrece algunas de las escenas más memorables de todo el cine de los años ochenta; pasen y lean nuestro análisis de la película más conocida de su director.
Existe un hecho incuestionable (o casi) cuando el mundo del cine se enfrenta a una película histórica: el Cine y la Historia no son buen matrimonio. Pueden ser buenos amantes, de la confrontación de ambos pueden salir resultados espectaculares, de esos que echan chispas, pero no nos confundamos: no intenten ver una película histórica con un historiador, o les arruinará las dos horas de entretenimiento: fallos, inexactitudes y objetos o monumentos fuera de contexto llenan por doquier el metraje de algunas de las películas favoritas del gran público. Lo dicho: amantes fugaces para dos horas de fuegos artificiales, pero no estamos acostumbrados a ver auténticas recreaciones veraces de las épocas pasadas.
Jean-Jacques Annaud tenía clara esa idea, y quiso desterrarla; para ello, ni más ni menos que siete historiadores se contaban entre la plantilla de El nombre de la rosa, para intentar ser lo más fieles posible (dentro de los límites lógicos del cine) a la Edad Media. El resultado, en líneas generales, resultó ser muy bueno. Uno de los grandes aciertos de la película es conseguir trasladarnos en parte a esa época tan desconocida y vilipendiada como es la Edad Media y su sistema de pensamiento. Guillermo de Baskerville y Adso de Melk se enfrentarán, dentro de los muros del monasterio, a toda una galería de personajes variopintos que, rodeados por unos espacios que ayudan a interiorizar la idea del periodo histórico en el que nos encontramos (los interiores se rodaron en la abadía de Eberbach, en Alemania) mostrarán algunas de las características e ideas más extendidas durante esa etapa: el teocentrismo asfixiante, la doble moral y la difícil convivencia de una Edad Media que estaba llegando, poco a poco, a su fin, se dan cita durante la película. Tan obsesionado se encontraba el director con la idea de intentar ser fiel a la época que mandó teñir a los cerdos que aparecen en el film de negro por recomendación de uno de los historiadores del equipo. No podemos olvidar aquí el maravilloso trabajo que desempeñaron profesionales como Tonino Delli Colli en la fotografía, James Horner con una banda sonora ciertamente desasosegante en algunos instantes, y Gabriella Pescucci en un soberbio diseño de vestuario.
Annaud ya había tenido el primer acierto, pero le quedaba otra prueba de fuego si quería pasar con nota a la historia del Cine: ¿qué es una película sin la interpretación de grandes profesionales? Así que comenzó la búsqueda de esas “caras” que le dieran solidez a un guion lo suficientemente sólido ya de por sí. La prioridad era encontrar al astuto Guillermo de Baskerville, el fraile inglés capaz de desentrañar el misterio de la abadía. Varios nombres eran los que se manejaban para el mismo: Marlon Brando, Ian Mckellen, Michael Caine, Robert DeNiro… aunque finalmente fue un escocés, Sean Connery, el encargado de realizar uno de sus mejores trabajos para la gran pantalla. Un actor acostumbrado a los papeles de antihéroe como F. Murray Abraham sería el inquisidor Bernardo Gui, y un sólido Michael Lonsdale el preocupado y asustado abad encargado de servir de puente entre los partidarios del papado y los del emperador. Para completar el elenco, un joven y desconocido Christian Slater daría voz y vida al novicio Adso de Melk.
Pero no nos confundamos, como la abadía en la cual se desarrolla la historia, la película esconde más de lo que parece… que el brillo de las estrellas principales no nos ciegue ante el papel fundamental que juegan los actores de reparto de la obra: personajes grotescos, monjes villanos y ladinos que comparten una característica común: la fealdad. Una fealdad que era muy importante en la historia para darle veracidad; la fealdad de una época en la que la comida y el bienestar eran escasos. Una serie de personajes grotescos que poco o nada tienen que ver con los héroes y heroínas hermosos de la mayoría de las películas medievales. Uno siente casi cierta repulsión ante el desfile de personas que va apareciendo conforme avanza la película, y que parece que, como el retrato de Dorian Gray, llevan marcado en su físico el pecado interior que cometen en su día a día.
Un ambiente desasosegante el que rodea a una película muy poco estética desde el punto de vista de la belleza formal tal y como la entendemos hoy día dentro del mundo del cine; pero que precisamente le otorga trazos de veracidad desconocidos dentro del subgénero del cine histórico. Un film maravilloso que no se puede juzgar con la medida del libro, sino que ha de ser disfrutado tal y como su director lo concibió, para así poder apreciarlo en toda su belleza y su genialidad.
El nombre de la rosa es una gran obra cinematográfica, filosófica y moral, que nos habla de una época y de unos personajes que viven empecatados por sus propias contradicciones y perseguidos por sus propios fantasmas del pasado; en una abadía que oprime moralmente las almas de sus habitantes tanto como sus impresionantes muros a los cuerpos de los mismos.
Una película donde se enfrentan la rigidez contra la libertad. La certeza y la duda. La moralina contra la moralidad. El Bien contra el Mal encarnados en hombres entregados, irónicamente, a una misma vida pero que representan las dos caras opuestas del mundo.
Cita Umberto Eco al benedictino Bernardo Moliarcense en su escrito De conptemtu mundi: Stat rosa pristina nomine, nomina nuda tenemos (de la antigua rosa solo nos queda su nombre), en alusión a la pérdida de la memoria y del significado de las cosas. Tras ver esta obra maestra, se puede estar seguro de que Jean-Jacques Annaud consiguió, al igual que Umberto Eco con su libro, capturar un trocito de Belleza, de esa que será imposible olvidar; ni su perfume, ni su legado, ni lo que nos hizo sentir cada vez que nos enfrentamos a ella… disfrútenla.

Carlos Corredera (@carloscr82)

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