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Crónica SEFF. Día Uno

Crónica SEFF. Día Uno

on Nov8

Según el mapa físico-político que acabo de colgar en la pared de mi habitación, Europa es un páramo hostil sembrado de calamidades, pavor y cenizas morales humeantes, con el cabalgar de los cuatro zopencos del Apocalipsis resonando en los confines del continente.

En lugar de banderitas de colores saturados, en mis líneas fronterizas aparecen sinopsis de tres palabras y títulos de películas: es mi lista personal de películas autoasignadas para la undécima edición del Festival de Cine Europeo de Sevilla, que continúa denominándose oficialmente Seville European Film Festival por motivos de mercadotecnia. El inglés suena (y el canto se avecina duradero) a progreso, a cosmopolitismo, a Eh Mundo Estamos Aquí.

Sin embargo, el SEFF continúa siendo un festival, a lo sumo, de audiencia nacional. Por más que los coches floten a la deriva en cuanto caen cuatro gotas, esto no es Venecia. Por más que el verano se desparrame hasta finales de Octubre, esto no es Cannes. Aquí no acuden en peregrinaje de hotel de tres y cuatro estrellas críticos de jersey gastado ni los popes de puro humeante de la industria. Tampoco las colas para sacar entradas son de una orgía lingüística universal. A lo sumo, lo más exótico que puede oírse es a un Erasmus parlamentando con uno de Guipúzcoa cursando su cuarto año de medicina aquí.

Y pese a todo, una semana antes de su inauguración, el SEFF decidió presentar su programación en Madrid, una decisión verdaderamente coherente con lo que significa intentar prosperar dentro del mundo cultural si partes de la base de haber nacido a este lado de Despeñaperros: si quieres que te hagan caso, asume que la capital lo devora y lo regurgita todo. ¿Merece la pena? Quién sabe. Una buena parte de mis conocidos emigraron al capricho urbano de Felipe II convencidos de que allí les espera el futuro.

A mí en cambio, cuando pienso en Madrid, se me viene a la cabeza el nutrido y variado rango cromático que va del gris al negro espacio sideral.

Así que visto de esa forma, al menos el festival es coherente con buena parte del espíritu de los aspirantes, arribistas, profesionales y sacrificados del mundillo, un logro del que no todos los eventos culturales de este país pueden presumir.

Mirando como un pasmarote las colas de las taquillas uno puede detectar cierta depuración brutal en el tipo de público con respecto a otros años. Al menos tanto la jornada previa como este primer día, la división es considerable: damas y caballeros de cincuenta para arriba, entusiasmados, y universitarios, entusiasmados, normalmente barbudos. Allí, a lo lejos, ceñudos, transhumamos la prensa acreditada, temerosos del Programador como un campesino medieval de la azarosa cólera divina.

Qué envidia me dan esas parejas de pre-jubilados. Qué recuerdos todos esos estudiantes con el baile de San Vito en la cara, reagrupándose para orientarse sobre qué sala toca ahora y a quién han reconocido merodeando por los pasillos.
Todos tienen amor, todos tienen entusiasmo y yo tengo un cacho de plástico con mi foto impresa en blanco y negro y una Responsabilidad y Deber para con ustedes y para con mi sentimiento grupal como Profesional Altruísta. Eso debe significar algo, ¿no? ¿NO?

Este año la organización del festival ha decidido volver a los cines Nervión Plaza y lo primero que llama la atención son unos paneles alrededor de las puertas de acceso a las salas con los números de las mismas, colocados a modo de posición de salida para los 500 metros lisos, una medida muy inteligente por parte de la Organización teniendo en cuenta el drama de campo de refugiados palestino que se representa en cada subida al autobús en esta ciudad en cuanto se juntan en una misma parada más de seis pasajeros.
Punto a favor para la recolección y manufacturado de asistentes.

LEVIATHAN (Andrey Zvygagintsev, 2014)

Uno de los anzuelos retóricos del redactor de los resúmenes de las películas del programa de mano del festival son los monstruos de Frankenstein, esos seres de ultratumba cosidos con hilo bastante grueso. Según el Redactor, hay que andarse con ojo, porque Zvygagintsev es un “eslabón entre Tarkovski y Balabanov”. He buscado una foto y la verdad es que no se parecen en nada; ni tiene mostacho Charles Bronson como el director de Stalker ni el aspecto de trabajar en una gasolinera de autovía de Balabanov. Más bien podría pasar por el hermano perdido de Juan Carlos Monedero. Así que debe referirse al estilo cinematográfico o al contenido o a cualquier otra conexión mucho más vaga y peregrina.

A mí, personalmente, las referencias, influencias y deudas de un realizador me dan bastante igual o, al menos, me resultan de todo punto irrelevantes salvo si deben agradecerle una muestra de virtuosismo o el haberte dejado clavado en la butaca. Siempre resulta reconfortante escuchar a un director sincerándose en un acto de humildad, agradeciendo todo lo que aprendió viendo a tal o cual o leyendo a este o a aquel.
Leviathan, en resumidas cuentas, es el tipo de película del SEFF que, más para mal que para bien, uno recuerda como arquetípica al evento: la premisa no está nada mal, pero la duración y el contenido terminan traicionando la intención. Porque, la verdad, no está nada mal que un director de cine se preocupe por describir las ciénagas hediondas donde burbujean la corrupción, las miserias personales y las putrefacciones políticas de su propio país, un interés prácticamente inexistente en nuestra cinematografía, cuando no dulcificado bajo esos formatos televisivos (o de aspecto teledramonesco) de tonos pastel y torsos clonados a partir de un cuádriceps de Mario Casas. El eterno problema, como siempre, es que la intención y esa abstracción conocida como el tema no bastan ni para consumar una buena película ni para hacer justicia al trasfondo. Si por algo puedo afirmar que Leviathan es la típica película parida por el SEFF es por su total indiferencia a la hora de jugar con la dirección, recurriendo al estilo seco de un cine “directo”, frío, cuya esencia hace ya mucho que se desvirtuó hasta límites absurdos. No basta con asistir a más y más minutos de conversaciones y situaciones “normales y corrientes” para conmover o concienciar o siquiera interesar al espectador. Es cierto que determinados momentos (una fiesta de cumpleaños campestre a base de melopeas de campeonato a base de vodka y, por qué no, concursos de tiro al blanco con fusiles de asalto; el paulatino envasado al vacío a base de odio y desprecio mutuos entre el abogado del protagonista y el alcalde filibustero) denotan cierto talento, cierta mano detrás de las cámaras y la producción, pero los destellos no son suficientes para iluminar todo el conjunto. Y al final, pasados los 141 minutos de rigor, cuando uno recurre a resumir lo que ha presenciado se encuentra con que sale igual que ha entrado: sabe de la existencia de interfectos despreciables colocados a dedo, sabe de lo que son capaces esos individuos, sabe de la pandemia de dipsomanía feroz que, aparentemente, causa estragos a lo largo y ancho de la Federación Rusa y sabe que los hijos lo pasan de puta pena cuando descubren que el padre o la madre le pone la cornamenta suprema al cónyuge y el pastel se desvela.

Si una película no ahonda más allá de lo que puede leerse hoy por hoy en cualquier medio especializado (o simplemente generalista) en asuntos de la Madre Rusia, ni tampoco quiere ni persigue un sentido lúdico ni cinematográficamente desafiante, ¿qué nos queda?

Queda, creo, me temo, un cine ligeramente arrogante, el cine del Esto Es Lo Que Hay Y No Es Necesario Decir Más.

Pero siempre hace falta decir más. O mejor. O diferente. Para hacer justicia o para contar lo que va siendo hora de contar.


Silvered Water, Syria Self-Portrait (Ossama Mohammed y Wiam Simav Bedirxan, 2014)

 

La primera victoria de Silvered Water es, sin duda, sobre el cinismo. El de cualquiera que se haya sobreexpuesto a todos y cada uno de esos vídeos grabados con el móvil pertinentemente editados para el informativo del mediodía de miles de cadenas de televisión, de Kuala Lumpur a Canal Sur.

¿Quién necesita más de lo mismo, otra tanda de expresiones congeladas entre el desconcierto y el segundo previo a reconocer tu propia muerte concedida por medio del disparo de un francotirador, otra galería de orificios de bala y niños asesinados envueltos en mantas como se clasifica la compra del día, una cotidianeidad devastadora?

Esta misma pregunta encierra parte de la respuesta.

Por más de Perogrullo que resulte, no es lo mismo asistir a minuto y medio de horror todos los días que exponerse al mismo durante, digamos, hora y media, del mismo modo que no es lo mismo someterse a la lectura intensiva de un libro durante dos horas que convencerse de ser un erudito literario por pasarse el día ojeando tuits.

Y aun así, dirán, vale, ¿acaso no estamos igual de sobreexpuestos a documentales sobre calamidades genocidas en Palestina, en Irak o en cualquier otro hormiguero bañado de fósforo occidental en Oriente Medio? Tal vez. Pero tal vez ese espíritu cínico tan comprensiblemente vinculado a la repetición mecánica del sufrimiento, mediático, inmediato o apartado a miles de kilómetros, pueda y deba venirse abajo y eso solo puede lograrse depositando tan siquiera un leve rastro de confianza. ¿En quién? En principio uno puede pensar en los directores y esto, qué quieren que les diga, sería cometer una injusticia atroz.

No es Ossama Mohammed, director sirio con más de dos décadas de experiencia a sus espaldas, exiliado en París desde el estallido del consabido conflicto, no es él quien merece los honores de semejante mérito. Es Simav, la profesora de primaria atrapada en el asedio a Homs, a la que uno debería darle las gracias por arrancar de cuajo las precauciones distanciadas.

Compuesta en buena parte a través de cientos de secuencias grabadas con la cámara de teléfonos móviles, Silvered Water se divide entre los lamentos de un director forzosamente exiliado y la demoledora evolución de una mujer que asiste entre el shock, el derrumbe y las fuerzas sacadas de uno no sabe bien dónde. El comprensible dilema de Ossama en torno a su supuesta cobardía abandonando el país, insinuando cierta pugna personal sobre su deber como cineasta y su más que humano temblor de piernas con solo imaginar volver a Siria, transita de lo conmovedor a lo cargante, especialmente cuando, para compensar la distancia, no se le ocurre otra cosa que marcarse un Leon Siminiani y empezar a grabar barandillas, poyetes y planos detalle de escaleras mecánicas. Y mientras tanto, mientras Ossama introduce más sonidos de Mensaje Recibido de Facebook y nos narra su parte de las conversaciones con la profesora y le pone un plástico a la cámara para que no se moje con los chubascos parisinos (?), es ella la autora de escenas auténticamente perturbadoras, no por su crudeza “corporal”: nada de adultos bañados en sangre, nada de cadáveres con menos de cinco años entre los escombros. El impacto de lo que Samvi registra con su cámara reside en la irrealidad de esa ciudad vacía, un Homs tan demencialmente ruinoso, pleno en un silencio puntuado con artillería en la distancia, que cuesta creer que nada de eso haya tenido lugar.

Y sin embargo, ha ocurrido. Y sin embargo, soy consciente de todas las reflexiones y valoraciones muy sesudas y profundas que a lo largo de mi vida he leído y escuchado sobre la certidumbre de la imagen, sobre andarse con tiento sobre lo que uno ve. Basta con admirar el trabajo de Errol Morris para prevenirse de por vida. Y aun así, no es suficiente. Samvi vaga entre las fachadas voladas por los aires, Samvi se cruza con gatos mutilados, Samvi hace malabares imposibles entre la cordura y la enajenación, abriendo una escuela, enterrando alumnos, refugiándose en armarios. Entonces, cuando uno ya hace oídos sordos tanto a la voz compungida de Ossama como al cadáver de cinismo académico inevitablemente implantado por motivos que no voy a pararme a describir, aparece en escena Omar.

No recuerdo qué edad tendría, probablemente no más de cinco años. Se acerca a las tumbas de sus padres, conversa con ellos como quien se dirige a un familiar al otro lado de la puerta, les pregunta, se responde a sí mismo, recoge flores, sopesa las posibilidades de que en este o aquel camino les espere un francotirador, trota como buenamente puede cuando Samvi le pide evitar a uno de ellos. Horror y muerte asimilados, filtrados con una eficacia aterradora a través de la ingenuidad de un crío para el que la muerte es un concepto a la altura de decidir si arranca una hoja de vid para la fosa donde yace su familia.

Para los más suspicaces: en efecto, la profesora de primaria teme tanto a los psicópatas de Al Assad como a los libertadores envenenados con el velo en la mano y el Corán en la otra.

Si pueden, háganse un favor, desconfíen del auto-retrato mencionado en el título (porque esto no es Siria ni tampoco Ossama), desconfíen de su ávido apetito por informaciones contrastadas y valoraciones geoestratégicas. Esta no es una película para su uso y disfrute catártico ni “humanizante”. Es, ante todo, el desconsolado (re)descubrimiento de que las consecuencias más insoportables de la guerra no se miden en depósitos de cadáveres y fosas comunes, sino en los purgatorios mentales de los supervivientes.

 

GIRLHOOD (Céline Sciamma, 2014)

Ánimo. Alegría. Somos jóvenes y acreditados, la marca queda pero el festival sigue.

En una muestra de total e injustificable falta de profesionalidad, confundo los horarios de mi última proyección. Cagada. El Voluntario Jefe de las salidas de los 500 metros lisos me informa, con la amabilidad profesional de un padre explicando a su hijo que aplastarle la cabeza al periquito significa muerte irreversible, que la sesión ha empezado hace ocho minutos, lo que quiere decir que hace ocho minutos que la sala ha sido sellada contra cualquier acreditado incapaz de echarle un ojo a la programación mientras se zampa su ración nocturna de proteínas en vena. Impasible pero cándido, por eso le han adjudicado el poder de la carpeta azul con el logo del festival.

Dita sea.

No problema.

Por los pelos, consigo meterme en Girlhood, en original Bande des filles. En español, sería algo así como Tías.

Chica del barrio periférico quiere seguir camino correcto en la vida, esto es, acceder al instituto y luego, quizá, a una carrera universitaria. No lo consigue, por sus malas notas, por los motivos subyacentes a no poder sacar mejores calificaciones. Se cabrea, se resigna y termina en una banda de tunantes con navaja. Roban, se pelean en luchas tribales de uno a uno, se lo pasan de fábula y, zasca, la cruda realidad. Chica del barrio quiere huir de casa por culpa de un hermano matón, a chica del barrio le vende la moto el traficante de medio pelo local, chica del barrio en la encrucijada.

Fin.

Usted ha oído esta historia chorrocientas mil veces. Usted, en cambio, probablemente se la imagine de forma diametralmente opuesta a, digamos, un servidor. Habitante de la periferia, si alguien me contase todo eso, no podría más que levantar un decorado de edificios de fachadas leprosas, bolsas de plástico y envoltorios de todo tipo imaginable de chuchería enriquecida químicamente revoloteando hasta estamparse en la verja del parque, coches con los tambores de guerra de un DJ con nombre de pastilla para la tos atronando a lo largo de una avenida y un par de detalles más que, ni de lejos, construirían una escena estéticamente atractiva. Sin embargo, en la banlieue parisina de Girlhood todo es tan limpio y pulido y las chicas tan monas con uniformes barriobajeros equivalentes a lo que por estas latitudes es la última moda en cualquier escaparate de H&M, que cuesta apiadarse o siquiera comprender la crisis existencial de vivir en un gueto marginal. Con la película de Sciamma me ocurre exactamente lo mismo que con las desventuras de Lena Dunhamm en Girls. Sus dramas (Dunham vive en Nueva York a costa del dinero de sus padres, Dunham está de prácticas en una editorial, Dunham quiere ser escritora, Dunham se tiene que buscar un currelo para financiar su piso en Nueva York (¡!), sus obstáculos y sus apartamentos compartidos son, a este lado del charco (y concretamente, apunten un poco más abajo, a este lado de la europeidad), poco menos que un sueño persa. ¿Significa esto que, de nuevo, uno cae en la perpetua distorsión comparativa sobre lo que es miseria y desaliento para uno es lujo y oropel y su caviar señor para otros?

Quiero creer que no.

En el fondo, la óptica (física y figurada) de esos banlieue y los bloques de pisos donde se apretujen los chavales con esperanzas de una vida fulgurante en la capital del mundo o, sin más, de los marrulleros motorizados de mi propio barrio varía drásticamente en función del origen.
En un determinado momento de Girlhood, las chicas alquilan una habitación de hotel, fuman, se prueban vestidos birlados, culminando con un playback sobre filtro azulado que no puede más que recordar (o, mejor dicho, tratar de meterle a uno en el coco a martillazos) la fantástica imaginería de neones, fosforescencias y joie de vivre ultracondensada de Spring Breakers.

Con la sutil, decisiva diferencia entre Harmony Korine y Céline Sciamma.

Para uno, los suburbios son una oportunidad para componer a través de la fiebre imágenes únicas, elaboradas a través de lo grotesco y lo absurdo (de Gummo a Julien Donkey-Boy), para otra, el extrarradio es un paseo turístico donde el autocar repleto de profesores universitarios, sociólogos de profesión o por afición y espectadores de clase media se lamentan de quienes “no lo tienen tan fácil”. De nuevo, el fantasma de lo que ya sabíamos rondando la necesidad imperiosa de hablar de ciertos asuntos, todo con un envoltorio de etalonaje inmaculado.

Isaac Reyes

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