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Ojos nuevos, ojos nuevos

Ojos nuevos, ojos nuevos

on Dic23

Después de clavarle objetos punzantes a un toro, incendiar los cuernos de los toros, comerse el rabo trasero de los toros, hacer correr toros por una cuesta, marear toros sin matarlos, recortar la silueta de un toro y colocarla en lo alto de un monte para promocionar vino, descabezar a un toro para colgar la testa en un bar empapelado con carteles de corridas de toros, arrojar toros al mar por el espigón de un puerto e imprimir caricaturas de toros en camisetas para alemanes a la parrilla, renegar del pasado es una de las tradiciones españolas favoritas de toda generación. El nacional catolicismo jamás ocurrió, su abuelo, su padre, usted, jamás tuvieron nada que ver con el Centinela de Occidente por Accidente. ¿El PC? El tito jamás creyó en fórmulas de rojos. ¿Felipe? ¿Quién es ese? ¿Los calcetines blancos de tenis con dos franjas rojas? ¿Cuándo me has visto tú con semejante adefesio? ¿Eh? Que te parto la boca con la bota.
Pegarle un señor barrido al sustrato mental en descomposición que ha alimentado la raíz de lo que uno es hoy día también es deporte nacional en el país de los que se ganan la vida dándole a la quijotera. Pregunten, pregúntenle a su escritor favorito o a su sobrino el incipiente videoartista por las apetencias culturales de hace diez, qué digo diez, cinco años. Verán como, progresivamente, los músculos habitualmente empleados en recitar directores y juntaletras de sapiencia dificultosa para el simple mortal se van agarrotando. La parálisis facial total da paso a un leve, casi imperceptible, flaco hilillo de voz que dice: a mí siempre me gustó mi devoción del momento. Y si se escapan referentes tan respetables como Los Chichos, Benny Hill o Davor Suker, será en medio de un proyectil verbal propulsado con toneladas de ironía y un par de gin con fantalimón.
Por eso, desde este humilde pasquín suyo, apelamos a levantar la baldosa, recuperar el destierro todas esas series, excursiones al zoo cuando su novia no les recordaba que los zoos son el Austzwichtz del reino animal, antologías infantiles, discos infames y, en fin, la chicha del alma que les ha amenizado la vida hasta el presente. Tampoco les estamos incitando a que lo defiendan subidos a un campanario rifle en mano. Si los muertos tienen su día, los restos culturales de cada fulano también merecen los suyos, recontracaramba.
Lo que sigue es el particular altar funerario de este redactor, esclavo, siervo, bautista suyo:

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Mr. Bean
Cuando el homo cultureta crece, el nombre de Rowan Atkinson sólo sale de su boca para relacionarlo con Black Adder o con lo estratosféricamente buena que está su hija. Sin embargo, todo el mundo sabe que Atkinson es Mr. Bean, como Hitler es el ejemplo para todo o el Erasmus el pase de temporada para asistir en primera fila al crecimiento de una cornamenta de venado alfa. Quien les escribe descubrió la serie a muy temprana edad. A los cuatro años, moco arriba, moco abajo. No tenía ni idea de qué trataba, ni de por qué ese caballero se daba la zamba padre desde el cielo en la cabecera de cada capítulo, ni de las razones que tenía mi abuela, sorda de nacimiento, para encontrar la serie tan divertida a pesar de que la mayoría de las situaciones le eran completamente ajenas. Quizás fuesen las caras que ponía el tipo, quizás el uso del gesto y el cuerpo á la Jacques Tatí, quizás la genial idea que tuvieron los guionistas de encarnar al archienemigo de Bean en una furgoneta de tres ruedas, azul, siempre inoportuna y casi siempre defenestrada en un acto de gloria y victoria definitiva de Atkinson. Su mejor amigo era un osito Teddy de cuello flojo; su intento de novia, una tiparraca de mueca avinagrada que se la termina pegando en mitad de la discoteca; su empleo, desconocido (salvo en la primera película, que, cual correligionario de Star Wars, me arrogo la capacidad de no incluir en el multiverso mrbeaniano). Entiéndanme bien: Bean es un psicópata de tomo y lomo. Puede que todavía ni exista la definición clínica precisa para el comportamiento de este hombrecillo inglés, parido como solo puede parir la madre inglesa interfectos socialmente abrumados, mortalmente aburridos, personalmente frustrados, empaquetados en trajes de tweed y corbatones rojo hemofilia. De tener lugar fuera del plató, las peripecias de este hombre estarían a un tris de conducirle al homicidio involuntario, la masacre en centro comercial o la presidencia de su comunidad. Mr Bean es la tragedia del hombre vestido de adaptación incapaz de incluirse en ninguna situación, ningún entorno, ninguna acción social por banal y ligera que parezca. ¿Su vida emocional? De risa verbenera. ¿Su situación laboral? Bueno, en un acto de autoprofanación y apelando a la primera peli, el buen hombre se dedica a ejercer de tiesto humano en el British Museum. Ni tan siquiera puede ir a misa sin ganarse el odio vikingo de los feligreses. Y es ahí donde, cáspitas y centellas, reside la gracia más profunda de todas. Como todo payaso que se precie, los traspiés con los que se marca el cha-cha-chá de esta marginalidad son mucho más que un slapstick mudo. Es el caos de la rebelión sin proclamas, ni estribillos, ni el ceño fruncido ni la comisura del labio estirada hasta la fosa nasal derecha. Sencillo y vulnerable como cualquiera de nosotros en mitad de una oleada de guano y confusión, Bean tiene el talento (no intencionado, no reflexionado, como aparecen los dones por naturaleza) de machacar las convenciones a costa de su propio ridículo. ¿Que no le sale menear el esqueleto en la pista de baile? Bueno, es que hay (habemos) pobres desgraciados nacidos con el palo mayor de un velero clavado en el espinazo. ¿Que paga una entrada para una atracción de feria y se aburre? Pues en lugar de farfullar y postearlo en Facebook y dar la brasa matutina a todo mamífero bendecido con un par de orejas, Bean ejerce su liberal derecho de manipular el mecanismo de control, pagar otra entrada y disfrutar con la centrifugadora humana que acaba de fabricarse él solo, con niños y padres saltando por los aíres. ¿Que no tiene ni idea de los ritos y etapas de la liturgia cristiana? Pues se los inventa sobre la marcha. Quiere formar parte de ello. No sabe por qué, pero quiere. Y en la ignorancia provoca el desastre. En la ignorancia destapa que, quizá, no haya que ocultarla, que ese es el motivo de muchos de nuestros problemas de humo y dilemas de croché. Que quizá bailar culo con culo, recibir el cuerpo de Cristo o quedarse de brazos cruzados ante la insatisfacción no sea lo nuestro y puede, incluso, que ni lo de tantos otros pobres mártires de la inclusión social. Por eso Bean es mucho más que el humorismo del desastre.
Es la ineptitud sin freno de mano, elevada a liberación.
Larga vida al mudo.

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El mundo de Beakman
La premisa es sencilla: un tipo muy alto con una bata verde Calippo limón (y un pelazo sacado de la peor descarga voltaica de los ochenta) es el propietario de un laboratorio donde realiza experimentos didácticos. Le acompaña una asistenta choni adicta al chicle y lo que parece un miembro de Alcohólicos Anónimos atrapado en un disfraz de rata después de la última recaída. El equipo de realización ignora la existencia del trípode. O, si la conoce, pasa tres pueblos de él. Todos los planos parecen haber sido filmados con la cámara colgada de un tendedero o una eslinga para ensartar marranos. A lo largo del programa uno aprende cómo se forman los mocos, por qué se apaga una vela si la encerramos en el vaso donde la yaya guarda la dentadura postiza o el motivo por el que uno suelta gasificación mayor por el ano. Pequeñas preguntas en un mundo lleno de diminutas respuestas. Todo ello, por cierto, prologado en cada capítulo por una pareja de pingüinos poseedores de uno de los pocos televisores del Polo Sur. A uno de ellos le ponía voz el doblador de Bruce Willis, lo que le daba un carisma poco habitual en una marioneta del prime-time matinal. En fin, que con El mundo de Beakman me lo pasaba macanudo sincopal, con toda esa infografía de colorines y esa riada de información útil con la que poder fardar ante los amigos, antes de que la información del enteradillo fuese carne de BuzzFeed, estuviese disponible a todas horas y, por tanto, perdiera todo su inesperado valor revelador.

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SPECTRUM ZX/ SEGA MEGA DRIVE / PSX
Decenas de cientos de miles de horas ante una pantalla atiborrada de píxeles e infrasonidos, pulsando botones como si de ello dependiera un gotero de suero conectado al gaznate. Qué horas tan maravillosas. ¿Déficit de atención? ¿Reblandecimiento encefálico agudo? ¿Predisposición a la epilepsia de caballo? Estas profecías sanjuanescas no son más agoreras que las que toda la intelligentsia de mediana edad siempre vaticinó a los jóvenes enfrentados sin miedo ni resquemor a las tecnologías del gozo individual y privado más punteras. Antes el instrumento del demonio lo fue el cachivache catódico y antes las novelas baratas y antes ese artilugio embrujado por el que asoma un tren a la estación. Y así hasta probablemente el zurriagazo mayor que se ganó el primer fulano en piel de hiena caucásica al que se le ocurrió entretener a la banda haciendo sombras chinescas ante la hoguera. No es del todo falso que los videojuegos no te trastoquen la perola. Los niveles de testosterona, adrenalina y euforia aumentan, a veces demasiado, a veces incluso hasta el punto de incrustarle el mando en mitad del expositor bucodental a tu compañero. Sin embargo, hubo una época en que al creador de videojuegos no le invadía el síndrome del director de cine (ni, cielo bendito, viceversa), y uno podía disfrutar de 16 bits de pura imaginación volcada sobre una pantalla. Menos nunca es más, salvo cuando toca rellenar los huecos visuales. Ese fue el gran triunfo de la era del videojuego no hiperrealista. A pesar de todos los sesudos análisis sacados de oscuros departamentos de psicopedagogía for dummies, al menos en mi caso disfruté de lo lindo aprendido a completar con mi propia cosecha visual los gráficos poligonales, imperfectos, abstractos en ocasiones, de todos aquellos entornos diseñados a grandes rasgos. Había que realizar un enorme esfuerzo el hemisferio derecho para tomarse en serio aquella masa informe de cuadraditos borrosos. ¿Un agente infiltrado? ¿Un rebelde con espada? ¿Un erizo que da vueltas y vueltas para salvar a unos cachorros monísimos de un doctor locatis apodado el Hombre Huevo? Lo que sea. Me lo creo porque tengo que poner de mi parte. Ésa ha sido siempre la esencia del arte emocional. Ese fue el gran triunfo del post-impresionismo conectado a un mando. Y qué suerte tuve de disfrutarlo.

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VHSs
En las series norteamericanas de los noventa había una broma muy recurrente, un talento al que los protagonistas apelaban cada vez que querían recalcar la inutilidad propia o ajena: saber programar un video. Quizá por el desquiciado sistema de toma de corriente (¿quién diseñó esos enchufes? ¿Rothko puesto hasta las trancas en un Primavera Sound?) o la complejidad de su huso horario, pulsar varios botones, poner la hora y aprender cómo se manipula un artefacto devorador de VHS para grabar un cacho de parrilla televisiva concreta era una tarea solo destinada a los mayores cerebros de Cabo Cañaveral. Yo, como soy europeo y, según el michaelhanekismo aplicado, un producto noventero de pura violencia palpitante sedienta de estímulos visuales, aprendí casi a la misma edad en que descubrí a Mr. Bean.
Y qué peligro.
Lo grababa todo. A veces sin criterio alguno. Pasaba por delante del aparato, pulsaba el REC y hale, lo que salga, donde esté sintonizado en ese momento. Perfeccionada la técnica, mis gustos se afinaron (o, se embrutecieron, según del lado del arte contemporáneo del que se mire) y descubrí cierto placer en grabar aquellos trozos de pura televisión que satisfacieran mis primarios y mocosos impulsos juveniles. Entre ellos, recuerdo tener capturados varios episodios de El Chavo del 8, pruebas aleatorias de las olimpiadas de Sydney, horas enteras de anuncios interrumpidas por apariciones espontáneas de fragmentos de Expediente X, las aventuras animadas de Mortadelo y Filemón de las que renegaba Ibañez, videoclips de los 40 principales cuidadosamente seleccionados por mi hermano cercenados de cuajo por otros intentos infructuosos por mi parte de regresar al dadaísmo videodrómico, una versión de Ciudadano Kane con el sonido derritiéndose a cada lado de la banda magnética y, que yo recuerde, un episodio de los Power Rangers, otro de VR Troopers (la marca blanca que emitían después de los Power Rangers), varios de Bola de Dragon, Parque Jurásico con al menos el logo de tres cadenas diferentes, Cariño He Encogido A Los Niños, Cariño He Agrandado Al Niño, varios minutos de la cara de Clint Eastwood en Los Puentes de Madison y el flequillo de Pepe Oneto durante siete segundos.
Seguramente habría mucho más, pero es todo lo que recuerdo reproducir en bucle cada tarde como un menonita enfebrecido.
Hablando de Cariño Le He Hecho Algo Espantoso A Los Niños: me encantaban esas películas, sobre todo la primera. Rick Moranis es un científico merecedor de un Nobel, pues ha cavilado un cachivache capaz de reducir gilipollas a su mínima expresión. Cosa que ocurre cuando los gilipollas de los hijos del gilipollas del vecino se cuelan gilipollilmente en la casa de la familia Moranis para recuperar una pelota de béisbol, lanzada con fuerza Mach Gilipollas por uno de los interfectos (no recuerdo si el mayor, que se parecía a Quique de Farmacia de Guardia, o el pequeño, que se parecía a Lena Dunham pero sin recordarnos todo el tiempo que es Lena Dunham), lo que evidentemente provoca que: a) la susodicha esfera de cuero atraviese el cristal del ático de ca´Moranis y b) golpee fatalmente la máquina de Moranis, provocando que cumpla cometidos para los que no fue diseñada. Ahora mismo este redactor es incapaz de recordar el propósito de aquel cacharro, si se trataba de un Pactómetro primitivo o una máquina de placer individual para la mujer como la que se fabrica George Clooney en “Quemar después de leer”. El caso es que la gilipollez de los vecinos gilipollas termina teniendo consecuencias en los propios hijos de Moranis. Si no tenía suficiente con ser un genio del copón atrapado en una deprimente zona residencial, ahora encima tiene que batallar con la infinita angustia de la desaparición de una adolescente y un niño gafotas, el combo ideal de una portada del Daily Mail.
Me gustaba mucho la hormiguita esa que salía, que les servía de mulo a los gilipollas encogidos y a los hijos de Moranis. Era muy noble. Recuerdo las ganas de llorar (las compuertas no fallaban ni una sola vez, las malditas) cuando le daba un aguijonazo mortal el escorpión, el hambre que me provocaba el descubrimiento de la galleta gigante o la incomprensión sobre por qué el padre de los gilipollas está tan empeñado en irse de pesca.
La pesca.
Nunca he entendido la pesca.
Moranis dejó el cine cuando enfermó su mujer. Lo recuerdo en La Loca Historia de las Galaxias, parodia que confundí con la real hasta los diecinueve años. Siempre me preguntaba qué narices le veía la gente de mito espacial a aquella chanza andante donde los sables láser se enrollaban, las tropas peinaban el desierto con un peine gigante y a Chewbacca lo interpretaba uno de esos actores gordos de finales de los 80 que luego se murieron como tres o cuatro veces. Hasta que en los 2000 se morían de verdad.
Tenía solo cuatro o cinco VHS, pero lo guardado allí, con el orden con que se estiman los caprichos, tenía un valor incalculable. Regresaba a aquellos fragmentos una y otra vez por los motivos más básicos: si me hacían gracia la primera vez, ¿por qué no para siempre? Era un sentimiento genuino, nada forzado. Automático. La dulce liberación de esta necesidad constante de un torrente continuo de más, nuevo, mejor, más rápido, una lista, una valoración, diez comentarios. Guardar en Mis Películas.
Echo de menos tener permanentes ojos nuevos. Y, al contrario que el plástico, la degradación de estos no tiene nada que ver con el uso.
Ojos nuevos.

Isaac Reyes

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