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Sepulcrum Sancti Iacobi Gloriosum

Sepulcrum Sancti Iacobi Gloriosum

on Jul25

Durante los meses de verano los caminos españoles que conducen a Santiago de Compostela se llenan de personas que, con motivaciones diversas, mantienen vivo en nuestros días un rito ancestral que escapa a las interpretaciones simplistas o unidimensionales. Antes bien, es un sugerente poliedro de multitud de caras y aristas que fascina en cualquiera de ellas, a la luz del verdadero conocimiento que aguarda más allá de la trivial impostura turística de diseño a que el utilitarismo imperante reduce todo, en esta sociedad de los fríos números, los réditos, y el materialismo salvaje de estirpe capitalista.

No obstante, no vamos a reprobar la loable recuperación del Camino de Santiago emprendida por el gobierno gallego a partir del año 1993, que ha llevado a revitalizar una ruta casi relegada a los libros de Historia, la nostalgia de unos cuantos románticos o el conocimiento de los iniciados. En torno a las 260.000 personas llegaron a Santiago en 2015 solicitando la Compostelana tras acreditar el mínimo de 100 kilómetros de tránsito del Camino, a pie, caballo o bicicleta requeridos por el arzobispado. Y la ciudad, su casco histórico y el entorno del Obradoiro rebosan de visitantes y una actividad comercial que puede ser muy parecida a la de los siglos medievales que conocieron la edad de oro de la ruta jacobea, hasta el punto de poder afirmarse que ésta vive hoy un nuevo periodo de esplendor.

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“Antes del 93 era raro ver pasar a un peregrino. Entonces pasaban muy de vez en cuando, deprisa, sin parar…y aquí los veíamos como una rareza”, me comentaba en una de mis peregrinaciones un tendero de la localidad leonesa de Villar de Mazarife, que hoy, sin embargo, vive en gran medida, de los peregrinos que optan por la variante romana del Camino Francés que tiene allí el final de una de sus etapas. “Hoy vivimos del Camino. En verano la afluencia es altísima, pero el resto del año se mantiene, salvo la bajada en los meses de invierno. Los españoles vienen más a partir de junio hasta septiembre, pero los meses de primavera, desde marzo o abril, vienen muchos alemanes. En otoño todavía podemos tener buenos meses”. Estas palabras, que podrían ser perfectamente la de uno de los muchos comerciantes francos del siglo XII que se asentaron, prosperando, en la ruta jacobea, resumen el último siglo de Camino y, a la vez, su Historia desde el medievo.

Pero si modificamos la perspectiva, alejándonos de lo comercial y de los planes gubernamentales, eclesiásticos o municipales, y centramos la mirada en el peregrino, ¿qué podemos encontrarnos? Evidentemente el peregrino del siglo XXI ha diversificado sus motivaciones en consonancia con los nuevos tiempos, transversales y desacralizados. El párroco de la localidad gallega de Triacastela, popular por las bellas y emocionantes ceremonias de acogida a peregrinos que celebra en la iglesia románica del siglo XI, me lo explicaba con humor: “mira hijo, por aquí pasa mucha gente cada día y sus motivos para emprender el Camino son diversos: turistas que miran sin ver, deportistas que parecen estar en plena competición y apenas se paran a contemplar esta belleza, coleccionistas de fetiches, gente que reducen la riqueza de esta experiencia a unas vulgares vacaciones…pero verdaderos peregrinos hay muy pocos”. Triacastela está marcada en el Códex Calixtinus, la antigua guía medieval para peregrinos, como final de la etapa once que recorrían éstos tras bajar del Monte Cebreiro. Aquí recogían una piedra caliza de las que abundan en el terreno, que llevaban hasta Arzúa donde, en grandes hornos, era convertida en cal destinada a las obras de la gran catedral compostelana. Hoy es una de las localidades que vive exclusivamente del Camino y su entorno es una delicia, con bosques de un verde intenso, montañas, su iglesia románica rodeada del típico cementerio gallego y el mesón con el agradable patio y su fuente. Apenas 25 kilómetros la separan de Sarria, punto de partida indispensable para aquéllos que quieren obtener la Compostela recorriendo únicamente los últimos 100 kilómetros requeridos.

Como puede intuirse, el Camino a partir de Sarria desilusiona a los viajeros que busquen experiencias más profundas y se topen con turistas desubicados, excursiones parroquiales, Boy Scouts, jóvenes de marcha, etc. Durante estas últimas etapas, aquella conversación con el párroco de Triacastela cobra aún más relevancia, si cabe. Quien ésto escribe da fe de ello.

De esta manera, ¿qué sentido tiene el Camino de Santiago en nuestros días?, ¿qué motivaciones podemos encontrar en las personas que deciden emprender esta aventura?, ¿cuáles son su orígenes y su significado?, ¿cómo desentrañar los secretos que guarda, lejos de la vulgarización a que todo fenómeno destinado a ser de masas es sometido?… Como comentamos más arriba, este poliedro brilla en muchas de sus caras y atesora respuestas que distan mucho de los objetivos de ese reduccionismo utilitarista que puede convertirlo en un mero fenómeno turístico o destino vacacional que ofrezca réditos. Basta recordar la sentencia de Goethe: “Europa se hizo caminando a Compostela”.

Orígenes históricos. La clave asturiana:

Hablamos de la ruta jacobea y todavía no hemos mencionado el corazón de la misma, aquéllo que le confiere su sentido nuclear y que, en principio, ofrece la respuesta primordial a la pregunta acerca de su significado, es decir, el sepulcro del apóstol Santiago. No obstante, esta respuesta nos conduce a nuevos enigmas que harán brillar ante nosotros inesperadas caras del poliedro compostelano.

El gran Miguel de Unamuno afirmaba que “todo hombre moderno dotado de espíritu crítico, no puede admitir, por católico que sea, que el cuerpo de Santiago el Mayor reposa en Compostela”. Evidentemente, aplicando la razón crítica al problema, se hace difícil no dar la razón a Unamuno. Pero esta vía nos hace plantearnos nuevos interrogantes que abren ante nosotros un recorrido histórico, espiritual e, incluso esotérico fascinante. ¿Por qué Santiago Zebedeo?; si no es su cuerpo, ¿quién descansa en el sepulcro compostelano?; y, en cualquier caso, ¿por qué Galicia? A todo ello vamos intentar dar respuestas aplicando los documentos y la Historia.

Durante el último tercio del siglo VIII el joven reino de Asturias y los cristianos peninsulares se encontraban en una situación delicada. Tras el brillante reinado de Alfonso I, que llevó la frontera hasta el alto Ebro y el norte de Galicia, aprovechando las consecuencias de la revuelta bereber del 741, la corona asturiana quedó sumida en un periodo de inestabilidad política debido a la pujanza de las familias nobiliarias con pretensiones al trono enfrentadas a la casa reinante, y a la implantación del poder Omeya en al-Ándalus a partir del 756, que llevó un repliegue de las fronteras. Además, los cristianos se encontraban divididos entre los ortodoxos romanos, que buscaron apoyo en la Francia de Carlomagno, y los herejes adopcionistas que dominaban la sede de Toledo en territorio musulmán.

Llegados a este punto no podemos dejar de mencionar que los musulmanes toleraron la práctica del cristianismo en su territorio, previo pago del correspondiente impuesto, de manera que la sede metropolitana peninsular, Toledo,  se encontraba en territorio musulmán. Y hete aquí que Elipando, obispo de Toledo, encontró en la vieja tesis adopcionista una manera de conciliar las dos religiones. Con ello se acercaba al poder Omeya sin renunciar a su fe, pues establecía que la naturaleza divina de Cristo no fue tal desde su nacimiento, sino por adopción del Padre en algún momento de su vida (quizás tras su bautismo en el Jordán). Pero Elipando no contaba con la iglesia romana, que  siglos atrás había calificado tal tesis como herética, ni con la monarquía carolingia, su brazo armado, ni con los cristianos del norte peninsular, que vieron en el apoyo de los dos poderes anteriores al aliado ideal para fortalecer el reino y hacer frente al Islam.

En este contexto, Beato de Liébana, monje de gran prestigio espiritual debido a sus Comentarios al Apocalipsis de San Juan, copiados en los scriptorium de todo cenobio europeo que se preciara, sienta las bases del denominado ideal visigótico de la monarquía asturiana, que no es otro que el denominarla heredera directa del antiguo reino visigodo de Toledo, lo que le confería el derecho a su restablecimiento abriendo la puerta a la llamada reconquista. Para ello, hizo de intermediario diplomático entre la corte de Asturias y la carolingia, de la que obtuvo respaldo sobre la base de eliminar la herejía adopcionista del territorio peninsular. Con ello, Roma, Aquisgrán y Asturias formaron un sólido triángulo frente a musulmanes y herejes.

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Así, los adopcionistas fueron condenados desde Roma, y la primacía espiritual de Toledo fue puesta en entredicho, pues tampoco era de recibo que la sede metropolitana peninsular radicara en territorio musulmán. Y por otro lado, el reino de Asturias, destinado al restablecimiento del reino visigodo de Toledo y a devolver la unidad religiosa a la Península Ibérica, necesitaba, además del respaldo político carolingio que fortaleciera su posición frente al Islam, un respaldo espiritual que reforzara su prestigio ante los cristianos (tampoco hay que olvidar que una gran parte de los musulmanes peninsulares era muladíes, hispanorromanos convertidos a la fe de Mahoma, a los que hay que sumar los herejes adopcionistas y todo lo que distanciaba a los cristianos mozárabes que vivían en al Ándalus de los cristianos del norte). Es aquí donde aparece el Zebedeo, Jacobo o Santiago el Mayor.

Los cristianos encuentran a su adalid:

            De los diversos caminos que conducen a Compostela por el territorio peninsular es el francés el más popular. Por el sur la Vía de la Plata es transitada sobre todo por ciclistas. El portugués está creciendo de manera considerable en los últimos años, pues el filón turístico ha de diversificarse y la Xunta de Galicia y el gobierno luso se están esforzando en recuperarlo y promocionarlo. No obstante, es el Camino Primitivo el que la tradición marca como original y primero tras el descubrimiento del sepulcro del apóstol allá por los primeros años del siglo IX. Y si se ha seguido con interés y perspicacia lo expuesto en líneas anteriores ya se sospechará que el Camino Primitivo parte de Oviedo.

He de reconocer que, pese a que la riqueza histórica y monumental, el ambiente jacobeo e, incluso, las marcas iniciáticas del Camino Francés son un símbolo universal, el Camino Primitivo tiene una belleza agreste, un recogimiento en consonancia con su exigencia física, y una atmósfera pretérita verdaderamente sugerente e inolvidable. Se inicia a los pies de la estatua del rey Alfonso II, el casto, que custodia uno de los flancos de la catedral de Oviedo, y durante el trayecto por las estribaciones de la cordillera cantábrica (un par de semanas hasta Santiago) no es difícil imaginar al esforzado rey y su corte realizando su viaje hacia tierras gallegas, de donde habían llegado noticias del descubrimiento del sepulcro del apóstol Santiago Zebedeo por un ermitaño de nombre Pelayo (el mismo nombre, por cierto, que el primer rey de la monarquía astur).

Llegado a Galicia y confirmado el hallazgo, el rey casto mandó erigir la primera iglesia que albergó las reliquias, un pequeño y modesto templo de piedra y barro en torno al que se estableció una comunidad de monjes que se encargó de su custodia. Pero, ¿por qué Santiago?

Una vez más nos topamos con la figura de Beato de Liébana para hallar nuestras respuestas.

Si el reino de Asturias, respaldado por los carolingios y Roma, necesitaba también de un respaldo espiritual que lo dotara del definitivo prestigio a ojos de los cristianos peninsulares, una vez superada la herejía adopcionista, para aglutinarlos tras de sí, Beato de Liébana encontró en Santiago apóstol la figura perfecta. La custodia de las reliquias de un apóstol de Cristo en territorio cristiano llevaría a la no dependencia de la sede toledana, sometida a los musulmanes. A su vez, el Zebedeo, un hombre de carácter llamado “Hijo del trueno” por el propio Cristo, del que llegó a solicitar un lugar a su derecha en la otra vida, primer apóstol martirizado, y que vivió cerca del nazareno los principales acontecimientos de la vida de Éste (Transfiguración, Oración en el huerto), constituía la antítesis ideal de Mahoma en la guerra santa que cristianos y musulmanes librarían en los siglos venideros por el territorio peninsular (todos conocemos el grito de combate invocando al apóstol, o hemos visto representada en pinturas o esculturas su aparición en la legendaria Batalla de Clavijo, espada en alto y montado sobre un corcel blanco, en una imagen apocalíptica que no es casual).

Puesto a ello, Beato de Liébana revisó su obra maestra, los ya citados Comentarios al Apocalipsis, en torno al 785, añadiendo la predicación de Santiago en Hispania, e, incluso, componiendo un himno jacobeo en el que ya se habla de su patronazgo (aunque conforme a la autoría de éste último la historiografía se divide). Beato se basó en textos antiguos que ya citaban esta posible predicación jacobea en la península Ibérica. El primero de ellos una fuente bizantina traducida al latín, el Breviarium apostolorum, de finales del siglo VI. Y a continuación, la cita del monje inglés Aldhelmo de Malmesbury en el Poema de Aris, un siglo después. Antes no hay ninguna otra referencia a dicha predicación (algunos citan a San Isidoro de Sevilla, pero sobre la base de una supuesta interpolación posterior en una obra apócrifa). No obstante, los textos de Beato acerca de la predicación jacobea en Hispania fueron acogidos con entusiasmo por los cristianos del norte peninsular.

Mientras, Alfonso II, el casto, sube al trono asturiano definitivamente en el año 791 y devuelve la estabilidad a la monarquía astur. Traslada la capital a Oviedo, ciudad que enriquece, y continúa la senda diplomática con los carolingios y Roma que Beato de Liébana había iniciado. El reino de Asturias se consolidó. Y apenas 30 años después, entre el 820 y el 830, llegó a la corte la noticia del descubrimiento del sepulcro del apóstol. El viaje del rey a Galicia para constatar el hallazgo y ofrecer la protección de la corona astur al antiguo reino suevo constituyó, según la tradición, la primera peregrinación jacobea. Los cristianos peninsulares por fin habían encontrado a su adalid espiritual. La historia del Camino de Santiago había comenzado.

Peregrinatio

Corre el año 950 y por los caminos del norte de la Península Ibérica aparece una gran comitiva. Caballos y mulas cargadas de baúles, heraldos haciendo sonar cuernos y trompas, pajes, juglares y trovadores, monjes y barones, y destacamentos de lanceros y arqueros para la protección. Es el séquito de Gotescalco, obispo de Puy, en la región francesa del Alto Loira, y primer peregrino extranjero documentado en la historia de la ruta jacobea. Va camino de Galicia a rendir pleitesía al apóstol, y sabemos de su viaje por la referencia que nos da un monje del cenobio de Albelda, en La Rioja, donde Gotescalco hace una parada.

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El norte peninsular es ahora un complejo territorio en el que el reino astur ha trasladado su capital a León convirtiéndose en el reino asturleonés, y llevado su frontera más allá del Duero. Los condados castellanos, lejos de la capital, están a punto de desnaturalizarse de la corona leonesa, y el reino de Pamplona se hace fuerte con la dinastía Jimena. En la Marca Hispánica los condados catalanes siguen rindiendo vasallaje a los reyes francos, y en los Pirineos los pequeños condados de Aragón, Sobrarbe y Ribagorza han conseguido mantener su independencia tanto del poder franco como del musulmán.

En el siglo y medio que ha transcurrido desde la noticia de su hallazgo, las reliquias de Santiago se han popularizado y convertido a Compostela en destino de peregrinaje. En torno a la comunidad de monjes que custodian el sepulcro desde tiempos de Alfonso II crece una ciudad destinada a convertirse en uno de los centros neurálgicos del cristianismo medieval, y en la que reside el obispo de Iria Flavia. Ya en el 896 se culmina la rica basílica que el rey Alfonso III, Magno, mandó erigir para sustituir el primitivo y modesto templo original, de manera que el culto a las reliquias se llevara a cabo en un lugar más acorde a la importancia de un apóstol de Cristo. Comienza el tiempo de la peregrinación.

La peregrinatio cristiana bebe, como en tantas otras cosas, de la liturgia pagana de origen ancestral que hunde sus raíces en la prehistoria. En efecto, en el antiguo Oriente y en el mundo clásico la peregrinación constituía un elemento fundamental en la vida religiosa de los individuos. Los templos se elevaban en aquéllos lugares donde la divinidad se había revelado o se manifestaba de una manera especial, o bien donde reposaban las reliquias de los antiguos héroes. Es el caso de Delfos, Eléusis, o el santuario de Cibeles en Pesinunte. Estos lugares se convertían en centros de culto primordial, así como de peregrinación por parte de los devotos que buscaban consuelo, consejo, aliento o un milagro. En el mundo cristiano las peregrinaciones y el culto a las reliquias se popularizaron desde que la emperatriz Santa Elena, madre del emperador romano Constantino, viajara a Jerusalén buscando la cruz y el sepulcro de Cristo. Desde entonces, éstas proliferan por el Mediterráneo hacia Palestina, Roma y antiguos centros de peregrinación pagana cristianizados. A ello se une el descubrimiento de reliquias de mártires y santos (inventio) en lugares sin tradición previa, que gracias a los milagros crecen y prosperan. Nos cuenta el jesuita Delehaye que el descubrimiento de estas reliquias “casi siempre ocurre con aparato sobrenatural de sueños y revelaciones, y que éstas inventio proliferaron tanto, que los Concilios tuvieron que limitar su culto e, incluso, prohibirlas, hasta comprobar su veracidad””. En este sentido, el descubrimiento del sepulcro de Santiago en Galicia vino a cubrir la ausencia de reliquias en el norte peninsular. La noticia se extendió rápidamente  por el mundo cristiano, ayudada, sin duda, por las excelentes relaciones diplomáticas mantenidas entre asturianos y carolingios, y por los martirologios (catálogos de mártires copiados y difundidos desde los monasterios) que desde mediados del siglo IX, con el Martirologio de Floro de Lyon a la cabeza, se hicieron eco de la misma. Francia se convierte en el gran difusor. Así, Gotescalco de Puy es el primer extranjero que conocemos peregrinando a Compostela, pero muy probablemente otros lo habían precedido. Millones lo seguirían.

Año 2014. El Obradoiro está muy concurrido a primeras horas de una mañana de verano en la que los peregrinos, como cada día, hacen suya la plaza que Gabriel García Márquez definió como “la más bonita del mundo”. Al final de mi última peregrinación a Compostela, primera que no realizo en soledad, llego acompañado de mi pareja y James, un peregrino norteamericano al que hemos conocido en Carrión de los Condes. Allí, en el albergue que compartimos en unas dependencias anejas a la iglesia románica del siglo XII, los hospitaleros dejaron pasar a James un par de noches debido a unas fiebres, lo que permitió que nuestros caminos confluyeran. Durante la bella cena comunitaria en la que cada peregrino aporta algo de comida a la mesa, James nos regaló un concierto country con su voz desgarrada. Pero ya se había ganado nuestro cariño y respeto unas horas antes, durante la bendición de peregrinos impartida en todos los idiomas. Al pie del altar de la iglesia de Santa María del Camino, cada viajero trasmite al resto sus buenos deseos y un mensaje de paz en su propia lengua. Constituye una experiencia emocionante ver abrazadas con limpieza a personas de toda religión, cultura, creencia o ideología. Escuchamos hablar en inglés, polaco, italiano, alemán…incluso había un húngaro y varios australianos. Se cantaron coplas del viejo cancionero medieval francés de peregrinos. Y encontramos en el Camino un símbolo universal y fraternal de paz más allá de lenguas, culturas, creencias o motivaciones.

Fue allí donde James, al acercarse al altar con lágrimas en los ojos, nos contó que venía desde Estados Unidos para hacer el Camino de Santiago con su guitarra y las cenizas de su esposa. Quería cumplir el deseo que siempre tuvieron en vida y el cáncer no permitió. James tiene más de sesenta años, es maestro de escuela en California y canta Folk y Country. La mañana de nuestra llegada al Obradoiro recibió permiso del Cabildo compostelano para cantar varias canciones de su país antes de la Misa de Peregrinos, en la Catedral. Historias como la suya harían palidecer a Gotescalco. Pero ya pasó el tiempo de las indulgencias y el purgatorio. Ni siquiera el camino a Compostela puede quedarse en la cita de Goethe acerca de la vertebración europea. El Camino de Santiago es hoy tanto como un emblema de la fraternidad universal.

Leyenda áurea:

La Plena Edad Media conocerá la edad de oro de la ruta jacobea. Francia sigue siendo clave en la difusión de la peregrinación a Compostela. A fines del siglo XI, el rey Alfonso VI, intitulado “Imperator totius Hispaniae” tras unificar, como su padre, las coronas de Castilla y de León, y conquistar Toledo en 1085, es consciente de ello. El rey, al margen de sus conocidísimas disputas con el Cid, ha hecho de Castilla y León el reino más fuerte de la península. Los reyes andalusíes le rinden vasallaje y pagan tributos. Pero hay que consolidar las tierras ganadas que, cercanas a la frontera permanecen despobladas y baldías. Así, entre las modalidades de repoblación emprendidas por la corona, el Camino de Santiago, ya con una clara proyección internacional, se va a convertir en objeto de una de las más importantes, dando forma definitiva al denominado Camino Francés que se convierte en la vía más transitada hacia Compostela.

Para ello el rey estrecha lazos con los monjes franceses de la orden benedictina de Cluny, que se asienta a lo largo de la ruta jacobea en Sahagún, Nájera, San Juan de la peña, Palencia o Carrión de los Condes. La labor de enriquecimiento cultural y acogida a peregrinos de los monjes se convierte en clave para que riadas de romeros procedentes de toda Europa inunden la vía compostelana. Además, Alfonso VI emprende obras de ingeniería que mejoran el Camino, facilitan accesos y atienden las necesidades de los viajeros, en forma de puentes y hospitales. Asimismo, otorga privilegios a través de fueros a ciudades que prosperan a la luz de la peregrinación, como Pamplona o Logroño, y a comerciantes francos que se asientan a lo largo de la misma agilizando la economía y potenciando el urbanismo en unas tierras fundamentalmente agrícolas y rurales. El Camino de Santiago vertebra así los reinos y su economía, y se convierte en un elemento fundamental para el progreso cultural y artístico del occidente europeo.

Pero, ¿qué esperaban los peregrinos de su viaje a Compostela?, ¿dónde se hallaba su motivación?

Fundamentalmente en el hecho de visitar las reliquias de uno de los principales apóstoles de Cristo, claro está. Acompañado ello de toda la parafernalia devocional que rodea tal hecho, que ya comentamos anteriormente, y que estaba inserta en las creencias de los europeos desde tiempo ancestral. Ello se potenció con los textos que conformaron la leyenda jacobea en forma de vida, obras y milagros, y que se extendieron por todo el orbe cristiano. Así, en 1077, la Concordia de Antealtares ofrece el primer relato completo del descubrimiento del sepulcro por el eremita Pelayo, quien, dedicado a la contemplación y penitencia, observó cierta noche unas extrañas luminarias desde lo que hoy es la Iglesia compostelana de San Fiz de Solovio, donde residía. Acudiendo presto hacia las luces junto a algunos lugareños descubrió un sepulcro con tres cuerpos que Teodomiro, obispo de Iria Flavia, confirmó como los de Santiago Zebedeo, apóstol de Cristo, y sus dos discípulos Atanasio y Teodoro.

A partir de este breve relato, durante el siglo XII se componen las grandes obras jacobeas, la Historia Compostelana y el Códex Calixtino, éste último incluyendo la primera guía para peregrinos de la ruta. Pero junto a ellos, podemos resaltar, por la trascendencia que tendrá en Europa, La Leyenda áurea, compuesta a mediados del siglo XIII por el monje italiano Jacopo della Voragine. Ésta se convierte en el principal texto medieval sobre vida y milagros de los santos cristianos, y en fuente primordial para la conformación de la iconografía de los mismos. Evidentemente el componente mitológico y fantástico es acentuado. Pero el éxito de la obra es inmediato y se prolongará a lo largo de todo el medievo.

Santiago, pues, se ha convertido en una de las principales referencias devocionales del occidente cristiano. Y su vida, de la que en fuentes históricas y canónicas conocemos poco, se ha ido enriqueciendo en paralelo al crecimiento de su veneración. Así, la historia del Zebedeo se convierte, casi, en un cantar de gesta en el que no faltan las tribulaciones de su frustrada predicación por Hispania, las apariciones divinas, el regreso a Jerusalén y el enfrentamiento con los magos, el martirio por Herodes Agripa, las aventuras de sus discípulos en el traslado de su cuerpo a Galicia o el enfrentamiento de éstos con el legado romano y la reina pagana Lupa cuando dan sepultura al apóstol. Las letras conformaron su leyenda, y el arte monumental la embelleció. Así, hoy podemos contemplar retazos de la misma a lo largo del Camino y ver al apóstol combatiendo con el mago Hermógenes, en un retablo de Frómista, la traslatio del cuerpo martirizado en barca desde Jerusalén, en un tímpano de la Magdalena de Sarria, o a Santiago con su atuendo de peregrino en la Cartuja de Miraflores de Burgos.

No obstante, será la construcción de la portentosa catedral románica dirigida por los maestros Bernardo el viejo, Esteban y Mateo, la cúspide de aquél ambicioso programa ideológico iniciado desde los montes cántabros por Beato de Liébana trescientos años atrás. En 1075, el obispo Diego Peláez y el rey Alfonso VI proyectaron la construcción de una gran catedral en Compostela, que sustituyera al templo que albergaba las reliquias desde que Almanzor saqueara la ciudad y redujera a cenizas la basílica de Alfonso III, en el año 997. Almanzor, supersticioso, suponemos, a pesar de todo, respetó el sepulcro. Así que con el Camino de Santiago iniciando sus siglos de esplendor, la Catedral sería la joya que rematara la magna obra y convirtiera definitivamente a Compostela en uno de los principales centros de la cristiandad.

Será la figura del ambicioso Diego Gelmírez quien obtenga definitivamente para la diócesis compostelana el arzobispado y su elevación a sede metropolitana, además de encauzar las obras catedralicias hacia su finalización, cosa que sucede a finales del siglo XII. Con ello se culminó la vieja aspiración que alentó aquellos primeros años de la corte asturiana.

Hoy, la contemplación del Pórtico de la Gloria del maestro Mateo y la bajada a la cripta jacobea suponen una experiencia sobrecogedora si se acude con el corazón abierto. Hay pocas experiencias que permitan, como ésta, sentirse parte viva de la Historia trascendida.

Las indulgencias, Lutero y una luz que se apaga:

Pero aún hay un elemento más que encajar en la historia. Uno que también explica el éxito de la peregrinación medieval, y su decadencia tras la reforma luterana en el siglo XVI, la extensión a partir del XII del concepto cristiano del Purgatorio. Dice el profesor de la Universidad de Compostela, Fernando Alonso Romero que “a partir del siglo XII los peregrinajes cobraron un gran auge con la extensión por toda Europa de la concepción cristiana del Purgatorio, como lugar de tránsito por el que tenía que pasar el alma para concluir su purificación”. Y que “las penas del Purgatorio se podían redimir también realizando un peregrinaje hasta los principales santuarios de la cristiandad”. Luego es fácil comprender cómo en una sociedad temerosa, en un sentido religioso, cale hondo este concepto y la consecución de indulgencias se convierta en propósito vital. En este sentido, desde la primera mitad del siglo XV se empezó a conceder indulgencia plenaria a quien peregrinara a Compostela en Año Santo, es decir, cuando la fiesta del apóstol, 25 de julio, coincidiera con el domingo. Pero la demoledora crítica de Lutero hacia la venta de indulgencias por parte de la Iglesia Católica, su posterior Reforma religiosa y la división de los cristianos europeos afectó negativamente a la ruta jacobea. A partir del siglo XVI se inició una decadencia que acentuó la Ilustración. Las nuevas ideas y la posterior desacralización del pensamiento asestaron al Camino de Santiago el golpe definitivo. Las palabras de Vázquez de Parga en el clásico, Las peregrinaciones a Santiago de Compostela, lo ilustran a la perfección, “a partir del siglo XVII se apaga el resplandor del sepulcro del apóstol”. De ahí al renacimiento de la ruta jacobea partir del Año Santo 1993 mediarían siglos de penumbra.

La tesis esotérica y la ruta celeste a Finisterre:

Pese a nuestra vocación de historiadores, si continuamos girando el poliedro jacobeo y seguimos franqueando sus distintas caras, no podemos dejar al margen las sugerentes interpretaciones esotéricas, que también son consustanciales al fenómeno. Quien transita la senda que lleva a Compostela y abre los ojos al entorno que la acompaña puede sumergirse en una rica simbología que, para algunos, hunde sus raíces en un pasado mítico. Galicia es tierra de un rico folklore elevado hacia lo astral. El propio Gabriel García Márquez afirmaba que en su forma de narrar influyeron de manera determinante las cosas increíbles y sobrenaturales que le contaban sus antepasados gallegos. Y puede no ser casual que el itinerario jacobeo refleje en la tierra la senda estelar de la Vía Láctea en el cielo. Esa senda que conduce hacia el oeste, al antiguo Finis Mundi en Finisterre donde las legiones de Décimo Bruto quedaron aterrorizadas ante el Mar Tenebroso que devora al sol cada tarde y en el que se precipitan las estrellas.

Al final de mi viaje por el Camino Primitivo, en el que decidí continuar más allá de Santiago y llegar a Finisterre, por esa confluencia de casualidades mágicas que sólo pueden suceder en la senda compostelana, tras una dura etapa de casi cuarenta kilómetros desde Vilaserio, llegué ya de noche a Corcubión, a las puertas del mítico cabo. Agotado, solo, con los pies hinchados y sin posibilidad de albergue, una mujer me recomendó una casa en la que me atenderían bien. Resultó ser la de Antón Pombo, periodista, historiador y gran autoridad en materia jacobea, además de autor de la guía peregrina que venía estudiando desde Oviedo. Ninguno dábamos crédito. En la puerta, con letras grandes, podía leerse “Casa de Balea”, en recuerdo a los antepasados balleneros de la familia. Por la mañana, desayunando en la terraza, en compañía de su esposa y su bebé, frente a la bella ría y bajo un sol delicioso, tras hacerme las indicaciones pertinentes para mi visita a Finisterre, “no te bañes en la playa del Mar de Fora, mejor Langosteira. Sube temprano al faro para coger un buen sitio en la puesta de sol”, respondió a una pregunta que me venía haciendo en los últimos días. “¿Es más antiguo el Camino que el sepulcro del apóstol?”. En realidad, no me respondió. Tras un silencio prolongado, mirando a los acantilados y las montañas, me dijo “en cualquier caso, ésto que ves, es desde un tiempo ancestral un enorme santuario natural a la fertilidad”.

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Y nada es casual. En el punto más elevado del cabo de Finisterre, bajo la ermita de San Guillermo, a cuya cama de piedra sobre su sepulcro acudieron las parejas infértiles hasta no hace tantos años, una alineación megalítica se encuentra perfectamente orientada hacia la salida del sol equinoccial, y alineada con el mítico Monte Pindo, ese Olimpo celta de los mouros y demás criaturas de la mitología gallega de estirpe gaélica, que tiene tanto que decir sobre las peregrinaciones como el propio Códex Calixtino. Allí, en ese santuario natural a la fertilidad del que me hablaba Antón Pombo, los viejos druidas y, después, los iniciados y depositarios de las viejas costumbres y conocimientos astrales rendían culto a la muerte y resurrección solar, en una regeneración eterna que explica el misterio de la vida. Hoy Finisterre sigue siendo un enclave mágico, un lugar con una extraordinaria fuerza espiritual que hay que sentir y de la que hay que participar si se emprende el Camino de Santiago. Eso sí, no hay que preguntar por ello al recoger la Compostelana en la catedral de Santiago, pues la respuesta será una mala cara y un “el Camino termina en Santiago, lo de Finisterre es turismo nuevo y convencional”.

Pero lo cierto es que ya Haebler da noticias de peregrinos en Finisterre a principios del siglo XV, y lo equipara a los grandes centros de peregrinación. También Vázquez de Parga, basándose en textos de Klaus Herbers, en su clásica obra sobre la peregrinación compostelana menciona el viaje del peregrino Sebastián Ilsung en 1448, quien culminó la peregrinación en Muxía y Finisterre. Lo cierto es que a partir de estos años los documentos que mencionan el enclave fisterrano como complemento a la peregrinación a Santiago se multiplican.

En este sentido, el Santo Cristo, estremecedora talla gótica de principios del siglo XIV, siempre fue un referente devocional en la zona, y entre los peregrinos. Y su culto, representando a la muerte vencida el Domingo de Resurrección, principal fecha de las fiestas pasionales en Finisterre, enlaza con el viejo discurso de le regeneración solar.

Estos cultos solares y astrales estuvieron presentes en tierras gallegas desde tiempo ancestral. El profesor Fernando Alonso Romero mantiene este discurso basándose en textos clásicos, el folklore, y en el estudio de las estelas prerromanas halladas en Galicia. El cristianismo sólo aprovechó el sustrato celta, prerromano y clásico dando nueva forma a creencias que hundían sus raíces en un tiempo inmemorial. Así, ese camino regenerador hacia el oeste, destino de las almas, siguiendo la Vía Láctea ofreció un acomodo idóneo a Santiago apóstol como continuador de un rito ancestral convenientemente adaptado a una nueva realidad.

A partir de aquí las teorías esotéricas hablan de los viejos conocimientos transmitidos por el maestro Hakim, constructor del templo de Salomón y referente para los canteros medievales que inspiraron la masonería.

En relación a estos conocimientos, el Camino de Santiago está repleto de pistas que se revelan sólo a ojos de los iniciados. Son las patas de oca, símbolo del maestro constructor, en las marcas de cantería de las iglesias y catedrales que jalonan la ruta jacobea, las cruces Tau en los muros del castillo del temple de Ponferrada o en las ruinas del monasterio de San Antón donde existe un pequeño albergue en el que pasar las noche bajo las estrellas, es el pentáculo invertido en la iglesia templaria de San Juan de Castrojeriz, las runas de la pequeña capilla de Santa María de Melide o el milagro de la luz equinoccial en el capitel de la Anunciación de San Juan de Ortega.

Cada cual sienta y emprenda el Camino como disponga su corazón. En cualquier caso, no puedo dejar de percibir como uno de los momentos más especiales de mi vida aquél en que, entre las rocas del cabo de Finisterre, rodeado de otros peregrinos desconocidos, contemplé al sol devorado por ese océano que aterrorizó a las legiones de Bruto. Allí mismo, cuando la luz del día se apaga y las estrellas jalonan de plata el cielo nocturno, entre la mancha blanquecina de la Vía Láctea que se precipita en el horizonte, cada noche se encienden hogueras en la que peregrinos paganos queman su ropa junto a todo aquello que quieran dejar atrás en un acto íntimo y compartido de regeneración vital que nunca dejó de practicarse en esas tierras. Es el final y el principio, alfa y omega, muerte, vida y eternidad que conviven en un latido de corazón.

Am fear is fhaide chaidh bho’n bhaile, chual e’n ceòl bu mhilse leis nuair thill e dhachaidh / El hombre que vaga errando fuera de casa, escucha la música más dulce cuando vuelve a ella. Proverbio gaélico.

José Manuel Moreno Campos

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