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Postales de Nueva York (I): El judío que se cambió de acera al ver a unos turistas

Postales de Nueva York (I): El judío que se cambió de acera al ver a unos turistas

on Ago22

A Chema y Dani, con admiración.

Cuando el meteorólogo y matemático Edward Lorenz formuló el sistema dinámico determinista tridimensional no lineal derivado de las ecuaciones simplificadas de rollos de convección (¡toma ya!) que lleva su nombre, no cayó en cómo una actividad complementaria de un instituto público de Dos Hermanas, provincia de Sevilla, podía impulsar a cambiarse de acera a un judío ultraortodoxo de un suburbio estadounidense. Resulta más romántico sentir el batir de las alas de una mariposa a modo de proverbio chino que conmemorar el aniversario de la liberación del campo de concentración de Auschwitz con actividades para los alumnos de enseñanza secundaria. El horror de la II Guerra Mundial, el movimiento de capitales y la mencionada Teoría del Caos hacen extraños compañeros de calle en un instante desmesurado que desemboca en anécdota. Añádase un contexto daliniano a la escena. Un coctel perfecto. Aunque antes déjenme recitarles la receta. Una explicación suma más de mil palabras.

Junto a Manhattan, el Bronx, Queens y Staten Island, Brooklyn es uno de los cinco boroughs que compone la muy dinámica, muy infiel, vertiginosa e inenarrable ciudad de Nueva York. Es difícil definir qué es un borough. Literalmente debería traducirse como burgo, algo demasiado medieval para estar en la mente de los burócratas decimonónicos. Administrativamente no es exactamente un condado y mucho menos un barrio: no hay barrios con 2,5 millones de habitantes. De hecho, si lo separásemos del resto de Nueva York, Brooklyn sería la cuarta ciudad más poblada de los Estados Unidos. La llamada por los holandeses “pequeña marisma” (es una corrupción de la voz flamenca Breukelen) tiene, por si fuera poco, una identidad propia. En una quimérica fiesta de brooklyners ilustres podríamos jugar una pachanguita al baloncesto con Michael Jordan, cantar a capela con Barbra Streisand, recibir un guantazo de Rita Hayworth (o un puñetazo de Mike Tyson, cada cual tiene sus gustos), rodar una película con Woody Allen, besar a Anne Hathaway vestida de Prada, improvisar acordes de guitarra con Lenny Kravitz, volver de borrachera con Lou Reed y acabar en un relato de Paul Auster. Una nómina así confiere carácter, máxime con el lema Home to everyone from everywhere[1] por bandera.

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Considerar Brooklyn un ente uniforme es un error. La distancia que hay entre un boxeador devorador de orejas y un cineasta genial y neurótico es la misma que existe entre Bedford Stuyvesant, el barrio donde la comunidad afroamericana parió el hip-hop, y Bushwich, de marcado acento hispano. Por diferenciar, se aterriza hasta en Brighton Beach, la Little Odessa, un lugar donde conviven ucranianos y rusos sin necesidad de ir armados con un kalashnikov. Nacionalidad de origen, raza o religión aparte, casi todos los brooklyners añoran a los Dodgers, el equipo de baseball campeón de las Series Mundiales en 1955, cuando tras las desilusiones de las temporadas anteriores doblegaron por fin a los todopoderosos Yankees. Fiesta grande… y pérdida irreparable. Dos años después del éxito vino el traslado de la franquicia a Los Ángeles. Vendieron el alma a la Costa Oeste en busca de unos beneficios que nunca llegaron, fuga incomprensible en un equipo cuyos mayores patrimonios eran su corazón y el haber contado en sus filas con el primer jugador negro de las grandes ligas, Jackie Robinson. En la temporada de su estreno Robinson recibió amenazas de muerte, fue despreciado por sus contrincantes y hasta le tiraron gatos negros al campo. Los Cardinals de San Luis amenazaron incluso con hacerle una huelga. Al concluir el año recibió el premio de mejor novato, ganando el respeto de sus contrincantes, aunque desde los graderíos rivales y los micrófonos de los comentaristas le siguieron dedicando lindezas relacionadas con su color de piel. “Negro arrogante” era su calificativo cuando protestaba a los árbitros. Malos vicios difíciles de soltar.

Hoy son los Nets la joya de la corona deportiva de Brooklyn. Nómadas a orillas del Hudson y el East River, la renovada camiseta de los Nets levantó expectación y polémica cuando se supo que el negro sería el color franquicia. Las reminiscencias racistas tienen esos caprichos. Jay-Z, accionista minoritario, lo impuso. Y gustó. Los Nets llegaron incluso a pedir la venia a los Bulls para usar el uniforme negro en el Barclays Center durante las eliminatorias de 2007, rompiendo con la tradición de la NBA de vestir de blanco como local. El pabellón se llenó. Pero no es lo mismo. Para un neoyorkino el baloncesto es un deporte y el baseball una religión. Jamás reverdecerán los brotes de pasión de aquellas subway series[2] entre la 161St y Prospect Park.             

La fuerte personalidad de Brooklyn se vuelve esencia en Williamsbourg. Con la silueta del Empire State en el horizonte, Williamsbourg consiguió dejar atrás la epidemia de crack de los años ochenta y principio de los noventa que inspiró Los Soprano para resurgir con un botellín de cerveza en la mano. Aprender a destilar licores caseros cuando se está de corresponsal de guerra en Oriente Medio abre muchas puertas. La Brooklyn Brewery es una de ellas. La ancestral tradición cervecera y la cruzada de Rudolf Giuliani contra la delincuencia transformaron un barrio peligroso en un área acomodada con rascacielos en construcción y el skyline de Manhattan como telón de fondo. Carne de recuperación y especulación inmobiliaria. Tan a la moda está el Williamsbourg que ha inventado a los hípsters, tipos con gafas de pasta, camisas de franela modelo leñador canadiense y pantalones pitillo que discuten sobre las negativas consecuencias del capitalismo globalizado desde su iPhone 6S Plus.

Con todo, la principal atracción del Williamsbourg no son ni las cervecerías, ni las tribus urbanas alternativas, ni las vistas. Ni siquiera la mafia. Son los judíos jasídicos. Jasid significa piadoso. Jasidut, práctica de la piedad y de la bondad. Los jásidicos son judíos ultraortodoxos de creencias rigurosísimas y con una estética peculiar. Comparten con los hípsters las pobladas barbas, si bien ellos no se las rasuran (los hípsters, por el contrario, las lucen escrupulosamente descuidadas). A ambos lados de la cabeza, junto a las orejas, caen como caireles dos mechones rizados denominados peyot, símbolos de la unión de la mente y el corazón. Inconfundibles, usan trajes largos y oscuros hechos todos del mismo material (analizan los hilos en laboratorios si es preciso). Se cubren a diario con el baber hit, un sombrero de terciopelo que debe ser muy agradable en los calurosos y húmedos días del verano neoyorquino y que el sabbat cambian por unos gorros de piel con forma de hoya exprés cuyo nombre es shtreimel. El precio de este último ronda los 6.000 dólares. Nunca me he encasquetado uno, pero también tienen pinta de ser muy fresquitos (por las que hilan). Suerte que en Nueva York el invierno es riguroso.

judíos jasidicos

Las mujeres lo tienen peor. La prohibición de mostrar el cabello en público las obligan a cortárselo en exceso, incluso a rapárselo, empleando una peluca cuando salen a la calle (solo se “sueltan” el pelo en la intimidad y únicamente ante su esposo). Apenas muestran su piel más allá de manos y rostro, tapándose las piernas con gruesas medias en tono rosa nude. Y las mangas es estiran hasta las muñecas independientemente de la estación o la temperatura. Al verlas salta el recuerdo de Jacqueline en el funeral de Kennedy, aunque a la segunda ojeada se les cae el poco glamour que les queda. Metáfora hebraica y radical de la señora Bouvier, la sumisión femenina no acaba en su vestimenta. Caminan unos metros por detrás de los hombres, están confinadas en sus casas y se limitan a la cría de los hijos y a las tareas domésticas, un trabajo ingente dado que forman familias de ocho hijos de media. Imperan los matrimonios concertados y el sexo se constriñe a la concepción, aunque hasta los guías turísticos saben de los paseos a prostíbulos de algunos maridos jasídicos. Los divorcios, muy escasos, suponen el ostracismo y el repudio temporal de la mujer, teniéndose noticias de mafias encargadas de dar palizas a separadas. Eché de menos alguna asociación feminista europea protestando con los pechos al aire por esta situación. Tal vez no era su sitio.

Aparcando moralismos, el Williamsbourg judío es como aterrizar en un Jerusalén imposible e inexistente (los jasídicos, contrarios al sionismo, no son especialmente queridos en el Estado de Israel), un microcosmos iconográfico con los típicos autobuses escolares amarillo huevo con rótulos en yiddish, panaderías con pozos propios para evitar la contaminación química del pan y tiendas de novia que no desmerecen la elegancia de la esposa de Farruquito en su boda. Inmersos en un universo paralelo dentro de la vorágine de la ciudad que nunca duerme (bendito Sinatra), las incógnitas bombardean al visitante en forma de preguntas a veces complicadas de responder. ¿De dónde vienen? ¿Cómo se mantienen? ¿Cuál es su way of life? ¿Me atreveré a bajarme de esta Ford Vans Trasit Connect y hacer de intrépido reportero?

Petit à petit. El jasidismo nace en el siglo XVIII entre Ucrania y Bielorrusia. Por aquel entonces el rabino Israel ben Eliezer entendía que la comunidad judía había perdido el Norte y propuso una vuelta a la espiritualidad sobre la observación estricta de la halajá[3] y los preceptos de la Torá. Bajo la siempre atractiva y mistérica cábala y con el reclamo de un retorno a la vida en comunidades tradicionales, el jasidismo tuvo una fuerte aceptación entre los judíos pobres. La oposición de algunos líderes hebreos no evitó su ascenso: el jasidismo se hizo muy popular durante el siglo XIX y primer tercio del siglo XX en Polonia, Ucrania y, sobre todo, Hungría, lugares con importantes comunidades judías. Las dinastías jasídicas más distinguidas, como los Breslev, los Gur y los Satmar, comenzaron a hacerse un nombre entre las comunidades judías de Kiev, Varsovia o Budapest, preservando el rito ashkenazí[4] y hablando en yiddish. Hasta que llegó la guerra.

La shoah se llevó por delante entre 5,8 y 6,1 millones de judíos. La exterminación sistemática de judíos perpetrada por el nazismo constituye una de las páginas más trágicas de la Historia. Huyendo de ella y de su recuerdo se instalaron en Nueva York los judíos jasídicos, formando una comunidad que creció por su elevada tasa de natalidad. Según la United Jewish Appeal, hoy habitan en el Williamsbourg 75.000 ultraortodoxos. Las comparaciones son odiosas pero hay capitales de provincia en España con menos habitantes. La leyenda popular dice que encima son ricos. Sin embargo, los datos de la United Jewish Appeal lo ponen como un barrio pobre. Al parecer hay quienes trabajan vendiendo diamantes en la 47St, si bien la mayoría tiene una renta ligeramente inferior a la media estadounidense. Los números son los números, aunque reconozco que suena extraño.

Su hermetismo es total. Un sábado cualquiera las calles del Williamsburg ultraortodoxo son un poblado fantasma y solo transitan por Lee Avenue familias de vuelta de la sinagoga, turista de pseudo-incógnito, empleados domésticos que trabajan para los propios judíos y algún mendigo despistado con una papa como un borrico. Su velocidad es otra a la de Nueva York. Rechazan la ampliación del carril bici por el arrabal, solicitan abrir las bibliotecas los domingos y reclaman mujeres socorristas en sus piscinas segregadas (se bañan los niños con los niños y las niñas con las niñas, como se decía antes). Recelosos del boom inmobiliario de la zona, creen que la sociedad actual socava sus valores y se niegan a incluir los avances tecnológicos a sus quehaceres. O casi, porque los teléfonos móviles y los ordenadores portátiles sí están permitidos. Business is business, que traducido al catalán significa la pela es la pela.

Y allí, escondido tras el cristal ahumado de la furgoneta de una empresa de tours turísticos, un servidor a punto de fraguar la anécdota a la que comenzó refiriéndose este artículo. Si en el instituto no hubiera participado en la organización del día del Holocausto, probablemente no me hubiera bajado del vehículo (las mofas de mis amigos y la presión social también ayudaron). Sentía una mezcla de vergüenza y temor. La empatía me hacía pensar que no es plato de buen gusto ser observado como un mono en una jaula, especialmente cuando vuelves con los tuyos a casa tras asistir a tu templo en día sagrado. La frialdad general, los rígidos semblantes de quienes parecían ser los pater familia y las miradas asesinas lanzadas al vehículo me invitaban a ser prudente. Con todo, pudieron la curiosidad y los jocosos cacareos de gallinas del personal.

-Les recojo dos cuadras más abajo-, indicó el guía argentino.

judíos jasidicos

La cámara iba disimuladamente en ristre (el fotógrafo es un valiente). Entre las distintivas voces de un grupo de españoles en el extranjero cruzamos la primera manzana sin encontrarnos con nadie. Fue atravesar el semáforo y ver girar en la esquina a un señor con el bekishe[5], su nariz mosaica y la barba reglamentaria. Iba despistado, hablando serio con un chiquillo que trataba de buscar la sonrisa debajo de la kipá. La oportunidad la pintaban calva. Una estampa perfectamente cuadrada, la calle vacía, naturalidad en la pose… lo mismo daba hasta para hacerle un par de preguntas. Entonces se percató de nuestra presencia. Tras un agrio gesto de desaprobación, agarró a su hijo del brazo y se cambió de acera sin mirar a los lados. Mejor atropellado a que le tomen una foto.

Posiblemente este judío jasídico llegase a casa indignado. Lo imagino quejándose de la poca educación de los excursionistas mientras le arranca un pellizco furtivo a un bagel relleno de salmón. Cerca y a la vez lejos, un grupo de sevillanos comentábamos con guasa la misma anécdota rumbo al Lower East Side. Unos hechos y diferentes puntos de vista. La vida es cuestión de perspectivas. El reportaje de investigación se quedó en la cuneta pero había material para un artículo. El caos, querido Lorenz, puede ser maravilloso.

Francisco Huesa Andrade (@CurroHuesa).

[1] Un hogar para cualquiera de cualquier lugar.

[2] Cuando dos equipos de Nueva York juegan las Series Mundiales se denominan las subway series, precisamente porque los aficionados viajan en metro de Brooklyn al Bronx (y viceversa).

[3] Recopilación de las principales leyes judías.

[4] Rito judío con modificaciones místicas basadas en la cábala. Es de origen sefardí.

[5] Abrigo largo y oscuro mencionado antes.

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