Diario mesectario (I)

Atocha es un sitio increíble: tiene tortugas debajo de palmeras metidas en estanques. Lo sé porque una vez las vi y comí junto a ellas y les di un trocito de bocata de tortilla que no sabía a nada. Solo una vez. No he vuelto a encontrar ese vestíbulo selvático en las tres veces que he vuelto a la capital. Siempre me pierdo y termino donde las cabezas esas de bebé hipertrofiadas, de bronce, o de algo que parece bronce (¿acero corten? ¿el alma de una exnovia?) o en general un metal con aspecto de concentrar niveles volcánicos de calor.
No sé si simbolizan algo.
La esperanza, el hambre, los movimientos peristálticos del intestino. El precio astronómico de tener hijos.
En Sevilla plantaron un monumento a la tolerancia junto al río. Creo que es de Chillida. Tiene aspecto de escupidera de porcelana tras haber sido arrojada de lo alto de la Giralda. Personalmente, creo que tiene cierto aire megalítico y eso está bien. La barbuda gente megalítica creía que sus pedruscos tenían poderes y debe haber algo hermoso en que tu bacina retorcida sirva, en efecto, como fuente irradiadora de tolerancia: aquel escondite junto al Guadalquivir ha reunido a un número considerable de varones con el miembro fuera regando con sus fluidos a mujeres, hombres, perros, al propio monumento o a otros regadores.

Acabo de acordarme de que, en algún punto entre Andalucía y Madrid, a tres cuartos de hora de la capital si se circula a una media de 220 km/h, desde el tren puede verse una vasta extensión de tierra de cultivo inclinada sobre la que se ha clavado un cartel que dice PROPIEDAD DEL REAL MADRID C.F.
Me pregunto qué narices tienen plantado ahí o por qué Florentino se ha ido tan lejos para tener un sembrajo a nombre del equipo. Quizás ahí es donde guardan a Camacho. O quizás estén fabricando una nueva bebida, la Florentina o algo así.
A saber.
Nada más acabar el bachillerato se me metió en la cabeza que podía ser director de cine, solo porque veía muchas películas. Bueno, ni eso. En realidad veía bastante pocas en comparación con las ingestas psicofarmacoides que se daban mis compañeros de facultad antes de conocerlos. En el fondo solo me atiborraba de lo mismo una y otra y otra vez, con otomana obsesión repetitiva. Visto así, lo más probable es que quisiese ser director de cine porque molaba un montón extender en el espacio-tiempo mi afición a ponerle vocecitas a los muñecos. Es una aspiración vital asquerosamente infantiloide, sí. Ahora díganme una sola que no arrastre un inflado, tiránico delirio de la niñez. ¿Presidente del gobierno? Sí, claro. ¿Abogado laboralista? Ya, ya. ¿Periodista? Por favor, que me cepillo los dientes con vodka.
En fin, que en aquella época todo era mucho más simple y por simple me refiero a lineal y por lineal me refiero a que si querías dedicarte a juntar fotogramas debías gastarte el homónimo pastizal de los gansos para estudiar en una Escuela de Cine.
Era tan evidente que babeaba: ¿dónde se estudia cine? En una escuela de cine.
Pues claro, joder.
Sin embargo, era un imberbe impenitente, ni siquiera había alcanzado la mayoría de edad y, para qué engañarnos, depositaba toda mi confianza en una Factoría A Mansalva de Creadores porque es lo que hacemos los aspirantes inseguros, diletantes, temblorosos y extraordinariamente vagos. Lo que ignoraba por entonces eran las admirablemente bien abonadas raíces de todo un negocio donaldtrumpiano sustentado en precisamente todo lo anterior.
La próxima vez que ese amigo de aspecto sifilítico les suelte el enésimo rollo interminable sobre cómo el cine español podría ser mejor o aspirar a tal o cual envergadura o notoriedad, recuerden que no, que el cine español ya es rentable. Tanto como una vaca de 900 toneladas que ganara diamantes puros, meara maná, vomitara petróleo y eructara coltán. Y de paso tuviera página en Facebook.
El tráfico de armas se nutre del temor universal a no estar lo suficientemente defendidos de Andorra, de esa otra banda madafaca del sur de Los Ángeles, de las FARC y las antiFARC y, en fin, de cualquier otro fulano con la vena de la frente palpitándole de puro terror infundado.
El tráfico de drogas del temor de estar despiertos. Muy severo.
El tráfico del cine español del temor de todos esos candidatos a cineastas a no llegar a serlo nunca, jamás. Muy lógico.
Esa es la infinita rentabilidad masiva de nuestro sistema, el substrato dorado del verdicenagoso cabezón goyesco. Y hombre, hay cierta genialidad en todo eso.

No entiendo por qué hay negros genéricos en las puertas de los supermercados. La primera idea que se le viene a uno a la cabeza es que están pidiendo algo. Eso es un pastelaco de prejuicios, me digo. Mal. Pero… No llevan colgado ningún cartel, no te acercan ninguna tabla con formularios falsos, no te venden nada de nada. Simplemente, están ahí, asimilados por el entorno. No te piden, no reclaman. Allá en el Sur Profundo uno ve a alguien pedir y sabe de qué va. Necesita ayuda, solidaridad pura, genuina, de esa que, al contrario que los espidifrénicos dependientes de Esa Tienda de Ropa, se ofrece por sentido común. Estos, en cambio, ¿por qué se pasan el día ahí, junto a la puerta, emulando a la guardia real británica? Nadie parece percatarse, del mismo modo que nadie se lleva las manoplas a sendas mejillas de estupor cuando cae en la cuenta de la cantidad de chicles pisados que puntean nuestras hermosas aceras nacionales. La función de estos señores negros ha sido identificada, juzgada, entendida y sutilmente fagocitada mucho antes de poner mis dos pezuñas del tamaño de barcas en esta tierra. Me inquieta porque, jobar, el cacho grisáceo de lóbulo donde se esconde mi sentido de la solidaridad todavía puede reconocer (reconocer, no reaccionar humanamente) a las personas desfavorecidas. Pero es que estos tíos han asimilado un papel tan activo en los centros comerciales como la cajonera de las consignas.
El Reina Sofía está cerca.
Quizás se trate de una performance demasiado rebuscada.
La pobreza ajena incomoda. No hacer nada por paliarla incomoda aún más (lo siento, no tengo cambio y no te voy a dar mi preciada moneda de DOS euros porque las monedas de DOS euros me hacen sentir menos derrochón y eso, psicológicamente hablando, es muy importante amigo, porque soy un derrochón y necesito iconos religiosos bizantinos de mi no manirrotidad / y excusas similares). Pero no saber si se trata de pobreza alcanza un nivel ridículamente sádico de confusión social.
Como me siento confuso compro mucha leche.
Creo que voy a evitar volver a este supermercado.
¿Es posible que la gente no ayude a esas personas porque temen acercarse con un paquete de arroz y que les griten De Qué Coño Va Tía Yo Estoy Aquí Porque Me Da La Real Gana Estar De Pie? No sé.
Sospecho que la gran victoria del empijamiento de las artes, concretamente del cine y la literatura y la música, ha sido meter en vena el más depurado espíritu pijo de la vida: nada es sucio, nada es aberrante (y si lo es, es notoriamente aberrante, señaladamente aberrante), nada parece sacado de un lugar que no sea un tarro de formol de experiencias.
O de mucho cine visto.
O de muchas conversaciones sobre cine.
Si quieren saber a qué suena una voz pija imaginen a esos insidiosos lores británicos practicando el turismo de clase escuchando con embeleso victoriano los relatos barriobajeros de su criada jamaicana Mammy. Luego supongan que a uno de esos lores le da el venazo literario, lo regurgita, le aplica alguna historieta/anécdota personal y a otra cosa. Quiere distinguirse de todos esos bardos pijeras que le cantan al suave, anodino paso de los días en la finca. El problema es que al menos esos tipos parlan de lo que conocen y a veces hasta resulta extremadamente interesante y divertido.
Ahora la gracia se esconde en la expansión endémica del complejo del lord británico entre las jóvenes promesas y los pelotazos cuarentones: no importa de dónde se proceda, la voz siempre descenderá de las alturas, de la élite de los escogidos, los becados, los que apoquinan, los mantenidos, los elegidos para la gloria porque extendieron el cheque de su candidatura.
La palabra de los de abajo entonada con la gracia muerta de los malos imitadores. Si es que tan siquiera llega a interesarles lo que ocurre cuando se está abajo.
Todo esto para decir que mandé de una soberbia patada quaterbackiana cualquier enseñanza cinematográficoliteraria en cuanto descubrí que mi generación se estaba quedando muda. O peor: le habían injertado una grabadora Panasonic barata con una cinta bastante vieja y oxidada.
Así las cosas, no sé por qué me vine a Madrid.

UN PAR DE EJEMPLOS SOBRE EL PÁNICO ATROZ A ABRIR LA BOCA EN PÚBLICO Y SER IDENTIFICADO COMO UN HABITANTE DEL SUR PROFUNDO.
-Hola, vengo a sacarme el carnet de la biblioteca.
-Has estado aquí antes, ¿no?
-Si, bueno… Es que tenía que bajar al servicio. Me estaba haciendo caca.
-Déjeme su DNI.
-Tome.
-Oh. OH.
-¿…?
-No tienes que pronunciar las eses, ¿sabes?
-¿Perdón?
-Digo que no tienes que forzarte. Eres de Sevilla, ¿no? Allí no habláis así. Hay muchos por aquí y se les nota cuando vienen.
-Pero… Es que yo hablo así.
-Ya, ya.
-De verdad.
-La gente dice que los madrileños tenemos deje, pero yo no lo noto.
-¿No? A mí la gente de Madrid me suena a vasca.
-¡Ahí va! ¿Qué dices hombre? Venga ya.

La otra noche, paralizado como otros diez transeúntes ante la estructura molochiana, brillante como una hecatombe nuclear, erguida sobre la fachada de un edificio en pleno Chueca. Resultó ser el rodaje de la última peli de Almodóvar. Sobre la estructura descansaba un señor con aspecto de aburrido, casi tanto como los cargacajas de los camiones de alrededor. Un cartel indicaba que en el interior de ese edificio deshabitado estaba PEDRO ALMODÓVAR rodando SILENCIO. Un par de chicos afirman haber grabado al director “haciéndose una paja”, pero yo creo que es mentira. De todas formas, desde aquí abajo no se ve un bendito pimiento. Estando ahí, pasmado, deslumbrado como un conejo ante los faros de un Seat Ibiza, se me acerca una chica y su novia italiana de esa noche. HOLA. Eeeeeuhola. Me ha pillado de improviso. Dice que le encanta mi camiseta de Batman, le da un sorbito a la poza sin fondo de mojito que lleva en la mano, se equivoca, se mete la pajita en la nariz, la novia italiana me mira con desconfianza. Me pregunta que de dónde soy. Recuerdo a la bibliotecaria así que les digo que adivinen. A la novia italiana no le gustan los acertijos, puede practicarme una llave de lucha grecorromana en cualquier momento y, la verdad, se está bastante fresquito en la calle así que no tengo ninguna prisa.
-¿Toledo?
-Niet.
-¿Bilbao? No, no tienes acento de Bilbao.
-Nor.
Cuando se aburren de intentar averiguarlo se dedican a morrearse delante de mí, momento que aprovecho para mostrar un interés desproporcionado en la forma del nudo de mis botines o deportivas o zapatillas o como resulte que deban llamarse en esta zona de la peninsularidad.
-Bueno, ¿de dónde eres?
-Adivina.
-DÍMELO.
-De Sevilla…
Tragedia.
La italiana no se lo cree. Vamos, yo tampoco me trago que sea toscana y ahí estoy, asintiendo como un tontaina. Se cabrea. Me grita que eso es imposible, que no tengo NADA de acento. La chica del mojito expande su superficie ocular como un pavo en celo la cola. Estoy empezando a tener la impresión que el tema del acento es tan delicado como abortar sobre la mesa en plena cena de Navidad en casa de tu novia del Opus.
Afortunadamente la conversación deriva de nuevo, con gracia de Bolshoi, hacia mi camiseta. Batman y Robin, Robin y Batman. Qué chula. ¿Eres un frikazo? ¿Perdón? Que si eres un frikazo. Pues no sé, ¿qué es ser un frikazo? Que te gusten los juegos de mesa. La italiana me mira y me dice que esa pregunta tiene connotaciones sexuales. Le digo ja-ja ya lo sé, yo hablo con connotaciones sexuales todo el rato. Ni pizca de gracia. La del mojito se ruboriza. Italiana pregunta si soy homo o hetero. Lo segundo.
-¿HETERO? ¿Y QUÉ HACES EN CHUECA?
Hetero y sin acento andaluz. Trato de recordar de qué color eran los brazaletes del Reich para eso.
-Me han invitado a un concierto flamenco.
-¿Sabes que no todo el mundo es 100% hetero ni 100% homo? ¿Sabes lo de la ley de Kingsley?
-¿Ese es el de la peli de Liam Nesson?
-¿Quién es Liam Nesson?

Metro.
Un tipo está aporreando las puertas del coma etílico en el vagón, sentado, escorándose peligrosamente hacia delante. Sujeta una lata de medio litro de Amstel y se la va a pegar porque los viajeros hemos decidido abrir un respetuoso círculo para que el buen hombre se estampe contra el suelo. La cerveza empieza a escurrírsele por la lata. Nadie se acerca para recalibrarla en posición vertical, que es la dirección natural de toda cerveza. Estoy lejos, tan lejos como pueden desterrarlo a uno nosecuantos hombros y maletines y fundas de guitarras en un vagón de metro. Una señora dice que Hay Que Dejar Al Pobre Hombre A Lo Suyo. Pero es que no está a lo suyo. Se va a dar un castañazo y, encima, lo está poniendo todo perdido de birra. Birra desperdiciada. Birra empapando pies, birra apestando en el sofoco del vagón. Mierda, que no hay que darle un piso. Despiértenlo, agarren la lata, encájenlo en un módulo escheriano de Ikea, qué se yo. Esto ni siquiera es un dilema de solidaridad: es una cuestión de supervivencia, coño. Hace un calor de
Nada.
¿Y tú que vas a hacer, Isaac, profeta de los cojos, los miopes, los que no tienen agua cuando hay fuego y los currículums arrojados envueltos en pedruscos, enviado celeste por la cabeza del beato Oliver Plunkett?
Nada.
No voy a hacer nada porque está muy lejos y es fácil adaptarse a pasar de todo cuando alguien formula una explicación piadosa para ello.
Una señora al lado de la señora que ha valorado la situación empieza a hablar del 11-M, del karma, de cómo su hermana sobrevivió porque se quedó a dormir en su casa esa noche.
El 11-M. Pensé que tardaría más en oírlo de boca de un madrileño.

Me gusta entregar currículums en persona. Es el equivalente de pararse en mitad de la Gran Vía con una enorme pústula supurante en la cara chorreándote mejilla abajo. Recibes miradas de compasión, sonrisas amables, aire acondicionado gratis, la gratificación de saber que en algún momento usarán la parte de atrás del folio para apuntar la contraseña del Wi-Fi.
No obstante, trabajar es un error de la naturaleza, una desviación del sagrado camino que quizá tenga remedio. He oído decir que en Irlanda dan subvenciones a la mendicidad. Eso está bien. Podría liderar el cambio: la revolución de los mendigos y desarrapados. Páguenme por no hacer nada en especial, por ocupar espacio sobre una manta pulgosa. Lo digo totalmente en serio. Páguenme por representar el noble afán de no quedarse atrapado en las fauces de un trabajo de mierda. ¿O es que a los modelos de calzoncillos de H&M y los obispos se les paga por algo diferente? Y créanme que representaré su deseo oculto con una eficacia nunca vista allende la meseta.
Investigo cual es la línea que toma la flamígera y flambeada nueva alcaldesa de Madrid para proponerle mi teorema filosófico-moral. De momento nada.

Isaac Reyes

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By | 2015-07-08T00:26:09+00:00 Julio 8th, 2015|Escritos|0 Comments

Sobre el/la autor/a

Nacido la semana antes de acabar la Guerra Fría. Se le da mejor hacer tartas de queso que escribir. Se le da mejor escribir que el kickboxing. Nunca ha practicado kickboxing. Por Dios, si hasta se asusta de su sombra.

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