LA EDAD MODERNA: UNA UNIÓN MOMENTÁNEA Y UNA SEPARACIÓN DEFINITIVA

El paso de la Edad Media a la Edad Moderna iba a traer un periodo de relajación en las relaciones entre Portugal y la Unión Dinástica protagonizada por Castilla y Aragón (o al revés, que Tanto Monta).

De ello se encargó el Tratado de Tordesillas, firmado en 1494 y revisión del de Alcáçovas-Toledo, por el que ambas potencias se repartieron el mundo en dos esferas de influencia, con el beneplácito del papa. Los demás monarcas europeos se rieron, pero tuvieron que aguantarse ante el juego de los dos países más pujantes de Europa (mírennos ahora).

Para esas fechas regía el trono portugués Don Manuel I, el Afortunado.

Humildemente, el autor de este artículo, opina que ser yerno de Isabel la Católica por partida doble no tuvo que ser una fortuna precisamente.

Efectivamente, el monarca portugués, llegado al trono por casualidad (era primo del anterior rey) contrajo sucesivamente matrimonio con dos de las hijas de la Reina Católica, Isabel y María. De su primer matrimonio nació el que presumiblemente iba a ser rey de Portugal, Castilla-León y Aragón, un niño bautizado con el elocuente nombre de Manuel de la Paz.

Si este infante llegaba a la edad suficiente como para ser proclamado rey, uniría en su corona todos los territorios peninsulares salvo Navarra, por aquel entonces un reino marginal y constreñido por Francia y la Unión Dinástica.

Pero como tantas otras veces, las enfermedades propias de un mundo subdesarrollado dieron al traste con los ambiciosos proyectos de unión peninsular: el infante Manuel de la Paz murió en Granada, poco antes de cumplir dos años.

Muerta Isabel en el parto del malogrado príncipe, el relevo en la cama real lusa lo obtuvo su hermana menor, María de Aragón, que daría a luz a diez hijos en un matrimonio que duró 17 años. Entre ellos iba a ser clave su segunda hija, Isabel de Portugal.

Princesa de mucho donaire y buen corazón, a decir de las aduladoras fuentes palatinas de que dispone el historiador, su matrimonio con su primo hermano, Carlos I de España (y V de Alemania, que no se nos olvide), constituyó un último cartucho en busca de la tan deseada unión de todos los reinos ibéricos.

El proyecto se llevó a cabo mediante un doble matrimonio: Juan III de Portugal se uniría a Catalina de Austria, hermana de Carlos, buscando así aumentar las posibilidades de producir un heredero viable.

Por lo que a Isabel se refiere, pasó a la historia como uno de los escasos ejemplos de reina con un matrimonio feliz y deseado por ambas partes. Los testimonios de que disponemos así lo muestran: rey y reina compartían lecho, se hablaban y paseaban juntos más de lo normal, constituyendo toda una transgresión de la etiqueta de la época.

Fruto de esos sentimientos nacería Felipe II, que al andar del tiempo, llegaría a ceñir la corona unificada de toda la Península.

La muerte de su sobrino, el místico y alucinado Sebastián I, en un temerario intento de cruzada, saldado con la derrota de Alcazarquivir (Marruecos) y el breve reinado de su sucesor, Enrique, dieron la posibilidad de que Felipe II reclamase el trono portugués como descendiente de Manuel I.

Así, de un modo inesperado y en una persona insospechada, la ansiada unión ibérica llegó por fin, aunque no sin problemas.

Un bastardo real, don Antonio de Crato, apoyado por el común, se alzó en armas, reclamando la corona. Felipe II, con la mayor parte de la nobleza portuguesa a su favor, delegó en el capaz aunque ya anciano Duque de Alba la resolución del conflicto.

Las tropas de Felipe II derrotaron en Alcántara a un ejército portugués formado a toda prisa. Las Cortes portuguesas, reunidas en Tomar, juraron a Felipe II como rey legítimo. Los restos de oposición, refugiados en Azores serían eliminados tras la victoria naval de Isla Terceira en 1582 sobre una flota francesa enviada en auxilio del de Crato.

A partir de entonces y durante 60 años los destinos de Portugal y la Monarquía Hispánica fueron de la mano, durante los reinados de Felipe II, Felipe III y Felipe IV (en Portugal con un número menos todos ellos).

Esa época fue ambivalente para Portugal y por mucho que los nacionalistas del país vecino la denuesten, borrando los nombres de los tres “Filipes” de la lista real lusa tuvo sus aspectos positivos: Lisboa se convirtió en puerto de arribada de las flotas de galeones de la Carrera de Indias y en una de las ciudades más dinámicas de Europa, embellecida con monumentos de primera categoría, como San Vicente de Fora.

Al llegar la época de los Austrias Menores, el concurso de los financieros portugueses de origen converso, conocidos con el sonoro nombre de “marranos” fue clave para explicar la financiación de las políticas de la Casa Habsburgo, mediante préstamos y juros no siempre devueltos por los monarcas, siempre al borde del resello y la bancarrota.

En el otro lado de la balanza podemos reseñar que los portugueses a la larga sintieron que estaban en inferioridad con respecto a los reinos de lo que hoy es España. Fueron anexionados más que unificados y se vieron pronto a las órdenes de un Virrey que administraba el reino teledirigido desde Madrid o dondequiera estuviese el monarca Habsburgo.

Los asuntos portugueses serían ventilados en un Consejo de Portugal insertado en el llamado “sistema polisinodial” de los Consejos de una Monarquía Hispánica en la que al incorporar el imperio colonial portugués no se ponía el sol desde el Pacífico hasta el Occidente europeo.

Por si fuese poco, el entramado de relaciones semi-incestuosas había producido descendientes de los antiguos príncipes tan capacitados como los reyes españoles para asumir el reino, ya fuesen legítimos o bastardos.

Era este el caso de Juan de Braganza, que aprovechando su condición de descendiente de Manuel el Afortunado acaudilló un movimiento “nacionalista” con el objetivo de ser de nuevo un reino separado. Esto beneficiaba especialmente a los burgueses locales e ingleses de modo económico y a los ingleses y franceses en el plano político, por cuanto debilitaba al principal adversario en la Guerra de los Treinta Años (1618-1648) en una fase crucial de la guerra.

En 1640, aprovechando el malestar creado por la política centralizadora del Conde-Duque de Olivares, tendente a establecer un Estado unificado a imitación del proyecto francés iniciado por Richelieu, Cataluña y Portugal se sublevaron, siguiendo la tradición centrífuga de los poderes locales ibéricos, contrarios a la unificación. Juan de Braganza, aupado al trono como Juan IV iba a canalizar el malestar portugués por los excesivos impuestos.

Las primeras sublevaciones y motines dieron lugar a una guerra intermitente que duró 28 años (1640-68).Tras una última campaña infructuosa y la victoria portuguesa en la batalla de Villaviciosa en 1665 y las posteriores conversaciones de paz, se reconoció la independencia de Portugal en 1668, conservando España Ceuta y varias poblaciones de la región de Zamora, que prefirieron mantenerse leales a los castellanos.

Incluso en los territorios andaluces se llegó a proyectar la separación de un reino independiente, de la mano de dos conspiradores, el Duque de Medina Sidonia y el Marqués de Ayamonte, relacionados con Portugal: Juan IV de Braganza era cuñado del duque de Medina Sidonia (su hermana Luisa era la esposa del portugués), mientras que el marqués era primo hermano del duque. Finalmente el Duque de Medina Sidonia sería proscrito y su primo, delatado y acusado de incitarle a la rebelión por él mismo, decapitado.

Desde ese entonces, Portugal llevó una existencia autónoma, aunque no tan separada de España como cabría esperar.

Ricardo Rodríguez