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Anita Palacios. Cuando el pincel acaricia la sal, o viceversa

Anita Palacios. Cuando el pincel acaricia la sal, o viceversa

on Oct28

Son múltiples los alicientes que la costa andaluza ofrece, máxime si nos encontramos en pleno verano, en uno de esos días que los termómetros esquizofrénicos se desconectan de la realidad y el único consuelo al alma derrotada se oculta tras las olas de un mar salado o tras el cristal colmado de la rubia y espumosa cerveza.

Distraigamos al pensamiento errante. Concentrémonos en una idea y divaguemos sin rumbo predefinido. Tomemos como referencia a la localidad gaditana de Chipiona, famosa por su faro, la bondad de sus aguas y la lozanía de sus gentes, perfectos anfitriones para cobijarse de las inclemencias meteorológicas, cobijo de calores y penas, elixir demostrado de salud y algarabía.

El grupo se aleja jubiloso portando los símbolos hedonistas de la estancia, rumbo a la cálida arena que espera su momento para herir de muerte al descuidado tegumento. Temeroso, aferrado a costumbres arcaicas transmitidas de generación en generación al amparo de los monasterios, descubro de nuevo la magia escondida tras la mezcla mágica del lúpulo, la cebad y el agua, y busco el cobijo de una sombra perdida para pensar, o quizás busco algo nuevo, indefinido, aun desconocido, que me emocione de verdad. La sombra se muestra esquiva y el cuerpo se siente incómodo y me incita a acelerar el ritmo; es por ello que recorro kilómetros, me cruzo con todos y con nadie, caras anónimas que voy barajando en una partida que estoy a punto de perder, y de pronto veo la luz.

En verdad no es luz, es magia. La magia se encuentra plasmada en un par de lienzos expuestos en el escaparate de una marquetería, y entonces descubro un diminuto nombre, minúsculo en tamaño y en forma, un nombre de niña que seguramente resuma el alma de toda una mujer, y sonrío…

La desconocida se llama Anita Palacios. Es la mujer que ha despertado un inesperado interés en quien ama el arte sobre todas las cosas. Hace calor, pero ya no lo siento. Tengo que encontrar a esa pintora que me ha cautivado y siento que la brisa empieza a nacer al tiempo que un intenso olor a sal se apodera de mi persona. Aún desconozco que conoceré a la artista en el plazo de una semana.

Latentes en el recuerdo las últimas pinceladas de Juan Ignacio Sardi, Anita Palacios supone aire fresco en una Chipiona menos conocida por sus artistas que por sus playas, injusta apreciación si se tienen en cuenta las excelsas cualidades de los artistas locales que, en su afán por crear, consiguen dar vida a un mundo paralelo que taladra los sentidos.

Todos se han vuelto a ir dejándome a mi libre albedrío junto a mi hijo, el único al que he confesado mi fascinación por la obra de una desconocida autora local a la que estoy a punto de conocer. Él, tan sólo un niño pero poseedor de una prodigiosa sensibilidad para la pintura, se ofrece a acompañarme y juntos emprendemos el camino. Hemos llegado a la puerta del estudio de Anita y nos sentimos expectantes, nada sabemos de quien nos abre la puerta y nos recibe con la mejor de sus sonrisas; la cosa empieza bien.

Anita es joven y talentosa, jovial, sencilla y amable, además de excelente anfitriona. Toca conocer su estudio y escuchar cómo habla de sí misma y de sus alumnos, del ayer, del presente y del futuro, y comprobamos que sin ilusión es imposible lograr lo que ella logra en cada una de sus obras, cuatro de las cuales nos sorprenden desde su privilegiada ubicación en una de las paredes.

El diálogo transcurre con la suave cadencia que condiciones los calores del exterior, que intentan penetrar en la estancia y apoderarse de la realidad plasmada en lienzo; también lo intenta la sal, que flota gozosa y se prepara para la conquista… y surgen las preguntas…

Anita nos habla de su arte, se su técnica y, en definitiva, de ella misma, lógica conducta cuando son sus manos las que guían los requiebros con los que su pincel crea, recrea y hasta habla.

Creedme que la sencillez se hace arte, hiperrealismo, justo allí, en un estudio escondido en la localidad costera de Chipiona. Pero será Anita quien nos cuente más cosas, sin duda las más interesantes, las que nos obliguen a buscarla en las redes para disfrutar…

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Bienvenida, Anita, a Distopía, revista cultural desde la que esperamos conquistarte y esperamos ser conquistados. Relájate, tómate tu tiempo y habla pues estamos pendientes de tus respuestas.

Anita es una pintora hiperrealista ¿siempre ha sido así?

Creo que siempre he sido hiperrealista, aunque no lo supiera hasta ahora. Con el tiempo nos vamos conociendo  a nosotros mismos, pasamos por  las primeras etapas de la vida buscándonos, hasta que llega la madurez, que no tiene una edad determinada, pero sí  experiencias que permiten conocerte.

En mis primeras exposiciones combinaba realismo e impresionismo.  Si me preguntaban que por cual de los estilos me terminaría decantando no sabía qué responder pues me parecía una elección absurda. Simplemente pintaba y estaba demasiado ocupada en conocer texturas, colores, difuminados… sorprendentemente para mí, a la gente le gustaba.

Con la perspectiva de los años, lo que se conoce como experiencia, supe que a través de la puntura  se podía engañar al ojo humano creando una tercera dimensión.

Ahora sé que mi técnica es realista o hiperrealista. La técnica no se elige, se siente.  Si pudiera elegir, quizás me decantaría a día de hoy por una que requiriera menos oficio, menos tiempo de ejecución, pero no estaría siendo honesta.

Es obligado preguntar siempre por las influencias y por la inspiración.

Estoy influenciada por el entorno en el que vivo,  el momento político, los traumas, las obras de arte que he visto, pero realmente no sabría decirte qué ha sido determinante. Los artistas a los que admiro son muchos y sus estilos son muy heterogéneos. Habría que sumar a su influencia la de aquellos a los que voy conociendo a lo largo de los años. Todos, de alguna manera, están presentes en  mi forma de trabajar. Las marinas de Steve Mills y del roteño Carlos García Román, la fuerza de Marco Ortolán, las composiciones de Roberto Bernardi, la luz de Ralph Goins, los reflejos de Gus Heinze, la dulzura de Yigal Ozeri… A estos últimos, hiperrealistas, tuve la ocasión de verlos en el Museo Thyssen, del que vine maravillada.

La inspiración propiamente dicha, surge cuando entro en mi estudio.

Háblanos de tu currículum pictórico y vital.

Empecé a pintar a los quince años, en casa de Juan Ignacio Sardi, donde hice mis primeros cuadros. Más tarde estudié en Jerez Artes Aplicadas y Oficios Artísticos, coincidiendo con la enfermedad de mi madre, que falleció. Todo mi mundo cambió y, aunque obtuve buenas calificaciones, me desanimé y lo dejé. Seguí pintando, dando algunas clases esporádicas con Ricardo Lorenzo, pintor de la zona, al que le agradezco que me abriera la mente en cuanto a la pintura. Participé en  algunas exposiciones colectivas y la primera individual en la Casa de la Cultura de Chipiona en el 2000 nunca la olvidaré. Los siguientes años realicé trabajos esporádicos hasta que me fui a trabajar con mi padre, ayudándole con la gestión de su empresa de mármoles.

La pintura siempre estaba ahí, pero en un segundo plano. Llegó la hora de jubilarse, vendió el negocio. Yo me quedé un poco perdida, sin rumbo, no sabía a qué dedicarme y nunca contemplé como opción la pintura aunque mi padre siempre quiso que me dedicara a ella.

Hice un curso de Iniciación y Gestión de Empresas y me disponía a abrir una tienda de ropa interior cuando me di cuenta que a mí lo que me gustaba era pintar.

Abrí una pequeña galería de arte en la que vendía los cuadros de pintores de la zona; de cada venta yo me quedaba con una pequeña comisión. También exponía mis obras y en uno de los escaparates yo estaba con mi caballete pintando…

Me descubrieron a través del cristal. La gente entraba y se interesaba por mi trabajo, por mis obras… y así llegaron los primeros encargos, que se fueron multiplicando. Posteriormente me surgió la oportunidad de impartir clases de pintura y así, lo que empezó siendo una especie de tienda-galería se convirtió en mi estudio. Con el tiempo cambió de ubicación y ahora está debajo de mi casa, donde pinto para mis exposiciones y doy clases unos días a la semana.

Proyectos presentes y futuros.

Ahora estoy inmersa en la preparación de mi próxima exposición, sin tiempo que perder, para completar la sala. Mis proyectos futuros tendrán que esperar para después del verano. Ahora mismo no sé dónde expondré para esas fechas.

Hasta aquí las preguntas que esperabas pero en Distopía somos un poco pícaros y queremos distanciarnos un poco de la línea habitual de entrevistas. Ya verás.

Anita sueña con pintar…

Me persiguen muchas imágenes que quedaron grabadas en la retina; no las pude capturar con la cámara y no quiero morirme sin pintarlas. Entre ellas, un retrato en gran formato, hiperrealista, en concreto el de un marinero de Chipiona al que vi sentado en las canteras, junto a su litrona. Su rostro, su mirada, resumían una vida dura; como contrapunto, su mellada sonrisa.

Tu pintura, ¿es prosa o poesía?

Hay cuadros llenos de poesía y otros cuentan una historia en prosa. Todos tienen algo que contar. A veces es muy obvio el mensaje. Otras, es necesario penetrar en sus secretos.

¿Suelen hablar tus pinceles por ti? ¿Te mandan callar de vez en cuando?

Mis  pinceles, no sé si consciente o  inconscientemente, hablan de cómo soy. Supongo que cuentan, a través de los colores que utilizo, que soy tremendamente optimista, perfeccionista por la técnica, osada, valiente y a la vez hipersensible. Pueden hablar constantemente de mí, lo que no creo es que me manden a callar, porque hasta cuando no me dejan espacio intento colarme.

Dinos cómo era aquel dibujo que hiciste de niña y en el que aun piensas y  sonríes.

Guardo en mi memoria un dibujo que hice para una especie de concurso en el colegio, más o menos en cuarto de EGB; la memoria, después de tanto tiempo, idealiza y  hasta inventa,  por eso me encantaría volver a ver aquellos trazos que dibujé, con ceras y rotuladores de colores cuando solo era una niña que no tenía ni idea de que algún día se dedicaría a pintar profesionalmente.

Tenía que versar sobre el deporte y como me encantaba hacer caras, muñecas… dibujé a una mujer en un jardín de flores, todo muy “happy”. Consciente de que había hecho lo que me había dado la gana y que no tenía nada que ver con el tema propuesto, alegué que la mujer estaba andando. Obviamente no gané.

Tus cuadros huelen a sal. ¿Saben a yodo?

Si huelen a sal ya he conseguido bastante, aunque pintando el agua de Chipiona no pueden saber a otra cosa que a yodo.

Vivir en Chipiona condiciona los encargos que puedas recibir. No me puedes negar que muchos clientes te piden un paisaje con faro, con castillo o simplemente con arena y agua. Pero cuando Anita actúa por su cuenta ¿decide apartarse de estos cánones?

Vivir en Chipiona  condiciona que el tema de los encargos se repita. Es normal, son los monumentos que tenemos y la gente los quiere tener en su salón. Ahí es donde se debe de ver el trabajo del pintor con el fin de diferenciar cada cuadro y hacer que cada uno sea especial. Eso ocurre en todas las ciudades.

Ahora estoy preparando una exposición para Sevilla, y sin embargo estoy pintando marinas, algo que no se aleja mucho de lo que cualquier chipionero me encargaría; la diferencia está en cómo las pintas, puedes pintar una marina y que sea diferente, al fin y al cabo una marina es un paisaje de  mar, de eso tengo mucho por aquí, solo hay que cambiar el punto focal. Cuando termine con esta serie, no tengo claro lo que haré, ni para dónde, pero lo que sé es que no tendrá nada que ver.

Anita Palacios pinta con óleos pero ¿deja sitio a otras técnicas?

La pintura con la que siempre he pintado ha sido el óleo. Seguro que me gusta la acuarela, el pastel o la tinta china y si les dedicara tiempo quizás…

El óleo es lo que he tenido siempre, aparte de los lápices. Si tengo tiempo quiero probar con la escultura pero por ahora solo puedo permitirme pintar con técnica que domino.

Para ser considerada hiperrealista ¿hace falta tener buena vista?

La  vista es mi talón de Aquiles. Soy miope de nacimiento; puedo ver muy bien de cerca y mal de lejos, algo que a priori no me vendría mal si no fuera porque además tengo cataratas congénitas. Estoy en trámites para operarme pero no sé si será peor el remedio que la enfermedad. Así que te diría que, aunque sea con gafas, ver bien es fundamental.

¿Es más difícil recrear la realidad o interpretarla?

En mi opinión, cuando te dedicas a recrear la realidad, lo que haces es interpretar la vida a través de un mensaje, en este caso la pintura. El pintor llama la atención sobre un motivo que le ha llamado la atención y lo comparte con los demás. Después empieza el trabajo en el estudio. Cuando la imagen captada atraviesa el filtro del artista, la realidad se convierte en su realidad.

En cuanto a la dificultad, no sabría qué decir pues lo que para unos es sencillo para otros es complicado. Supongo que dependerá de la técnica innata de cada pintor.

¿Has pagado alguna vez con un dibujo en una servilleta?

Me hace mucha gracia la pregunta. No, no he pagado nunca con un dibujo en una servilleta, no se me ocurriría, por miedo a la reacción del camarero.

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¿Y en algún otro formato?

Con otro formato tampoco, no por falta de ganas…más bien por falta de éxito. Está la cosa mala.

Viajemos a ese extraño mundo de las exposiciones. Damos por supuesto que tu obra ha sido expuesta en diversas ocasiones. Recuérdanos tus sensaciones la primera vez que tus obras fueron exhibidas.

La primera obra por la que te pagaron fue…

La primera vez que expuse, eran muchos los sentimientos que se mezclaban en mi interior: miedo al ridículo, vergüenza… como si de repente te pusieran desnuda en medio del pueblo, o  peor porque desnudaba mi interior. Se trataba de mostrar a todo el mundo el trabajo en el que había volcado el alma. Me consideraba tan solo una aficionada con mucha ilusión y me sentía vulnerable. Acudieron al evento la Prensa, el alcalde, los concejales, pintores conocidos del pueblo… Tenía que hablar en público, en fin…muchos nervios. Al final todo salió bien, vendí bastantes cuadros y, lo más importante, mi padre estaba muy orgulloso de mí y eso se le notaba en la cara cuando la gente le daba la enhorabuena, qué más se puede pedir.

La primera obra por la que me pagaron fue un retrato de  mujer, no conservo la foto del cuadro, cosas que ocurren con los discos duros. Me la compró el dueño de un hotel, para una de sus casas. Según sé, la colocó en la chimenea de su salón, algo que me abrumó.

¿Tienes un libro que te explique qué tienes que hacer cuando coges los pinceles?

Nunca tuve libro que me guiara. Si lo hubiera tenido lo mismo ni lo miro, soy más de probar sobre el terreno.

¿Y alguien que te aconseje?

Cuando he necesitado algún consejo se lo he pedido a Bartolomé Junquero,  un pintor con importantes premios en su haber y  con el que sé que puedo contar para una crítica sincera. El día a día lo voy solventado como puedo, en la soledad de mi estudio y con mi propia autoexigencia, que me tiene siempre a raya.

¿Has expuesto alguna vez en la capital?

Tengo 42 años pero me he dedicado tarde a la pintura de forma profesional. Mirando atrás, no podía ni pensar en exponer fuera, ya que no me sentía segura con mi técnica. Ahora sí creo que es el momento de probar fuera. Nunca he expuesto en la capital. Expondré en Sevilla y después no descarto nada.

Cuando Anita Palacios cierra los ojos ve…

Cuando cierro los ojos veo ilusiones, proyectos cumplidos, intento iniciar el sueño pensando cómo sería mi vida si tuviera éxito con la pintura… si cambiaría para bien o quizás para mal. ¿Y si me tocara la lotería? ¿cómo sería mi casa? ¿y mi césped, y mi piscina…? ¿cómo disfrutaría mi hija, como sería mi estudio, cómo sería mi casa con grandes ventanales llenos de luz…? Soy humana para soñar mejor a lo grande.

¿Y cuando los abre?

Cuando abro los ojos veo  mi mejor obra, mi hija Valentina, una personita de dos años que llena todo mi mundo de un amor tan intenso que hace que mi existencia  tenga un nuevo significado.

¿Escuchas música mientras pintas?

Pongo música clásica, María Calas, bandas sonoras de películas, algún que otro cantautor como  Ismael Serrano… últimamente me ha dado por Vanesa Martín, Buika, Edele y alguien que nunca me falla cuando necesito desgañitarme cantando, a la que admiro de toda la vida, la incomparable Luz Casal. En ocasiones escucho tertulias o debates y hay días en los que me tengo que conformar con la música que elige mi vecina, que la pone a toda voz mientras hace sus tareas domésticas, música que se aleja mucho de la que me apetecería escuchar mientras pinto, por cierto. Pero todo eso es puntual; para pintar, lo que de verdad necesito es estar en silencio, tranquila y sola. Así es como todo fluye, con el único sonido de mi respiración.

Cuando te tomas un descanso bebes…

Sí, bebo mucha agua. Algo que nunca debe de faltar a mi lado mientras pinto es mi botella de agua.

En Distopía sabemos que das clases de pintura. Háblanos de tus alumnos/alumnas y de tu relación con ellos, alguna anécdota, alguna sorpresa…

El dar clases es algo que me llegó sin yo haberlo planeado, cuando estaba empezando y sin tener todavía una madurez técnica, pero eso a una niña de unos siete años, fascinada por la pintura y bastante cabezota no le importaba demasiado: se empeñó en que le diera clases. Por más que yo le decía que no estaba preparada, no tenía lo necesario, no tenía espacio, que la que tenía que recibir clases era yo, ella seguía en las mismas. Al cabo de unos días, y viendo que seguía en su empeño, hablé con su madre y me lo empecé ha plantear.  Al fin y al cabo si alguien quería pagarme para que le diera clases, quien era yo para negarme. Siempre que todos supieran que yo era autodidacta y que simplemente les ayudaría transmitiéndoles, cómo podía,  mi forma de hacer las cosas…

Puse unos carteles en los que se leía algo así como “clases de iniciación al óleo”, compré caballetes, mesas para los utensilios y sillas… y cuando tuve un grupo de unos cinco,  empezamos.

Poco a poco mis clases se convirtieron en un batiburrillo de personas, niños, jóvenes y mayores, cada uno con un nivel distinto y una forma  de pintar. Algunos  venían de otras clases, con lo cual llevaban más tiempo pintando que yo, pero tenían muchas ganas de aprender. Yo intentaba solucionar los problemas que tuvieran al momento, ya tuvieran que ver con el dibujo o con el  color, proporcionándoles explicaciones o sentándome con ellos frente a sus caballetes desde donde daba pinceladas con la intención de que vieran. Todos me llamaban a la vez y siempre había alguien esperando. Eso me dio una agilidad mental increíble  y mucha soltura, que me vino estupendamente para perder la inseguridad del principio al tiempo que yo misma aprendía con ellos.

El grupo de alumnos fue creciendo. Al tener tanta gente, sobre todo en verano, tuve que organizar varios turnos: dejé uno para los mayores y otro para los niños y este último se convirtió en una locura, por lo menos para mí, que tenía que estar todo el tiempo con la fregona limpiando la pintura desparramada. Ellos seguramente se lo pasaban bien, pero yo me frustraba y acabé por suprimir este “peligroso grupo” para dedicarme a los mayores, con los que sentía  que mis consejos eran más efectivos.

Hoy en día sigo dando clases,  algunos son de fuera, otros de Chipiona, algunos vienen de forma intermitente, según se lo permita el trabajo, los hijos o los kilómetros,  unos se han ido incorporando por el camino y otros están conmigo desde que empecé… como aquella niña cabezota, llamada  Carlota García que hoy es una mujercita a la que le tengo mucho cariño, una alumna que para mi gozo, se quiere dedicar al arte.

Por eso, más que clases, mi sensación es que los viernes por la tarde me reúno con un grupo de amigos con los que, entre merendolas y pinceles, comparto mi vida y ellos la comparten conmigo.

¿Cuál es tu color favorito?

Mi color es el azul, sin duda. En mis cuadros es más que evidente. Mi casa es  blanca con toques azules. El azul es frescura, es dar un paseo por la playa, es mirar al cielo. Todos estamos llenos de azul.

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La marca de óleos fetiche…

Siempre he pintado con Titán; la textura de esa pintura es para mí, dentro de las marcas que se comercializan en España, la mejor, pero también puede ser que esté acostumbrada a ella.

¿Montas tú misma los lienzos sobre los bastidores?

Los Lienzos los pido por teléfono a Jerez, a Jesús, de Bricopinturas. Allí me los hacen a medida con la tela de gabardina que siempre utilizo; ellos me los montan en el bastidor.

En cuanto a los pinceles ¿alguna preferencia?

Los pinceles tienen que ser de cabo largo. Los prefiero planos, aunque tengo que tener de todos los tipos para pintar con soltura. La marca que más me gusta es Setter pero tengo pinceles de casi todas las marcas..

Para plasmar la realidad en el cuadro como tú lo haces, muchos artistas utilizan fotografías ¿qué haces tú para conseguir los modelos?

Siempre he pintado con fotografías. Ahora, para dar más realismo, necesito el iPad, que me permite ampliar la zona en la que estoy trabajando para ver todos los detalles. Cuando estás pintando un instante irrepetible, como por ejemplo una ola rompiendo sin que se te escape ni una gota, te tienes que valer de la fotografía aunque siempre es bueno retener el momento en la memoria por aquello de la Luz y los colores.

¿Realizas caricaturas si te las piden?

La caricatura es algo que hacía de broma con mis amigas, y las clavaba, la verdad, pero de forma profesional no las he hecho, aunque no descarto nada, quién sabe…

¿Retrato?

El retrato me apasiona. La figura humana ha sido siempre mi tema principal, aunque ahora la tenga un poco abandonada. No puedo estar mucho tiempo sin pintarla.

Observando los cuadros de tu estudio, se prevén horas y horas de trabajo.

¿Cuánto puedes tardar en acabar uno tus cuadros? (ya sabemos que cada uno requiere un tiempo diferente).

Los que estoy haciendo ahora me están ocupando dos meses cada uno, más o menos.

¿Te cuesta desprenderte de ellos? Cuenta sentimientos.

Cada uno de los cuadros los he parido, son parte de mí, y sin duda cuesta deshacerse de ellos. Es como cuando tienes en casa unos cachorritos preciosos de tu perra y los das; necesitas saber que los cuidarán, que estarán bien atendidos, que no pasarán frío… Pues con los cuadros pasa lo mismo, sobre todo si ves que lo que te quieren dar por ellos no se corresponde a la calidad de la obra, algo que casi siempre ocurre en este oficio, porque el que paga poco piensas que le dará poco valor y que no lo cuidara bien. El dinero vuela pero tu cuadro, ese que no vas a hacer nunca más, que has estado pintándolo durante un mes o dos, que describe un momento de tu vida, ya no lo volverás a ver.

Hubo un cuadro que, después de hacer un mal trato, me costó una noche sin dormir. Me  daban menos de lo que pedía, me lo pagaban poco a poco y ellos con el cuadro en su casa. Era el cuadro de “Las tres niñas” al que le tenía un cariño especial.  Por la mañana llamé y le dije a esa familia que no lo vendía. Aunque no quedé demasiado bien con ellos, no me arrepiento de lo que hice. Ahora Las tres niñas están en mi casa.

Suponemos que las paredes de tu casa están repletas de tus cuadros ¿o no?

Mi casa esta llena de paredes blancas vacías. Ello se debe a que vivo de la pintura y aquello que pinto necesito que la gente lo vea con vistas a vender. Solo tengo un retrato de mi hija “El baño de Valentina”, y el cuadro de “Las tres niñas” del que no me quiero desprender.

Cuéntanos algún secretito pequeño acerca de tu técnica.

Después de pensarlo mucho creo que no tengo ningún secreto. Todo cuanto hago y la manera de hacerlo se lo intento transmitir a mis alumnos y a quien quiera saber. Lo que yo creo que es importante es la aptitud con la que afrontas tu nuevo lienzo en blanco, tu nuevo cuadro, tu nuevo reto, con mucha seguridad en ti misma y muchas ganas.

Si tuvieras que plasmar la palabra “distopía” en una imagen ¿cómo lo harías?

Lo haría con la mirada perdida de un niño, que acaban de rescatar de los escombros, tras un bombardeo en Siria, por ejemplo. Para mí la distopía representa la deshumanización del individuo como especie, el horror y la crueldad humana, un mundo totalmente contrario a mi utopía, la pena es que lejos de ser un mundo imaginario, es real y  tiene que ser soportado por niños.

Define Chipiona con una sola palabra.

Luz.

Haz lo mismo con “Anita Palacios”

Compleja.

Cuéntanos proyectos presentes y futuros con el fin de estar atentos y acudir a verte (pues ya eres nuestra amiga).

La primera quincena de junio del 2017 inauguro mi exposición en el Ateneo de Sevilla, a la que invito a todo el mundo. Es la primera vez que expondré fuera de mi zona. Tengo que ir  para conocer la sala y a Antonio Zambrana Lara en persona, el cual me atendió muy amablemente. Desde aquí le doy las gracias por hacerme un hueco en su agenda.

Seguro que nos hemos dejado en el camino muchas cosas que te gustaría decir. Habla ahora o calla para siempre.

Solo decir, que  os agradezco  que me ayudéis a  ser un poco más visible a través de esta entrevista, que te agradezco a ti, Javi Torres, las palabras tan bonitas que me has dedicado y la amabilidad con la que me has tratado y que me siento muy orgullosa de formar parte de Distopía, rodeada de tanto ingenio y buenos artículos. Un abrazo.

Quisiera acabar la entrevista referenciando unas líneas de agradecimiento que incluías en el díptico de una de tus exposiciones y que pueden darnos una idea de quien eras, eres y serás. Con tu permiso:

Dedicado…

A mi Padre…

por su apoyo,

por saber que mi camino era la pintura

mucho antes que yo.

A mi madre…

por ser mi escudo, mi protectora,

por ser la que más me enseñó con su ejemplo de honestidad.

De la que conservo como un tesoro su sonrisa,

el olor de sus manos y todos los consejos que me dio,

que me sirvieron toda la vida.

Gracias, Anita. Te deseamos mucho éxito y buenos momentos, que esperamos, compartas con nosotros.

Francisco Javier Torres Gómez

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