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El hombre que susurraba a las integrales y la mujer que quería un bidón de gasolina para su coche (V) – Luis Díaz

El hombre que susurraba a las integrales y la mujer que quería un bidón de gasolina para su coche (V) – Luis Díaz

on Mar31

El Hombre que Susurraba a las Integrales (I)

El Hombre que Susurraba a las Integrales (II)

El Hombre que Susurrba a las Integrales (III)

El Hombre que Susurrba a las Integrales (IV)

Ella III

El camino hacía el lavabo le había servido para volver a mirar el móvil. Otra llamada perdida e iban cinco.

-“Qué se aguante”- pensó- “si hubiera venido no hubiéramos discutido”.

La discusión tan reciente no daba lugar a la autocrítica. Abraham había sacado los pies del tiesto presionando para que volviera a su casa después de la cena. ¿Quién era él para decirle a ella lo que tenía que hacer? Ni su madre, que seguro que la querría mil veces más, le imponía cuando salir y cuando volver. Y encima amenazando que no le abriría la puerta cuando volviera. Si lo llega a saber no se hubiera venido todo el fin de semana a casa de su novio. Y todo porque le había hablado un momento de Alberto. Un simple comentario acerca de lo buen muchacho que es y como estaba intentando que ella se sintiera acogida en el grupo y el resorte de la inseguridad de su novio saltó por los aires.

Las sensaciones iban cambiando según pasaban los segundos. Lo peor de todo era que Abraham había conseguido sembrar el sentimiento de culpa. María José se empezaba a sentir mal por haber visto con ojos tiernos a Alberto. Era un buen chico pero ella se estaba dando cuenta que se debía a su novio.

Algo le debía haber notado Abraham mientras le contaba cómo iba la noche para que su novio, que nunca había resultado ser celoso, dijera de malas formas que volviera para el piso.

La ausencia de cola en el baño de mujeres, lo normal sabiendo que eran las únicas que había en el local aparte de la camarera, propició que en menos de cinco minutos estuvieran las cinco de vuelta a la pista.

Estaban sonando las canciones de moda y poco a poco todos empezaban a moverse.

El regusto del Malibú con piña le recorría toda la garganta mientras apuraba el sorbo con su cañita y, de nuevo, la mirada se le fue a Alberto. Se volvió a quedar fija observándole mientras éste estaba hablando con Juan casi al oído, más para que nadie se enterase que por el tono de la música.

 El chico tenía apoyada la espalda sobre una mesa alta mientras sujetaba un botellín de cerveza con la mano derecha. Tenía la mirada fija en un punto mientras conversaba con Juan que gesticulaba continuamente. De vez en cuando se le escapaba al chico una mirada en su dirección lo que provocaba que María José mirara a las chicas o hacia el móvil. Viva el disimulo.

-“Abraham es más guapo y más alto. Cuando me mira con los ojazos azules que tiene y ese hoyuelo de la barbilla…y encima está muy pendiente de mí, me protege mucho”- pensó mientras miraba su pulsera nueva. La estaba estrenando en ese momento. Un regalo de su novio de esta misma mañana.

– “Este Alberto parece también amable aunque a veces tiene una forma de expresarse que no le entiendo. Pero vamos, por muy buen muchacho que sea, yo quiero a An… Abraham… ¿Antonio? …¿Por qué me ha salido Antonio? Estoy mejor que nunca con Abraham. ¿Por qué pienso en Antonio? ¿Y por qué pienso en Alberto? ¿Por qué Abraham no…”

– ¡María José! Muchacha. Que te has quedado cogía. Vente con nosotras a bailar un poco.

Osú Lucía. El cansancio, chiquilla. Toda la semana de clases y encima corrigiendo exámenes en los ratos libres… hoy no voy a aguantar mucho, me parece a mí – contestó María José dejando patente su cansancio en la respuesta. El momento de pensamiento interior le parecía haber pasado factura en cuanto a las ganas de estar allí y se estaba empezando a labrar una buena excusa.

– No te estarás viniendo abajo tan pronto – añadió una voz masculina.

María José movió la cabeza en dirección a Alberto que acababa de meterse de lleno en la conversación. Y sin que ella pudiera decir nada la agarró suavemente de la muñeca.

– Ahora mismo vamos a bailar un poco que si no te me duermes.

María se movió hasta la pista obligada por su compañero. No necesitó que le insistiera demasiado ni realmente se resistió siquiera. Obedeció a la primera dejándose a sí misma perpleja. Algo le estaba pasando. Sentía un calor agradable en la muñeca mientras sentía el contacto con la mano de  Alberto. -“Qué calentita tiene la mano, y que pequeña es. La de Abraham es mucho más grande”

Otra vez la sorprendía este muchacho. Ella sintió como el calor del contacto iba recorriendo los poros de su piel uno a uno, su corazón se aceleraba e incluso las piernas se aflojaban ligeramente. Un escalofrío recorrió su cuerpo en el momento en que llegaron al centro de la pista y el chico se dio la vuelta quedando a escasos centímetros el uno y el otro.

Desde el día en que se conocieron no habían estado tan cerca. Este chico no se cansaba de seguir sorprendiéndola. María José se prometió dejarse llevar y no seguir dándole vueltas a nada.

Cuando empezaron a mover las caderas empezó a reír. Alberto se movía completamente asíncrono con el ritmo y cuando se dio cuenta comenzó a hacer el payaso de una manera que la divertía especialmente. Esa actitud  la condujo a bailar cada vez con más ganas mientras reía plácidamente vaciando su cabeza poco a poco.

La dimensión temporal empezó a perder importancia y varias canciones se sucedieron sin que ella fuera realmente consciente. Hacía tiempo que no se sentía tan a gusto en una salida nocturna. Máxime cuando los últimos meses se habían reducido a quedar con los amigos de su novio, unos años mayores que ella, en algún bar de copas y mirar al horizonte mientras las conversaciones triviales pasaban entre sus oídos sin que ella participara. Sólo el contacto periódico con Abraham en forma de caricia o beso la devolvía al mundo real. Esa era una de las partes más negativas de su noviazgo. Tenía la sensación de haber envejecido 10 años.

Pero este momento era distinto. Por fin podía bailar. Le apetecía bailar y se sentía libre como una gaviota sobre el mar. No había conversaciones banales. No había que aguantar a gente que no le consideraban más que la bonita prolongación de su novio. Ahora no había caretas. Sólo realidad. Ella, la pista y…. y… este muchacho que casi acababa de conocer.

María José y Alberto se miraban fijamente mientras reían y, al poco tiempo, Lucía, Brígida, Juan y Helena se acercaron creando un círculo. Reían, bebían hacían gracias en conjunto. Se lo estaban pasando bien y el tiempo seguía pasando muy deprisa. Incluso el local se estaba animando y se comenzaban a sufrir las primeras estrecheces con el resto de la gente.

Tanto Lalo como Salva se acercaban y alejaban según les daba, eso sí, siempre juntos lo cual aumentaba las risas de los demás.

Al acabar  una de las canciones,  los chicos se tomaron una pequeña pausa mientras pedían una cerveza nueva. Lucía se quedó un momento pensativa.

– Oíd chicos,- gritó al cabo de unos instantes- ¿dónde está Laura?

Ninguno supo responder. Algunos directamente porque ni se enteraron de la pregunta. Cuando volvieron los chicos, Lucía repitió la cuestión.

– Debe estar con Lalo y Salva- supuso Brígida esta segunda vez, pese a quedarse callada la primera.

– Pues por su bien espero que no – añadió Juan señalando a una esquina del local sobre el que los haces de luces iluminaban ligeramente. Se podía distinguir dos hombres comiéndose la boca con toda tranquilidad.

– Que conste que gané la apuesta- matizó María José.

– Pues se ve que ahí no está – dejó claro Alberto que venía con un par de cervezas en la mano- ¿no habrá ido al baño?… En la barra no estaba seguro. La hubiéramos visto ¿o quizás se fue a hablar con el móvil fuera?

Lucía salió del local sin mediar palabra para echar un vistazo fuera y posteriormente se acercó a los baños que no tardó en comprobar ya que aun había poca cola. Mientras tanto los demás siguieron a lo suyo hasta que los volvió a interrumpir.

– Chicos. Esta mujer no está. Me ha dicho el camarero que la ha visto largarse hace 15 minutos. ¿A ninguno le ha dicho nada?

Todos se miraron. Ninguno sabía nada.

– ¿Alguno tiene su teléfono?- preguntó María José. Toda esta situación era bastante extraña. Esa chiquilla era bastante extraña. Sólo había intercambiado cuatro palabras con ella en toda la noche. El doble que en el trabajo.

– Vamos a darle margen. Qué digo yo que es mayorcita y si se ha ido por su cuenta ella sabrá. Si tarda en volver ya nos preocuparemos – dijo Juan en un tono más serio.

De repente Alberto se echó la mano en el móvil, lo miró y salió del local rápidamente para atender la llamada. No tardo en volver y antes de decir nada al grupo recogió su abrigo de la silla donde lo tenía depositado y el botellín recién adquirido.

– Chicos. Me acaba de llamar Paco. Está cerca pero no sabe llegar. De hecho va hacía el bar donde hemos cenado. He quedado en recogerlo allí y nos venimos para acá  – se giró para María José y añadió – ¿me acompañas?

Ella no supo que contestar. No se esperaba esa pregunta y se mantuvo callada. Por un lado le apetecía ir pero por otro no creía oportuno salir los dos solos. Que podrían pensar los demás…

– Si quieres voy yo – rápidamente saltó Brígida.

– No te molestes mujer, ya voy yo. Así aprovecho y echo una llamada a mi churri- dijo rápidamente Juan. Eso es un amigo.

– ¿Tú por qué? – Saltó repentinamente Helena – Déjalo que Alberto no es tan torpe como para perderse y no tarda nada. Además tu novia estará ya durmiendo… ah… y me debes un baile.

– ¿No te da pena que vaya solo el pobre muchacho? – Inquirió Juan haciendo evidente que su amigo no iba a ir con Brígida. Además se le estaba viendo un tanto incómodo con las miradas aparentemente lujuriosas que le lanzaba Helena. Hasta María José conocía que el muchacho estaba a 6 meses de su boda, o al menos parecía que todos menos Helena.

– Que lo acompañe otra – raspó Helena mientras daba otro sorbo al ron con cola que tenía casi por la mitad.

María José no se dio por aludida. Aún vagaba por su mundo interior preguntándose a sí misma por qué tenía ganas de salir de allí con ese chico.

– Bueno. Juan viene conmigo. No tardamos nada. Así que no bebed demasiado – se vio claramente como Alberto devolvía el capote.

Juan recogió su abrigo y su botellín y se dirigió a la puerta siguiendo a su amigo y desapareciendo ambos en cuestión de segundos, no sin antes darse la vuelta para mirar a Helena.

Brígida se acercó a María José y le dio un leve toque con el codo.

– Se nota que le gustas a Alberto. Lo sé. Conozco las miradas que te está tirando. Ten cuidado porque si tienes novio puedes encontrarte en un lio. Que éste es muy enamoradizo. Ya te lo digo yo.- Brígida comentaba todo esto con una sonrisa más falsa que un chándal de mercadillo. Seguía haciendo méritos para que le callera cada vez peor a María José.

Osú, mujer. No creo que le guste. Si me acaba casi de conocer – quiso rebajar el tono del comentario quitándole hierro. Aunque fuera verdad esa mujer no era nadie para decirle esas cosas.

– Ya te digo que sí. A mí me miraba de la misma forma. Porque no sé si lo sabes, pero, estuvimos juntos hace unos años – Brígida insistía. Se notaba que le había molestado el bailecito de antes. Quería cobrárselo. Pero María José no se iba a amedrentar por una mujer que hacía honor a su nombre.

– Hasta esta noche no tenía ni idea. Como te dije antes acabo de llegar a la academia, aun no conozco de verdad a nadie. Es más. No había escuchado hablar de ti hasta que te he conocido hoy.

– Ahh, .entonces ¿no sabías que estuvimos cuatro meses juntos? Este chico no cuenta nada – la sonrisa falsa se acentuaba, se le iba a romper la cara a este paso.

– Pero no había escuchado de ti, ni por su parte ni por nadie más – a la yugular directa- con la cantidad de trabajo que hay por hacer no he tenido tiempo apenas de tomar café  un par de veces con los demás y claro. Este tipo de coti… cosas, no surgen en una conversación de ascensor…

– Bueno, eso es cierto. Si vas un poco a tu bola allí en el trabajo es difícil crear lazos – todo demasiado gratuito-  Hace unos meses que ya no estoy allí  y en la academia igual de rápido entras que te vas. Y para los jefes como si no hubiera pasado nada. Además que no se casan con nadie.

María José quiso aprovechar esta puerta que le acababa de abrir en la conversación para hablar de sus jefes. Era la mejor manera de no seguir con el intercambio de golpes sobre Alberto. Al fin y al cabo hace unos minutos estaba disfrutando como una enana, no era plan de enturbiar  la noche que se prometía interesante de seguir así.

– Todos dicen que son un poco cabrones y yo la verdad es que ni los he notado – “hablo un poco de los jefes, le doy la razón un poco y que se vaya con dios y mientras… dientes”.

– No te confíes, estos en cualquier momento te pegan la patada como hicieron conmigo. Si aun no han tenido mucho contacto contigo es cuestión de tiempo.

El tono se fue rebajando según hablaban del trabajo, eso sí, ambas sonrientes como si se trataran del mismísimo Eduard Hill cantando su “Trololo”. Lucía se acercó a la conversación. El cambio en los rostros de María José y Brígida fue notorio para todas.

Para María José era un alivio porque se iba a poder quitar de en medio a esta muchacha un rato. Briyit estaba hablándole de su madre y sus hermanos, algo que no le importaba un pimiento.

– Chicas. Helena acaba de irse en busca de los chicos. Dice que tenía que hablarles de una cosa. Lalo y Salva siguen a lo suyo. Pero lo que más me preocupa es lo de Laura, que no aparece.

– No podemos hacer absolutamente nada Luci. Solo esperar a que vuelva. Ya sabe donde estamos. Para lo que sea que haya salido ya volverá. -Brígida habló con inteligencia – Vamos a pedirnos otra copa para hacer tiempo, que además me está cayendo bien esta chica y tenemos muchas cosas de que hablar.

– “Uff… otra copa por favor, pero esta vez no será Malibú…”

 Luis Díaz

 

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