Más bruto, más igual

Una vez perdí una apuesta, así que me tocó escribirle una larga carta a Stephen Hawking, plagadita de mayúsculas, signos de puntuación cuya existencia ignoraba y dos emoticonos muy divertidos. Nunca me respondió. En ella le defendía con aspavientos etílicos y mandíbula desencajada de adicto al éxtasis que la humanidad progresa, que la mejora es un hecho, pero que en lugar de rectificar los errores del pasado con propuestas totalmente nuevas, en realidad a lo que mayormente nos dedicamos, sobre todo a nivel personal, es a seguir cagándola estrepitosamente solo que de un modo mucho más sutil y sofisticado. Meter la pata hasta el fondo de la pila de estiércol, sí, pero con más gracia y menos olor.
Como yo les quiero más que a Stephen Hawking, es mi misión ofrecerles un resumen de lo más rutilante de aquella misiva y, quien sabe, inspirar una meteórica carrera que termine en premio Nobel. O en el asalto armado a un instituto de Virginia. Que la vida vueltas da.

tho-radia-1933

  • Una cura para los muertos vivientes

Como las camisas sin cuello, la barba a lo naufrago sudado de Papillon o los filtros de Instagram, la radiactividad fue una de esas modas causa estragos que, con alegría y jolgorio verbenero, se aplicaron a prácticamente todo. Gracias a las investigaciones de la pareja más resplandeciente de la historia de la ciencia, los Curie, el radón, el torio, la carnotita y toda una pléyade de variadas y coloridas sustancias radiactivas se impusieron en el amplio y muy lucrativo mundo del quackery: vender la burra en frasquitos, píldoras o linimentos escocecuellos, básicamente.
Con precursores tan ilustres como William Radam, alemán emigrado a Estados Unidos inventor del Asesino de Microbios (un cóctel delicioso de ácido sulfúrico teñido con vino tinto), resultaba difícil subir el listón. Digan lo que quieran, pero si la acupuntura no funciona, a lo sumo se vuelven a casa con un par de agujeritos imperceptibles en el cogote. En cambio, si lo suyo es inflarse a remedios embotellados por temor a los estragos de la edad, como le ocurrió al playboy, golfista, atleta y boyante hombre de negocios Eben Beyers, pues a lo mejor terminan sin mandíbula, con el cerebro empapuzado en radio y el cráneo con más agujeros que un francés en Verdún. Y es que este buen fulano tuvo la genial idea de hincarse alrededor de 1.400 botellas de Radithor, mejunje patentado por el no-doctor William Bailey, expulsado de Harvard antes de licenciarse y fan incondicional de los isótopos de radio 226 y 228. Bailey, por cierto, ofrecía una recompensa de 1.000 dólares a aquel que pudiera demostrar que su agua radiactiva certificada no contenía los niveles de radio y torio prometidos en el anuncio. Al americano, como buen emprendedor comprometido, le ofendía sobremanera que se pusiera en duda las cantidades de veneno de su brebaje, promocionado con el profético eslogan “Perpetual Sunshine”.
¿Qué se han quedado con ganas de meterse en el cuerpo más tierras raras que le pueden dejar calvo en seis semanas? No se preocupe: con la pasta de dientes bañada en torio Doramad usted puede darle un buen fregoteo a la vajilla dental, consiguiendo un cegador brillo extraterrestre en los piños. Luego, antes de salir de casa, puede frotarse la cara con Tho-Radia, la crema facial para ellas compuesta de, exacto, radio a punta pala, con la que no necesitará encender la luz en caso de traicionera urgencia urinaria nocturna. En caso de que la razón de ser de prácticamente todo bicho Marvel le haya abierto el apetito, puede degustar una sabrosa ración de rejuvenecedor (según prometía el anuncio) chocolate radioactivo Burk & Braun, seguido de una buena calada a un cigarro radiactivo Batschari, acompañado de un polvo debidamente asegurado con condones radiactivos Nutex y vigorosamente alentado con los supositorios radiactivos Vita Radium. Luego uno se limpia con crema de manos radioactiva de la Radium Compound Company (¡Te quita todo menos la piel!), se embadurna los ojos con Radio Bleu (no hace falta que les revele el ingrediente mágico del colirio) en caso de conjuntivitis poscoital y, en fin, si han follado con Superman y se les ha roto el profiláctico de la muerte, siempre pueden tejerle un jerseicito de lana radiactiva Oradium a su futuro vástago de tres cabezas, rayos X en los ojos y un pito con voz de contratenor.

  • Erección marcial

Convertidos en el imaginario colectivo en algo parecido a bomberos con metralletas, captados con la misma promesa con que los Erasmus inundan pubs y centros de planificación familiar irlandeses, eso de ver mundo, el estamento militar actual no guarda (por suerte) ni la décima parte de acojone general con que se exhibía por esas tierras del Señor a principios de siglo. En la Alemania del káiser Guillermo II, ser el afortunado dueño de un uniforme militar otorgaba más derechos y respeto que dos carreras, tres baronías y cuatro premios Nobel en la repisa de la chimenea. Si creen que lo que acabo de soltar es una exageración como una flota de afinadores de pianos de cola, tengan en cuenta que para prosperar dentro del mundo académico germano convenía ingresar en una Burschenschaft, hermandades de estudiantes reaccionarias, antisemitas, nacionalistas, dedicadas al riguroso estudio de las melopeas y las cogorzas de campeonato y, entre curda y curda, a batirse en duelo. Siempre y cuando se fuese oficial del ejército o graduado universitario, los únicos miembros de la sociedad bendecidos con el derecho de satisfacción, pues se consideraba que todos los demás tenían poco o ningún honor que salvaguardar. Por no mencionar que en Alemania cada profesión, dedicación, estrato y funcionario lucía su propio uniforme, oficial u oficioso, exhibido con tanta presunción como respeto despertaba en el pobre civil de a pie.
Así las cosas, no es de extrañar que el 16 de octubre de 1906 a un capitán berlinés le diera por ordenar a un pelotón que iba camino de los cuarteles que lo siguiera, montarse en un tren, entrar a las bravas en el ayuntamiento de Köpenick, a pocos kilómetros de la capital, arrestar al alcalde, enviarlo prisionero a Berlín, vaciar la caja registradora, ordenar a sus hombres que mantuvieran la guardia y esfumarse con la pasta.
Por supuesto, aquel capitán tan solo era un ladrón de poca monta, Friedrich Wilhelm Voigt, que se había pasado los últimos 29 años en la cárcel y las dos últimas semanas comprando las diferentes partes de un uniforme de capitán en distintas casas de empeños de la ciudad. No contento con la chanza y el saqueo, Voigt regresó a Berlín, se sentó en un café frente a la comisaría a la que envió a los prisioneros y pasó una tarde la mar de rica deleitándose con el caos y la confusión general. Al final lo condenaron a cuatro años de prisión, condena que le fue conmutada por el káiser, quien encontró la historia tremendamente divertida. A G.K. Chesterton, en cambio, aquella anécdota absurda le hizo advertir lo espeluznantemente fácil que resultaba someter a la autoridad civil con un disfraz y con un “¿Autoridad? Esta es mi autoridad” mientras se señala la fila de bayonetas apuntando a la cara de un tumefacto alcalde de provincias.

Wilhelm II. und der verstorbene König von Rumänien in Berlin

  • Oh, káiser, mi káiser

Nietos que se disfrazan de oficiales nazis, herederos de microestados cuya novia entra en crisis el día antes de la boda, monarcas que le clavan la bandera real a vedettes rancias, desgañitan elefantes a escopetazos o le abren una vía de escape a sus hermanos con un revolver. Minucias, cuchufletas de salón de esta aristocracia europea nuestra en comparación con los delirios sin fin del último emperador alemán. Vale que su tío, Eduardo II de Inglaterra, le seguía los pasos, empezando por la escabechina personal que llevó a cabo contra todo recuerdo material atesorado por su madre, la reina Victoria (especialmente duro fue el ensañamiento a estacazos que emprendió contra los bustos y retratos de John Brown, criado y confidente de la susodicha señora), sin obviar el tembleque rodillero que le entraba a los terratenientes del reino cada vez que a Bertie le daba por pasarse a hacer una visita: menú no inferior a los doce platos, con agachadiza rellena de foie-gras de aperitivo y el sano pasatiempo de exterminar de toda criatura alada capaz de remontar el vuelo más de medio palmo del suelo, lo que en sí suponía un gasto desorbitado de cría, masacre real, vuelta a criar, vuelta a masacrar.
Pero Guillermo, ay, Guillermo era otra cosa.
Pariente de Luis II y Otón I de Baviera, el primero injustamente considerado loco (al pobre hombre lo único que le pasaba es que quería volar libre cual perdiz, leer poesía, rozarse con su mejor amigo de la infancia, escuchar a Wagner a todas horas y construir los famosos castillos bávaros pirateados por Disney) y el segundo tan mal de la chaveta que se creía un perro, Guillermo tenía todas las papeletas para empezar con el pie izquierdo, torcido y mojado en esto de las regencias.
Si el historial familiar no era suficiente, Guillermín vino al mundo mediante negligencia médica, lo que le costó la parálisis parcial del brazo izquierdo, una sordera también parcial y años a base de armazones correctores inquisitoriales y terapias educativas basadas en corrientes eléctricas. Además, el pequeño Guillermo se sentía despreciado por su madre, la princesa Victoria de Inglaterra. Tal era la escasez de afectos y abrazos que profesaba la señora que Guillermo, años más tarde, desarrolló un fetiche tremebundo por los brazos de las señoras, desde el meñique a la puntita del hombro. Esto, unido a su odio cerval por la misma Inglaterra que luego adoptaba en sus poses esquizoides de lord británico, compone el caldo de cultivo per-fec-to para tener horas y horas de diversión en, digamos, los periódicos, donde se explayaba de lo lindo para sudor y espanto de sus jefes de comunicación: un día podía largar que la sombra del águila germana se extendería por Europa y al siguiente que los chinos temerían a los alemanes como en su día temieron a los hunos, para luego colocar el lacito de que los franceses eran unos afeminados sin remedio, los ingleses unos sucios desagradecidos y los japoneses el epítome de la “Amenaza Amarilla” (término patentado por el propio emperador). Fetichista a su vez de los uniformes (más de 400, incluyendo uniformes para asistir a la presentación de otros uniformes), llegó a exasperar a sus propios oficiales, convencidos de que el camuflaje militar estaba derivando en una auténtica pasarela de moda del campo de batalla. Un buen día, de camino a los funerales por la reina Victoria, Guillermo demostró lo bien que había abrazado la nueva era de la velocidad y las comunicaciones apremiando al maquinista de la locomotora imperial a que fuese más rápido, más rápido, todo lo rápido que pudiera. Estuvieron a punto de descarrilar cuando alcanzaron los 145 kilómetros por hora y el káiser seguía pidiendo más y más. Como más y más acorazados pedía en su obsesión por enfrentarse a prácticamente el mundo entero, llegando a componer una flota de proporciones descabelladas con la que pretendió invadir los Estados Unidos allá por 1907 en un plan que, finalmente, no prosperó.
Exiliado en los Países Bajos, continuando la noble tradición europea de no rendir cuentas por los crímenes cometidos contra la humanidad, Guille siguió erre que erre con su paranoia, concentrándose en su desaprovechada vertiente literaria. Una de sus últimas conclusiones fue que ni el pueblo inglés ni el francés pertenecían realmente a la raza blanca, que en realidad eran negros.

  • El derecho a vivir

Tocarle las palmas al que roba es tan antiguo como el retortijón mañanero. Desgraciadamente para ustedes y para mí y para su sobrino, vivimos tiempos estéticamente inmundos: ahora es a su venerabilísima Monsieur Pujol a quien acogen las multitudes a la salida del juzgado a grito de Espanya ens roba a qui ens roba! Y, la verdad, el ex president no es lo que uno llamaría un Arsenio Lupin, un dandy de traje perlado, bigotito de tiralíneas y nube perfumada cubriendo su ingesta masiva de absenta entre calada y calada de cigarro. El que si lo era, hasta el punto de que fue él quien inspiró al escritor francés Maurice Leblanc la propia figura de Lupin, fue Marcus Jacob, de profesión sisador compulsivo propulsado por la doctrina del anarquismo ilegalista.
Concepto que molar, mola un huevo.
Porque al contrario que las peregrinas, amorales y arrogantes pseudoexplicaciones convergenciales y pepepopulares y sureñosocialistoides, Jacob creía firmemente en que la liberación del hombre (por lo menos del hombre que le condenaron ser) pasaba por transformarse en un mangui con estricto código de honor, un requisito que, para empezar, lo incapacitaría para desempeñar cualquier cargo oficial en este país.
El código de honor, no el siseo.
Si no, lean, lean uno de sus manifiestos (que prolífico el hombre era un rato):

De lo más alto a lo más bajo de la escala social, todo es ruindad de un lado e idiotez del otro. ¿Cómo puede esperarse que, convencido de esa verdad, respete semejante estado de cosas? Un vendedor de licor y el dueño de un burdel se enriquecen mientras un hombre de genio muere pobre en una cama de hospital. El panadero que hornea pan no tiene qué llevarse a la boca; el zapatero que hace miles de pares de zapatos va enseñando los dedos de los pies; el tejedor que hace pilas de ropa no tiene con qué cubrirse; el albañil que construye castillos y palacios apenas respira en un agujero mugriento. Los que lo producen todo no tienen nada, y los que no producen nada lo tienen todo.
En una palabra, me parece odioso tener que rendirse a la prostitución del trabajo. Mendigar es degradarse, es la negación de toda dignidad. Todo hombre tiene derecho al banquete de la vida.

El derecho a vivir no se mendiga; se toma.

Así las cosas, Jacob acometió robos tan audaces como dirigirse a la oficina del Monte de Piedad de Marsella, arrestar al cajero jefe por malversación de fondos, incautarse cuatrocientos mil francos como prueba, entregar al prisionero en el Palacio de Justicia y poner pies en polvorosa.
Achilipú-apú y si te he visto no me acuerdo.
O aquella vez en que entró en la casa del escritor Pierre Loti y, al saber de la propiedad del inmueble, se fue por donde había entrado (probablemente con un butronaco del quince en el techo, pues era su técnica favorita), dejando la siguiente nota: “Tras entrar aquí por equivocación, he sido incapaz de llevarme nada de alguien que vive de la pluma. Todo trabajo merece una remuneración. P.S.: Dejo diez francos por los cristales rotos y las persianas dañadas”. Como ven, en 1903 también era más fácil que un anarquista asesino de policías tuviese más dignidad por el oficio de juntaletras que el jurado del Premio Planeta.

Al final, ni todas las cartas ni toda la brasa verborreica por la que era famoso evitaron que Marcus Jacob terminara con sus huesos en la Guyana Francesa, desterrado de por vida y condenado a trabajos forzados. Como españolazos cualesquiera del desarrollismo construyendo resorts para alemanes sacados directamente de una peli de Michael Haneke, solo que en el caso de Marcus el reo trató de darse el piramen nada más y nada menos que siete veces, todas sin éxito. Al final fue la abolición del destierro del código penal lo que lo devolvió a Francia. Dicen que cuando las aspiraciones no prosperan hay que reciclarse y Marius sabía que eso, verdaderamente, es una pollez como una casa. Se mete a comercial ambulante para sobrevivir y, entre viaje y viaje, mantiene viva la causa anarquista. En 1936 viaja a Barcelona para tratar de liberar a Durruti hasta que, en un efecto muy ibérico, el panorama del conflicto español lo deprime tanto que se encoge de hombros y nos da por un caso perdido.
En 1954, solo, arruinado y con las personas que más amaba esperándoles en el cielo de los anarco-ilegalistas, Jacob se mete una sobredosis de morfina. La nota que encontró su casera decía: “La ropa blanca está lavada, enjuagada y seca, pero aún no la he planchado. Soy demasiado vago. Perdonadme. Encontraréis dos litros de vino rosado junto al cestillo del pan. À votre santé.”

2366414413_404186e965

  • El desayuno de los campeones

Hay un mundo paralelo, no muy distante, casi se puede rozar con la puntita de la yema del dedo meñique, donde la luz entra por una vidriera que ocupa toda la maldita pared del salón, donde las mujeres desayunan ataviadas únicamente con unas finísimas braguitas y un top que a duras penas conocerá al ombligo. Todo es blanco o brillante en esa cara, en esos piños de mármol de Carrara, todo huele a limpieza, a orden, a éxito. Como el cielo ya no existe y las misas de domingo genuinas son cosa de parroquia de extrarradio, ahora los pijos confían en que cuando uno se muere resucita en un anuncio, uno de compresas o de Audi o de cereales. Resulta extremófilamente curioso cómo la eugenesia ha pasado de ser una teoría científica a un credo con recompensas mucho más inmediatas, eficientes y palpables que toda esa milonga de la paz en la tierra, la concordia o carros de fuego escupiendo lava volcánica sobre el jefe que le dice a uno “es que siempre te vas a tu hora”. Nein, nein, nein. Estos últimos meses he asomado la cocorota por redacciones de Importantes Periódicos e Importantes Agencias de Comunicación e Importantes Lugares donde se aglutinan Importantes Jóvenes Promesas y No Tan Jóvenes Pero Igualmente Importantes Profesionales Consolidados y (casi) todos comparten un factor en común: se nota a años luz de distancia que van al gimnasio, toman fibra y cagan sin olor. La última e infructuosa y zalamera entrevista de trabajo que mantuve fue con un jefe de recursos humanos cuya camisa podría pasar perfectamente por el traje de músculos de Batman. Era algo bizco, pero su aroma a Axe Deluxe (no existe, pero lo que más se le acerque) y ese figurín a punto de ejecutar cien flexiones de barra fija en mitad del pasillo, rodeado por otros tantos empleados apolíneos, fisionómicamente deslumbrantes, me hicieron dudar. ¿Y si no consigo trabajo porque soy un cacho carne escuálido, enfermizo, con ojeras de teclear, buscar, leer, ver y frotarme el pelo de pura desesperación? A lo mejor debería apuntarme a un gimnasio, devorar platos cuyo contenido son plantas rodeando otras plantas, sonreír más, podar y cuidar mi césped capilar para que no supere la altura media de un tapete de mesa de billar o, en su defecto, moldearlo a lo chumbera, como esos querubines andróginos que uno ve por la calle Serrano.
No puede ser casualidad que todos los chicos de mi edad con empleos de cuello blanco y culos planos sean tan ribonucleicamente bellos.
Nopes.
Y si esta es la religión de las clases de spinning como nuevas catacumbas refugio donde rezar y zampar la sagrada hostia en forma de barrita energética, ¿Quiénes fueron sus Santos Padres Doctores? Siempre es difícil dar con el auténtico primer pionero, pero ahí tienen a Henry Goddard, eminente defensor de la eugenesia y director de una institución para niños retrasados mentales en Vineland, Nueva Jersey. Gracias a Henry, el spam de su página de mangoneo audiovisual favorita le incita con luces y sonidos estroboscópicos a que ponga a prueba su nivel de inteligencia mientras espera a que se baje la última temporada de The Wire, heredera indiscutible de la sacada de chorra intelectual propio de estos test. Y es que a Goddard se le ocurrió una buena mañana la invención del IQ, coeficiente o cociente de inteligencia, método con que pretendía etiquetar a la humanidad entera partiendo de clasificaciones tan loables como “idiota”, “imbécil” o “cretino” y de ahí a estándares menos insultantes. Vale que la sensibilidad social no estaba muy afinada allá por 1910, pero realizar un estudio a los inmigrantes de Ellis Island y concluir que el 83% de los judíos, el 80% de los húngaros, el 79% de los italianos y el 87% de los rusos eran “débiles mentales”, pues hombre, algo de exacerbado odio panracial sí que deja entrever. Eso y sugerir la esterilización como medio para la creación de una raza “pura, americana y superior”.
Con el apoyo explícito del presidente (Theodore Roosevelt no se cortaba uno de sus escasos pelos en afirmar que los afroamericanos, “como raza y en la masa eran muy inferiores a los blancos”) y de millonetis como Andrew Carnegie o John D. Rockefeller, voluntariosos empresarios convencidos de la causa eugenésica se entregaron con pasión a la fabricación de instrumentos de mejora genética. Como, por ejemplo, los cereales Kellogg,

A John Harvey Kellogg (1852-1943) le preocupaban dos cosas principalmente en este mundo: la flora intestinal y la masturbación. Dicho así bien pudiéramos estar hablando de cualquier cosa que echen por la mañana en la tele o por la tarde en la radio, sobre todo si presenta Gemma Nierga, pero, como el resto de prohombres aquí retratados, Kellogg fue un fulano adelantado a su tiempo. Jefe médico del Sanatorio de Battle Creek, no tardó en lanzarse con furia mongola a abrazar los preceptos con que la Iglesia Adventista del Séptimo Día gestionaba la institución: nada de tabaco, nada de carne, mucha agua, mucho ejercicio físico, largos paseos y, por encima de todo, nada de erecciones. Kellogg, entusiasmado por esta sencilla tabla de la ley del Hombre Sano, no tardó en ponerse manos a la obra y redactar sus propias recomendaciones para un cuerpo y una mente equilibradas, muchas de ellas recogidas en su obra cumbre Plain Facts for Old and Young. Entre otras delicias, Kellogg invitaba a sus pacientes a meterse agua y yogur por el culo a través de enemas, alegando que de esta forma las propiedades de ambos alimentos se mantenían más puras allá donde más se necesitaban. Para ello no dudó en inventar una máquina capaz de introducir analmente varios litros de agua y/o yogurt en un plazo dolorosamente corto de tiempo. A pesar de tener su parte de razón en la defensa de un intestino sano como prevención de diversas enfermedades, los métodos de John Harvey pronto pasaron de la cómica barrabasada a la atrocidad con bisturí.

Fue su obsesión con el onanismo como detonante de todos los males del planeta, lo que iluminó la algo fundida bombilla de John Harvey, dando como resultado los Corn Flakes. Estos cereales nacieron con el cometido de rebajar lo máximo posible el apetito sexual para evitar, entre otras cosas, los estragos que, basándose en otras eminencias igual de locatis, causa el demoniaco arte del autoplacer: cáncer de útero, epilepsia, enfermedades urinarias, impotencia, demencia, debilidad física (bueno, según lo que dure el vídeo) y mental y disminución del campo de visión. Ca-si na-da. Pero la cosa no quedó ahí. Ni hablar. John Harvey no estaba del todo convencido con que su dieta de dos tazones de Corn Flakes al día y un colon impoluto a base de inyecciones de yogurt fuese suficiente para ganar la guerra contra el toqueteo unipersonal. También puso en marcha todo un plan consistente en aplicar descargas eléctricas en las sacrosantas partes de ellos y ellas, empapar de fenol (ácido fénico) los clítoris de las zagalas, practicar circuncisiones sin anestesia o, corran a por un Calipo Lima, coser el prepucio al glande con suturas de plata para evitar posibles evecciones.

Y es que no deja de tener su gracia que la mascota de los cereales sea un cock verde de cresta sanguinolenta.
Una gracia decimonónica.

Share on FacebookTweet about this on TwitterEmail this to someone
By | 2015-10-30T11:00:07+00:00 octubre 2nd, 2015|Cultura Popular, Historia, Historia histeria|1 Comment

Sobre el/la autor/a

Nacido la semana antes de acabar la Guerra Fría. Se le da mejor hacer tartas de queso que escribir. Se le da mejor escribir que el kickboxing. Nunca ha practicado kickboxing. Por Dios, si hasta se asusta de su sombra.

Un comentario

  1. Tronk julio 18, 2016 at 2:54 pm - Reply

    Gran resumen de una de las batallas más importantes del siglo XX. Enhorabuena.

Deja tu comentario