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Ya no suena  jazz en la radio – Germán Martínez Porcel con ilustración de Abd Al Rahman

Ya no suena jazz en la radio – Germán Martínez Porcel con ilustración de Abd Al Rahman

on Nov22

 

Suzette Moncrief Jazz Band

Festival Internacional de Jazz de Málaga

La locura del país es tal que hoy en día un concierto en un teatro parece un engendro extraño de acomodar. A los teatros no se va hoy a casi nada, la verdad sea dicha. Ir a un teatro ha acabado por entrañar uniones de palabras horrendas, y mezclar una butaca y un concierto se antoja una relación de riesgo.

El jazz evoca una historia. Cuando esta historia del nuevo siglo parece haber empezado tardía, el jazz, en desuso, podría servir para establecer paralelismos y recuperar el tiempo perdido. Evocar una historia de verdad, la historia completa, la de las comunidades negras en la costa este de Estados Unidos, con sus pejigueras, con la lucha contra la desigualdad social, por ejemplo. Pero también la historia de sus ritmos enraizados en lo más básico y sus relaciones de pasión. Y no, la memoria en la sociedad actual es un hándicap, así que esa aparente igualdad en las desigualdades no sirve para repasar el pasado y aprender algo a cambio.

Con toda esa emulsión de ideas, con esos arcanos en mente y los propios secretos de la música jazz, parecían entrar algunos al teatro Cervantes de Málaga. Suzette Moncrief, negra adoptada por la Costa del Sol, cantaba en su tierra y la preventa no había sido la mejor, así que las colas en las taquillas a media hora del recital se alargaban hasta la calle: nadie quería perderse la voz de Suzette inspirada por la ciudad que la cuida.

La gente se había preocupado, al menos, de su atuendo: ellos con chaquetas de paseo y mocasines; ellas con faldas de tubo y chaquetas blazer de punto para cortar la brisa que subía del puerto.

Una vez dentro, la oscuridad desapareció. La sensualidad de Suzette parte desde la base, desde el primer fonema en su boca, nace en el elemento básico de la voz, una voz capaz de seducir desde el “buenas noches”. Dedica el concierto a su mentor Lito Fernández, “que sigue entre nosotros, y sigue vivo de milagro”, y quizá por ello viste de blanco y comienza con suavidad.

El intimismo se dispara con los primeros tonos y susurros de su voz casi a capela. Su voz honda y perfecta en los graves roncos que se acerca a la de Sarah Vaughan, aunque pretende tributar a la gran Billie Holiday.

El smooth jazz balancea al teatro, que se excita. Mece al público y le hace desear una barra baja en la que sirvan algo de bourbon con hielo. Así, la primera parte del concierto, con estrofas alargadas y voz tenue, se hace vieja y suave con temas como “Stormy weather”, “All of me” o la tristísima “Strange fruit”.

Poco a poco, canción por canción aparecen los músicos.

JazzFinal1

El concierto es ahora algo silencioso. Se ha perdido el bullicio de la cultura musical de New Orleans. Todo ha cambiado de un extremo al otro: de ser la música de los arrabales pobres de la ciudad de Utah ha pasado a congregar a una cierta élite social, pudiente, preocupada por la cultura y con acceso a ella; y de ser un evento cargado de griterío, locos bailes desarticulados o abrazados de respiración lenta, se ha convertido en una función más en la que la cuarta pantalla se congela, impresionada ante la rareza de escuchar, en un día cualquiera de rutina, buena música. Las radiofórmulas les hacen conocer todos los temas de moda, pero no les hacen sentir.

El mundo de la razón, donde los ritmos son creados metódica y matemáticamente por un ordenador que solo repite plazos y cuadra sonidos falseados, les ha convertido en personas frías e inexpresivas.

Cuando arrancan los temas de banda la atención aumenta. Más aún en los espacios creados para los solos. La curiosidad crece y se afina, con la intención de descubrir si ese virtuosismo ante sus ojos está preparado o es fruto de la genialidad de un sentimiento repentino. José Luís Francés, el trompetista, prescinde del micrófono y del sombrero; Sergio Díaz en la batería, agarra los peines y acompaña de base para luego golpear frenéticamente; el contrabajista Markus Schneider se acomoda en el taburete hasta que le llega el turno, y luego no para de subir y bajar por el mástil su mano izquierda mientras parece asentir con la cabeza; Diego Suárez hace golpetear los martillos de su piano con una agilidad asombrosa en los dedos, y zapatea a la misma velocidad; y Suzette les deja hasta que es su turno para finiquitar “Love me or leave me” o “Blue moon”.

Todos en el escenario son personas que seguramente han pasado un lustro de formación oficial y una vida de formación extra. No ocurre lo mismo en toda la música, ni tiene por qué ocurrir. Pero además, la diferencia queda marcada por la dualidad entre amor y dinero.

Esta gente parece tocar por amor, y solo parecerlo ya supondría muchísimo. No se trata de una estrategia empresarial underground: no se trata de hacer jazz para grupos minoritarios porque exista en ellos un mercado de los buenos, de los pequeños pero fieles. No se trata de eso porque el jazz tiene más historia que la invención del concepto actual de mercado. No se puede achacar al jazz que tenga “un público en un mercado” porque eso vino después. Así que si un baterista, un pianista o un guitarrista podrían ganar el triple tocando en uno de los nuevos y ruidosos grupos independientes, si con ellos tienen la posibilidad de entrar en el rocambolesco mundo de las maquetas, los discos, las giras y los beneficios y decide no hacerlo, esconde una razón claramente cualitativa. Dinero no es. Así que si no es amor, ha de ser algo igual de difícil de medir.

El swing es siempre la parte más propicia para hablar de uno mismo en lo personal. Da pie a que todo se acelere y de que incluso la voz vuelva al ritmo normal de la calle, abandonando ese susurro eterno propio de una diva. Cantando “The way you look tonight” o “Swing, brother, swing” Suzette tiene permitido hacer hueco a las presentaciones de la banda, y los temas se alargan hasta la eternidad elegida por ella.

Y con esta locura en vena, se entiende que todo ha terminado.

Quizá termina con estos ritmos rápidos para levantar el ánimo de la gente; quizá para demostrar que esta música también se baila. Actualmente solo se baila la música dance o techno, pero finales así permiten comprobar desde las plateas los tobillos crujiendo de un lado a otro (como pisando un charles), las cabezas frenéticas asintiendo en círculos. Esto es bailar.

La música es enorme, pero en las características de una sociedad es, como poco, importante. Influye o denota cosas, algunas cosas al menos. Y la nuestra es una sociedad curiosa, una sociedad en la cual hasta los bailes de fin de curso del parvulario se hacen sobre una base de ritmos de reggaetón y con un lenguaje pseudoanglófono de pésima pronunciación, con dialectos de la uptown neoyorquina o de latinos miamenses que componen tercetillos poéticos como: “allí tú pescas gatas/se montan y no tienen hora de llegada/buscan ser maltratadas”. Menudo himno a la sexualidad. Qué tristeza.

Todos esos aspectos ahondan la crisis identitaria actual, y hablan de la gran pérdida de valores y una relativa pérdida de ética social y personal. Pero el jazz no: por venir de lejos habla otro idioma.

Aquellos oyentes no pidieron una tercera vez. Quizá porque sus corazones atrofiados no habrían soportado luego un paseo por la calle Victoria o la Plaza de la Merced en el que verse invadidos por ritmos chin-pum. Después de aquel universo de caricias quizá no habrían soportado tal hostia.

 

Texto: Germán Martínez Porcel 

Ilustración: Abd Al Rahman Al Ma’ayteh López

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2 comments

  1. suzette says:

    Nov 27, 2013

    Responder

    Gracias por acompañarnos y comprender nuestra pasion por el jazz y amor por la herencia que ella nos dejo. Has mencionado canciones que cante y canciones que no,pero en mi parecer sera por analogia,de modo que es un honor!! Gracias de nuevo!!!!!! Y nos vemos el 21 de dic en la moraga jazz!!!

    • suzette says:

      Nov 28, 2013

      Responder

      Y gracias por la ilustracion!!! Me encanta!!!!
      Suzette

  2. REVISTA DISTOPÍA | says:

    Ene 18, 2016

    Responder

    […] la corriente del “Nuevo Periodismo”; o también, alguna crítica musical, como la del Festival Internacional de Jazz de Málaga. Todas se pueden consultar en su página web […]

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