La religión verdadera

París, 7 de enero de 2015. Dos hombres enmascarados, al grito de “Alá es grande”, asaltan las oficinas del semanario Charlie Hebdo y matan a doce personas que allí se encontraban trabajando.

Paris, 13 de noviembre de 2015, menos de un año después, varios terroristas yihadistas atacan en distintos puntos de la ciudad y acaban con la vida de 137 personas inocentes.

Estos dos ejemplos, islamistas, sirvan sólo de introducción de este artículo, porque a buen seguro se podrían citar muchos más para iniciar la cuestión que nos trae hoy. Un debate que se ha despertado en toda Europa de una manera contundente. ¿Hasta dónde ha de llegar la libertad religiosa en un país?

La Constitución Española tiene una serie de derechos, los denominados fundamentales, que gozan de una especial protección judicial, siendo susceptibles de amparo ante el Tribunal Constitucional, como legislativa, ya que se requiere casi el acuerdo pleno del Parlamento para la modificación.

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El primero de ellos es el artículo 14. Tan sólo dos después, encontramos el siguiente reconocimiento “Se garantiza la libertad ideológica, religiosa y de culto de los individuos y las comunidades sin más limitación, en sus manifestaciones, que la necesaria para el mantenimiento del orden público protegido por la ley”. En ese mismo artículo, la Constitución reconoce el carácter aconfesional del Estado, si bien se tendrán en cuenta las creencias religiosas de la sociedad española y en su virtud mantiene las relaciones de cooperación con la Iglesia Católica.

Casi parece un esfuerzo lo que en su momento se recogió en la constitución. Mantendrán. Como si se tratara de un favor. Pero es que ello nos llega a una conclusión primera y de un enorme calado: El cristianismo, más concretamente el catolicismo, no está por encima de ninguna de las otras religiones que se puedan profesar en nuestro país. Ni más, ni menos. Absolutamente iguales. Simplemente es la más común. La que profesa la mayoría, la aplastante mayoría. Pero no es más que ninguna.

Y claro, llegados a este punto, me pongo a pensar. Aún no he visto a nadie criticar que una persona decida montar un restaurante vegetariano, como tampoco he visto a ningún aficionado al fútbol desesperarse porque haya personas que decidan reunirse para jugar al baseball, siendo estos dos auténticas minorías.

Si nuestra Constitución, la ley suprema, la carta magna, no se declara a favor de nadie ¿Quiénes somos para impedir que los budistas se puedan reunir para el culto en determinados locales? O sin ir tan lejos (yo no conozco ninguna) habrá algún lector que sepa de la presencia de una iglesia anglicana, que predica por cierto la imposibilidad del dogma de la Virgen María. Y tocando el tema quizás más delicado, sobre el que volveré después, ¿por qué impedir el rezo de los musulmanes en las mezquitas?

Uno de mis profesores de la carrera, cuyo carácter no estaba presidido por el talante, nos preguntó que cual de los derechos fundamentales considerábamos más importante, a lo que evidentemente toda la clase respondió que el derecho a la vida. Sin embargo respondió con una nueva pregunta: ¿Y el derecho a la dignidad?

Y digo ahora yo: ¿Y el derecho a la libertad religiosa, a la libertad ideológica? Una persona puede sufrir una lesión y podrá pensar lo que quiera, podrá estar preso por un delito y conservará su mente, sus pensamientos, podrá ser secuestrado, retenido ilegalmente, pero sus ideas seguirán intactas. Porque la libertad religiosa, la libertad ideológica, desarrolla y completa a la persona, la hace más rica, única y distinta. Por tanto, ¿no merece una especial protección la libertad religiosa? ¿Quiénes somos para negarla?

Aún quiero compartir un par de ideas en este artículo, pero a estas alturas la respuesta ha de ser indudablemente afirmativa.

La Constitución es una ley de mínimos, de unas garantías básicas, y a partir de ahí el legislador da manga ancha para que el pueblo desarrolle su legislación conforme a lo que la sociedad, entendida como un solo ser compuesto de todos los que la forman, se manifieste. Desde mi punto de vista el problema está en los extremos. Si los jugadores de un equipo de baseball empezaran desde mañana a coaccionar con sus bates a otras personas para que comiencen a practicar su deporte, si los vegetarianos invadieran los asadores de nuestro país zanahoria en mano tirando al suelo el género cárnico del establecimiento, estarían cayendo en dichos extremos. En los mismos en los que desgraciadamente cayeron los terroristas de Paris.

Sin embargo, Paris se sobrepuso, y lo volverá a hacer otra vez. Su población en una gran medida es islámica, condena dichos actos, y Francia sabe que deben respetar su deseo de practicar su religión, como se debe respetar, por qué no, a aquellos divorciados que deseen comulgar, porque dicho sea de paso, no todo lo que no nos guste va a estar de puertas hacia fuera.

Y estaré en total acuerdo, con aquel que me proponga que ha de nivelarse la seguridad nacional con el derecho a la libertad religiosa y a la libertad ideológica. Si se hace necesario controlar una mezquita, una sinagoga, o una iglesia ortodoxa (cristiana), que así sea, porque evidentemente el problema existe. Pero que no se menoscabe la libertad religiosa.

Si algo ha pecado este artículo es de tirar del tópico del islam y del terrorismo yihadista para ejemplificar los extremos, para hacer ver como una postura puede ser radicalizada hasta el máximo, llegando a matar a personas inocentes por una idea. Pero quiero que ese ejemplo de enorme repercusión sirva de atracción al lector para que comprenda la realidad que pretendo exponerle. Porque no hay que ser como John Lennon componiendo nothing to kill or die for; and no religio too. ¿Hay que hacer desaparecer la religión para que el mundo pueda vivir en paz, querido John? No lo creo. Hay que educar a las personas en el vive y deja vivir, en la teoría contraria a la del perro del hortelano que ni come ni deja comer.

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Y es un trabajo que ha de iniciarse desde abajo. Literalmente hay que mamarlo. Como en Francia maman que una buena parte de su población sea de raza negra o que existen barrios inundados por hindúes. Crecen con ello y nadie se ofende.

Y seguramente, hoy por hoy, habrá gente que no profese ninguna religión y que seguramente haya crecido sin ningún tipo de problema con un crucifijo en su aula durante toda su vida. Y seguramente se llevaba bien con sus compañeros, y oye, sus compañeros con él. Y no ha pasado nada. Todo transcurre con normalidad. Cada uno emplea su mente, su pensamiento, su libertad ideológica, de la manera que quiera, si es que quiere hacerlo de alguna forma.

El problema son los extremos. Son aquellos que radicalizan, que no entienden que haya un crucifijo en un aula y que el pensamiento de una aplastante mayoría de la sociedad deba ser facilitado, cooperado, como dice la Constitución (que como el algodón, no engaña). El problema es que haya gente que, como ellos, no tienen nada en lo que emplear su tiempo, empleándolo en destruir las ideas de los demás, haciendo universal la idea de la minoría, la idea de esos malnacidos que en nombre de un falso Alá, acribillan los sentimientos de un universo entero.

El hombre necesita ayuda, necesita creer, necesita dar una razón a su ser. Si no lo necesitara, si ese sentimiento no fuera igual de antiguo que el propio ser, intrínseco a su persona, la Constitución no se hubiera encargado de regular aspectos relacionados con la misma. Y poco importa, Yahvé, Jesucristo, Buda o Alá. Son todas patas del mismo banco. Son todos necesarios para quienes los adoran. Incluso Maradona tiene una religión en Argentina, y no creo que a nadie le ofenda ese hecho. Ellos, maradonianos, maradonistas o como se hagan llamar, viven, y el resto de argentinos dejan vivir. Y lamento discernir Sr. Lennon. Viven en paz.

Y por favor querido lector, sé que va a ser difícil, pero no caigamos en el manido recurso islámico, que también surgirían inconvenientes si nuestras calles se llenaran de túnicas de monjes budistas. De hecho, por ejemplo, Sevilla se llena de túnicas de la Macarena y no pasa nada.

Los extremos, abandonemos los extremos. Da igual el nombre que profesen y las prácticas que realicen. Por encima de ellos está la libertad religiosa. No crucifiquemos a una persona islámica por el mero hecho de serla. Él no quiere yihadistas en su casa. Nadie los quiere.

Vive y deja vivir. Al·lahu-àkbar. Shalom. Amén.

Alberto Sánchez (@albsanmor)

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By | 2016-04-24T13:50:23+00:00 marzo 28th, 2016|Sociedad|0 Comments

Sobre el/la autor/a

Abogado especialista en Derecho Tributario y Fiscal, y en cualquiera de los impuestos de nuestro ordenamiento

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