Ruido blanco

Vestía un rosario de orquídeas clavadas debajo del cuello. Formaban una cruz blanca que se mecía entre sus pechos. Bien podría haber sido un péndulo. Pero una cruz me pareció más adecuada. Carola siempre fue católica, de ésas que se persignan cada vez que pasan frente a la fachada de una iglesia. Me dice que es un ritual, nada más. Pero se molesta si la interrumpo. Una tarde la sujeté de la mano derecha, justo cuando caminábamos calle abajo por Feliciano López, que en la intersección de Vieytes se abre en la Catedral Jesús Buen Pastor. Se negó a continuar hasta que la soltara. Insistí durante algunos segundos y la solté resignado. Se sumergió en el ritual con lentitud, dibujando la rosa de los vientos entre su frente, los hombros y el pecho. Pero esa vez se persignó dos veces. Una frente a la puerta imponente de dos alas que se adentraba en la nave central de la arquidiócesis y una segunda vez ante mí. Me miró a los ojos. Los de ella son aceitunados y neutros; los míos, amielados y húmedos. Y se persignó por segunda vez, desafiándome. ¿Qué hubiera sucedido si no se hacía la señal de la cruz? A menudo pienso en preguntárselo. En pedirle que, al menos, una vez no la haga. <Dale, por mí>, le diría. La manipulación nunca funcionó con ella. Pero intentarlo no me cuesta nada. Así se lo recordaría. Que entienda que no me olvidé, que no es normal. Hay frío entre nosotros. Desde hace meses que cunde el frío. Es ruido blanco. ¿Qué esconde detrás la cruz? Si ya no hace falta suplicar. Se acabó. Y todo es ruido blanco.

Se lo pregunto de nuevo. , contesta con desgana, . Ni siquiera le corre la mirada al disco de vinilo que está limpiando cuando me habla.

-No hace falta que lo sepas todo –dice. Tiene razón, no hace falta. Y eso es suficiente para controlarme.

Que me ignore me garantiza tiempo para mí. Preparé un revuelto de verduras con ajíes molidos, hongos a la espinaca y una sopa espesa que ahora revuelvo cansadamente. Mientras más la hago girar, más se licúa. Puedo percibir cómo se extingue su sabor. Todavía humea. Y eso es buena señal.

El frío se acurruca en un rincón de la sala, dándonos la nuca, con los ojos fijos en algún punto impreciso de los zócalos. A su derecha está la biblioteca con todos los títulos de Asimov y los treinta y dos volúmenes de la Enciclopedia Británica. Si se desplomaran sobre el frío, lo lastimarían. Pero ya no tengo que preocuparme por eso. Siempre vuelve. Desde hace siete meses que tenemos frío.

-¿Qué pensás del viaje? ¿Te convence? –me dice.

No la estaba escuchando. Entre nosotros hay dos manteles individuales que soportan los platos, un salero con forma de ballena verde oliva, una jarra con agua, dos facturas todavía impagas del hospital pediátrico y una frutera vacía. Desde que convivimos la frutera está vacía.

-¿No pensaste en comprar frutas? –se la señalo.

-Sabés que hay frutas, pero están en la heladera, para que no se pasen.

-¿Y entonces para qué es esto?

-¿La frutera? –Detesto que ponga en palabras lo evidente- La tengo como decoración –y chasquea la sonrisa, como si acabara de pronunciar una obviedad.

-¿Por eso te persignás también? ¿Por decoración?

Me da vuelta la cara con un resoplido y levanta el plato. Del otro lado de la barra de la cocina, solamente veo su abdomen y el cuello. Adivino su cara detrás del esquinero, me está mirando con lástima. Desde que tenemos frío, siempre nos miramos con lástima a escondidas.

Afuera ya no llueve, pero dos, tres, incontables pájaros negros sobrevuelan la cornisa del ventanal. En el medio del remolino de plumas, hay uno distinto. Pienso que la excepción es un buen motivo para seguir viviendo. Es semejante pero no igual, más pequeño. Y sus alas, desnutridas, parecen estar manchadas de rojo. De un escarlata sanguíneo. Levita, suspendido a mitad de la ventana. Tiene los ojos del frío. Me pregunto si será él. Los pájaros no levitan, me digo. Lo busco en el rincón y ya no está. Pero no suele alejarse tanto. Además, siempre le dieron pavor las alturas.

-Hay algo que está mal –le digo.

-¿Entre nosotros? Sí, quizás es momento…

La interrumpo. –No, afuera decía. Hay algo que está mal. –Se acerca al ventanal de la sala y permanece mirando al pájaro.

-No es él –me dice.

-Yo tampoco lo veo

-¿Y entonces a qué te referías?

-Yo no veo lo que está mal entre nosotros –digo.

La ballena verde se vuelca en la mesa y un reguero de sal se despliega con furia. Carola se apresura pero no alcanza a recogerla antes de que yo pueda ver la forma blanca dibujada entre los individuales.

-Otra vez la cruz. ¿La hiciste vos?

-No, si estaba al lado tuyo. Sabés que nunca soy yo. –Pienso que está por llevarse los dedos a la frente para persignarse. ¿Por qué lo haría? Se lo estoy por preguntar, pero me contengo.

La ballena verde ya está de vuelta en su lugar. No existen las ballenas verdes. En casa, a menudo, los objetos se dejan caer. Carola dice que es el frío. Y yo le pido que no le eche la culpa, que todavía es chico. Pero nos acostumbramos a que las cosas se caigan, como uno se habitúa a la oscuridad después de un tiempo. A caminar en la oscuridad. Llega un momento en que dejás de preguntarte si estás solo o no. Si esa respiración que te lame fríamente la nuca es la presencia del frío o solamente una maquinación. No hay rasgos en la penumbra, mis ojos se vuelven iguales a los de Carola. Eso tiene la oscuridad, nos iguala. También el dolor. Sólo basta un chicotazo de ese milagro oscuro. Y entonces se acaba. Ya no hay diferencias, todo ese teatro de orgullos queda reducido a una mueca muda y a un hilo de saliva que humaniza hasta a las bestias.

Con el frío es lo mismo, con su cabecita de pelo revuelto y su mirada distraída nos iguala en la culpa.

-¿A dónde vas, Caro?

-¿No te diste cuenta? Dejó de llover. Es mejor que aproveche ahora.

-Hace frío afuera –le digo. Y pienso en el pájaro con las alas manchadas de escarlata.

Esta vez es la frutera. La que está vacía. Se escucha un carraspeo seco, como si estuviera limpiándose la garganta, y se raja. Una línea finísima, perfecta en su distopía, que atraviesa los rebordes biselados y la base. Parece menos vacía.

-¿Ves? –se queja- Otra vez él.

-Parece menos vacía ahora, Carola –le digo. No la conforma. Antes era más fácil. Podía pronunciar su nombre despacio, silabearlo entre labios, y eso bastaba. Era un remedio entre nosotros. Pero eso era antes de la ballena verde y la frutera rajada. Y antes de que se colgara crucifijos de orquídeas. Y antes del frío. Porque todo empezó con el frío.

-Tengo frío –me llevo las manos en cuenco hacia la boca, respiro y un vapor humedecido se me escapa entre los dedos.

-Todos tenemos frío –me dice-. El departamento tiene frío, las mañanas tienen frío, mis amuletos tienen frío. Desde hace meses que no me seco las lágrimas para no tocarlas con mis dedos. Miralos –me los muestra, finísimos y delicados, tiene el anular más largo que el del medio-, ya están arruinados.

Desde la habitación llega un jadeo áspero, como si alguien estuviera jugando entre las frazadas, destendiendo la cama. Cuando vaya, las encontraré por el piso. Siempre le gustó hacer eso. Nos consuela saber que aún ahora sigue siendo travieso. A veces creo que nos intenta hablar, pero su voz se escapa pálida y se trasforma en cenizas antes de madurar en un sonido. Me imagino una fruta, que cae marchita. Negra. Es una lástima, la frutera siempre está vacía. Escucharlo una vez más sería suficiente.

Carola también oyó el ruido, empezó a lagrimear con disimulo y se cubrió los ojos con la mano. Me gustaría preguntarle qué ve en la oscuridad. Si ahí también se siente frío. Debería abrazarla. Está junto a la puerta, entre el perchero que traje desde casa y el reloj de pared antiguo que le heredaron los padres. Nada en este departamento lo compramos juntos. Solamente compartimos el frío. Ruido blanco. Y cuando él crezca y nos deje definitivamente, ya no quedará nada entre nosotros.

Emmanuel Lorenzo

 

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By | 2017-10-25T20:52:49+00:00 Octubre 24th, 2017|Escritos|0 Comments

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