Tan bien me fue que no volveré (III)

He estado en París muchas veces. Con mucha gente diferente. He estado solo. He estado con mi hermano. Con amigos. Con pareja. Sin pareja. He vivido allí y una vez la crème de la crème de la investigación patria nos conjuramos para robar un árbol de Navidad. Municipal. He visto gente con metralletas montarse en vagones de metro y he dormido cuatro noches en la habitación de la hija de un fotógrafo que por lo visto era muy famoso y yo me enteré cuando me iba. Allí hice una de mis mejores fotos. Pero lo que jamás había hecho era irme a París de excursión. Por principios. París es París, y eso no se toca.

Pero esta vez me fui de excursión. Los motivos para tal eventualidad podrían haber sido tan sencillos como decir que fui porque estaba en un compromiso. Que siento un gran sentido de la responsabilidad hacia mi trabajo. Probablemente el gran motivo es que cuando piensas que puedes pasar una semana gratis en un sitio como París, pides un chupito y dices “¿qué puede salir mal?”.

Madre de Dios.

Que qué puede salir mal.

Día 1

Una experiencia hermosa en la vida es viajar con más de una persona que piensa que el avión en el que vas puede estrellarse. Todo esto con un café frío y una palmera de huevo en el cuerpo. Porque hay pocas cosas más odiosas que pagar tres veces el precio normal de un café en un aeropuerto y ya iba desayunado de la calle. Allí estaba yo, una persona que cuando ve despegarse dos centímetros del suelo ya está dando gritos tanzánicos tratando de mantener la calma. La misma persona que cuando que decía una hora antes “vosotros facturad la maleta que es mejor” mientras se aferraba a su pequeña maleta de cabina negándose a dejar que la devoraran las cintas transportadores que vaya usted a saber dónde hacen la digestión de equipajes.

No sin mi maleta. Aquella iba a ser la primera de muchas contradicciones que tendría que asumir. La siguiente asumir que un atasco en París no es bonito. Aunque sea en París. En un autobús con un señor con pinta de ofrecer caramelos a niños en un parque y llevárselos a su casa. Que se negó a ponernos el aire acondicionado mientras gozaba de dos miniventiladores que le daban un aspecto arrebatador si tuviste la pubertad en la posguerra.

La segunda contradicción era Versalles en sí mismo. Aparte del palacio, hay allí un pueblo que está a una media hora larga en tren desde París. Son feudalistas. En origen y en espíritu. Tienen Catedral y obispo, que es como darle un obispado a Leganés, o incluso menos. Tienen tres estaciones de tren de las que parten al menos dos cercanías y dos líneas de cuasi-metros a París. En España es o AVE o nada. Qué mierda es esa de poner transportes más baratos que lleguen a casi cualquier parte.

Pues allí estábamos, mirándonos las caras frente al Palacio de Versalles porque después de levantarse a las 6 de la mañana, hacer un viaje en avión de dos horas y media, otro en bus en un atasco parisino con un chófer con cara del abuelo de Heidi, después de todo eso cualquiera da un paseo. Por Versalles.

En un momento determinado vinieron a buscarnos y ya nos fuimos mis dos compañeras y yo a la casa que nos acogía con una amable familia. En el coche nos preguntó el amable señor que qué tal las fiestas católicas de mayo en España. Fiestas católicas. Mire yo qué sé. “El Rocío…”, contesté tratando luego de poner en pie a ese señor en francés cómo cantar, beber y practicar sexo esporádico y probablemente adúltero puede ser considerado católico. Una bacanal griega quizá, pero no era tampoco el momento de explicarle la relación estrecha entre las romerías andaluzas actuales y los cultos a la fertilidad de Isis o Afrodita. Por menos que eso casi me echaron una vez de un bar.

Nota: fue por cantar la Marsellesa. Historias sórdidas.

La casa de acogida era bonita. Con su jardín. Con su entrada con grava. Con ese aspecto que todo buen francés radicalizado de origen colonial piensa que viven los opresores blancos votantes de Le Pen. Sólo se equivoca en que no votan a Le Pen, sino a Macron que es la solución para ser fascista sin que se note mucho.

Todo fueron risas hasta que se me ocurrió beber Perrier. Los muertos del agua con gas. Caliente. Una de las bellas costumbres españolas es beber agua fría. Muy fría. Y sin gas. Mientras tanto, circulaba de mano en mano un cuenco con daditos de queso cuya primera impresión fue “¡anda! ¡qué bien! ¡queso francés!”. De La Vaca Que Ríe. Vas al país del queso y te ponen sucedáneo del Caserío. También ruló un cuenco con jamón que había llevado una compañera y que la hija de la familia tuvo a bien desmigar. Jamón de Jabugo cortado como si fuera para la cena de un pollo.

La hija dijo que le gustaba España. Que había hecho un tour por ciudades que le habían encantado. Como Valladolid. “No pasa nada, nosotros tenemos al lado Huelva”, dije a modo de chiste sin mucho éxito. Valladolid. La Andy y Lucas de Castilla. La Seattle de la Meseta. La madre añadió en la cena que no hablaba nada de español pero que estudió alemán en la posguerra. En la puta posguerra mundial. Alemán.

Esa noche dormí observando si la buhardilla donde me recluyeron tenía cierto olor a gas. La hija, que dormía justo enfrente de mi habitación, simplemente echó sonoramente el pestillo.

Día 2.

El pan en Francia es una cultura. Si hubiera un ministerio del pan a nadie le extrañaría. En Portugal también. Y en Italia. En realidad en casi cualquier país medio normal que dé al Mediterráneo. España es de los pocos países que han recibido la tríada mediterránea que maltrata el pan. Por eso desayunar en España puede llegar a ser una odisea. Café torrefacto a temperatura de volcán y pan precocinado, descongelado y con una bola de manteca encima suele ser la norma en un bar normal. La alternativa es pagar por un desayuno el equivalente a dos almuerzos en algún local gentrificador.

Aclaro, prefiero el local gentrificador porque desayunar es sagrado.

Sigo aclarando, suelo desayunar en casa porque hacerlo fuera me resulta muy cansino.

La señora de la casa, porque estamos hablando de una familia de profundas creencias católicas y por tanto la casa es de ella y del señor el sostenimiento económico de la misma, nos había dejado unas tiritas de pan del día anterior. Pan de supermercado de barrio regular. En Francia para comprar pan del malo tienes que ir a algún sitio donde vendan cualquier cosa menos pan. Un Carrefour Express por ejemplo. Hay cincuenta mil boulangeries por todas partes. Hay algunas en sitios insospechados rodeadas de un ambiente de set de rodaje de Breaking Bad donde se respira en su interior un paraíso de pan. Y a nosotros nos puso la señora pan industrial precocinado.

En tiritas.

No pasa nada, pensé. Así he desayunado yo casi toda mi vida hasta que me acomodé a los lujos burgueses del pan portugués. Al menos hay café, pensé también.

Café. Soluble. De un sabor que recordaba tanto al café como Versalles al Mayo del 68. Al menos hay mantequilla, pensé.

Mantequilla. Marca blanca, genérica, escaso sabor. No pasa nada, no soy una persona exigente cuando estás casi de invitado. Lo que hay es lo que hay. Una vez desayuné Tulipán mezclado con Cola-Cao. Y no lloré. Una vez, muchas veces, he tomado café en vasos de chato de vino cogiéndolo con las puntas de los dedos mientras maldecía a Plinio el Viejo por habernos hecho pensar que acercarse a algo hirviendo te convierte en un héroe.

Ustedes seguramente no sepan quién es Plinio el Viejo pero no es mi culpa.

No pasa nada, seguí pensando. Hasta que el señor se levantó, nos dio alegremente los buenos días y se fue a la cocina a hacerse un café en su para nada ostentosa cafetera Nespresso. Y nosotros con café soluble. No pasa nada, volví a pensar, las cápsulas son caras, claro. Luego me levanté, dejé la mantequilla en el frigorífico y descubrí una tarrina de mantequilla President bien escondida.

Odio de clase, creo que llaman a esa sensación.

Una hora después por suerte el coordinador de todo aquel tinglado nos ofrecía amablemente café de verdad en su casa después de que sorprendiéramos a su mujer en bata en la cocina. Excuse-moi madame, etc. Lo cierto es que allí estábamos al fin en un remanso de paz y tranquilidad. Sin embargo, sin que sepa aún a cuento de qué, aquel amable hombre de apellido vasco y educadas formas comenzó una disertación sobre las revoluciones y los cambios sociales de una forma tanto vehemente.

Yo mirando mi café. Déjenme tomarme un café en paz, por favor. Me querían convencer de que todas las revoluciones están mal, que todas acaban en totalitarismo, incluso la francesa. Y pregunto “¿y la americana?”. Silencio incómodo. De esos de tu madre te ha preguntado por qué no tienes novia y sólo vas de viaje con el mismo amigo siempre. De esos de tu hija pequeña te inquiere sobre los extraños gritos que da mamá a veces por las noches. Ese silencio.

Luego le dije que el problema es que se enseñan las revoluciones desde la perspectiva de la ruptura social asociada a la violencia (el Terror y las Purgas) sin hacer hincapié en los movimientos internos contrarrevolucionarios que buscan perpetuar los privilegios. Que saltar del Terror al Estalinismo da la imagen que da, igual que repetir aquello de “pues Hitler llegó porque lo votaron” sin hablar que el problema no es la democracia sino un contexto de miedo y crisis que impulsa el fascismo.

Después de eso me la envainé y asumí que no volvería a España con amigos.

Una hora después tocaba subir a la Torre Eiffel. Nunca me han gustado las alturas. En parte por el cierto vértigo que tengo. Podemos llamarlo también sentido de la conservación natural. Supervivencia. Pero también es que no le veo sentido en una ciudad como París a estar lejos del suelo. El suelo es bonito. La calle es amable. Es bello pasear por la rue Rivoli, observar a la gente en su trasiego hacia Saint-Germain-des-Prés, pararse en la plaza donde está el Pompidou. La manía turística por subir a lo alto de las cosas para ver el infinito de la ciudad me crea ansiedad.

Igual que los batteux mouches. Dejarse caer por la parte del Sena en la cual no habitan personas normales, sino simplemente turistas. Como los de la India. Si son de la India o tienen parientes allí no sigan leyendo. Ni denuncien al director de esta revista que no tiene la culpa de lo que voy a decir. Odio a los turistas indios. Se cuelan por todas partes. Van en piara, metiéndose en todas las fotos, gritando, saltándose todas las colas, insultando a casi todo el mundo y, encima, son ricos. Obviamente el niño que está comiendo en un basurero de Bombay no hace turismo.

Y es que esos turistas indios reflejan justamente el mundo del turistérico tan alejado del flanêur que se deja caer por los rincones de una ciudad con un interés a medio camino entre lo antropológico y lo nostálgico. Entre ser capaz de conocer el sitio hacia el que va, y echando de menos aquel en el que sabe que nunca residirá.

Día 3.

Constato la Lucha de Clases en el desayuno: para nosotros mantequilla marca blanca y café soluble, para los dueños mantequilla President debidamente oculta y Nesspreso (menos oculto). Trato de preguntarme el porqué de esta distinción. Pienso en quizá haya pensado que como somos españoles estamos acostumbrados a comer cualquier cosa que dé el terruño. Pienso que a lo mejor la luz y el Internet en Francia han triplicado su precio hasta ponerse a lo que cuesta en España. Pienso en soldados bolcheviques entrando de pronto en la casa mientras gritan la Internacional.

Es día de Montmartre y tengo mis más y mis menos con el barrio. Que no es porque su nombre venga de Monte de Marte, ni porque decapitaran allí a Saint Denis que ya ves tú qué lástima. Es porque quizá representa como ningún sitio el paradigma de la evolución de Europa.

En un movimiento que haría palidecer a Don Siegel conseguí echar un rato paseando a solas por el barrio mientras el resto se arrojaba ferozmente como una horda friednamita sobre las tiendas de recuerdos. Hay un Montmartre un poco más allá de la Place du Tertre, del Sacre-Coeur y de todo el parque temático sobre los tópicos de la bohemia parisina, en la Rue Norvins donde Jean Marais nos dejó una maravillosa escultura sobre el Passe-murailles de Marcel Aymé.

En el relato el protagonista, Dutilleul, encuentra el modo de pasar a través de un muro a otras realidades en las cuales su vida gris y rutinaria se transforma. Esa metáfora de cómo la lectura, el arte en general, tiene el poder de cambiar nuestra realidad racional para acercarnos a otras formas de percibir nuestro entorno y a nosotros mismos, está allí. Justo en el sitio donde huimos del París más estereotipado para pararnos frente a la ciudad habitada. A unos pasos de donde, en el Moulin de la Galette, los burgueses de hace siglo y medio llevaban a sus mujeres a echar el día para luego bajar hasta Pigalle donde estaban las prostitutas.

Y así pensando en estas cosas me planté en la Segunda Cena Familiar. Pensando que lo mismo podía sacar algo de tema de esta reflexión me acaban preguntando que de qué doy clase. De Historia, por si no se nota. Me preguntan que qué se ve en el temario de los que están aquí de viaje. La Revolución Francesa, comparamos los textos de Robespierre con los de Rousseau para luego ver cómo se desarrollan los nacionalismos, que analizamos la sociedad burguesa y el surgimiento del proletariado para entender el marxismo y la expansión del capital a través del imperialismo para desembocar un estudio comparado de los tres enfrentamientos franco-germánicos que terminan en 1945 dando lugar a una brecha generacional de la cual emerge la sociedad postmoderna donde es muy importante comprender la evolución musical del rock, el pop, el arte abstracto, para entender nuestra sociedad.

Me dicen “eres muy duro, aquí no estudian los chavales tanto”.

Día 4.

En el desayuno constato que tienen un cubierto para cada cosa. Cucharillas largas para tazas. Cucharillas largas con reposabordes para tarros. Cuchillos de mantequilla. Cuchillos de mermelada. Cuchillos ignotos. Yo en mi casa uso lo mismo para todo. A veces hasta para la sopa.

Añado: una vez vi una cuchara que me gustaba mucho en un piso de Airbnb y me la llevé. Soy del Parque Alcosa, en ese barrio usamos un repertorio normal de cubiertos como imagino que en casi cualquier parte.

Hoy es día de Sainte-Chapelle y Louvre y es para llorar fuerte. Si la Sainte-Chapelle no es el sitio más maravilloso sobre la Tierra, poco le falta. La estructura de luz y cristal golpeando con colores los cuerpos carnales que se disuelven en la luminosidad hace palidecer cualquier otra cosa. No entiendo a los que confunden lo sublime con lo bello. Kant hablaba de lo sublime como aquello que provoca lo ilimitado, diferente de lo bello que es aquello que se contiene en los márgenes de lo artístico. Una montaña puede ser sublime, pero es nuestra acción como espectadores la que la sublima. La montaña no es sublime en sí misma porque nadie la ha hecho con esta intención. Pero la obra de arte es bella porque se ha actuado para que así sea y lo es incluso sin espectadores. Llevar a cabo algo como la Sainte-Chapelle es una acción para sublimar, para elevar.

De eso me di cuenta yo y cuatro más, claro. Quizá también el guarda de seguridad que me gritó algo como si tuviera Asperger. Él, quiero decir.

El Louvre ya tal. No me gusta el Louvre. A 40 de los 46 que íbamos tampoco. Salvo la entrada donde podían estar tirados en el suelo de mármol. Los otros 6 fuimos recorriendo algunas salas tratando de comprender la diferencia entre Leonardo y Botticelli, ambos discípulos del Verrochio pero tan diferentes en su concepción del espacio y los colores. Buscando los claroscuros de Caravaggio, la exaltación romántica de Delacroix y Géricault, y refugiándonos bajo las alas de la Victoria de Samotracia.

Día 5.

La señora de la casa nos saluda en un extraño pijama oriental. A partir de ahí sólo puede mejorar la cosa. Es extraño porque la veo consultar el correo en el ordenador minutos después de decirnos que el WiFi no funciona. Aprovechando que sale un momento hago una maniobra de incursión, aparto un sable de la guerra franco-prusiana, me oculto de la fría mirada de un retrato decimonónico y le doy la vuelta al router. Son momentos de emoción. Metro la contraseña. Voilà. Tenemos WiFi. Pienso en cambiarle la contraseña a NAPOLEÓNENANOHABLACASTELLANO.

Este quinto día nos lleva por fin a Notre-Dame. Al horror. Piaras de turistas circulando por la catedral sin detenerse ni un segundo. Una estudiante de arte trata de dibujar apoyada en uno de los pilares. Me hace pensar en cómo el arte es un instante y no una eternidad. A veces, como es el caso de una catedral, permanece físicamente durante siglos, incluso milenios como con los edificios de la Antigüedad. Pero es sólo un instante porque somos nosotros quienes rescatamos la belleza para el momento en el que la contemplamos. Por eso lo importante no es estar donde esté la belleza, sino ser donde la encontremos.

Un rato después yo ya no fui sino que estuve en la Feria del Pan en la explanada frente a Notre-Dame. Mientras me comía el equivalente de un choripán a la francesa decidí que aquello era un sindios así que me llevé a unos cuantos más allá de Quartier Latin. El verdadero París más allá de Notre-Dame, más allá del pastiche del Barrio Latino es una experiencia que solo puede darse aquí. Desde la Mouffetard a la Butte-aix-Cailles no hay mochilas salvo que te cruces con universitarios. Ves a gente que habita de verdad la ciudad.

Y ya está. Con eso y con que la señora no abriera un bote de Zyklon B en el desayuno en represalia por el robo del WiFi me conformaba.

Día 6.

Me levanto con el conocimiento de que alguien en algún lugar del sitio al que llamamos un tanto a la ligera Centro de Trabajo está diciendo que estamos de vacaciones. Voy camino de perder cuatro kilos. Voy camino de que me convaliden el viaje como Mediador de la ONU. Voy camino de arrancar en segunda con una furgoneta en mitad de Châtelet. Y me dicen que estoy de vacaciones.

La señora en el desayuno me ha dicho que cuidado con las alumnas. Debe pensar que en el sur de España vivimos en una constante bacanal.

El día es un tumulto deprimente en el centro comercial de La Defense. Odio los centros comerciales. Me deprimen las luces artificiales, los carteles que anuncian precios, la acumulación de objetos sin sentido, los olores falsos, los restaurantes de franquicias impersonales. Salgo fuera y la plaza, al aire libre, tiene la misma luz reflejada del centro comercial.

[LO QUE PASÓ A CONTINUACIÓN ENTRE LA DEFENSE Y EL MUSEO D’ORSAY SERÁ DESCLASIFICADO EN UNOS AÑOS]

Día 7.

Disneyland. Yo, en Disneyland. Los acontecimientos del final del día anterior me hicieron buscar refugio en algún grupo que me acogiera con un mínimo de cariño. Lo encontré.

Disneyland es divertido. Es más, debo reconocer que es muy divertido. Odio reconocerlo porque no me gustan los parques temáticos como me dijo una vez un amigo que comparte mi posición al respecto por un principio de autoconservación. S

Las luces artificiales que recrean las mismas burbujas en las que se crean los contextos de los viajes. La adrenalina insuflada frente a la real que trae un atentado. Disneyland es el refugio que le queda a las tenues formas de la ilusión en la posmodernidad.

Pero más allá de eso está la asincronía que es París para las vidas de quienes la habitamos aunque solo sea por unos días. Esa asincronía que ha hecho que el tiempo aquí vivido sea diferente al del sitio que dejamos y al que debemos volver.

París tiene un tiempo distinto, diferente, nunca se acaba. Pase lo que pase. Volveremos a nuestras vidas como si el tiempo de París fuera propio, diferente al del resto de vidas que uno tiene en otros sitios. Nosotros, los mismos, nunca seremos los de antes. Porque París es la reducción de la realidad a las cosas que no podemos confesar.

Y sólo espero que hayan sido felices en París. Porque cuando uno es joven y feliz en París, París te acompaña toda tu vida.

Aarón Reyes (@tyndaro)

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By | 2018-06-18T18:36:35+00:00 junio 19th, 2018|Viajes Distópicos|0 Comments

Sobre el/la autor/a

Editor. Estudió Historia del Arte y se doctoró en Historia Antigua. La gente hace con su tiempo muchas cosas raras, incluso escribir novelas. A él le publicaron dos. A veces hace fotos y otras escribe artículos. Lo que le da de comer es dar clase.

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