Tan bien me fue que no volveré (I)

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Es jueves, 21 de mayo, y estoy de pie, esperando en la cola de la tienda del Duty Free del Aeropuerto de Tenerife Norte con cinco tabletas de chocolate Cadbury’s, dos de ellas de chocolate con avellanas enteras, con su precioso envoltorio color Podemos, brillante, y mirando como una sonrosada mujer color Ciudadanos cuenta sus céntimos de Euro antes de entregárselo a un dependiente sin ningún tipo de color. Miro atrás y veo una horda que devora hamburguesas en un Burguer King. Tenían cinco minutos para comer y a alguno le han sobrado tres. Intento poner en orden en mi cabeza lo que he visto durante los cuatro días que preceden a

EL GRAN INSTANTE EN EL QUE VOLVÍ CON CHOCOLATE CADBURY’S A CASA

y, francamente, es difícil de narrar. He visto playas de carbón y aguas de un azul PP francamente espectacular. He visto la muerte adoptar mil formas diferentes, desde un tobogán gigantesco que pasaba por debajo de un estanque de tiburones hasta un donut de plástico para cuatro personas que te azotaba de un extremo a otro de un embudo tamaño carpa de circo. He sentido en mi nariz el olor de botes de crema de Hannah Montana y lo he disfrutado sobre mi cuerpo. He visto a Spielberg diseñar un atardecer y ponerlo entre unas rocas para que pareciera de verdad. He bailado (torpemente) como si me torturaran japoneses con electrodos en los genitales. Me siento, en este preciso instante, como en una clara reafirmación del Principio de Peter, tuviera que imitar más que homenajear a Foster-Wallace porque es difícil transmitir cómo lo que tengo entre las manos, seis tabletas de Cadbury’s, son el mayor gasto que he hecho en un viaje que ha comprendido litros de cerveza, toneladas de comida, visiones de pingüinos a los que les arrojaban paletadas de hielo, y un gorila que posó para mí. Y luego, impulsado porque alguien de ésta, su revista amiga, describió EuroDisney como un campo de concentración, me veo en la absurda necesidad de describirles otro viaje con adolescentes como si a ustedes le importara. Como si necesitaran de un dibujo con palabras de una postal de Tenerife, un Tenerife bastante feo con un Teide aún más feo. Porque he visto barcos que no habría cogido ni un subsahariano con su currículum para vender kleenex en un semáforo. He visto leones marinos besando jóvenes y no es ninguna metáfora. He visto la montaña más alta de España. He visto una cucaracha en una pared del salón del bufé y me he callado para que 34 ancianos y 12 adolescentes no gritaran y salieran huyendo despavoridos. He presenciado una disputa por un cóctel como premio de un bingo. He visto productos electrónicos cuyo precio me hacía sospechar si habría algo dentro de la carcasa de plástico. He visto una moqueta con tantas manchas que habrían podido ayudar a resolver un centenar de casos de asesinato. He comido seis clases diferentes de bollería en el mismo desayuno y probado la misma salsa en un plato de pasta y en otro de pescado en el mismo almuerzo. He presenciado cómo un joven abría la boca en un tobogán tragando más agua de la que su cuerpo podía asimilar y, acto seguido, devolverla en una papelera. He cerrado una discoteca al ritmo de la misma música que hacía doce años y me ha seguido pareciendo una música horrible para cerrar una discoteca. He visto a una persona dudando por un instante si en el LoroPark habría dinosaurios. He notado al acostarme cómo aún seguía moviéndome al ritmo que marcaba la inercia propia de un parque acuático. He visto tantas clases de azul diferente que podría haberles puesto número de pantones y me habrían faltado. He hablado con camareras con acento ruso que juraban y perjuraban que eran tinerfeñas de toda la vida, con camareras de acento francés que me hablaban en español mientras yo le hablaba en francés y camareros con el sentido del humor de un lémur. He visto toda clase de pantalones cortos cubrir la carne de gente que sumaba en total la misma edad que las pirámides de Egipto. He oído a españoles adultos y bien hablados preguntarle al cocinero si la carne llevaba mucha carne, si el pescado lo cogían en la playa cada mañana y a qué hora era el Bingo de las Diez. He visto a un anciano lanzar una maleta varios metros para que entrara en el ascensor antes que el anciano que estaba esperando que se abriera y luego levantar un puño amenazador mientras le conminaba a resolver sus diferencias a puñetazos en la puerta del hotel. Ahora conozco cuatro clases diferentes de pingüinos. Y no es bastante, no lo es. He visto la luz dormirse entre las rocas y correr hacia el hotel porque se acababa la hora del bufé libre. He sentido los barrotes fríos de una pulsera Todo Incluido que te ata a consumir siempre en el hotel huyendo de los comercios locales. He visto un cartel de una Hermandad Marina y deseado ser cofrade para llorar por el horror del cartel. He entrado dos veces en el cuarto de baño para cerciorarme de que aquello de verdad podía ser un cuarto de baño. No he visto un sitio más absurdo para que ondee la bandera de España que Canarias. Me he tumbado en una playa y me he preguntado por qué los alemanes no prefieren invadir Conil de la Frontera o Mazagón antes que aquello y luego he visto los precios libres de impuestos y lo he comprendido. Ahora sé la diferencia entre las plumas de un tucán y las de un loro tropical. Y sigue importándome lo mismo. He comido patatas con mojo picón a diario. He dicho adiós a mi estómago. Me han tratado como un cliente incluso cuando no era un cliente. He comprendido que mi adolescencia fue a imagen y semejanza del final de los 90 y eso me ha deprimido. He visto la antítesis de concentración hormonal de aquella vez que trabajé de camarero en un Congreso de Viudas de España. He cerrado con pestillo la puerta de mi habitación porque me inquietaba el guarda nocturno del hotel.

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No tenía previsto viajar en el tiempo, pero una vez que me vi en ello, no me quedó más remedio que disfrutarlo. No empezó con un Delorean a toda pastilla, ni tampoco montado en una silla con unos engranajes extraños, ni mucho menos con nada que un americano haya inventado.

Corrijo: quizá sí lo haya inventado un americano.

El viaje en el tiempo empezó en un aeropuerto hecho para una Exposición Universal con el fin de pastorear un grupo de adolescentes que aspiraban a hacer eclosionar en una isla remota lo que hacen cada fin de semana en su pueblo de origen.

Viajar es una cosa hermosa. Ellos aún no lo saben pero no tendrán muchas oportunidades de hacerlo porque hay demasiados destinos a donde ir y apenas una vida para hacerlo. Yo no pude ir de viaje de fin de curso, ni en el instituto ni en la universidad, porque era mucho dinero. Siempre quise ir a Roma, me fascinaba desde entonces. Siempre pensé que para alguien que está descubriendo el mundo viajar a Roma era como abrirse de golpe a todo lo que encierra la vida.

Por eso me alegré que el viaje fuera a una isla volcánica, negra, africana, donde cualquier atisbo de civilización superior lo impusiera una marca registrada.

De verdad que muchas veces me acababa preguntando “¿y yo que hago aquí?”. Me lo preguntaba con frecuencia cuando hacía cola detrás de tríos de ancianos y bandas de post-ancianos para entrar a desayunar. Me lo preguntaba cuando cenaba tres platos de comida porque era bufé libre. Me lo preguntaba con cierta frecuencia cuando iba a ver el Teide porque nunca he sido muy amigo de la geología y las rocas. Me lo pregunté cada mañana al levantarme y haber dormido bien, cuando es algo que no suelo hacer en mi casa.

No me lo pregunté mientras bebía Jack Daniel’s. Bien sûr.

Nadie me obligó a viajar durante cuatro días de mayo a una isla conquistada hace cinco siglos y con la suerte de haberlo sido por España. Si hubieran sido conquistados, pongamos por caso, por los franceses ahora no podrían alardear de ningún pasado mítico históricamente inventado. Gracias a esa banalidad tan española con los esencialismos, uno puede viajar a unas islas que se autoproclaman “conquistadas” pero sin cuya “conquista” no habrían visto comercio americano ni alemanes cogiendo color salchicha en las playas de Tenerife Sur. Porque nosotros fuimos a Tenerife Norte, reducto de excursiones de instituto, de la Tercera Edad y de Luna de Miel de la época en la que se usaba esa expresión.

Los touroperadores son gente muy lista, sin MBA de ninguna universidad de nombre semejante a una marca de fiambres nórdicos, pero muy avezados. En Tenerife Sur hay playas paradisíacas de arena sacarosa y un clima perpetuamente soleado. En Tenerife Norte han recortado un poco de la Normandía, un poco de la Costa da Morte gallega, y ya. Al Sur llevan a los ingleses y los alemanes, que pagan en libras y en marcos, ahora también conocido como euro. Al Norte llevan a los nacionales no vaya a ser que se mezclen con los turistas de otros países y a) vean los jóvenes y los ancianos lo que es ser joven y anciano en un país como Reino Unido o Alemania y b) no vayan a ver los jóvenes y ancianos ingleses y alemanes lo que es ser joven o anciano en España.

En el autobús me monto delante. Justo detrás del conductor. Entonces recuerdo a una novia que tuve que me decía siempre que nos montábamos en autobús, y en aquella época fueron muchas veces porque no tenía dinero para otro medio de transporte, que en caso de accidente siempre morían los ocupantes de las cuatro primeras filas. Me lo dijo mientras viajábamos de Valladolid a Madrid. Me lo dijo al montarme volviendo de Madrid a Sevilla. También en Tívoli. Desde entonces desarrollé un pequeño trauma un tanto hipocondríaco a montarme en las primeras filas. Hasta que vi arder en Jaén un autobús lleno de ancianos por la parte de atrás y decidí que prefería morir tras haber perdido el conocimiento que ardiendo entre maletas.

La trabajadora del touroperador es una señora encantadora, lo cual demuestra que hace su trabajo a la perfección ya que es su principal función: ser encantadora. Ustedes, como yo, han visto ese disco amarillo perenne sobre las Canarias. Ustedes, como yo, se sorprenderían de que, tras la touroperadora, lo siguiente que te reciba en Tenerife es la lluvia. Así que participo de la Primera Gran Acción Absurda Pero Necesaria del viaje que es contar el número de alumnos que viajan con nosotros. En realidad no sé a ciencia cierta cuántos son, cuántos se montaron en Sevilla, ni cuántos deberían haberse bajado en Tenerife, y entonces el Principio de Peter se hace muy evidente: soy un incompetente contando personas. Pero se me da muy bien aparentar que sé hacer cosas de las que, en realidad, no tengo ni idea.

Nos van a hacer una visita panorámica por el Puerto de la Cruz, el pueblo en el que nos alojamos. Una visita panorámica en bus es lo que haces tú cuando vas en coche por una ciudad que no conoces solo que queriendo en vez de buscar el hotel que Google te dice que está en un sitio pero, en realidad, está en otro porque nadie avisó a ningún informático abyecto de Sillicon Valley que la numeración de la calle no era la correcta. “Miren el Teide”, escucho. Contemplo un inmenso macizo de nubes tras el cual he de suponer que está el monte más alto de España. Es el primer día y constato que el señor que pone en marcha la máquina de hacer nubes se gana su sueldo. Un compañero me ratifica que es así, que en su anterior visita no consiguió verlo. El otro compañero, también. Empiezo a sospechar que el Teide es un mito, como el sexo promiscuo, las aspirinas en la Coca-Cola o la recuperación económica.

La amable trabajadora del touroperador nos indica que tenemos un “almuerzo frío” esperándonos en el hotel. Me preguntan qué es un almuerzo frío y mis especulaciones giran en torno a hojas de lechuga de bordes marrones y tomates sin sabor.

Ojalá.

El hotel tenía un nombre, como todos los hoteles, pero uno de esos nombres que inmediatamente sitúas en un lugar de playa. Elegance Dania Park. Porque, cierto es, el hotel fue elegante en algún momento entre la llegada de Eisenhower a España para saludar a Franco y el momento en el que la bisnieta de Bismarck, Gunilla von, puso de moda el choteo por Marbella. Desde fuera se puede observar ese aire setentero de construcción de playa, con balcones corridos que hacen juego con un vestíbulo decorado con la moda panteón de mármol que tanto éxito ha tenido en el final del siglo XX. Todo es asombrosamente rosa. La pintura quemada de la fachada, los reflejos de los espejos del vestíbulo, el fondo del mármol del suelo, el tapizado de los sofás del vestíbulo, la piel de las recepcionistas. Todo tiene un tono sonrosado y me pregunto en ese momento si no tendría un cierto sentido de decir “olvidaos de vuestras pieles sonrosadas porque aquí, en esta isla, vais a volveros rojos, naranjas o negros, pero olvidad, arios del mundo, vuestra sonrosada condición”. O, quizá, es para que el blanco impoluto de nuestras pieles parezca más saludable. Pienso que es un hotel donde vienen muchas excursiones de blancos ancianos de piel macilenta y eso me horroriza.

Todo es de color rosa salvo mi cuarto de baño, que es gris. Muy gris. Sin ningún tipo de iluminación natural y la artificial es una luz fría de un tubo fluorescente. Antes de descubrir la cabina de depresión donde debía higienizarme cada día hemos repartido las habitaciones y me he ofrecido a dormir en el mismo pasillo de la misma planta de todos los adolescentes mientras mis compañeros duermen en el piso superior. Francamente no sé por qué me he ofrecido. Mientras me encamino hacia el pasillo inicio la táctica James Bond de intentar que nadie se dé cuenta de que entro en mi habitación.

Intento que nadie use sus nudillos contra mi puerta con fines humorísticos. También caigo en la cuenta de que ocupamos el pasillo entero de la planta baja, lo que significa, deduzco por las mil manchas de la moqueta, que tienen esa ala del hotel reservado para excursiones adolescentes. Admiro al gerente de ese hotel sin MBA de universidad con nombre de boutique de pan noruego por su brillante plan. Quiero una escopeta para dormir con ella bajo la almohada, pero no me atrevo a pedirla en recepción.

La palabra clave de España en estos momentos es “podemos”. Sirve para montar un partido político. Sirve para llegar al almuerzo frío de un hotel y echarte toda la cerveza que quieras de un tirador del bufé aunque te indiquen que sin la pulsera blanca de plástico que te marca como servidor de un Todo Incluido no puedes hacerlo. Sirve para comerte el mayor invento del mal que haya imaginado nadie en la alimentación: el pan de molde. Hay plátanos. Muchos plátanos. En el salón comedor iluminado como la sala de espera de las Urgencias de un Hospital público hay plátanos por doquier. Es Canarias, y en el salón del comedor hay muchos plátanos. Sueño con un mundo donde los hoteles en Jabugo tengan bandejas de jamón por todas partes. Donde un hotel en Tennessee tenga grifos que echen whiskey. Te paras a pensarlo y es tan absurdo como parece. Aun así cojo un plátano y está bueno. Compensa el pan de molde.

Aarón Reyes (@tyndaro)

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By | 2015-06-07T13:25:35+00:00 Junio 7th, 2015|Viajes Distópicos|0 Comments

Sobre el/la autor/a

Editor. Estudió Historia del Arte y se doctoró en Historia Antigua. La gente hace con su tiempo muchas cosas raras, incluso escribir novelas. A él le publicaron dos. A veces hace fotos y otras escribe artículos. Lo que le da de comer es dar clase.

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