Terror en Sundance

El estreno durante temporada veraniega de la película Hereditary, aclamada por la mayoría de la crítica y calificada como obra maestra del cine de terror por muchos aficionados que la han comparado con El resplandor o El exorcista, ha llevado definitivamente al género a vivir una nueva edad de oro creativa. En este sentido, las producciones independientes con el sello Sundance y una nueva hornada de autores con talento han sido fundamentales para cimentar este momento.

No vamos a hablar aquí del terror que últimamente llena de adolescentes las multisalas de los centros comerciales en forma de sagas interminables (Insidious, Expediente Warren y sus vástagos), sino de películas independientes que, auspiciadas por el Festival de Sundance, se han convertido en objeto de culto destilando cine de verdad. Para ello hay que partir del 2014, momento clave pues durante el mismo año se estrenaron dos obras rotundas que marcaron el nuevo ciclo que nos ha llevado hasta aquí: It Follows y Babadook. Tras ellas, y hasta alcanzar este verano, películas como La bruja, Un lugar tranquilo o Déjame salir han consolidado una nueva forma de hacer cine de terror construida sobre dos pilares fundamentales. El primero de ellos es la mirada a clásicos de todas las épocas como punto de partida para crear unas formas y un discurso propios. El segundo, el uso del terror y la fantasía como herramientas metafóricas para reflexionar sobre el presente y sus miserias. Y todo ello, sin renunciar al entretenimiento y el suspense.

Ni lo uno ni lo otro son novedad. Por un lado, todo artista ha de transitar y experimentar por los caminos de los talentos que lo precedieron para encontrar, modular y canalizar su propio talento. Por otro lado, el terror siempre fue acerada alegoría de sociedades convulsas en momentos delicados, es decir, el mejor cine de terror habla del aquí y ahora. Piénsese en el esplendor de los monstruos clásicos de la Universal en los años 30, en pleno ascenso del nazismo, crisis económica y deriva hacia la II Guerra Mundial. Otros ejemplos son La invasión de los ladrones de cuerpos (Don Siegel, 1956) y la serie B marciana de los 50, creados en plena Guerra Fría, o los zombis de George A. Romero, cuando el american way of life derivó hacia el capitalismo deshumanizador que ahora sufrimos.

Coincidencias que marcan mucho.

Tomando como referencia las películas citadas, que constituyen quizás las cimas del cine de terror de esta década (aunque trasciendan la etiqueta) y que marcan el género, existen una serie de elementos comunes que les imprimen carácter.

El primero de ellos es el que da título a este artículo: Sundance. Y es que el festival del que fuera Robert Redford padrino y punta de lanza ha sido fundamental para impulsar estas obras. Todas son producciones independientes y todas han recibido el respaldo de Sundance, evento creado hace más de cuarenta años para visibilizar y activar el cine producido lejos de los grandes estudios. Así, tanto Babadook (Jennifer Kent, 2014), como La bruja (Robert Eggers, 2015), Déjame salir (Jordan Peele, 2017) y Hereditary (Ari Aster, 2018) tuvieron su estreno internacional en el marco de este certamen. Caso aparte es It Follows (David Robert Mitchell, 2014), aclamado estreno en Cannes que pasó después por Sundance. Es verdad que Un lugar tranquilo (John Krasinski, 2018) es una producción que escapa al marco estricto de lo que podríamos calificar como independiente (ha sido producida por Michael Bay y distribuida por Paramount), pero sus formas y pretensiones de fondo coinciden con las anteriores. Amén de que su director, el también actor John Krasinski, pasa por ser una reconocible figura del cine indie estadounidense.

Otro elemento coincidente es el de constituir, casi todas ellas, la óperas primas de sus respectivos directores. Jennifer Kent, Robert Eggers, Jordan Peele y Ari Aster debutaron con las cintas mencionadas. It Follows constituyó la segunda obra de David Robert Mitchell y sólo John Krasinski llegó a su proyecto Un lugar tranquilo con algo más de experiencia. Además todas estas películas fueron, no únicamente realizadas, sino también escritas por sus directores, lo que remarca el carácter personal y autoral de las mismas. Tampoco es desdeñable el hecho de que desde el primero al último venían de formarse en la dirección haciendo cortometrajes y estudiando cinematografía. La calidad se trabaja. El talento se canaliza con tiempo y estudio. Y así es evidente que, como decíamos al principio, los resultados destilen cine puro en unos tiempos en los que los grandes estudios ponen sus producciones comerciales en manos de impersonales y “aplicados” trabajadores de los efectos visuales o técnicos procedentes de la publicidad. Esto se nota en la caligrafía, la narrativa o la forma de resolver muchas escenas.

Finalmente, y aunque reiteremos algo que ya mencionamos más arriba, todas estas joyas cinematográficas, convertidas en algunos casos en obras de culto, reflexionan sobre nuestra sociedad, sus miserias y los terrores que la acechan. También sobre la situación y categoría del ser humano del siglo XXI, con una mirada muy marcada en (y desde) lo femenino.

Paranoia.

Las mujeres y los hombres de nuestro tiempo conviven con el miedo cada día sin necesidad de pasar por taquilla para ver una película de terror. La crisis económica, la precariedad e inestabilidad laboral, la violencia doméstica, las tensas relaciones internacionales y el terrorismo global han abismado a la ciudadanía de los países desarrollados a la más absoluta de las paranoias. El hombre corriente se puede contemplar a sí mismo como un especimen amenazado. En realidad siempre lo estuvo. Pero unas décadas de Estado de bienestar y un espejo en el que mirarse como el american way of life parecieron desembocar en el fin (placentero) de la Historia. Los atentados a las Torres Gemelas y Lehman Brothers nos devolvieron a la realidad.

Las consecuencias de esta paranoia pueden atisbarse en una interpretación profunda de It Follows (David Robert Mitchell, 2014), quizás la obra más terrorífica de los últimos años. Poniendo la mirada en el slasher ochentero protagonizado por adolescentes, It Follows ha sido interpretada como una ambigua metáfora del VIH (el sexo como condena y liberación) en la que los jóvenes se transmiten una espeluznante maldición consumando el coito. Y sí, claro, entre sus variadas lecturas ésta es evidente. No obstante, la aterradora amenaza que persigue a los protagonistas (algo inexplicable te alcanza para matarte en la forma que menos puedas esperar, la más cotidiana o familiar, incluso) remite a lecturas paranoicas contemporáneas y a la muerte inevitable como final de todo ser (véase la desoladora cita final de Dostoievski).

Con un plano secuencia de apertura sencillamente genial que incluye una rotación de cámara de 360 º a la altura de cumbres del séptimo arte como el prólogo de Sed de mal (Orson Welles, 1958), utiliza para construir el miedo planos generales en los que podemos ver antes que los actores cómo se acerca la amenaza inexorable (puro Hitchcock), It Follows eleva la tensión a límites insospechados y nos lo hace pasar realmente mal hasta dejarnos pegados a la butaca. Clásico instantáneo desde su estreno, esta terrorífica película, además de dar miedo de verdad, seguirá siendo referencia durante muchos años para el género y para la cinematografía en general.

Disfunciones familiares.

Un discurso de fondo presente en todas las obras citadas es el de la familia, sus relaciones internas y su posición en el mundo moderno. En este discurso, que va desde el pesimismo teológico-existencialista de La Bruja hasta el amor luminoso y salvador de Un lugar tranquilo o el peso de la herencia en Hereditary, hay una acentuada perspectiva femenina (o desde lo femenino).

Con Babadook (Jennifer Kent, 2014) encontramos a una familia formada por una madre y su hijo, en la que las relaciones entre ambos se van tensando hasta alcanzar una locura (de la madre) que remite a El resplandor (Stanley Kubrick, 1980). Nunca llegaremos a saber qué pertenece a la imaginación infantil, qué a la cabeza perturbada de la madre (desolada por la pérdida del marido, de la que culpa al hijo no querido) y qué es real en una deriva en la que el siniestro personaje de un cuento infantil ilustrado hace las veces de alargada sombra paterna que impide a lo femenino liberarse y avanzar con libertad. Con unas formas muy clásicas en las que la cámara se mueve de manera exquisita, y construyendo la angustia y el terror sobre los primeros planos del rostro de Essie Davis, en una interpretación prodigiosa, Babadook redime a su protagonista a partir de la caricia de la mano del hijo en el momento de horror máximo y apuesta por la asunción y convivencia con el pasado traumático como única vía de progreso hacia el futuro.

Pero si hay una película que se lleve la palma en cuanto a deriva malsana de ambientes familiares, esa es La bruja (Robert Eggers, 2015). La posición de la mujer en la sociedad y la familia, su destino como holocausto expiatorio y el fanatismo religioso que llega a contaminar todos los órdenes de la existencia hasta la opresión absoluta del ser, discurren por el metraje de esta cinta basada en tradiciones, testimonios auténticos y relatos de la América colonial. En ella una familia calvinista de la Nueva Inglaterra del siglo XVIII debe enfrentarse a la supuesta presencia de brujas en el cercano bosque y a las malas cosechas. Con la mirada puesta en Dreyer (Ordet, Dies Irae), Bergman (El sétimo sello) y los grandes maestros clásicos del cine existencialista y religioso europeo, La bruja se vive como una experiencia desoladoramente aterradora…y bella. Contribuyen a ello la composición pictórica de los planos, la luz natural y la fotografía de Jarin Blaschke, inspiradas en la pintura flamenca (en exteriores), el tenebrismo francés de Georges de La Tour (interiores nocturnos), la imaginería de los cuentos de hadas (Hansel y Gretel, Blancanieves, Caperucita Roja) y las Pinturas Negras de Goya (sobrecogedor el aquelarre final). Con este debut en la dirección, Robert Eggers trascendió el terror para elaborar una completa y terrorífica obra de arte.

Sin embargo, hay luz al final de la oscuridad. Las tinieblas existenciales son disipadas por la acción del amor y la fe bien entendidos. Esto podemos concluir de Un lugar tranquilo (John Krasinski, 2018), terror extraterrestre que, partiendo de La Guerra de los mundos (Steven Spielberg, 2005) y la alegoría de Señales (M. Night Shyamalan, 2002) compone un canto al amor, la fe y la familia como esperanza para la supervivencia en un mundo hostil. Unas manos unidas en silencio y oración antes de la cena mientras al exterior amenaza la extinción, un grito salvador contrapuesto a otro que condena como formas de trascender o no el final de la vida, y un abrazo suave en la oscuridad. John Krasinski utiliza estos elementos como luminoso contraplano a la explosiva tensión que la mayor parte de las secuencias de su película acumulan, a modo de reverso luminoso del relativismo posmoderno. Y no se anda con medias tintas para defender su mensaje: el de que la esperanza y la supervivencia están en el amor y la familia.

Los derechos civiles y los votantes racistas de Obama.

Para terminar, no podemos olvidar las reflexiones que este cine de terror ha realizado sobre los derechos civiles y su inquietante deriva. Ello se pone de relieve en Un lugar tranquilo, que a su mensaje familiar conciliador suma una reflexión sobre la libertad de expresión especialmente interesante en estos tiempos en que cualquiera puede ser derribado desde las redes sociales por el mero hecho de expresarse con libertad y divergir del pensamiento pretendidamente único. Así actúan las bestias extraterrestres que casi han terminado con la raza humana. Ciegas y acorazadas, cualquier sonido las guía hacia las víctimas, siendo el silencio el único medio seguro para no ser devorado. Utilizando este silencio y los sonidos de manera prodigiosa, ayudando la perspectiva subjetiva de cada personaje (clave en el caso de la hija sorda), Krasinski arma una película solidísima en todos sus aspectos. Y realmente entretenida, con escenas de antología como el parto que trascurre ante la presencia amenazante de los monstruos.

No obstante, la culminación de este nuevo cine de terror independiente auspiciado por Sundance se adelantó a Hereditary. Y es que el pasado mes de marzo una de estas obras vio coronadas sus expectativas con el premio Oscar al mejor guion original. Déjame salir (Jordan Peele, 2017) es una divertida y escalofriante parábola del problema racial en los Estados Unidos que se plantó en el Dolby Theatre de Hollywood pegándole un llamativo bofetón a la corrección política imperante. Apuntar directamente a la hipocresía de los votantes demócratas de Obama como malvados de una función en la que los negros son lobotomizados para mantener el estatus de la burguesía blanca es un punto. Critica la hipocresía de quienes guardan las apariencias de la progresía bien pensante tras sonrisas beatíficas y discursos de libertad y respeto para defender sus intereses. Partiendo de un plano secuencia que remite directamente a It Follows, y sin renunciar al humor, Déjame salir ha desnudado las miserias de las élites y las de quienes las sostienen reflejándose en ellas desde abajo.

Estas cintas de terror independiente, filmadas en los últimos años, marcarán el devenir del género e, incluso, del cine. Prueba de ello es Hereditary (Ari Aster, 2018), que ha sido capaz de concentrar todo lo anterior, tanto a nivel de forma como de fondo, encontrando su propio camino, y convirtiéndose en epígono definitivo de una nueva era del género de terror. Un epígono que pretende, además de asustarnos, ahondar en la belleza, arte o la reflexión.

José Manuel Moreno Campos

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By | 2018-10-08T21:50:35+00:00 octubre 9th, 2018|Cine|0 Comments

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