Todos los falsos profetas

Concierto de Micah P. Hinson dentro del ciclo Son Estrella Galicia

 

SOBREDOSIS

La vida es una sobredosis de detalles. Detalles por todas partes. Cientos, miles, chorros eónicos de detalles atraviesan las capas de nuestra asimilación neuronal a lo largo del día. De los detalles nacen emociones que, como los perversos y vastos y hermosos seres unicelulares que son, se dividen rápidamente en otras emociones y en, atención, fetos de juicios. Los fetos crecen, las emociones se estancan aunque se multipliquen en su homogeneidad. Y entonces esos juicios se transforman en prejuicios a los que más tarde dan paso valoraciones a los que más tarde da paso el Hacerse Una Idea De Algo o Alguien.

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Cuando creía que iba a entrevistar a Micah P. Hinson antes o después de su concierto en el Teatro Quintero, me leí interesantes tochos sobre su biografía, su paso por la cárcel por camello de poca monta, su bancarrota, cómo vendió la colección de cómics de Batman, cómo su ultracristiana familia le dio la espalda, cómo merodeó por ahí durmiendo debajo de los puentes con los carriles bici como almohada, la parte de toda hagiografía en que el mártir remonta y una discográfica le paga un viaje a Londres para que grabe el disco y el disco resulta petarlo lo más grande y todo lo que Micah P. Hinson reclamó a cambio no fue un anticipo, ni royalties desproporcionadas.
Hinson pidió a aquella discográfica que le pagara 600 dólares que debía en concepto de multas de tráfico.

También me leí cantidad de entrevistas donde el cantante de Tennessee se explayaba largo y tendido ante atónitas reporteras que, como yo, creían que (partiendo de un a priorismo bastante idiota, por otro lado) la rabia, el hastío, el deseo de rebelión y el dolor de frágil cicatriz nunca cauterizada de sus letras venia empaquetada en una presupuesta ideología liberal.
O de izquierdas.
O anarquista.
O como quieran llamar a hacerle una peineta a la autoridad, desconfiar de cualquier figura de poder, torcer el gesto ante las promesas de futuro y andar por ahí perdido en una nebulosa de alcohol.
Pero no.
Resultó que cierto icono bastante curioso de sus últimas giras, el papelito pegado con cinta aislante en la caja de su guitarra acústica con el lema KILL THE FASCISTS no hacía referencia a ningún movimiento antisistema, anti-(obviamente)-fascista. Que va. En realidad Micah P. Hinson ha afirmado que Obama es un fascista, un cáncer para el concepto del Sueño Americano, lo peor que le ha pasado a Estados Unidos desde la gripe de principios del XX, Al Qaeda y los españoles de Españoles por el Mundo.
Musicalmente hablando, tiene bastante relevancia.
Para empezar, su segundo trabajo, Micah P. Hinson and the Pioneer Saboteurs se plantea como un llamamiento a alzarse contra una situación intolerable. A saber: los casi ocho años de mandato de Obama. Asegura que echa de menos a Bush en tanto que el tejano estaba como una cabra y dos regaderas, sí, pero al menos era el tipo de loco que puedes predecir, limitar a un radio de acción. Con el actual presidente no se sabe.
Tampoco es que se defina como Republicano con Erre Mayúscula. Concretamente, les dedica un sonoro Que Os Follen en varias conversaciones pre-concierto. Según él, se considera republicano a secas, firme defensor y amante del Sueño Americano, al que dedica una buena parte de sus declaraciones más filosóficas. El esfuerzo individual como camino asegurado a la prosperidad, a la esencia de los Estados Unidos. De ahí que le hierva la sangre cuando se le plantean cuestiones como el sistema de seguridad social presentado por la administración Obama. Para Hinson (y su muy hermosa y muy embarazada señora), ya existe un sistema parecido, el Medicaid, incapaz de financiarse, al borde de la bancarrota. Incapaz de dar beneficios. Por ello, defienden a ultranza el sistema un trabajo = una ayuda sanitaria. O lo que es lo mismo: un empleo = una cobertura proporcionada por una aseguradora.

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¿Convierte todo esto a Hinson en un cantante de derechas? No necesariamente.
¿Demuestra lo poco que sabemos de las complejidades, los vericuetos, los laberintos ideológicos de un tipo nacido en la América profunda, lo rematadamente complicado e inútil y hasta estúpido que resulta aplicar nuestros hispánico-europeos patrones sociales, políticos y culturales a gente que ha nacido a chorrimil kilómetros de distancia? Yo creo que sí.
¿Es posible olvidar todo esto, y más que pueden leer y saber y aprender de Micah P. Hinson, y simple y llanamente centrarse en su música? Lo es.

TEMPLOS NO CONSTRUÍDOS CON MANOS

Lo primero que uno ve nada más entrar en el vestíbulo del Teatro Quintero es un friso elaborado con fotos de Jesús Quintero abrazado a gente famosa. En la pared de la derecha cuelga un retrato suyo tamaño mesa de ping-pong. Hay otro friso sobre la puerta de salida con más fotos de Jesús Quintero abrazado a gente. Sobre el mostrador de las taquillas han colocado un busto tamaño natural del emperador Adriano y una especie de estatua descuartizada se levanta junto a la puerta de acceso a la antesala.
Cuando la chica de las entradas anuncia que los pases de prensa son cosas de Jesús y que debemos esperar a que llegue Jesús con la lista, me echo a temblar. ¿Es posible que Jesús Quintero se dedique a revisar, aceptar y recibir a la prensa? ¿Y si no doy la talla? ¿Y si se nota que soy un diletante? ¿Me gritará y me expulsará con dedo acusador y erecto?
Al final Jesús es un tipo greñudo con barba, muy majo.

Me viene a la mente otra de las aclaraciones de Micah respecto a Obama. Si hay algo que odia por encima de todo de su presidente es la forma en que se elevó su persona de forma casi instantánea a la categoría de celebridad. No está para nada de acuerdo en el aura de estrella del rock que, al principio, fue más impuesta y fabricada al margen del presidente y que, posteriormente, tanto él como su señora han explotado hasta la extenuación.
Esta crítica es muy interesante en tanto que demuestra hasta qué punto Hinson no encarna nuestro arquetipo de paleto sureño descontento con todo contra lo que su supersensible radar anti-socialista le prevenga.
Oyéndole hablar, las razones de Hinson para oponerse con furor suicida al emblema político de buena parte de los artistas en EEUU, no son en absoluto descabelladas. Más bien todo lo contrario. Resultan fascinantes en tanto se entremezclan con emociones derivadas de los recuerdos personales, con una espiritualidad cincelada y esculpida a la medida de sus necesidades, con una devota creencia en la tierra en la que nació ajena a las consignas y rancias plegarias del nacionalismo, con una ideología nutrida de escenas familiares y memorias de amigos. Quizá porque se trata de un músico excepcionalmente talentoso, uno está más predispuesto a entender sus motivos, más seguramente que si se tratara de un tejano de cara inflamada soltando salivazos delante de una cámara. Eso no dice gran cosa sobre mi capacidad de procesar los detalles. O quizá dice algo bastante malo. Al menos ahora sé (y ojalá, rezo al Ente Magnético al que Hinson dice depositar su fe para que dure todo lo posible) que basta con escuchar un poco más, entender un poco mejor, admitir que no se tiene la menor idea de cómo ni por qué alguien ha terminado creyendo en lo que cree y dudando secretamente de lo que duda.

Ahí llega.
Literalmente, Micah entra por la puerta del Quintero ayudándose de un bastón, arrastrando una maleta de ruedas acompañado de su mujer. Pide permiso a los primeros espectadores de la cola situados delante de Jesús, el chico de la lista sagrada.
Más tarde, aparece en el escenario ataviado con un peto de granjero, sin aspavientos, sin entrada triunfal, sin la parafernalia del rock. Su mujer se coloca a la batería, su acompañante al bajo ocupa su lugar a su izquierda. Se bebe de un tirón una pinta de Estrella Galicia que la organización ha colocado sobre el amplificador y comienza la música.
Este detalle sí que es importante. Como la forma en que enlaza un tema tras otro, reconfigurando el stomp box, murmurando directrices a sus compañeros, contorsionándose sobre el escenario como un niño con el arnés de hierro aquel de Forrest Gump. Es importante del mismo modo en que es importante la forma en que desaparece de escena antes de los bises, el gesto sobrio y sereno del bajista, la sencillez con que agarran sus bolsos cuando ya no quedan más compases que tocar y se marchan con una sonrisa y un saludo. Nada del amor barato por la ciudad ni por nosotros de todos esos rockeros y cantantes melosamente encantados de estar Aquí porque Aquí Es Lo Más, Aquí Es Un Sitio Genial. Ha venido a tocar, a poner esa voz country descosida en cuatro tonalidades y un par de gallos, a colocarse la guitarra a la altura del pecho y tocar como quien acuna algo preciado e infame al mismo tiempo.

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EL FALSO EVANGELIO

Si existe un arte supremo, uno por el que la especie merecerá ser recordada tras la extinción y la conquista y sometimiento por parte de Dinosaurios Espaciales, esa es la música. Solo con el sonido, los acordes, las disonancias, los ritmos, las melodías, los compases y el resto de alquimias de corcheas y semicorcheas es posible alcanzar un fenómeno único para el ser humano: saltar de euforia, agitar las extremidades como un poseso, quedarse clavado en el suelo de pura emoción, sentir la devastación y la comprensión en una misma vibración sin tener la menor idea de qué narices dice la letra. La imagen, pese a todo, no posee esa capacidad. Al menos no a niveles extensivos. No sé de ninguna película donde el espectador no se entere de la misa la mitad ni de ninguna fotografía capaces de congregar a varios cientos de personas en un mismo recinto, agitarlas, zarandearlas, desengrasarles las rodillas y obligarles a menear la cabeza de arriba abajo en una comunión casi mística, públicamente privada, con lo que estrictamente no es más que sonido.
El caso de Micah P. Hinson And The Gospel Of Progress  es todavía más extraño. La narrativa de las canciones puede resumirse en las reflexiones sincopadas de un tipo al que el amor de su vida se le acaba de escapar entre los dedos, hasta el punto de reproducir con una precisión más que familiar las frases entrecortadas, vagas, con que uno va por ahí arrastrando los restos de lo que ya no es.

There are things
That I say
That don’t mean a thing anyway

There are things
That I say
That don’t mean a thing anyway
They don’t mean a thing anyway

And don’t you
don’t you forget about me
forget about me
And don’t you
don’t you forget about me
forget about me
forget about me

En otras ocasiones, como en Stand in my way, se dedica a concentrar aun más los círculos, dando vueltas en torno a dos reproches de lo más reconocibles:

it’s not what you said
it’s just how you said it to me
it’s not what you said
it’s just how you said it to me
could you stand in my way
it’s not what you did
it’s just how you did it to me
it’s not what you did
it’s just how you did it to me
could you stand
could you stand in my way
could you stand
could you stand

Y aún así, pese a la genial y radical concentración del plano narrativo de las canciones, al oído no anglosajón le cuesta horrores entender una sola palabra pronunciada con ese profundo acento sureño a medio camino entre lo nasal y la sobredosis de Valium.
De vez en cuando uno tiene la suerte de agarrar al vuelo expresiones sueltas. Con esto basta. Es más, aunque Hinson cantara en tokario antiguo, bastaría con la música, con la capacidad individual, instintiva, de reconocer cómo en esa repetición paranoide se encierra un dolor cuyo pelaje todos los presentes conocen, han conocido o están a punto de conocer más de lo que les gustaría.
Basta con una guitarra, un bajo, una batería y andar por el escenario como si el suelo estuviera reventándote bajo los pies para pulverizar la sobredosis de detalles y consecuencias de esos detalles de todos los que nos hemos reunido aquí esta noche. Para contarnos que no todo se supera aunque se siga adelante, que el evangelio del progreso es una contradicción en sí mismo, que no sabes quién es Micah P. Hinson pero él, ahí arriba, puede tocar y saber quién eres tú.

Isaac Reyes

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By | 2015-05-23T18:06:27+00:00 Mayo 22nd, 2015|Conciertos|0 Comments

Sobre el/la autor/a

Nacido la semana antes de acabar la Guerra Fría. Se le da mejor hacer tartas de queso que escribir. Se le da mejor escribir que el kickboxing. Nunca ha practicado kickboxing. Por Dios, si hasta se asusta de su sombra.

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