Fuego, furia y Trump

Suetonio, al hablar de Nerón en las Vidas de los Doce Césares, nos dice que “deplorable era en él el deseo de perpetuar su memoria, la cual le llevó a cambiar el nombre a muchas cosas y muchas ciudades para substituirlos con el suyo”. Muchos romanos estaban convencidos de que estaba desequilibrado y de que había quemado parte de la propia ciudad para construirse la Domus Aurea, un palacio de oro y mármol que se extendía desde el Palatino hasta el Monte Esquilino. En recintos enormes alrededor de la ciudad, se dice que cantó, bailó y tocó el órgano de agua durante horas, no sin antes ordenar que las puertas fueran cerradas con llave para asegurarse que la casa permanecería llena después del final de sus ejecuciones musicales. Medio enloquecidos por las “travesuras” de Nerón, muchos de los presentes fingieron la muerte o se deslizaron por las paredes con cuerdas para escapar.

Caótico, corrupto, sin curiosidad, infantil, grandilocuente y obsesionado con inmuebles horteras y llamativos, Donald Trump tiene todas las características que un escritor como Suetonio podría utilizar para retratar la caricatura neroniana. Salvo por el hecho de que en nuestro caso es tristemente verificable al 100%. Trump siempre necesita ser el centro de atención, y ahora el mundo entero es su audiencia. En otros tiempos, Trump tenía como teatro principal los tabloides neoyorquinos y los medios de sus cercanos, en Fox News, TMZ, pero ahora Twitter es su principal vía, sin mediación de ningún tipo.

Cuando se encontraba de vacaciones en su Domus Aurea de Palm Beach, no perdía el tiempo en bramar contra tal cantidad de cosas que uno acababa por preguntarse cómo era posible que el cargo más complicado del planeta tuviera tiempo para irse de vacaciones, jugar al golf y pararse a comentar el mundo como si de un jubilado gruñón más se tratara.

“En el Este, podría ser la noche de Fin de Año más fría de las registradas. Quizás podríamos utilizar un poco de ese viejo calentamiento global que nuestro país, pero no otros, iba a pagar billones de dólares para combatir. ¡Abríguense!”, dijo Trump en Twitter.

Si queda algún historiador en el futuro para poder investigar las proclamas digitales de Trump como ahora leemos las crónicas que nos cuentan de Nerón, quizá se pregunte cómo alguien puede ser aupado a unas instituciones que desprecia y desacredita constantemente, desatar un estado de ataque de nervios social a todo un país y degradar tanto la vida pública.

Trump se unió a Twitter en marzo de 2009. Sus primeras aportaciones ya revelaban que estábamos ante alguien con muchas cualidades para triunfar en esa red. Fue un observador de su entorno (“Nunca he visto a una persona bebiendo Coca-Cola Light”). Hablaba de cosas aleatorias (“Los molinos de viento son la mayor amenaza en los Estados Unidos para las águilas calvas y doradas”). Le preocupaba la apariencia personal de la gente. (“Barney Frank parecía asqueroso con esos pezones sobresalientes en su camisa azul antes del Congreso”). Parecía otras veces fastidiado (“Algo muy importante, y un cambio social bueno que podría traer la epidemia de Ébola: ¡NO DAR LAS MANOS!”).

A su debido tiempo, Trump perfeccionó una voz única: neologismos tontos y sintaxis fracturada, puntuación enfática, exclamaciones de la era de Don Rickles, un humorista de su infancia (“¡Triste!” “¡No tiene ni idea!” “¡Tonto!”). Luego comenzó a su incursión en fantasías conspiranoicas: el “engaño climático” de China, el nacimiento del presidente Obama en Kenia, los enemigos del “estado en la sombra” que trataban de hundirlo. Mientras tanto, mantenía una mirada indulgente con los negocios familiares (“Todo el mundo está entusiasmado con el Trump Home Mattress”) y, a través del retweeting, buscó nuevos amigos, incluidos fanáticos antimusulmanes, un supuesto vendedor de PizzaGate (una leyenda urbana sobre sacrificios rituales con niños en una pizzería con el jefe de campaña de Hillary Clinton al frente) y por supuesto los suprematistas blancos de White Genocide.

Durante la campaña presidencial de 2016, y después durante los primeros días de su presidencia, algunos comentaristas políticos aconsejaron a sus colegas ignorar las salvas matutinas de Trump. “No dejéis a Trump volverse un loco en Twitter”, advirtió Jack Shafer de Politico, justo después de conocerse el resultado electoral. Lo decía porque sabía precisamente que muchos de esos mensajes tempraneros eran una desviación astuta de asuntos más serios. “En este momento”, dijo Shafer, “uno espera que la gente se haya dado cuenta cuándo Trump está desviando la atención y cuándo está siendo realmente él”. Sean Spicer, el que fuera primer secretario de prensa de Trump, dijo más bien lo contrario, “es el Presidente y todos sus tweets se consideran declaraciones oficiales del Presidente de los Estados Unidos”.

Spicer tenía razón: un pronunciamiento del Presidente es un pronunciamiento de la Presidencia. Pero los tweets de Trump tienen más valor como diario de su propia vida interior: sus obsesiones, sus arranques de ira, su envidia manifiesta. Trump, quien no parece manifestar ninguna preocupación de que el gobierno funcione, está invirtiendo más en una especie de escritura creativa que le ha llevado a autoafirmarse, y esto es textual, como el “Hemingway de los 140 caracteres”. Ahora, encima, 280.

A su regreso de Mar-a-Lago, su retiro neroniano de vacaciones, se encerró en el Despacho Oval a tuitear. Parecía más un adolescente aburrido en su habitación después de estar con la familia que el Presidente de los Estados Unidos. Encerrado por cierto, y esto también es literal, con tres hamburguesas. Primero tuiteó sobre Kim Jong Un, utilizando un término ya frecuente en él, “rocket man”, para decir que su botón nuclear es más grande y poderoso. Más allá del evidente tono machista y masculinista que le caracteriza, lo que llama la atención es que, si nos paramos a pensarlo, es un jefe de estado hablando a otro jefe de estado como si estuvieran discutiendo sobre fútbol cuando lo están haciendo en realidad sobre usar armas nucleares.

Luego siguió tuiteando acerca de un próximo anuncio: premios a los medios más deshonestos y corruptos del año. Años hablando sobre la “nueva política” para acabar viendo a uno de los cargos más poderosos del planeta echar un rato en Twitter anunciando premios virtuales contra la prensa que no le gusta. Además, se mostró descontento porque el Departamento de Justicia no había actuado contra el antiguo asesor de Hillary Clinton Huma Abedin calificando esta acción de una más del “Estado en la Sombra”.

Algunos de los tweets de Trump fueron aún más descabellados. Aunque elogió a los manifestantes iraníes por defender sus “derechos”, continuó ofreciendo sus respetos lindando con el servilismo a personas como Vladimir Putin. Una de sus expresiones distintivas, “fake news”, ha sido adoptada por autócratas como Bashar al-Assad en Siria. Para asombro de nuestros aliados tradicionales, Trump humilla y debilita un país que pretende liderar.

El nuevo libro de Michael Wolff, “Fire and Fury: Inside the Trump White House”, amplifica en forma de lúcidas anécdotas y citas lo que todos hemos podido ir aprendiendo en todas partes cada día del último año: Trump creyó que iba a perder las elecciones pero le permitiría aumentar su fama, su fortuna y su estatus. Sin embargo, en un shock que golpeó a los americanos y a los que no lo somos, ganó. Con ello vinieron todas las consecuencias. Trump no tiene comprensión de la política, ni de su funcionamiento más elemental y además le trae sin cuidado.

Se rodea de ayudantes que son salvajemente incompetentes o caen completamente derrotados en sus intentos de domesticar cada objeto extravagante y bizarro que llama su atención. No hay ilusiones sobre las capacidades del presidente: el Secretario de Estado Rex Tillerson calificó a Trump como “un maldito imbécil”. El libro de Wolff, que se basa principalmente en las entrevistas con Steve Bannon, deja en claro que casi todos en el círculo del Presidente están de acuerdo en que él es, en términos de carácter e intelecto, extraordinariamente limitado. No hay lealtad o deliberación en la Casa Blanca, solo un salvaje caos al estilo del Señor de las moscas. Cada día es a la vez absurdo, venenoso y peligroso.

Y así, el ala oeste en la era Trump ha llegado a parecerse a lo que constituye la fauna más frecuente de Twitter: un conjunto de habitaciones pequeñas y pasillos estrechos en los que todos están atormentados por la paranoia y todos desprecian a los demás. Como era de esperar, Trump reaccionó al libro de Wolff a la manera de un déspota herido al declarar que Bannon, en un tiempo su asesor más cercano en cuestiones de aislacionismo y nacionalismo blanco, ha “perdido la cabeza” y declarado la guerra. Con la asistencia legal de Charles Harder, un abogado de Beverly Hills conocido por representar a Harvey Weinstein y Hulk Hogan, intentó silenciar a Bannon y bloquear la publicación de Fire and Fury.

Nerón había esperado gobernar lo suficiente para poder ponerle su nombre a un mes y cambiarle a Roma su denominación. No tuvo éxito. Cuando tenía treinta años, después de haber pasado trece años en el poder, fue condenado por el Senado romano como hostis publicus, un enemigo público. Una de sus últimas proclamas parecía marcar la desesperación del artista político: Qualis artifex pereo! “¡Qué artista se pierde!”.

El escándalo envuelve a Trump continuamente. Obstrucción de la justicia, lavado de dinero, contactos desfavorables con gobiernos extranjeros: no está claro dónde aterrizará la investigación del asesor especial Robert Mueller y qué podría despertar la atención del Senado de EE.UU. Claramente, Trump siente el peligro. Un ex gerente de campaña, Paul Manafort, ha sido acusado. Un ex asesor de seguridad nacional, Michael Flynn, admitió haber mentido al FBI y se ha convertido en un testigo cooperativo. El presidente ve al sátrapa del ala oeste y al del gabinete oficial tomar distancia con él. “¿Dónde está mi Roy Cohn?”, Preguntó enojado a sus asistentes, según el Times, cuando su fiscal general, Jeff Sessions, desafió sus deseos y se retiró de la investigación de Rusia.

Mientras tanto, hay pocas dudas sobre quién es Donald Trump, el daño que ya ha hecho y el mayor daño que amenaza. No es apto para ocupar ningún cargo público, mucho menos uno con esa responsabilidad. Esto no es meramente una cuestión ideológica; sus cortesanos han estado filtrando noticias desde sus primeras semanas en el cargo. El Presidente de los Estados Unidos se ha convertido en la mayor amenazada de seguridad nacional para los propios Estados Unidos.

Fernando de Arenas

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By | 2018-01-16T01:32:29+00:00 enero 16th, 2018|Política|0 Comments

Sobre el/la autor/a

Politólogo por la Complutense. Ha participado en varios congresos y publicaciones conjuntas tratando siempre de encontrar una explicación a por qué el ser humano es como es y no como le gustaría ser. Le han dado dos premios en Oratoria y Debate que están donde suelen estar. En un cajón.

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