Una historia lacerante – Amalia Cocco

Dejadme que os cuente mi historia.

Yo nací hace unas décadas, en algún lugar de ese continente llamado Europa. Hasta entonces estaba esparcida, separada. Pero hace aproximadamente sesenta años me unificaron y me convirtieron en lo que fui hasta hace poco. Desde entonces no he parado de ver cosas, de sentirlas. He sido testigo de guerras, de revoluciones, de inconformidades. La gente que vivía en mis casas, en mis edificios, que paseaban todos los días por mis calles, estaban siempre discutiendo entre sí, riñendo, gritando, peleando. Algunas veces los motivos eran religiosos: demasiada diversidad; otras era por las nacionalidades que me componían: diferentes etnias. La lengua tampoco beneficiaba: habían muchas. Los motivos de lucha por el poder y las heridas del pasado tampoco ayudaban a un mejor entendimiento. Por lo que era normal que estallasen conflictos cada dos por tres. Yo lo entendía, aunque sangraba cada vez que tenían lugar. Era doloso, ¿sabéis? Ver como me destruían a mí y como, además, se destruían a si mismos. Pero eso no era lo que más me afectaba, pues en lo que a mi respecta, puedo sobrevivir con unas cuantas heridas, y en lo que respecta a ellos, bueno, yo no soy nadie para interferir en sus problemas. No, lo que más me afectaba y por lo que aún hoy en día sigo llorando, es por los otros.

Durante estos conflictos vi a gente inocente, gente que nada tenía que ver con estos problemas, sufrir y padecer algo que no habían buscado, algo que no querían y en lo que no creían. Eran esas personas a las que les daba igual la religión, la etnia, la lengua, en definitiva, la cultura de los demás, porque en su trato hacia ellos no se fijaban en eso, si no en las relaciones que día a día se iban creando entre ellos por ser vecinos, compañeros de clase, de trabajo, por ser medico y paciente, vendedor y cliente. Fueron personas que se vieron separadas de familiares, de amigos, de conocidos, por un conflicto que no querían. Son gente que no sufrieron tan solo el exilio y la separación de sus allegados, si no que también sufrieron perdidas, hambrunas, desgracias que jamás se os pasarían por la cabeza y que no se las deseo ni a mi peor enemigo. Y por esa gente, que sin comerlo ni beberlo, llegaron a sufrir incluso más que los causantes de estas guerras, es por quien más sufro.

Ahora han pasado algunos años y vuelvo a estar dividida, separada, esparcida, pero es mejor así. Yo respiro mejor y creo que ellos también. Pero nadie nos quitará de la memoria que sufrimos, que al daño causado por nuestras diferencias internas, se unieron los daños provocados por algunos personajes y organizaciones externas, y que nadie nos echó una mano por solidaridad, ni siquiera por compasión. Nadie nos quitará de nuestra memoria colectiva, que fuimos masacrados por las ansias de poder, por las ideas de crear fronteras bajo cualquier circunstancia, por las ansías de controlarnos. A lo mejor todo ha acabado, o a lo mejor eso es lo que algunos piensan o quieren hacernos pensar, pero ese pasado atroz, lacerante, sigue allí y seguirá para siempre, porque yo, Yugoslavia, estaré siempre recordando lo que unas ideas, creadas y defendidas tan solo por unos cuantos, y unos intereses propios y ajenos, pueden hacer a todo un mundo.

Amalia Cocco (@AmaliaCocco)

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By | 2014-01-11T14:42:08+00:00 enero 11th, 2014|Escritos|0 Comments

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