Vida de los más ilustres, sinvergüenzas y trileros que, además eran filósofos

Piensen en alguien pensando (valga la redundancia). Supongo que se les vendrá esta imagen:

 filósofos

Ahora hagan lo mismo pero pensando que es filósofo. Algo así:

filósofos

El problema es evidente. Cada vez que pensamos en un filósofo, lo hacemos bajo la idea señores apolillados en polvorientas habitaciones atestadas de libros, aislados del mundo y comidos por la locura más atroz. Ustedes confunden a un filósofo con un profesor universitario de filosofía.

En estos tiempos en los que pensar está mal visto se reviste de solemnidad aquello que corre el riesgo de perderse. Parece que para dedicarse a la filosofía primero haya que renunciar al mundo, como un estilita subido en lo alto de una columna desde la cual se divisan el Bien, el Mal y los aviones malayos. Incluso al sexo. Pocas veces se cuenta, por ejemplo, que la mayoría le han dado bien a esto de la seducción. Que se lo digan a Simon de Beauvoir, para quien aquello del “amor libre” no era más que la excusa que le ponía Sartre para practicar con ella el noble arte de la cornamenta.

Nota: grandes paradojas del pensamiento moderno, Beauvoir, paradigma del feminismo intelectual que justificaba con razonamientos (anulando las emociones por tanto) tales infidelidades no es más que un ejemplo de cómo perpetuar un error. Respetó al hombre que menos la había respetado.

Nota a la nota: ni Jesucristo, oigan.

Seguimos. Sartre fumaba como un Santiago Carrillo cualquiera. Llamaba a esos amores, “amores contingentes”. Anciano, un mes antes de morir, fue encontrado por su hija adoptiva, Arlette (entiéndase hija adoptiva como lo es la hija-pareja de Woody Allen), con una resaca monumental. La propia madre adoptiva, madame Beauvoir, dejó escrito “que se hacía traer botellas de whisky y de vodka por sus amigas, ignorantes del peligro. Las ocultaba en un cofre o detrás de los libros. Aquel sábado por la noche —la única noche que pasaba solo, cuando Wanda se marchaba— se había emborrachado. Arlette y yo vaciamos los escondrijos; llamé a las amigas pidiéndoles que no trajeran más alcóhol e hice a Sartre vivos reproches.”.

Las amigas. Ah, las amigas. Al parecer Sartre se llevaba bien con las mujeres porque, según él, le parecían “menos cómicas que los hombres”. Afirmaba también que las mujeres tienen una conversación más fluida y natural, mientras que los hombres están siempre apesadumbrados por las ideas. Si han leído Ni el sexo ni la muerte de Comte-Sponville o El cerebro femenino de Louann Brizendine, lo entenderán a la perfección. “Con los hombres, una vez que se ha hablado de política o de algo parecido gustosamente me callaría. Me parece que la presencia de un hombre durante dos horas en un día, aunque no vuelva a verle al día siguiente, es más que suficiente. Mientras que con una mujer esto puede durar todo el día y además continuar al día siguiente.” Diciendo esas cosas, como para no quererlo. Y más siendo aficionado a las anfetaminas, el tabaco, el vino, la cerveza, el whisky, el salchichón la panceta y el tocino.

Alegría de esos tiempos en los que un chamán no era despreciado en beneficio de guerreros castrados, cínicos e hipócritas. Piensen si no en Kierkegaard, que no contento con escribir Diario de un seductor y aportar grandes cosas a la filosofía contemporánea. Háganse cargo de la vida de este danés: en su familia hay dinero a espuertas, no tiene que trabajar, se pasa la vida entre la ópera y restaurantes de lujo bebiendo buen vino, conociendo a la gran sociedad del momento y fumando tabaco español. Jep Gambardella en Dinamarca.

Quizá, me digan ustedes, es que esta gente eran unos sinvergüenzas de tomo y lomo dedicados únicamente a seducir y  manipular gracias a las armas de las palabras. Miren, si son ustedes unos moralistas, la vida de Kant, que parece que siempre vivió metido en su mente. Resulta que el pensador de Königsberg tuvo a bien sacarse un sobresueldo jugando al billar y las cartas. Nos dice Heilsberg que “su única recreación era jugar billar (…) habíamos perfeccionado casi completamente nuestro juego, y rara vez volvíamos a casa sin algunas ganancias. Pagué mi profesor de francés enteramente con estos ingresos. Como consecuencia, la gente se rehusaba a jugar con nosotros, por lo que tuvimos que abandonar esta fuente de ingresos, y elegimos jugar L’Hombre en vez, que Kant jugaba bien.”

Piensen en ese alemán con jarras de cerveza, partidas de cartas, mesas de billar y, de vez en cuando, soltándoles a sus compañeros “¿A qué se debe entonces qué la metafísica no haya encontrado todavía el camino seguro de la ciencia? ¿Es acaso imposible? ¿Por qué, pues, la naturaleza ha castigado nuestra razón con el afán incansable de perseguir este camino como una de sus cuestiones más importantes?”. Más que cerveza, no obstante, le daba al parecer al vino, tanto que era frecuente verle volver con la melopea hacia su casa tras las noches de juego. Decía él, además, que sus hemorroides eran debidas a esta bebida.

Tampoco para ser filósofo hay que alejarse de las cosas más mundanas de la vida. Sin ir más lejos, Heidegger llegaba a dar sus clases en chándal y generó en torno a la práctica del fútbol toda una reflexión acerca cómo este deporte formaba parte de la Sorge (‘cura’ en alemán) para el Ser. Ni Valdano, oigan. Este Ser (Sein) se convertía en perfectivo gracias al fútbol (según Heidegger) debido a que toda una comunidad vinculaba sus intereses a un fin último por encima de cualquier elemento clasificador social y económico. Esto demostraría que el destino es algo necesariamente cooperativo.

Hay que imaginar, además, la sufrida vida del filósofo, siempre resguardado de que apareciera un pedante a sacarle alguna conversación pretendidamente elevada. Cuentan que Heidegger se encontró con Müller, decano del teatro de Friburgo, en un viaje en tren allá por los 60. El filósofo despachó con desinterés al decano ante los intentos de éste de hablar de arte. Eso sí, cuando se puso a hablar de un joven futbolista que estaba destacando en el Bayern de Munich no dejó de hacer aspavientos, gritar e incluso emular las fintas de éste.

Nota: hablamos de Beckenbauer.

Mucho ojito con Heidegger que fue novio ni más ni menos que de Hanna Arendt y tuvo a Sartre esperando en París con el coche para recogerle cuando decidió irse a Francia tras la victoria aliada en la II Guerra Mundial. Imaginen el panorama del ex de Arendt, partidario del nazismo, que se marcha ni más ni menos que a Francia únicamente por cuestiones pecuniarias, a vivir un tiempo con otro filósofo mujeriego y borracho.

Al menos estos no mataron a nadie. Descartes a unos cuantos. Según refiere Bitard, el inventor del método científico hizo una carrera de armas apuntalada también con frecuentes ingresos como jugador profesional. Acuciado por ciertos problemillas derivados de esta afición, se enroló al servicio del príncipe de Nassau contra los españoles durante más de una década. En el barco de regreso, quisieron robarle y tirarle por la borda pero se las vieron con un tipo que habría dejado a Alatriste a la altura de un principiante. El resultado fue algo sangriento para el resto, tanto que algunos dejaron de pensar y, por tanto, de existir. Y es que a Descartes le gustaban las apuestas y los juegos de cartas como un verdadero “pelayo” en Las Vegas. Esto fue lo que le permitió desarrollar su pensmiento matemático, nada de grandes tardes metido en su cuarto entre ecuaciones, pizarras y aislamiento. Su padre decía de él que era un “mujeriego con un talento desperdiciado para el honor de la familia”.

Este repertorio podría quedar incompleto si no nombrásemos a Aristóteles, y su sana costumbre de rodearse de futuros conquistadores. O de Rousseau, gran adalid de la libertad y el contrato social que inflaba sus ingresos con barcos esclavistas y que era conocido por marcarse “un calvo” de vez en cuando en mitad de la calle. Aunque es imposible que no resulte entrañable Diógenes y su costumbre de masturbarse en público, pedirle limosna a las estatuas o decirle al jefe de un barco pirata que lo había capturado que “lo que mejor sabe hacer es mandar porque allí se ve que nadie sabe hacerlo”. Ya saben, hubo un tiempo que pensar era un oficio, algo peligroso como relata Luciano Canfora, pero no implicaba ser una mojama comida por telarañas. Piensen, de hecho, en la clase de mundo en el que vivimos que ha reducido a eso a los pensadores.

Aarón Reyes (@tyndaro)

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By | 2016-01-19T22:06:25+00:00 Marzo 28th, 2014|Inclasificables|0 Comments

Sobre el/la autor/a

Editor. Estudió Historia del Arte y se doctoró en Historia Antigua. La gente hace con su tiempo muchas cosas raras, incluso escribir novelas. A él le publicaron dos. A veces hace fotos y otras escribe artículos. Lo que le da de comer es dar clase.

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