Hace cincuenta años el mundo conoció la existencia de un lugar llamado Macondo. Miles de ojos leyeron con curiosidad cómo el coronel Aureliano Buendía recordaba frente al pelotón de fusilamiento la tarde remota en que su padre le llevó a conocer el hielo. Páginas después, esos mismos ojos se abrieron de sorpresa al comprobar que, en realidad, el coronel no llegó a morir ante aquel pelotón, ni tampoco por culpa de la bala que él mismo se disparó tras la firma del tratado de Neerlandia. Porque, como él mismo se lamentaba en una de las incontables frases para recordar de ‘Cien años de soledad’, “uno no se muere cuando debe, sino cuando puede”.

Cincuenta años después de aquel junio de 1967 en el que Gabriel García Márquez publicó la novela que le catapultó a la fama, el mundo sigue emocionándose con el trágico destino de los Buendía, una estirpe condenada a cien años de soledad. A lo largo de todas estas décadas, lectores de todo el planeta han reído, han llorado y han compartido las peripecias de seis generaciones de la familia que fundaron José Arcadio Buendía y Úrsula Iguarán en un lugar remoto del Caribe, donde establecieron una aldea de casas de barro y cañabrava cansados de buscar el mar. Y en la que se quedaron porque tuvieron un hijo (ya habían tenido otro por el camino, José Arcadio), después ampliaron la familia y al final acabaron teniendo también a sus muertos.

El coronel Aureliano Buendía fue el primer ser humano que nació en Macondo. Vino al mundo con los ojos abiertos y después de haber llorado en el vientre de su madre, pero sin la temida cola de puerco que tantas noches sin dormir provocó a Úrsula. El último niño que nació allí también se llamaría Aureliano y en él sí que se cumplió la tan temida maldición, pero en su caso ya no tenía la menor importancia.

¿Qué ocurrió entre ambos nacimientos? Que el tiempo pasó o, como descubrió Úrsula que en realidad ocurría, fue dando vueltas en redondo hasta que Macondo acabó siendo un remolino de polvo. En ese momento, el lugar de aquella aldea y de los Buendía dejó de estar en la Tierra para eternizarse sobre el papel: en la novela de García Márquez para nosotros, lectores, y en los pergaminos de Melquíades para ellos, los personajes de esta apasionante narración.

EL MUNDO POR DESCUBRIR

Los primeros habitantes de Macondo, entre ellos José Arcadio y Úrsula, no tenían muy claro dónde se encontraban ni cómo funcionaba el Mundo cuando fundaron la aldea. Como los primeros seres humanos que poblaron la Tierra, lo tenían todo por descubrir. No hubo un habitante más entusiasmado con esa tarea que el patriarca de los Buendía. No conocía la geografía del lugar, pero tan seguro estaba de que Macondo estaba rodeado de agua que llegó a convencer a todos los demás. No consiguió que nadie le creyera, en cambio, cuando afirmó que la Tierra era redonda como una naranja. Eso era demasiado para una sociedad como aquella. Además, a pesar de ser un habitante muy respetado en Macondo, nadie comprendía su obsesión por la ciencia y por qué se encerraba en su laboratorio a buscar la piedra filosofal. “Si no le temes a Dios, témele a los metales”, sentencia en otra de las frases más citadas de esta novela.

En su labor de descubrir el mundo e inventarlo todo, José Arcadio contó con la inestimable ayuda de los gitanos, que trajeron el imán, demostraron que se podía hacer fuego con una lupa, atrajeron la atención de todos con sus alfombras voladoras y, por supuesto, asombraron a todo Macondo y en especial a los Buendía con el primer bloque de hielo que se vio en aquel lugar.

Con ellos vino Melquíades y con ellos también se marchó José Arcadio, el primogénito. Úrsula salió en su búsqueda, dejando a su tercera hija, Amaranta, siendo solo un bebé a cargo de su padre, que tuvo que desatender sus experimentos para cuidar de ella y de Aureliano (el futuro coronel).  No llegó a dar con él, pero en su lugar encontró la ruta que aquellos primeros habitantes de Macondo buscaron sin éxito y volvió a la aldea acompañada de gente del otro lado de la ciénaga, una civilización asombrosa que recibía el correo todos los días y conocía las máquinas del bienestar. A diferencia de lo que ocurría con los gitanos, que nunca llegaron a ser aceptados por el pueblo, esta primera ola de inmigración que llegó a Macondo sí se estableció en la aldea y trajo muchos cambios a aquella sociedad que hasta entonces había sido patriarcal.

Ilustración de Luisa Rivera ©

DEL INSOMNIO A LA MÁQUINA DE LA MEMORIA

La llegada de la gente del otro lado de la ciénaga transformó Macondo y la vida doméstica de los Buendía, del mismo modo que a lo largo de toda la Historia de la Humanidad los contactos entre civilizaciones han enriquecido la cultura de los diferentes pueblos. Su aportación más importante fue llevar a la hasta entonces pequeña aldea agraria el comercio y la artesanía.

Antes de marcharse con los gitanos, José Arcadio tuvo un hijo con Pilar Ternera (una mujer que leía las cartas en el granero) al que llamaron Arcadio. Pero en aquellos años de novedades Úrsula no podía ocuparse de él, su nieto, ni de sus hijos. El mundo de los negocios había llegado a Macondo y ella estaba demasiado ocupada fabricando animalitos de caramelo. Porque, aunque el lugar de las mujeres estaba reservado al hogar en la casa de los Buendía y en toda la sociedad, fueron ellas las que llevaron el peso de la casa y la economía familiar en diferentes momentos.

Como consecuencia de ello, Arcadio y Amaranta se criaron con una india guajira, Visitación. Al respecto, cabe destacar que los indios, como los gitanos, no llegaron nunca a ser aceptados en la sociedad y se les relegó a un papel servil. Mientras, Aureliano se encierra en el laboratorio y también él aprende un oficio artesanal, la platería. Su padre, José Arcadio, no daba abasto entre tanto descubrimiento. Eran tan numerosos y tan sorprendentes (¡hasta los relojes!) que deseaba inventar una máquina de la memoria para recordarlos todos.

Macondo vivía en pleno esplendor cuando llegó Rebeca y trajo consigo la peste del insomnio. Al principio, inmersos en la actividad frenética de la modernización, a todos los pareció una gran ventaja no tener que perder tiempo durmiendo. Pero después descubrieron con horror que el insomnio borraba los recuerdos. José Arcadio tuvo que empezar a apuntarlo todo, comenzando por los nombres de las cosas, para no olvidar. Si hasta entonces el mundo solo recordaba a través de las canciones de Francisco el Hombre (la tradición oral), tras el paso de aquella extraña epidemia acabó haciéndose un hueco la escritura, que permaneció en Macondo incluso después de que Melquíades les curara de tan extraña epidemia. Al final, por tanto, aunque fuera sin saberlo, José Arcadio había inventado la máquina de la memoria.

LAS BUENAS COSTUMBRES

Cuando todos aquellos inventos ya no eran novedad y los habitantes de Macondo ya no solo tenían cubiertas sus necesidades básicas sino que podían permitirse algunos lujos, Úrsula se dio cuenta de que Amaranta y Rebeca, a la que el matrimonio aceptó en la familia como una hija más, habían llegado a una edad apropiada para ser presentadas en sociedad. Con este objetivo organizan un baile y traen una pianola, con la que llega a Macondo el sofisticado Pietro Crespi. No podía Úrsula imaginar entonces que aquel italiano, que enamoró a los dos jóvenes, causaría tantas desgracias. Y es que, aunque ella no se hubiera dado cuenta, un halo de romanticismo había invadido Macondo. Hasta Aureliano escribía versos de amor pensando en una niña, Remedios Moscote.

La casa de los Buendía y el pueblo entero estaban viviendo su propia Ilustración, en la que las bellas artes y las buenas costumbres empezaban a ser admiradas, cuando llegó la muerte por primera vez a Macondo. Y le llegó precisamente al único ser inmortal que existió allí alguna vez: Melquíades. Lamentablemente, con ella llegaron también los fantasmas, como el de Prudencio Aguilar, al que José Arcadio había matado por honor antes de ir a buscar el mar. Su regreso del mundo de los muertos (donde sorprendentemente resultó que la gente también envejecía) le volvió loco. Él mismo fue consciente de ello cuando se dio cuenta de que todos los días eran lunes porque la máquina del tiempo se había descompuesto, una verdad que siguió lamentando el resto de su vida bajo el cobertizo que construyeron para protegerlo después de atarlo al castaño.

LA POLÍTICA Y LA IGLESIA TAMBIÉN LLEGAN A MACONDO

Mientras Rebeca y Amaranta luchan por el amor de Pietro Crespi, Aureliano logra su objetivo de casarse con la niña de la que se ha enamorado, Remedios. Es hija del corregidor Apolinar Moscote, el primer político que llegó a Macondo, que se empeñó en que todas las casas tenían que ser pintadas de azul y no de blanco, dando lugar a la primera movilización popular contra el poder. También por aquella época se establece en Macondo el poder eclesiástico, con el padre Nicanor Reyna a la cabeza, y la antigua sociedad tribal empieza a ser gobernada por nuevas instituciones.

A través de su suegro descubre a Aureliano los secretos de la política, aunque discrepa de su opinión. “Si hay que ser algo, sería liberal”, afirma después de verle haciendo trampas con los votos para favorecer a los conservadores. Y así, sin tener demasiado claras las diferencias entre un bando y otro, dejó de ser Aurelito para convertirse en el coronel Aureliano Buendía, que promovió 32 guerras y las perdió todas.

Remedios, la niña, muere antes de dar a luz a los gemelos que esperaba, por lo que el matrimonio no llegó a tener descendencia. Aureliano, sin embargo, había tenido un hijo con Pilar Ternera (la misma mujer con la que tuvo a Arcadio su hermano), al que llamaron Aureliano José. Y tras él tuvo, a lo largo de veinte años de guerra, otros 17 hijos, todos varones y todos bautizados con el nombre de Aureliano y el apellido de la madre.

Mientras, en Macondo, la vida seguía su curso en la casa de los Buendía. José Arcadio, el que se había marchado con los gitanos años atrás, vuelve después de dar 32 veces la vuelta al mundo y decide casarse con Rebeca. Ni siquiera la aclaración del párroco de que no eran hermanos en realidad consiguió evitar el escándalo.

Por su parte, Arcadio, al que Aureliano había nombrado oficial y que desde el primer día se inventó un uniforme y abusó de su autoridad, se obsesionó con Pilar Ternera sin saber que era su madre. Ésta, para evitar el incesto, llevó a su cama a la joven Santa Sofía de la Piedad. Aunque nunca llegaron a casarse, tuvieron tres hijos que se criaron con su madre en la casa de los Buendía. La mayor, Remedios la bella, nació antes de que Arcadio muriera fusilado, mientras que los gemelos, José Arcadio Segundo y Aureliano Segundo nacieron cuando ya su padre había muerto.

Ilustración de Luisa Rivera©

LUCHAR POR EL PODER

El coronel Aureliano Buendía vuelve a Macondo para ser fusilado, pero es liberado por el ejército rebelde que ha declarado la guerra al régimen y detiene la ejecución. Lo que más le sorprende de esa situación no es haberse salvado, sino que las noticias habían llegado por telegrama. “Qué bueno”- exclamó -. ¡Ya tenemos telégrafo en Macondo!”. Porque los motivos por los que lucha, en realidad, le importan poco. Se ha dado cuenta de que la mayoría de los hombres luchan por el poder. O, como en su caso, por orgullo.

El hijo del coronel Aureliano Buendía, Aureliano José, también fue a la guerra, a Nicaragua, pero no por principios sino para huir del amor que sentía por su tía Amaranta, que no le correspondía porque no quería que los hijos le nacieran con cola de puerco y porque había decidido sufrir por amor el resto de su vida. Al final, no fue en la guerra donde encontró la muerte, sino que le llegó de una bala que estaba destinada a otra persona en una de estas casualidades que tantas consecuencias tienen dentro y fuera de las novelas.

También una bala mató, uno por uno, a los 17 Aurelianos que el coronel tuvo con diferentes madres, a los que su destino les había quedado marcado en la frente en forma de cruz de ceniza.

REYES Y ARISTÓCRATAS

Úrsula está convencida de que sus bisnietos los gemelos habían sido barajados de pequeños y llevaban cada uno el nombre del otro. Aureliano Segundo, lejos de ser retraído y lúcido como correspondía a un Aureliano, tocaba el acordeón en las parrandas y era derrochador. En cambio, José Arcadio Segundo había pedido de niño ir a ver un fusilamiento, lo que sin duda no era propio del otro nombre. Eso sí, con el tiempo José Arcadio acabó retomando el viejo sueño del bisabuelo que se llamaba como él de abrir un cauce de navegación que llegara a Macondo. No lo consiguió, pero fruto de su esfuerzo fue la llegada de las matronas francesas que, con sus costumbres, revolucionaron la vida de Macondo.

Mientras, Aureliano Segundo, amante de la diversión, disfruta como el que más con la organización del primer carnaval de Macondo. Ha sido elegida reina su hermana, Remedios la Bella, pero en plena celebración aparece una intrusa con una capa de armiño: Fernanda del Carpio. Él se enamora de su belleza y acaba yendo a buscarla al páramo en el que vive con aires de grandeza esperando, mientras teje palmas fúnebres, su reinado. Porque su destino es ese y no otro: ser reina. Por eso en el colegio se sentaba más alto que el resto de las niñas y siempre mantuvo las formas, incluso en la pobreza. “Confunde el culo con las témporas”, resume Amaranta.

Su llegada a Macondo alteró la vida y las costumbres de la casa de los Buendía. A partir de ese momento, todo, hasta el sencillo acto de comer, se regiría por un estricto protocolo. Incapaz de aguantar tanta rigidez, Aureliano Segundo siguió viendo el resto de su vida a su amante, Petra Cotes, a la que al principio compartió con su hermano y a la que amó hasta el fin de sus días. Con ella no tuvo hijos, pero con Fernanda tuvo tres: José Arcadio (al que Úrsula decidió educar para ser Papa), Renata Remedios (Meme) y Amaranta Úrsula.

Y así, mientras en el exterior el ferrocarril llevaba a la aldea el progreso y nuevas formas de disfrutar de la vida, en el interior de la casa de los Buendía la vida se reducía a una fantasía opresora, cerrada, rígida y tan absurda como la necesidad de Fernanda de usar una bacinilla de oro para demostrarse a sí misma que era diferente a los demás porque tenía sangre real.

LA REVOLUCIÓN INDUSTRIAL Y LA COLONIZACIÓN

El ferrocarril trajo muchas novedades a Macondo y gente nueva, como los americanos, que fundaron en la ciudad la compañía bananera. Con esta revolución industrial llegaron también la electricidad, el gramófono, el teléfono, el cine y tantas novedades que hasta José Arcadio (el patriarca) se vio obligado a salir de su tumba para no perdérselo.

Los americanos (los gringos) llegaron como colonos con sus mujeres lánguidas con trajes de muselina y grandes sombreros de gasa y se instalaron al otro lado del tren, ocupando tierras que pertenecían a los habitantes de Macondo sin importarles si a ellos les parecía bien o no. Solo el coronel Aureliano Buendía se atrevió a desafiarles, y pagó caro su atrevimiento pues esa fue la causa del asesinato de los 17 Aurelianos.

Aunque no todos en la familia veían con malos ojos a aquellos extraños. Así, mientras Remedios la Bella ascendía al cielo como un ángel, su sobrina Meme descubría que la vida era mucho más divertida  a aquel lado de las vías. Allí conoce a su gran amor, Mauricio Babilonia, cuya presencia siempre llega acompañada de mariposas amarillas, pero su madre no está dispuesta a estropear su sangre azul dejando que su hija se case con un hombre normal y corriente. La envía a un convento de clausura, aunque demasiado tarde. Meme abandona Macondo ya embarazada y meses después las monjas envían a la casa en una canastilla al bebé. Le llaman Aureliano, pero Fernanda siempre se negó a reconocerlo, le ocultó su origen y tampoco permitió a Meme volver a su hogar.

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CONFLICTO SINDICAL

La llegada del hijo de Meme coincidió con el comienzo de un nuevo conflicto, muy diferente a los anteriores porque no tenía nada que ver con el poder político. Era la revuelta sindical, por las malas condiciones de los obreros de la compañía bananera. Lo promovió José Arcadio Segundo y acabó con una masacre en la estación de ferrocarril que la versión oficial se esforzó por ocultar. Y tan bien lo hizo que solo José Arcadio Segundo, el único superviviente de la matanza, siguió defendiendo hasta el fin de sus días que hubo más de tres mil muertos y que los llevaron en tren para arrojarlos al mar.

Tras la masacre comenzó a llover. Con ese diluvio (una de las muchas referencias bíblicas que se encuentran en la novela, como el ascenso a los cielos de Remedios, la bella o las cruces de ceniza de los Aurelianos) comienza el declive de Macondo. El Señor Brown, el dueño de la compañía bananera, prometió que comenzaría de nuevo a funcionar cuando escampase. Pero llovió cuatro años, 11 meses y 2 días y cuando por fin salió el sol la empresa había desaparecido y Macondo estaba en ruinas.

En todo ese tiempo, en la casa de los Buendía, Úrsula, que hasta entonces había sido el pilar que sostenía aquella “casa de locos”, se ha convertido en una muñeca decrépita con la que juegan Amaranta Úrsula y Aureliano. Solo se da cuenta de lo que ha ocurrido cuando deja de llover. Descubre a José Arcadio Segundo en el cuarto de Melquíades, en el que ha vivido encerrado desde la matanza de la estación. “El tiempo pasa”, se justifica él. “Así es”, contesta ella. “Pero no tanto”. Y se sorprende al comprobar que es la misma contestación que recibió, muchos años atrás, del coronel Aureliano Buendía en su celda de sentenciado cuando ella le planteó aquella misma reflexión.

Ese paso del tiempo trajo consigo la muerte de Úrsula, Amaranta y Rebeca. A partir de entonces los pájaros, desorientados, comenzaron a morir en Macondo y, aunque sus habitantes consiguieron cazar y matar al Judío Errante al que culparon de todo, no volvieron a aparecer. Ni siquiera Amaranta Úrsula, que había heredado el empuje y la energía de su tatarabuela, consiguió que se quedaran, y eso que los trajo en jaulas desde Bruselas, donde la habían mandado a estudiar. Habían pasado demasiado tiempo y demasiadas cosas desde aquellos primeros tiempos en los que Úrsula tenía que ponerse cera de abejas en los oídos para no volverse loca con sus cantos.

Santa Sofía de la Piedad no llegó a morir. Simplemente, se marchó, aunque en su caso caminando y no ascendiendo a los cielos como su hija.

También murieron los gemelos, Aureliano Segundo y José Arcadio Segundo. El joven Aureliano lamentó mucho la pérdida de este último, con quien había conseguido estrechar lazos y que, a pesar de su locura, como le había pasado al primer José Arcadio, había demostrado ser el habitante más cuerdo de la casa. “Acuérdate siempre de que eran más de tres mil y que los echaron al mar”, fue lo último que dijo.

LITERATURA Y BURDELES

A partir de entonces se quedan solos en la casa Aureliano y Fernanda, que nunca fue una abuela para él y que ni siquiera en esos momentos quiso que compartieran la soledad. Solo a su muerte pudo el joven Aureliano abandonar aquellos muros y descubrir el mundo, aunque de él solo le interesaron la librería del sabio catalán, donde fue a buscar los libros de los que le había hablado Melquíades, y la calle de los turcos con sus prostitutas como Nigromanta. “Para un hombre como él, encasillado en la realidad escrita, aquellas sesiones tormentosas que empezaban en la librería a las seis de la tarde y terminaban en los burdeles al amanecer, fueron una revelación. No se le había ocurrido pensar hasta entonces que la literatura fuera el mejor juguete que se había inventado para burlarse de la gente”, escribe García Márquez.

La muerte de Fernanda no solo trajo cambios a la vida de Aureliano. También a la de su hijo, José Arcadio, que llevaba años en Roma pero no tenía el más mínimo interés en llegar a Papa. Las cartas que madre e hijo se escribieron durante años no eran más que un intercambio de fantasías. José Arcadio no estaba preparado para la vida y la dejó al poco tiempo de llegar a Macondo.

A su muerte, ocupa su lugar en la casa la joven y alegre Amaranta Úrsula. Su marido quiere llevar la aviación comercial a Macondo, lo que hubiera hecho realidad la predicción que el tatarabuelo se atrevió a aventurar años atrás al ver las alfombras voladoras: que ellos volarían mejor. Pero no lo consiguió. Ni tampoco ser feliz. Porque Amaranta Úrsula y su alegría llegan a un hogar que lleva demasiado tiempo cerrado. Es demasiado tarde. Su estirpe está condenada y ni siquiera el amor puede romper la maldición. Porque el amor y la pasión que la joven no puede evitar sentir hacia su sobrino es puro pero incestuoso. Él le corresponde, como años atrás le había ocurrido a Amaranta con el suyo, Aureliano José, en un complejo de Edipo que parece afectar a toda la familia. Si Fernanda hubiese antepuesto la verdad a las formas, quizá la desgracia podría haberse evitado, pero como no lo hizo de aquel amor nació un niño con cola de puerco y cuyo destino era ser devorado por las hormigas, cumpliendo lo que estaba escrito y poniendo fin a la estirpe de los Buendía.

En realidad, el final había llegado antes del nacimiento de aquel bebé, el último Buendía, aunque Aureliano y Amaranta Úrsula no hubieran sido conscientes de ello en su efímera felicidad. El final había comenzado a llegar con la muerte de dos mujeres: Úrsula, que ya había constatado años atrás que el mundo se estaba acabando poco a poco, y Pilar Ternera. Porque en su tumba, escribe el autor, “entre salmos y abalorios de putas se pudrían los escombros del pasado”.

Macondo y sus habitantes estaban condenados desde el inicio de los tiempos. Su apocalipsis estaba escrito en esos pergaminos de Melquíades que nadie supo descifrar hasta que se cumplió la profecía. “Pues estaba previsto que la ciudad de los espejos (o los espejismos) sería arrastrada por el viento y desterrada de la memoria de los hombres”.

Afortunadamente para nosotros, aquel antepasado loco que se encerraba en el cuarto de los experimentos a buscar la piedra filosofal había encontrado la forma de evitar que la Historia desapareciera del todo. La verdad podrá ser borrada de nuestra memoria, pero la escritura se encargará de recordarnos que alguna vez existió, al menos sobre el papel, un lugar llamado Macondo. Que hubo hombres valientes que se atrevieron a decir que la Tierra era redonda, aunque les tacharan de locos. Que hubo guerras por motivos absurdos, por poder y por orgullo y que es más fácil empezarlas que acabarlas. Que hubo hombres que ocuparon tierras que no eran suyas e impusieron sus costumbres a los que ya estaban allí. Que hubo obreros que pagaron con su vida la osadía de pedir mejoras en su trabajo. Que hubo años de luces y otros de oscuridad. Y que las estirpes condenadas a cien años de soledad, en un tiempo que da vueltas en redondo y en el que los hombres cometen una y otra vez los mismos errores, no tienen una segunda oportunidad sobre la Tierra. ¿O sí?

María José Vidal Castillo @mjvidalc

NOTA: ÁRBOL GENEALÓGICO DE LOS BUENDÍA