En la segunda parte del libro Comte-Sponville se propone analizar qué es la sexualidad y cómo se construyen los caminos que nos llevan a ella. En este sentido, resulta importante observar cómo el pensador francés parte de la idea de que ni el sexo ni la muerte, frase que da título al ensayo, son propiamente humanos, “sino el erotismo y los funerales”.

La cuestión del erotismo, como ya se ha visto anteriormente, guarda una estrecha relación con el sentido de aporía. Como tal, y tomando como base a Derrida, Comte-Sponville plantea el hecho del deseo como frontera hacia la que se camina. Sin embargo, el erotismo sobrevendría en un camino que, como diría un matemático, tiende a infinito, pero cuya función nunca es la del placer. La satisfacción del mismo correspondería a la pornografía, puesto que la función del erotismo es suscitar deseo constantemente. Erotismo y sexualidad estarían relacionados pero no tendrían una relación sine qua non el uno respecto del otro. Además, la sexualidad tiene la posibilidad de ser representada, expuesta, manifestada, mientras que el erotismo tan sólo puede referirse y, por ello, se le acerca más al amor que la propia sexualidad.

Para Comte-Sponville el sexo es únicamente reproducción, diferenciando entre función y facultad, pulsión e instinto. Aporta, pues, una interesante perspectiva dado que al introducir estas diferencias matiza determinados elementos: ¿todo acto sexual tiene como finalidad la supervivencia de la especie? Es evidente que no. Dudo mucho que nadie conozca a alguien que le haya confesado “cuando realizo el acto sexual (ni siquiera habrá usado este término obviamente) con mi pareja me alegro de contribuir a la supervivencia de la especie”. Los muy religiosos se alegrarán por contribuir a traer al mundo más adeptos a su fe. Los existencialistas se sentirán complacidos al menos un instante. Y los materialistas simplemente se alegrarán de haber tenido un buen polvo. Con suerte. Pero nadie se plantea la cuestión biológica.

Esto, en gran parte, tiene que ver con el hecho de que la sexualidad implica al mismo tiempo facultad (salvo enfermedad, todo cuerpo nace capacitado para la reproducción) y función (la finalidad por la cual tenemos relaciones sexuales), primando generalmente esta última. No se mantienen relaciones por el simple hecho de poder llevarlo a cabo, sino porque efectivamente se busca algo con ello: placer, satisfacción personal, tener hijos, etc. La facultad, como decía Locke, es un “poder”, un “poder hacer” que decía Kant.

Igualmente, la sexualidad es instinto y pulsión. Suele pasar, no obstante, que tendamos a pensar en el sexo como algo instintivo. Esto no es del todo cierto. Lo instintivo no se aprende, viene dado por la naturaleza. De ser el sexo algo únicamente instintivo, todos lo haríamos igual de bien, no tendríamos muchas parejas sexuales en nuestra vida, no habría erotismo, ni gusto, y por supuesto tampoco frustración. Es posible que todos hayamos conocido alguna pareja sexual tan instintiva que resultaba aburrido practicar sexo con esa persona. Lo que hace interesante el sexo, y permite desarrollar el erotismo, es que tiene más de pulsión que de instinto. Porque somos animales, pero no bestias como bien dice Comte-Sponville.

A pesar de todo, la particular asimetría entre biología y cultura que provoca lo sexual lleva a que la sexualidad acabe convertida en una gigantesca jaula de libertad. La propia “liberación sexual” es un ejemplo de esto. En los 70 Françoise Sagan se pronunciaba en contra de las formas de sexualidad que comenzaban a aflorar de manera más explícita en el cine. ¡Sagan ni más ni menos, a quien se le ha considerado la más liberal de la Nouvelle Vague! Dice sobre la pornografía: “todas esas cantidades, esas toneladas de carne humana que nos echan a la cara últimamente, bronceados, pálidos, de pie, sentados, acostados, ¡qué aburrimiento!”.

Es posible que Comte-Sponville, de soslayo como suele pasarle varias veces en el libro, acabe dando pistas sobre el éxito de este “aburrimiento”. La pornografía, a diferencia del erotismo, incide en la acción sin emoción, no busca transmitir sino crear un efecto. Una simulación. No podemos saber lo que está sintiendo el actor, ni siquiera el personaje, sabemos que se produce una eyaculación, un orgasmo, pero ignoramos a consciencia cualquier emoción. He ahí, probablemente, el gran éxito de la pornografía frente al erotismo.

En un modelo de sociedad de consumo, el cruce de la frontera, la posibilidad en la imposibilidad que implica la aporía (Derrida) supone una angustia a priori dado que supone aproximarse a la incertidumbre del cambio. La sexualidad expuesta sin erotismo permite vivir perpetuamente en la frontera, acomodarse a ella y no necesitar de la cuestión de la emoción. La sexualidad es cómoda, el erotismo es exigente. Dicho de otro modo, no todo va a ser follar tal y como preconizaba Krahe, pero tampoco hay que estar muriéndose de amor continuamente. Es en este punto donde se ha creado una esquizofrenia social de terribles consecuencias. Por un lado, un modelo económico basado en el eros que genera un deseo continuo, un consumo que no debe tener fin. Pero, por otro lado, un deseo que se basa en la satisfacción constante. Craso error, dado que la finalidad del deseo es, precisamente no estar nunca satisfecho.

 Has renunciado a las certezas de la religión, a la histeria de la política, a los espejismos de la cultura, a las mentiras sanguinarias de la revolución, al esfuerzo del compromiso y sobrevives desorientado en una sociedad que sólo reclama tu participación a la hora de consumir. Huyes del fango de la revuelta como huiste del sacrificio de la responsabilidad y haces cada vez más estrecho el campo de juego fingiendo ser el aristócrata de una nobleza que jamás ha existido.

Deberías despertar de una vez. Tu confortable mundo de irresponsabilidad e inocencia se está disolviendo como un azucarillo y todas esas gentes a las que considerabas muertos vivientes tienen más posibilidades que tú de salvarse del desastre. Su compromiso, en algunos casos trivial, es el de quienes no han delegado toda su responsabilidad en otros, el de quienes construyen aunque sea mal, el de quienes ponen parches ahora porque es preferible eso a esperar sentado el advenimiento de la Utopía, el de quienes prefieren ensuciarse equivocándose a no equivocarse jamás por no hacer nunca nada.

(Joseán Blanco, El Diario.es, 22 de Mayo de 2013)

 Para entender esta situación límite de disolución de valores a la que estamos llegando por altivez cultural, podemos recurrir como Comte-Sponville a Montaigne. En sus líneas, aparece algo que mencionábamos antes: la sexualidad liberada se convierte en una inmensa jaula de libertad. Lo sexual ha implicado condena (San Agustín) o reticencias (Epicuro), pero veíamos como incluso Sagan reclamaba un espacio íntimo para su práctica, alejándolo del puro exhibicionismo con el fin de que lo sexual no se convirtiera en un espacio cómodo sino en un medio para cruzar la aporía. Es decir, no convertir el erotismo en pornografía, y viceversa.

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Montaigne entiende, como también Kant, que la sexualidad debe ser un acto recíproco, que incluso puede cambiar el propio sentido de frontera y permitir el cruce en ambos sentidos de la misma. Es decir, la sexualidad con amor (evidentemente esto deja fuera la prostitución, la violación o la masturbación) permite un mayor equilibrio. El problema surge cuando se desvincula la sexualidad del hecho erótico o amoroso por el simple valor de acto, es decir, de instinto más que de pulsión. Al hacerlo, se entra en la jaula de libertad, de afrontar que hay que ser libre para participar del entorno cultural ya que ese mismo entorno ha decidido lo que significa ser libre o no serlo. Es evidente que esto supone una contradicción en sí mismo: la sociedad te dice, hoy en día, no lo que no puedes hacer, sino qué es lo que puedes hacer y tienes que hacer para sentirte libre.

En este punto, se hace interesante observar la importancia de la diatriba existencialismo-materialismo que subyace en la perversión de la teoría política contemporánea. En buena parte del pensamiento filosófico marxista, como señala Comte-Sponville, se adoptó parcialmente a Nietzsche como un medio de destrucción de la ley, la norma, en el enfrentamiento moral de éste con la cultura judeo-cristiana. Esto, sin embargo, permitió la construcción de una de las grandes falacias de la contemporaneidad. Un ejemplo de ello es el puritanismo extremo del anarquismo de la primera mitad del siglo XX. Porque, en resumidas cuentas, sucede que la reducción del existencialismo al propósito de lo vacío permitió generar la falsa adolescencia cultural por la desculpabilización de la insatisfacción.

He aquí donde entra en juego el erotismo y los funerales, rituales culturales sobre los hechos del sexo y la muerte. Nos dice sobre ésta última Derrida:

No todos los hombres mueren igual, por así decirlo. No han muerto en todo tiempo de la misma manera. Aquí no se trata sólo de singularidades, sino ya de comunidades. ¿Hay que recordar todavía que hay culturas de la muerte? ¿y que de una cultura a otra, en el pasar las fronteras, la muerte cambia de rostro, de sentido, de lengua, e incluso de cuerpo?

«La muerte ha cambiado», escribe Philippe Ariès en sus Essais sur l’histoire de la mort en Occident du Moyen Âge à nos jours. Esto es de sentido común. Sin duda hay que ir más lejos: la cultura misma, la cultura en general, es esencialmente, ante todo, digamos incluso a priori, cultura de la muerte. Y, por consiguiente, historia de la muerte. No hay cultura sin culto a los antepasados, sin ritualización del duelo y del sacrificio, sin lugares y modos institucionales de sepultura, incluso para las cenizas de una incineración. Tampoco hay cultura sin medicina, ni hay medicina sin ese horizonte, sin ese límite tan singular que, desde Grecia, se denomina «horizonte» y que la muerte garantiza, por así decirlo, a la enfermedad. El concepto mismo de cultura puede parecer sinónimo de cultura de la muerte, como si, en el fondo, cultura de la muerte fuera un pleonasmo o una tautología. Pero semejante redundancia es la única que puede hacer que se lea la diferencia cultural y el enrejado de las fronteras. Puesto que toda cultura significa un tratado o un tratamiento de la muerte, cada una de ellas trata del fin según diferentes repartos. El reparto, sin embargo, seguiría siendo puramente humano, intra-antropológico. La diferencia entre la naturaleza y la cultura, incluso entre la vida biológica y la cultura, más concretamente entre el animal y el hombre, es -como suele pensarse a menudo de acuerdo con la misma doxa filosófica- la relación con la muerte. Con la muerte como tal. La verdadera frontera estaría ahí.

(Derrida, Aporías. Morir -esperarse (en) los «límites de la verdad», Paidós, Barcelona, 1998, pp. 77-130.)

La afirmación de Derrida acerca de que la cultura guarda una estrecha relación con la conciencia de lo mortal no anda demasiado lejos con el propio erotismo tal y como lo concebía Marcuse. Pero esto, curiosamente, conduce a Comte-Sponville a una contradicción en su ensayo. Afirma, tras exponer a Montaigne, que el erotismo supone alargar el deseo, tratar de detenerse frente a la frontera, antes de la aporía que supone el placer. Sin embargo, tal vez por su materialismo, no concibe que este hecho se produzca precisamente como forma de alargar la vida, de ritualizar los instantes para eternizarlos de forma simulada. El erotismo se convertiría de este modo en una fórmula cultural para no reducir la existencia a la mera oposición entre nacimiento y muerte, constante a lo largo de toda la vida.

Resulta igualmente interesante la observación acerca de una sexualidad entendida como apropiación del cuerpo ajeno. Sorprende, no obstante, que a la hora de hablar de la prostitución y la pornografía el pensador francés simplemente soslaye las diferencias de pareceres entre hombres y mujeres con un “¿existe alguna diferencia, en este ámbito, entre los hombres y las mujeres? Es una cuestión factual a la que las ciencias sabrán un día responder mejor que la filosofía”. Efectivamente, ese día llegó hace algunos años de la mano de la neurociencia. De acuerdo a los estudios de Brizendine, las mujeres se sienten más inseguras y amenazadas respecto a la pornografía que el hombre. Ante este tipo de imágenes, el cerebro masculino activa muchos más receptores vinculados al sexo como instinto, más que como pulsión.

Si hacemos caso a lo que nos dice la directora de cine porno Erika Lust, es posible que este tipo de sensación de inseguridad guarde relación con la propia forma que adquiere el tratamiento de lo pornográfico. Comte-Sponville parece ir de la mano de Lust en esta cuestión, ya que pone en el mismo tapete a la violación y la prostitución. En los tres casos, nos encontramos con cuestiones que se producen casi exclusivamente en el ámbito masculino, siendo la mujer un simple objeto de satisfacción inmediata. Esto nos devuelve de nuevo a la cuestión del placer como aporía traspasada, es decir, como una negación del erotismo. Un ejemplo de esta asimetría puede encontrarse en los rituales de noche de bodas de diferentes culturas. En la romana se consumaba una simulación de violación, recordando a su vez el relato mitológico del Rapto de las Sabinas.

Llegados a este punto, hay varios hilos sueltos que se nos plantean tal y como hemos visto en una suerte de contradicción. Por un lado, asumimos que la cultura es una forma de encauzar y reprimir la biología. Fruto de ello es la aparición de la pulsión y la función, formas biológicas “contaminadas” por la cultura frente a instinto y facultad que son puramente biológicos. Como bien decían Derrida y Marcuse, la cultura es un elemento fundamentalmente masculino, relacionado con la percepción de la muerte, ya que la mujer es un ser para la vida al poder percibir la continuidad de la misma en un ser que nace de sí misma. No hay discontinuidad en la generación de un nuevo ser humano salvo para el hombre que jamás aporta, biológicamente, más que parte del código genético. Al mismo tiempo, hemos visto que el erotismo nos sitúa en los preliminares infinitos del placer, y que tiene una componenda fundamentalmente cultural. Luego, ¿es el erotismo un invento masculino? Si así lo fuera, ¿por qué entonces el hombre se refugia más en la pornografía y la prostitución?

Hay una respuesta primera para todo esto: no existen los blancos y los negros, sino que la realidad es una inmensa escala de grises. El propio Comte-Sponville reflexiona acerca de cómo el amor es un “invento” de la mujer que el hombre también disfruta. Asimismo, propone concebir el erotismo no sólo como una aproximación a la frontera del placer sino como un principio del deseo. Como filósofo materialista, su idea del erotismo es concebirlo no como los amantes de In the mood for love (Wong Kar-wai) cuyo sostenimiento del deseo se basaba en alargar la insatisfacción de no alcanzarse nunca (se tradujo en castellano el título como Deseando amar, acertado en cierto modo); en lugar de ello, Comte-Sponville propone un erotismo vital que permita alargar su disfrute hasta convertirlo en un placer en sí mismo. Es, así, una victoria sobre la muerte-orgasmo.

Con ello, además, se explica la forma en la cual la pornografía constituye un elemento que es, en realidad, ajeno y propio al mismo tiempo al ser humano. Le pertenece en la medida en la cual es tan sólo sexualidad, pero carece de amor, el cual se relaciona más con el erotismo. Éste es transgresión de la norma (Bataille), por lo que al no existir ninguna norma el erotismo retrocede. Dado que no existe un mundo sin normas, ni siquiera en el mundo de Occidente donde se ha producido una supuesta “liberación sexual”, no se puede afirmar que la pornografía haya vencido al erotismo. Es más, la propia frontera entre ambos es difusa, como lo es entre el prestigio y el mercado. De hecho, puede afirmarse que el erotismo es en cierto modo una forma de otorgar algo al otro esperando recibir a cambio (economía de prestigio), mientras que la pornografía y la sexualidad es la obtención directa del otro para satisfacerse uno mismo (economía de mercado).

El erotismo es un replanteamiento del deseo por sí mismo, de manera a la vez reflexiva (el deseo se toma aquí a sí mismo como objeto) y transitiva (ya que es deseo, salvo excepciones, de otra persona). La trasgresión es menos la esencia del mismo como una de sus dimensiones posibles y frecuentes: cuando el deseo está como exaltado por la regla que afronta o supera. Es el arte de desear, decía antes, y no hay arte sin restricciones, ya las respete éste o las infrinja (los grandes artistas siempre hacen ambas cosas).  (…) También es el erotismo, entre amantes, del respeto mantenido, hasta en el ultraje; de la confianza prolongada, hasta en el abandono; de la suavidad preservada, hasta en la violencia (para quien le gusta), que entonces nunca llega a ser violencia del todo. No es cierto que entre amantes esté todo permitido. Pero son los amantes quienes tienen que decidirlo, y eso es lo que significa erotismo.

(Comte-Sponville, Ni el sexo ni la muerte, pág. 170).

La última parte la dedica Comte-Sponville a hacer una breve reflexión sobre la amistad. Se trata de un ensayo último que es, sin embargo, el primero en el tiempo, por lo que algunas de las reflexiones sobre el tema son menos enriquecedoras que en los dos casos anteriores. Hay elementos aún sin pulir y aseveraciones poco razonadas, expuestas a modo de pensamientos lanzados al aire.

A pesar de ello, es interesante la contraposición que hace entre las concepciones de amistad que exponen Aristóteles y Kant, especialmente por las diferencias temporales y de contexto histórico. En el ateniense, la amistad es una virtud, y como tal es concebida como elemento masculino (virtud procede de vir, lo relativo al hombre) dado que es, además, una cuestión de voluntad. La verdadera amistad procedería de la proaíresis, una elección racional y deliberada. Esto diferenciaría al amor de la amistad en gran medida. Ahora bien, la experiencia de cada uno nos acerca más a Kant, dado que concebía la amistad como un ideal que se debe perseguir, y es en esta persecución como más permite disfrutar a la relación amistosa.

La concepción kantiana de la amistad se basa en el respeto mutuo, y en la aceptación de las diferencias. Esta interpretación permite a Comte-Sponville reflexionar sobre la “porosidad” del amor y la amistad:

“Nadie tiene la obligación de amar. Pero nadie está exento de respetar. La amistad nace en esta intersección entre estas dos libertades, la primera heterónoma y negativa (no estoy obligado a amar, ni soy capaz de ordenarlo) y la otra autónoma y positiva (no existe más respeto que el que es libre). Éste es el milagro de la amistad, en tanto que seamos capaces de producirlo: el amor y el respeto se “equlibran exactamente” en ella sin confudirse nunca”.

(Comte-Sponville, Ni el sexo ni la muerte, pág. 197)

Es decir, la amistad es porosa porque tiene elementos comunes con el amor, y no constituye una aporía. Pueden cruzarse sus fronteras si se tienen claros los lugares comunes y diferentes. Una amistad amorosa y un amor amistoso. Y, aun así, tanto Aristóteles como Kant tienen un importante punto de coincidencia: la amistad no es un deber, pero contiene un deber ético para con el otro.

Sorprende que Montaigne contemplara su amistad con La Boétie como un todo integrador que, al mismo tiempo, permitía las diferencias. Esta base del respeto resulta fundamental, pues iguala en el estado (se es amistoso) pero no en la acción (se mantienen y aceptan las diferencias). Ello nos catapulta a las reflexiones finales de Comte-Sponville que bien nos podrían servir de corolario para algunas cuestiones de nuestros días.

Como bien señala el filósofo francés, tal vez deberíamos plantearnos si realmente existe una “crisis de la pareja” en nuestro tiempo. No existe una “crisis de la amistad”, sólo hay que ver cómo el viejo tejido social de la pequeña comunidad se ha trasladado al mundo virtual de las redes sociales. Hay, seguramente, un exceso de egoísmo y una disolución de determinados valores que siempre fueron intrínsecamente masculinos como el honor (piénsese que nuestro diccionario recoge todavía el honor en uno de sus términos como “honestidad y recato en las mujeres, y buena opinión que se granjean con estas virtudes”) y la virtud. La moral, al fin y al cabo, no es más que un constructo cultural para reprimir determinados comportamientos en una comunidad.

Sin embargo, es evidente que las rupturas de pareja han aumentado. Esto, postula Comte-Sponville, tendría una explicación bien sencilla. Nuestra sociedad (occidental) ha cambiado permitiendo que las uniones se basen más en el amor y no en la conveniencia. Aunque Louann Brizendine podría argumentar que esto no es del todo así (la mayor parte de las uniones activan primero receptores cerebrales vinculados al patrimonio y luego a valores genéticos positivos), es cierto que culturalmente ya no se llevan a cabo acuerdos matrimoniales entre familias. Así, pues, es más fácil romper el matrimonio dado que no hay en juego nada más que la pareja y su vida en común. Asimismo, la esperanza de vida ha aumentado. Antes una pareja pasaba entre diez y veinte años juntos, mientras que ahora ese período se ha alargado notablemente.

¿Hay esperanza o el amor sólo dura tres años como decía Beigbeder? Volvamos al comienzo de todo: si tan sólo pensamos en eros, si sólo concebimos el amor-pasión y buscamos perpetuamente la falta, jamás será nada. Debemos buscar fórmulas de amor-acción que permitan aproximarnos a la philia. En definitiva, se trata de asumir, como decía Paul Éluard, “el duro deseo de durar» porque no todo va a ser follar.

Aarón Reyes (@tyndaro)