Perdedores

Soy un perdedor. Esa es mi condición natural. Haciendo repaso de mi propia trayectoria de Victorias & Derrotas, creo que el mejor año debió ser el 2000, cuando gané nada más y nada menos que el Concurso Anual de Tarjetas Navideñas del colegio y el Certamen Literario Para La Gloria de Andalucía, también del colegio.

A decir verdad, lo más seguro es que terminase primero en ambas competiciones porque después de seis años hay que ser muy torpe para no descifrar el mecanismo interno de ambos jurados, compuestos casi exclusivamente por profesores.

Profesores que, por otro lado, se horrorizaban de mis dotes artísticas.

Para empezar, el talento creativo en las artes manuales se salta una generación en mi familia, detalle que mi primera tutora tuvo la gentileza de marcarme con un hierro incandescente sobre la chepa cuando me bautizó como Manitas de Barro delante de toda la clase.

Así de inútil era.

-Isaac, solo tienes que hacer una pelota de barro grande, luego otras dos más pequeñas, luego aplastar esas para formar los pies y clavarle un palillo de dientes. ¿Crees que podrás hacerlo?

Entonces yo dudaba. Sabía que la salida a ese dilema aristotélico pasaba por afirmar meneando verticalmente la cabeza con determinación.

Media hora más tarde, lo que debía ser una simpática representación boliforme de mí mismo, catalogable dentro del estilo Inocencia e Ingenuidad Infantil para el Día del Padre, terminó convirtiéndose en un inesperado ejemplo de Futurismo italiano. Mientras las caras de las encarnaciones arcillosas de mis compañeros se mostraban sonrientes, mi yo de barro daba la impresión de estar sufriendo dolores del parto mientras le introducían tacos de billar por el culo.

Era incapaz de hacerlo mejor. Notaba el bloqueo mental de la ineptitud, como poco después me ocurriría con las matemáticas, las chicas o cualquier actividad que implicase correr y anotar puntos solo para descubrir aterrorizado que había que seguir corriendo y anotando puntos. Simplemente, aparecía la carta de ajuste entre mis ojos y todo aquello, pidiendo disculpas por la interrupción, deseando desesperadamente volver a cualquier otra actividad que se me diese mejor. Pero lo cierto es que no había demasiadas.

Comer. Jugar. Leer Mortadelos.

Estrictamente hablando, hasta bien entrada la adolescencia mis padres podrían haberme sustituido tranquilamente por un yorkshire y no se habría notado la diferencia.

Por eso el año 2000 fue el Año del Triunfo sobre las Fuerzas del Mal.

El año 2000 fue cojonudo.

Menudo año ese.

Hasta entonces, la tiranía estética de las Tarjetas Navideñas que se presentaban al Concurso de Tarjetas Navideñas se basaba en el trampantojo del relieve: algodones para acunar a un niño Jesús recortado de un libro de catequesis (uno de esos bebés mutantes con cara de actor Venezolano), ríos purpurina, letras sombreadas en varios colores y, lo más importante, papel de oro. No de plata, no el que servía para envolver la chicha del recreo. Este brillaba como la bisutería de los invitados a una boda de bajo presupuesto. Para nosotros, todo lo que despidiera destellos dorados nos aletargaba en un estado catatónico. Y por lo visto, a los profesores, también. La diferencia, claro, suele ser que los adultos saben diferenciar el vidrio del diamante. Al menos esa es la teoría.

Pues para el concurso del año 2000 acepté con armonía budista mi condición de paralítico total de las artes, abandonándome a lo que mejor se me daba hacer: el payaso. Si mi folio doblado por la mitad iba a provocar úlceras oculares, por lo menos que tuviera cierta gracia.

Básicamente, presenté una viñeta en forma de felicitación navideña. Una estampa que podría titularse como: Niño Jesús Golpeando Hasta El Coma a Reyes Magos con Sus Propios Obsequios con María y José Horrorizados y Muertos de la Vergüenza en escorzo.

Primer premio.

Primer premio a un dibujo de trazo nervioso coloreado con ceras Plastidecor con el brío y la gracia de un inquilino de manicomio en la selva del Quereoatán.

-¿Se supone que están en una mina de carbón?-me preguntó mi profesora.

-No. Es de noche.

-¿Y dónde están las estrellas?

-No hay.

Ni siquiera yo mismo me terminaba de creer que aquel aborto a lápiz se hubiera ganado el afecto y la consideración del jurado. ¿Lo decidieron en mitad de la cena de navidad? ¿Habían sobornado mis padres al comité para subirme la autoestima? Es más, ni siquiera fui consciente del enorme mérito que aquel engendro supuso para el sádico mundillo artístico de un colegio de primaria. Yo solito, así, a pecho descubierto, me había cargado el academicismo de Tarjetas de Navidad paridas con fragrante ayuda de los padres y cantidades industriales de buenas promesas, papel de cocina y serigrafía de pancarta vaticana.

Gracias a mí, toda una generación de niños de diez años descubrió que de la ineptitud más profunda puede nacer algo nuevo, vívido, poderoso, que, claro que sí, del diletantismo innato al shock cultural hay un pasito, y que no hace falta seguir la estela de Lo Que Funciona para ser honrado públicamente con… un portabolígrafos rojo giratorio.

Por supuesto, por aquel entonces yo no tenía ni idea de todo esto, ni sabía cómo defenderme de las acusaciones que me describían como a un oportunista que únicamente había triunfado sobre el vulgo miserable porque había hecho una gracieta.

Además, la tinta de los bolígrafos estaba coagulada y no pintaban ni un mal rayón.

Como cada año, a finales de febrero, tanto en su sucedáneo español como californiano, un montón de gente vagamente relacionada con los quehaceres diarios propios de sacar adelante una película se reúne para premiar a los individuos que las hacen posibles. Es un ritual ambiguo, contradictorio, no menos burocrático y contaminado de luchas de poder entre ratas de despacho y contables poetas que, digamos, las guerras intestinas entre dos departamentos de Hacienda. Y sin embargo, cada año millones de almas danzarinas querubíneas regresan del limbo de la vida ordinaria, de los psicodramas de fin de semana en tele pública, de los cines de centro comercial y los pisos de protección oficial reconvertidos en salas en versión original, en fin, Todos se apiñan delante del televisor para no perder detalle de cómo los empleados más lustrosos y apolíneos de la industria salen a un escenario a recordarnos que esta es la Celebración del Sueño, que Sin Ustedes No Son Nada y que no basta con este aplauso, ni con el siguiente.

Pero lo interesante es preguntarse si, al mirar a cámara, al referirse a Ustedes, nos hablan a nosotros, vulgo homogéneo conocido como Espectadores.

Lo verdaderamente sarnoso es frenar en seco, doblando el asfalto como una alfombra, como el Coyote persiguiendo al Correcaminos, y preguntarse: si, vale, ¿qué sueño es ese?

El sueño del ganador.

Lo que por narices obliga a presuponer la pesadilla del perdedor.

Perdedor.

¿Qué es un perdedor?

Etimológicamente hablando, debería ser alguien abocado a perder más de lo que gana. De lo contrario sería un individuo neutro. Como un enfermo no es alguien que está poco sano, ni medianamente sano. Un enfermo es alguien cuyo equilibrio se ha ido a hacer gárgaras, una masa biológica donde impera el caos y el genocidio vesicular.

Por lo tanto, creo que perdedor se refiere a alguien que no gana casi nunca.

Ganar. ¿Ganar el qué? Porque eso lo devuelve a uno a la entrada del laberinto. Para perder primero hace falta poseer algo.

¿De qué se desprenden exactamente, pongamos por caso, los perdedores de los Oscar? ¿De la posibilidad de ganar un premio? ¿De la certificación de un tipo concreto de reconocimiento?

Visto así no parece tan triste.

Visto así da bastante vergüenza ver a tanta gente tan nerviosa, tan informalmente millonaria, vestida con ropa tan cara gesticulando como si los músculos de la cara quisieran independizarse del resto.

Las opciones, la estadística, las posibilidades mantienen su encanto en la medida en que puedan no ocurrir, del mismo modo que la intensidad genuina de tratar de mantener una relación sentimental solo pervive en la medida en que uno puede ser rechazado. No gusta, es una absoluta patada en la boca del estómago cuando lo que uno desea no sucede, pero no llamen a eso perder.

Nadie se desprende auténticamente de gran cosa cuando lo que desaparece es el intento de haber tratado de conseguir algo.

De hecho es de lo más etéreo que uno puede convencerse de tener entre las manos.

Lo que reduce la épica y la emoción de una ceremonia de premios al nivel de la observación intensiva de gaviotas de mar.

Y aun así, millones de ojos les observan.

Millones de perdedores atentos al brillo sudoroso en la frente de los ganadores nominados a Mejor Ganadores Sobre El Resto de Ganadores.

Hace poco menos de un año, un amigo de la facultad me contaba cómo hasta 2014 no había aprendido en qué consistía exactamente perder algo.

“A veces uno da por sentado que sabe de qué va esto solo porque se cree que todo funciona igual. Es un pensamiento un poco idiota pero es así. Hasta que un día tu novia te deja después de cinco años, asegurándote que no eres tú, que simplemente esas cosas ocurren, que se termina porque se tiene que terminar. Sin motivo ni causa aparente. Preguntas y nada lo ha provocado. Preguntas y es por culpa de todo. Y entonces al día siguiente ya no tienes nada. Lo has perdido.”

A mi entender, lo define bastante bien.

Lo define demasiado bien.

Los amigos, las novias, el talento, la capacidad para provocar el destello en los ojos de alguien a quien has pronunciado una frase inteligente o emocionante, todo eso tiene la infame cualidad de desaparecer sin previo aviso, con el brote de expertos (empezando por uno mismo) que, siempre a posteriori, siempre cuando ya solo queda tierra quemada, se lo veían venir o auguraban indicios como profetas siberianos descalzos.

Para ser un perdedor nato solo hace falta poseer una noción desmesurada de todo lo que ya no existe, un sentido lo suficientemente entrenado como para seguir distinguiendo formas donde únicamente queda vacío. Porque los ganadores, entérese bien, no viven del pasado. Porque los ganadores, métase esto con un puñetero cincel en la cabeza, siguen adelante sin importar cuántos rastros espectrales dejen a su alrededor. Mientras unos rezan la oración universal “Así es la vida” otros se quedan atrapados en una interrogación perversa: “¿Así es la vida?”.

Porque las diferencias entre un triunfador y un pringado supremo son mínimas.

En el fondo, ambos transitan sobre una finísima cuerda floja de autoconvicción. Me merezco lo que tengo, dicen. Me merezco lo que soy, se susurran. Debajo, como siempre, la duda.

Me he enganchado al patinaje artístico sobre hielo.

Menuda disciplina. Un deporte fascinante.

Estaba desayunando (tarde, para continuar con mis hábitos moralmente cuestionables y la alegría de torcer el gesto a todos esos conocidos y allegados firmemente convencidos y practicantes del Aprovechar La Mañana) cuando descubrí el encanto indescriptible de las caídas, los tropiezos, los instantes de incomparable belleza genuina en que un patinador se agarra desesperado al brazo de su compañera mientras calcula cómo volver a levantarse, cómo adoptar de nuevo la postura mientras se reincorpora a la coreografía, a la suya y a la de la chica.

Si existe una experiencia más gratificante, emotiva y piadosa con uno mismo y con todo lo demás que el genio ajeno, esa es el fracaso en mitad de la virtud.

Empecé a desear con furor hooligan que los efebos y las ninfas sobre cuchillas se descoyuntaran sobre el hielo, que se arrastraran formando con los labios una gran O mientras se deslizaban sobre la pista, que las piernas se les escaparan de órbita. Luego recordé las maravillas de la era digital y busqué en YouTube videos de atletas escurriéndose de sus pértigas, tropezando con las vallas en los cien metros pista, pegándosela en el velódromo a 85 kilómetros por hora.

Entonces se me ocurrió que estos no eran tan perdedores como los que ni siquiera habían logrado clasificarse para el campeonato. Puede que la pareja de patinadores eslovenos terminara última, si, pero, ¿y todos los que ni siquiera tuvieron la oportunidad de hacer la maleta para asistir al Campeonato Mundial? Claro que visto así, peor sería todavía no ser ni siquiera seleccionado para competir con los profesionales que aspiran a los torneos mundiales. Por no hablar de los que ni siquiera pasan de la escuela de entrenamiento. Sin contar los rechazados a esa misma escuela, condenados a hacer cabriolas en una pista de hielo grisáceo instalada en cualquier centro comercial periférico de Krostnayarsk.

Durante mi etapa como diseñador de folletos de colores chillones, conocí a un astrólogo especializado en trasplantar vidas ajenas. También podía realizar amarres amorosos, males de ojo, leer las líneas de la mano y ahuyentar espíritus camorristas, de esos que se dedican a cambiar los muebles de sitio cual adolescente histérico ante la vuelta de sus padres de la casa en Punta Umbría. Sin embargo, su especialidad es el viaje astral montado en los vagones de experiencias de terceros.

Fui a verlo.

-¿Qué quieres ser?-me pregunta.

-Patinador artístico. Pero el peor. Bueno, el peor de los peores no, uno que siempre termine último o penúltimo.

-A ver que tengo por ahí. De momento ve pegándole sorbitos a ese tazón. ¿Te molesta el humo?

-¿Qué humo?

Soy Ilya Petrovic. Tengo la noble edad de veintiún años y ya soy viejo para la mayoría de mis aspiraciones. Más me valdría buscarme otras, me dice Pa. Déjale, le replica Ma. Ma siempre confió en mí, especialmente cuando el entrenador se le acercó una tarde y le explicó que yo valía. Así, sin más.

Ilya vale.

Repetido, recordado, no significa gran cosa la verdad.

Acaban de darme un seis sobre diez en la prueba de acceso al Torneo Nacional.

Un seis sobre diez es bastante poco.

Un seis sobre diez es un nueve sobre diez en la escala para volverse a casa.

La mayoría de los otros patinadores han sacado de siete y medio para arriba, así que no queda mucho por hacer.

Tampoco tiene sentido seguir murmurando palabras bastante sucias contra la familia del estúpido que ha quedado primero. Pa dice que la gracia de los que triunfan va en los genes, que son superiores por naturaleza, como los negros corriendo, dice. Que hay que aceptarlo, dice.

Lo mismo tiene razón.

Si los mejores lo son por un regalo del embarazo, ¿qué sentido tiene lamentarse? Bueno, tampoco tendría demasiado sentido admirarlos todo el tiempo. ¿Dónde está el mérito de nacer con las herramientas adecuadas para ser el mejor patinando? Yo por lo menos no se lo veo. Además, debe ser un poco triste saber que se es el mejor porque se ha nacido predispuesto para ser el mejor. Como Ulya, que tiene las tetas muy grandes y por eso todos los chavales le entran. Seguro que la mayor parte del tiempo se lo pasa en grande pero yo creo que de vez en cuando le tiene que hartar.

En fin.

Luego estamos todos los demás, claro. Los que un día perdemos porque otro se lo ha currado más, los que tenemos que pasarnos el día escuchando todo eso del esfuerzo y el ponerle ganas y el trabajo. Pero tampoco es del todo así.

Sé que podría haberme puesto las pilas antes, claro.

Sé que lo mismo podría haberle dedicado más horas, eso es verdad.

Pero el año pasado, cuando me dejó Georgeva y a Ma le diagnosticaron El Bulto, pues bueno, pues como que me quedé hecho mierda y no tenía la cabeza para patinar.

Eso tampoco se puede decir muy alto. Porque entonces llega Pa y los amigos de Pa y los hijos de los amigos de Pa y empiezan a contarte la historia de no sé qué chaval del pueblo de al lado al que se le murió el padre de una descarga eléctrica mientras estaba meando en el campo. Y luego la madre aguantó menos de un año. Y encima tenía que trabajar y sacar adelante una familia de tres hermanos pequeños, dos de ellos con menos dedos de la cuenta en las manos. Y ahí tienes al tío, dice Pa y los amigos de Pa y los hijos de los amigos de Pa: segundo en el campeonato nacional.

Pues vale, pues de puta madre, digo yo.

Pero eso no tiene nada que ver.

Porque digamos que al chaval ese perder al padre y a la madre le ha trastocado el cerebro, lo ha convertido en un tío fuerte, duro, curtido antes de tiempo. Incluso puede que ya fuese así o le educasen así mientras los padres vivían. O, tirando todavía más, puede que los cuentos que le leyeron de muy pequeño lo convirtieran en eso. O, quien sabe, lo mismo también es genético, lo mismo también está en la química del ADN y del cerebro todo eso.

No tiene sentido odiar a Plushenko por ser grande.

No tiene sentido seguir insultando por lo bajini a los doce clasificados por encima de mí.

No tiene sentido que me comparen con un pobre chaval que se quedó huérfano porque un rayo atravesó el pito de su padre.

Al final, salvo si eres un Ganador Total, todos jugamos en la misma liga. Todos ganamos y perdemos todo el tiempo las mismas cosas. Y mientras siga intentándolo, me da que no hay reproche ni aplauso que haga justicia al esfuerzo de probar una y otra vez y lo que la suerte determine, así será.

Por eso dar medallas y premios no tiene (tampoco) ningún sentido. Es tratar de ordenar la anarquía de las aspiraciones.

¿Anarquía de las aspiraciones? ¿Desde cuándo hablo yo así?

¿De dónde sale todo este humo?

Pues mira, al final no he quedado último.

Veo un rencor infinito en la cara del cinco con seis y el cinco con nueve, convencidos como están de habérseles negado algo que creen que yo tengo.

Ojalá lo tuviera.

Isaac Reyes

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By | 2015-03-08T16:57:51+00:00 febrero 22nd, 2015|Cine|0 Comments

Sobre el/la autor/a

Nacido la semana antes de acabar la Guerra Fría. Se le da mejor hacer tartas de queso que escribir. Se le da mejor escribir que el kickboxing. Nunca ha practicado kickboxing. Por Dios, si hasta se asusta de su sombra.

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