En 1620, el escultor cordobés afincado en Sevilla Juan de Mesa realizó la imagen del Cristo de la Buena Muerte. Así lo demuestra la escritura firmada ante el escribano público Gaspar de León el 13 de marzo de ese año[1]. También lo atestigua el documento que en 1983 apareció en el paladar de la obra: “Ego feci Joannes de Mesa, anno 1620”. El Crucificado, que fue encargado para una Hermandad de sacerdotes por el padre Pedro Urteaga, prepósito de las Casa Profesa de la Compañía de Jesús en Sevilla, debió ir acompañado de una Magdalena abrazada al pie de la cruz que se ha perdido.

De perfecta ejecución, el Cristo de la Buena Muerte sigue los cánones montañesinos[2]. Destaca, además de por el tratamiento del paño de pureza y por la dulzura de su rostro, de expresión dulce y serena, todavía libre de los efectos del rigor tanatológico. Según Delgado Roig[3] podría representar el momento inmediato a la muerte de Jesús, relatada en el Evangelio de San Juan de la siguiente manera: “Jesús, luego que chupó el vinagre dijo: Todo está cumplido. E, inclinando la cabeza, entregó su espíritu”[4].

Pero el Cristo de Juan de Mesa, más allá de su objeto artístico, sus valores estéticos y su significado evangélico, es el resultado de una larga tradición teológica que acaba confluyendo en su advocación[5], la Buena Muerte.

Para buscar las raíces teológicas debemos retroceder hasta el Concilio de Vienne (1311- 1312), cuando Clemente V traslada el papado a Avignon. Allí quedaría fijada la sede pontificia hasta 1377, cuando Gregorio XI la devolvió a Roma. Un año después, a la muerte del pontífice, la falta de acuerdo entre cardenales italianos y franceses llevaba al cisma. Dos papas, Urbano VI y Clemente VII, se decían sucesores de Pedro en una cuestión que se mezclaría con la Guerra de los Cien Años. La situación se prolongó hasta el Concilio de Constanza de 1415, cuando se iniciaba un proceso contra los ¡tres! pontífices reinantes. La elección de Martín V como único papa de la Iglesia Católica en noviembre de 1417 no tapó la crisis[6]. Desde diversas corrientes, algunas admitidas, otras consideradas herejías (caso del husismo), se reclamaba una vuelta a los valores iniciales del cristianismo y un control más estricto del clero, corrupto y simoniaco.

En este contexto, y como consecuencia también de las frecuentes hambrunas y epidemias del siglo XIV, se escribió el Tractatus (Speculum) artis bene moriendi. Probablemente realizada por un fraile dominico a petición del Concilio de Constanza, esta obra proporcionaba consejos para morir de una manera cristiana. El libro explicaba el lado bueno de la muerte, señalaba las tentaciones más comunes del moribundo, intentaba ofrecer consuela y recalcaba la necesidad de imitar a Cristo. Con una versión corta e ilustraciones posteriores, el libro alcanzó las 100 ediciones en el año 1500, inaugurando una tradición literaria de guías para la muerte.

Otro libro que marcó el imaginario religioso de la Baja Edad Media fue la Imitatio Christi, un hito en la dilatada trayectoria de la mística europea. Su autor, Tomás de Kempis, abre el camino de la llamada devotio moderna, la corriente que proclamaba una nueva religiosidad más espiritual basada en la Biblia. Frente a la ciencia y la búsqueda racional de los escolásticos, Kempis defiende la Palabra y la imitación de Cristo para llegar Dios. “Nuestro Señor Jesucristo, por cierto, en cuanto vivió, no estuvo una hora sin dolor de pasión. Porque convenía que Cristo padeciese y resucitase de los muertos, y así entrar en su gloria. Pues, ¿cómo buscas tú otro camino sino este camino real de la Santa Cruz? Toda la vida de Cristo fue cruz y martirio, y tú, ¿buscas para ti holganza y gozo?”[7]. La imitación de Cristo alejada de la vanidad es, según Tomas de Kempis, la vía hacia Dios y  hacia el gozo en la otra vida, de ahí la necesidad de “sufrir con Cristo y por Cristo si quieres reinar con Cristo”[8]. 

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Tanto la mística como la devotio moderna tuvieron gran influencia en la Corona de Castilla, especialmente en el siglo XVI. La primera encontró partidarios como San Juan de Ávila, Santa Teresa o San Juan de la Cruz[9]. La segunda llegó de la mano de Erasmo de Rotterdam, religioso cuyas ideas inspiraron al mismísimo Carlos V. Y aunque el miedo a la Reforma protestante frenó ambas corrientes con el poderoso brazo de la Inquisición, las ideas quedaron. Transformadas, modificadas, camufladas… Pero ahí estaban. Sobreviviendo a los autos de fe celebrados entre 1559 y 1562 en Sevilla y Valladolid. Desafinado al Índice de Libros Prohibidos de Felipe II. En la clandestinidad.

Mucho se ha escrito sobre los escarceos de Martínez Montañés con el protestantismo. Pero más allá de especulaciones, el carácter espiritual y neoplatónico de sus obras está fuera de toda duda. Su discípulo Juan de Mesa no es ajeno a ello. Ni tampoco la sociedad que les rodea, con sacerdotes que encargan un Cristo bajo la advocación de la Buena Muerte. Una buena muerte que aúna el ars moriendis y la imitatio Chirsti.

Al principio del artículo hablábamos de la expresión calmada y mansa del Cristo, de la serenidad de un deceso producido de una forma tan traumática como es la muerte por crucifixión. Es la belleza de la muerte virtuosa. Relacionando la imagen con el concepto del ars moriendis, en el Cristo de la Buena Muerte están presentes todos los principios del Tractatus (Speculum) artis bene moriendi, esos que te enseñaban cuál era la forma adecuada y cristiana de morir. Porque ¿quién va a tener mejor forma de morir que Cristo?

La vida ejemplar, la que sigue el ejemplo del Jesús de Nazaret, la que debe llevar el buen cristiano, tiene como recompensa con una buena muerte. O, lo que es lo mismo, un lugar el reino de los Cielos. Esta idea, tomada literalmente del Imitatio Christi de Tomás de Kempis, subyace también en el titular de la Hermandad de los Estudiantes: el Dios hecho carne que muere es el ejemplo a imitar. Y es que quien ha tenido la mejor vida, debe tener una buena muerte.

Por tanto, el Cristo de la Buena Muerte se nos muestra como un ejemplo precioso de cómo, bajo la universal imagen de Jesús crucificado, se esconde un inmenso corpus doctrinal en el que confluyen diversas corrientes teológicas. Luego entra en juego la capacidad del artista, que debe hacer que la imagen transmita emocionalmente toda la carga intelectual que se le presupone a la obra. Si algún día tienen la oportunidad de visitar la capilla de la Estudiantes (o de ver al Cristo en la calle), comprenderán de qué les habló. No importa si se es ateo, católico, judío o musulmán. El lenguaje del arte traspasa los perjuicios religiosos.

Francisco Huesa (@currohuesa)


[1] Heliodoro Sancho Corbacho fue el investigador encargado de hallar el documento en la Sección de Protocolos Notariales.

[2] Juan de Mesa fue discípulo de Juan Martínez Montañés. La influencia del maestro es patente en toda la obra de Mesa, especialmente en la de su primera etapa. Tanto es así que, durante mucho tiempo, las obras de Mesa fueron atribuidas a Montañés, quedando la labor del primero en el ostracismo durante muchos años.

[3] DELGADO ROIG, Juan: Los signos de la muerte en los Crucificados de Sevilla. Sevilla, 1951.

[4] Juan 19:30.

[5] Panofsky postula tres niveles de análisis de la imagen:

a) Pre-iconográfico: La experiencia reconoce y describe objetos o hechos, siendo su objeto de estudio los objetos artísticos. Es una Historia del estilo basada en la experiencia práctica.

b) Iconográfico: Reconoce los temas convencionales, su objeto de estudio es el mundo fe las historias y las alegorías. Es una historia de los tipos.

c) Iconológico: Llega al conocimiento del significado intrínseco que comporta los valores simbólicos, busca la penetración en la personalidad psicológica y en el espíritu de la época estudiando el mundo de los valores simbólicos. Es una Historia de los síntomas culturales o símbolos, a saber, la percatación a cerca de la manera en la cual bajo condiciones históricas diferentes, tendencias esenciales de la mente humana fueron expresadas por temas y conceptos específicos.

En el artículo pretendemos ahondar en el último de estos niveles, el iconológico.

[6] CLARAMUNT, Salvador (Coord.): Historia de la Edad Media. Barcelona, 1999.

[7] DE KEMPIS, Tomás: Imitación de Cristo y Devocionario. Madrid, 2003. p.79.

[8] Ídem, p. 57.

[9] Para más información sobre el tema recomendamos ANDRÉS, Melquiades: Historia de la Mística de la Edad de Oro en España y América. Madrid, 1994.