Todo el mundo conoce la utilidad de lo que es útil, pero pocos conocen la utilidad de lo inútil. Zhuang Zi (1; p 9)

 Podemos perdonar a un hombre por hacer algo útil siempre que no lo admire. La única excusa para hacer algo inútil es que uno lo admire intensamente. Todo arte es completamente inútil.

Oscar Wilde, El retrato de Dorian Gray.

Ténganlo presente cuando les vuelvan a insultar. Porque lo van a hacer. Otro escenario no es posible en España. El insulto, la descalificación, la mofa, etc., son el precio que debemos pagar por el simple hecho de vivir en este país. España es un páramo cainita donde brilla, por encima del resto de posibles y muy diluidas cualidades, la envidia. Cuando vean a alguien haciendo todo lo posible para que su vecino no tenga o pierda aquéllo de lo que él carece, no tengan ninguna duda: es español; y de pura cepa, oigan, digno descendiente del Cid. Junto a la arraigada envidia, por supuesto, cabalgan el vil cotilleo y el insulto auto-redentor, especialmente si puede bramarse escondido entre la cobarde masa.

El insulto, por lo tanto, es una amenaza a la vuelta de cada esquina hispana. Otras cosas son de qué insulto se trate y cómo nos lo tomemos. Reconozco que, hasta hace unos meses, si alguien me hubiera llamado inútil (muy posiblemente, con toda la razón del mundo de su parte), mi reacción ante tal improperio habría sido una respuesta llena de energía combativa y con una dosis elevada de apasionada brusquedad. Sin embargo, desde hace un tiempo y quién sabe si por algunas experiencias cercanas y, sobre todo, algunas lecturas (especialmente La utilidad de lo inútil (2) y El Libro del Té (3), dos bellísimas obras de Nuccio Ordine y Kakuzo Okakura, respectivamente), mis pensamientos y mi talante acerca de dicho agravio han cambiado de manera sustancial.

Ritual japonés del té

A lo Escarlata O´Hara (con un sureño y harapiento bambito incluido), hago una promesa al alba, poniendo a Dios, uno y trino, y a ustedes, lectores, como testigos: ¡nunca más (casi nunca, más bien; recuerden siempre que Aquél dijo que fuéramos hermanos, pero nunca dijo que tuviéramos que ser primos) voy a sentirme fuertemente agraviado ante tal comentario vocinglero! Además, hago propósito de enmienda y doy mi palabra de hacer todo lo posible para llenar mi vida (este diario vagar por el continuo y azaroso presente) de gestos pura y esencialmente inútiles.

La inutilidad de las acciones humanas nunca ha tenido buena prensa. Piensen. La conciencia de nuestra propia existencia y la del universo nos horroriza. El vacío que encontramos al hurgar en ambas existencias nos produce tal fiebre y delirio que de forma impulsiva tratamos de buscar un orden y un sentido en ellas. Así, ante las dudas que generan las cuestiones de qué hacer con nuestras vidas y, a continuación, cómo llevarlo a cabo, a lo largo de su historia el ser humano ha creado multitud de diferentes manuales y sistemas con los que poder desenvolverse lo mejor posible. En la mayoría de las instrucciones de estas guías de comportamiento, toda acción debe, por un lado, tener sentido, es decir, debe ser útil, y por otro, no puede ser causa de ninguna pérdida de tiempo (la fragilidad de la vida y la conciencia de la muerte no lo toleran).

Cualquier persona que estudie o lea historia puede advertir que la raíz de toda acción humana a lo largo de tantos siglos siempre ha estado en los mismos miedos y deseos. No hemos cambiado tanto, por no decir que no hemos cambiado nada en lo esencial. De esta forma, podemos decir que la utilidad en toda acción siempre ha sido uno de los principales anhelos y motores del hombre a la hora de determinar y fijar el patrón de comportamiento ideal. Actualmente, vivimos en unos tiempos donde nuestra cultura está más fuertemente sujeta, si cabe, a la dictadura de la utilidad. La decadente y consumista civilización occidental ha caído a velocidad exponencial en un estilo de vida totalmente dominado por los gestos y las acciones útiles, hasta el punto de que cualquier actividad o momento del día que no estén relacionados con algo útil, son criticados y tildados de pérdidas de tiempo. Así, todo lo que no sea útil para conseguir lo que sea, sobre todo, más de lo que sea, especialmente si se puede materializar en dinero, fama, prestigio social, etc., es fuertemente menospreciado y ultrajado. Desde que una persona se levanta hasta que se acuesta, todas y cada una de las acciones que realiza están determinadas a ser útiles para algo: el más mínimo gesto inútil es una provocación al eficiente y utilitarista estilo de vida occidental.

Frente a esta realidad del ser humano, que ha amoldado, sobre todo, la cultura occidental, muchos pensadores han advertido que el hombre es algo más que esto. Es más, si hay algo que diferencia la esencia y el ser de cada individuo de la humanidad, respecto a la esencia de los otros seres que pueblan nuestro mundo, es precisamente su capacidad para hacer actos inútiles, es decir, llevar a cabo acciones exclusivamente por el simple placer de realizarlas. Tomen buena nota: el ser humano es el único ser que puede realizar arte por el arte (¿Hay algo más inútil? ¿Para qué sirve el arte?). El propio Kakuzo Okakura, en la obra citada, dejó escrito que “el hombre primitivo, al ofrecer su primera guirnalda a una muchacha, trascendió al bruto. Se hizo humano al elevarse, de tal modo, por encima de las crudas necesidades de la naturaleza. Y entró en el reino del arte cuando percibió la sutil utilidad de lo inútil” (3; p. 67).

Este humilde texto no es otra cosa que una apología por la utilidad de los gestos inútiles y, por supuesto, una invitación a su realización y disfrute. Uno de sus atractivos radica en que no se trataría de una total transformación en lo exterior de nuestra vida, lo cual nos llevaría a realizar acciones no planteadas hasta la actualidad. Simplemente bastaría con modificar la esencia de cada una de nuestras cotidianas acciones en sí mismas (lo interior) y, por lo tanto, su vivencia en y por nosotros. Llevando la inutilidad a la alimentación, la bebida, el ocio, las relaciones personales, etc., conseguiríamos evitar las lamentaciones de Chamfort, quien recogió en su obra las siguientes palabras de un conocido: “No he visto en el mundo, decía M…, más que comidas sin digestión, cenas sin placer, conversaciones sin confianza, relaciones sin amistad y acostadas sin amor” (4; p. 137).

Por si genera o queda alguna duda, este texto no expone un alegato en defensa de la vagancia frente a la psicosis esquizofrénica de la utilidad. No hay que dejar de tener los pies en el suelo. Obviamente no vamos a vivir del aire. A lo largo de nuestra vida, en todas nuestras jornadas, debe seguir habiendo, por supuesto, un tiempo específico para trabajar. La cuestión es qué vida sería aquélla que estuviese totalmente ocupada por dicha actividad, sin dejar apenas tiempo para la familia, los amigos y, sobre todo, para el ocio. Orquestar toda nuestra vida, toda nuestra existencia, a partir de los patrones diseñados por nuestra cultura como útiles, especialmente los relacionados con el trabajo, es embrutecer la vida y nuestra existencia. En mi opinión, no estamos aquí para eso.

Utensilios del té

Curiosamente el propio Nietzsche llegó a dictar incluso el tiempo máximo conveniente para el trabajo, es decir, para lo útil: sólo un tercio del día. Si le hacemos caso, todo lo demás, es decir, dos tercios de nuestra jornada, tiene que ser empleado en nuestro propio disfrute personal, en nuestro propio placer a través de acciones totalmente inútiles, en pérdidas de tiempo, las cuales serán las que hagan de nuestra existencia algo realmente vivido.

Otro aspecto que hay que tener presente es que cada persona es diferente, es decir, tiene gustos propios y posee diferentes habilidades, por lo que los gestos y las acciones inútiles de su vida son totalmente personales e intransferibles.

Además, cuando hablo de inutilidad no me refiero a la no-acción, es decir, no se trata de un discurso a favor de estar todo el día tumbado en el sofá, mirando al techo cual Bubo bubo o Amoeba proteus. No es eso. Se trata de hacer cosas, pero sin que la motivación de estas acciones esté en su utilidad y, por lo tanto, en una posterior ganancia de algo. Las acciones inútiles son aquéllas que se hacen para disfrutar con ellas en el momento en que se realizan y por el simple hecho de hacerlas, nunca por el consiguiente beneficio. Por eso hemos dicho anteriormente que cuando el hombre realiza una acción inútil está realizando una acción artística, una acción esencialmente estética, y su valor reside en ella misma, no en una posible dádiva futura a posteriori. Además, tenemos que tener presente que en nuestra vida inútil lo bueno estará siempre en lo cualitativo y nunca en lo cuantitativo. Sólo el necio, que diría don Antonio Cipriano José María Machado Ruiz, confunde valor y precio.

Nuestros gestos inútiles podrían comenzar desde el mismo despertar y con el desayuno. En esta simple acción puede verse claramente la victoria de la utilidad frente a lo inútil de su mero disfrute. El sentido común dicta que hay que comer porque es necesario alimentarse. De acuerdo, ninguna objeción en la sala. Esperen… No, ninguna. Sin embargo, lo que no es necesario es el giro perverso que nuestra cultura utilitarista le ha dado a esta actividad. Según su dictado cualquier producto que sea útil, es decir, que nos alimente, es válido. En nuestra cultura, hemos ido mucho más allá, y cuanto más rápida y más barata es su preparación, mejor. Pero, ¿nada más? ¿Sólo nos alimentamos para eso? Cualquier animal, por ejemplo, no sé, un Sus scrofa domesticus, por decir uno al azar, hace lo mismo. Recordemos que, con la entrega de aquella guirnalda, el hombre trascendió al bruto y se hizo humano.

Sinceramente, no creo que haya muchas personas (yo el primero) que se detengan los minutos que estime oportuno para disfrutar del café, el té, el zumo de naranja, el carajillo… Los bebemos porque son útiles, gracias a sus facultades y beneficios para nuestro organismo, y no vamos más allá. Pero ¿y si probáramos a tomar dichas bebidas, sentados, totalmente serenos, al modo clásico, degustando su sabor y pensando únicamente en las sensaciones que nos ofrece? Pero para qué, podría objetarse en la sala: ¿qué se ganaría con ello? Obviamente, la inutilidad de esta clase de gesto no será de la satisfacción de la mayoría. Es una pena: cada vez que nos tomamos un café o un té, o cualquier otra bebida o alimento, estamos perdiendo una oportunidad para ir un paso más allá de la mera utilidad de la acción, es decir, para disfrutar con ella humanamente… Y cada oportunidad que pasa es una menos.

Fijémonos, como contrapunto, en los japoneses, quiénes, cuando aún no estaban infectados por el utilitarismo occidental, desarrollaron lo que se denomina teísmo. Se trata de un ritual donde la toma del té pasa a convertirse en una verdadera obra de arte. Estos japoneses no toman (al menos no únicamente) el té por sus conocidas propiedades: lo importante, lo esencial es el cómo. Para ello, no dudan en hacer un arte de la puesta de escena y de la toma del brebaje. La casa o la habitación, su decoración minimalista y su pulcra limpieza, la vestimenta de los participantes, los utensilios, incluyendo su forma y material, los gestos y movimientos, la postura, etc., todo, hasta el más mínimo detalle, está estudiado para que cada toma (ceremonia) del té sea un acontecimiento único en cada una de sus vidas. ¿Para qué tanta parafernalia y esta excesiva tramoya teatral? ¡Sólo es un té! Es que no se trata del té, ¡se trata de nuestras vidas! El té es sólo uno de los medios para conseguir nuestro fin: hacer de nuestras vidas una experiencia única e irrepetible.

La esencia del teísmo podríamos ampliarla a cualquier bebida o comida. Sin embargo, hoy en día la mayoría comemos y bebemos sin poner nuestros cinco sentidos (posiblemente ni siquiera uno) en cada una de nuestras degustaciones. Lo dicho: cuanta más comida y más bebida, mejor. Si la calidad importa cada vez menos, el cómo no digamos cuánto.

Junto a esta “dictadura del utilitarismo” está, por supuesto, la “dictatura del tener”, aquélla que dicta que cuanto más tengo, más soy. El resultado es que nuestras vidas están llenas de infinidad de experiencias vacías. Luego nos extraña que haya personas que se sientan solas, que sientan que su vida vacía se les escapa entre las manos sin haber hecho, disfrutado o sentido nada. Han sido víctimas (pero también autores y cómplices) de multitud de actos sin esencia alguna, todos útiles, eso sí, pero que nos les han aportado ningún momento significante.

Hay una anécdota famosa relacionada con este tema. Su protagonista es Sócrates. Ubiquemos “regueramente” la acción: Atenas, 399 años antes del nacimiento del esperado Jesús de Nazaret, hijo de María y José (al menos, eso cree él). El filósofo ateniense, mientras espera la toma de la cicuta con la cual va a ejecutarse su sentencia de muerte, está tocando una flauta. Sus torpes gestos parecen indicar que trata de aprender una melodía. A pocos metros de él, hay un individuo que no deja de moverse. Está nervioso: no le entiende, no comprende a su maestro. Finalmente, desesperado, temiendo que el gran sabio esté perdiendo inútilmente el poco tiempo que le queda de vida, decide interrumpirle y le pregunta: “¿Para qué te servirá, maestro?”. En ese momento, Sócrates, el más sabio de todos porque sabe que no sabe nada, deja de tocar y le responde tranquilamente: “Para saber esta melodía antes de morir”. Parece que él también conocía la sutil utilidad de lo inútil.

Flauta

Éste, y no otro, debería ser nuestro único mandamiento: hacer una obra de arte de nuestra existencia, una obra de arte totalmente inútil, en la que cada acto que dejamos pasar y que no lo disfrutamos, que no le ponemos nuestros cinco sentidos, que no lo hacemos simplemente por el hecho de que hacerlo de esa manera, y no de otra, nos resulta placentero, es, en definitiva, un acto tirado a la basura, a la nada. Estamos convirtiendo nuestras vidas en productos de serie, sin esencia ni espíritu, totalmente insípidas e insustanciales.

Desgraciadamente la utilidad ha contaminado completamente el mundo del arte y la cultura. Recientemente se ha publicado una noticia que decía que el cuarenta por ciento de la población española no ha leído ni un solo libro en el último año. No creo que muchos se escandalicen: unos porque no les importa, y otros porque, como nuestro bambiniano expresidente José Luis Rodríguez Zapatero, piensan que tenemos la generación mejor preparada de la historia. De todas formas, para el tema que estoy tratando me resulta más interesante el otro grupo, el de los supuestos lectores, y digo “supuestos” porque todos sabemos que un español miente tres de cada dos veces y más si es para darse importancia. Independientemente de la veracidad real de dicho porcentaje, lo interesante sería saber cuáles han sido las motivaciones que les han hecho leer determinados libros, es decir, por qué leen y, a continuación, por qué leen lo que leen y no otra cosa. Cualquiera que vea la lista “top” de ventas de cualquier librería puede observar el grado de calidad de estas obras. Aceptemos que es cierto que más de la mitad de la población española lee, pero, por Dios: ¡qué lee! Tengo la sensación (es una opinión totalmente personal, por lo tanto, pesimista) de que muchas de las personas que leen, lo hacen por su utilidad: leen maquinalmente, como un robot, ya sea por aburrimiento, tedio, prestigio, etc. Estas personas, por encima de lo cualitativo (lo interior, el valor de las obras en sí) colocan lo cuantitativo (lo exterior a ellas). Por eso, su único objetivo no es otro que leer mucho. Parece que se dicen a sí mismas: he leído mucho, por lo que ya soy mejor que antes y, por supuesto, mejor que los que han leído menos que yo o no han leído nada.

Un minuto de silencio por la literatura, la cual ha caído irremediablemente en las garras del utilitarismo más absurdo y consumista.

¿Entonces por qué hay que leer? En mi opinión es muy sencillo: no hay que leer por el simple aumento del número de lecturas, ni para dejar de pertenecer al grupo inferior de los “no lectores”, sino por la experiencia del placer que nos aporta la lectura, es decir, porque gracias a los libros y a su lectura estoy disfrutando de unos momentos que enriquecen mi vida. El propio Italo Calvino ponía como ejemplo a los clásicos. Decía que no hay que leerlos por la utilidad futura que pudieran aportarnos, sino porque, por un lado, siempre será mejor leerlos que no hacerlo y, por otro, así podremos experimentar y vivir las sensaciones que nos producen mientras los estamos leyendo.

Acabo de usar la literatura como ejemplo, pero podría servir cualquier otra actividad cultural y artística, incluso otras muchas actividades como, por ejemplo: el turismo. En el fondo, en lugar de viajar para experimentar unas sensaciones que no tenemos en nuestra geografía más cercana y diaria, viajamos para sumar actos vacíos: dos museos, más tres paseos, más una catedral, más una fiesta, más dos palacios, etc. Todo suma, y cuanto más sumas, más y mejor turista eres. Hay que ser muy aguafiestas para preguntar al turista acerca del cuadro que más le gustó y por qué, qué experimentó al pasear por ese parque, qué sintió al entrar en esa catedral gótica, qué momento fue el más vivido en la fiesta, qué espacio o lugar de aquel palacio renacentista o barroco le llenó más… Afortunadamente, como la mayoría de nosotros hacemos el mismo tipo de turismo, hay pocos aguafiestas, pocos inútiles.

Otras actividades en las que el placer que nos podría trasmitir su realización ha sido totalmente invadido por el utilitarismo son el deporte y la música. Da pena, cuando no verdadero asco, ver cómo tantos padres despreciables presionan a sus hijos para que practiquen algún deporte con el objetivo, no de disfrutar, ni mejorar su salud (lo cual, aunque sea un ejemplo de utilitarismo, sería el más sano), sino ganar algo en un futuro: sacar un beneficio. En un país como España, el ejemplo más claro es el fútbol: ahí están esos chicos que con doce o trece años ya tienen representante y que son manipulados por éste y sus propios padres para que sean fichados por algún club superior, y así convertirse en máquinas de fabricar dinero. Y en cuanto a la música algo muy parecido. Para muchas personas el único afán por hacer música es hacerse famoso y ganar dinero. ¿Que yo voy a perder parte de mi tiempo en aprender a tocar un instrumento únicamente por disfrutar unos segundos con esa melodía? Eso que lo haga Sócrates.

Este actual estado de las artes no es más que el resultado de una sociedad que no está preocupada por la calidad de las obras, sino que sólo consume y consume, sin atender ni experimentar lo que trasmiten dichas obras. Es normal. Se trata de una sociedad formada en su mayoría por personas que sólo realizan actos útiles, y aquél que pierde el tiempo, por ejemplo, aprendiendo a tocar un instrumento para disfrutar de tal o cual melodía es calificado de friqui o raruno. No digamos de aquél que decide estar todas las tardes durante varios meses leyendo Guerra y paz de Tolstoi (más de mil trescientas páginas): ¿dos meses para un solo libro? ¡Si en ese mismo tiempo podría haber leído muchos más!

Cualquier intento, a nivel global, de movilizar a toda la sociedad para que deje de ser un títere en manos del utilitarismo, está condenado al más mísero fracaso. Sin embargo, y mientras tanto, podemos tratar de intentarlo a nivel personal, transformando el sentido de la mayoría de nuestras acciones más cotidianas, poniendo los cinco sentidos, haciendo de ellas arte: degustar el café y el zumo de naranja recién exprimido; paladear la tostada con jamón, tomate y aceite; saborear el primer botellín del mediodía, y el segundo y el tercero…; salivar con el adobo de Blanco Cerrillo, las croquetas de Casa Ricardo, los montaítos de pringá de la Bodeguita San José o el tiramisú del Bar Eslava; pasear por las calles de Sevilla con ningún otro objetivo que observar a las personas, los árboles, las plazas, los edificios, etc.; leer sólo por la experiencia de la lectura; tocar un instrumento musical sólo por la propia interpretación; correr o hacer cualquier otro deporte; bailar; saborear una copa mientras se arreglan, con los amigos, los problemas del mundo; disfrutar de la compañía y el cariño de la familia; etc.

Todos son gestos sencillos y cotidianos, pero muchos de ellos quizás los hacemos (los hago) sin prestar la atención adecuada, sin sentirlos. Dejar de lado el utilitarismo convencional que nos dicta nuestra decadente cultura, sería dar un paso muy importante hacia la consagración de nuestra existencia a la sutil utilidad de lo inútil.

Reciten conmigo: santificados sean los inútiles porque ellos serán quieren entren en el reino del arte. Parece ser que en él hay un anciano de dos mil cuatrocientos ochenta y seis años que sigue tratando de aprender una melodía con su flauta: ¿para qué lo hará?

Valentín Aranda Vela. (@walenti82)

 

BIBLIOGRAFÍA:

 

  1. Leys, Simon. Breviario de saberes inútiles. Primera edición. Barcelona: Acantilado, 2016.
  2. Ordine, Nuccio. La utilidad de lo inútil. Manifiesto. Octava reimpresión de la primera edición (2013). Barcelona: Acantilado, 2014.
  3. Okakura, Kakuzo. El Libro del Té. Tercera edición. Madrid: Ediciones El Taller del Libro, 2016.
  4. Chamfort, Nicolás. Máximas, pensamientos, caracteres y anécdotas. Primera edición. Madrid: Ediciones Aguilar, 1989.