Las películas no tienen valor por lo que son simplemente, sino por lo que son capaces de inspirarnos, transmitirnos o emocionarnos. No soy de los que piensa que una película es “buena” per se; por el simple hecho de serlo. El arte es arte porque tiene el poder de suscitar en uno sentimientos; es decir, es arte “porque te mueve algo por dentro”. Así pues, cuando valoro una película no me fijo mucho en los premios, en las nominaciones o en la terna de actores encargados de interpretar a los protagonistas. Soy mucho más simple: la veo, y si consigue emocionarme o atraparme la considero una película interesante.

Eso es lo precisamente me pasa con la película que hoy nos ocupa. Sé a ciencia cierta que no es una película grande. No estamos hablando del típico film al que solemos hacer referencia cuando hay que citar una lista de “películas imprescindibles”. Jamás ganó (ni mereció) premio alguno. Nunca hablaremos de ella con admiración ni la defenderemos en sesudos debates por lo que aportó al mundo del celuloide. Simplemente es una película que me gusta… Corrijo: es una película que me encanta. Ya conocen uno de mis pecados: soy fan de Furia de titanes.

18lpsjv56sj75jpg

En 1981, un director curtido en telefilms, Desmond Davies, era el elegido para dirigir una adaptación del mito de Perseo y Andrómeda llevado a la gran pantalla. La productora MGM (que ponía sobre la mesa unos nada despreciables, a principios de la década de los ochenta, quince millones de dólares) esperaba sacar una buena tajada con una historia de aventuras inspirada en la rica mitología griega que combinaba protagonistas guapetes: Harry Hamlin (más tarde conocido por la serie La ley de Los Ángeles) como Perseo y Judi Bowker (que había interpretado a Santa Clara de Asís en la película Hermano Sol, Hermana Luna, de Franco Zeffirelli, 1972) como Andrómeda. Secundarios de lujo como Sir Laurence Olivier en el papel de Zeus, Maggie Smith como la diosa Tetis o Úrsula Andress interpretando a Afrodita. Y la garantía del maestro de los efectos especiales de la década de los sesenta, Ray Harryhausen para las escenas de aventuras, criaturas mitológicas incluidas.

La historia no tenía muy mala pinta: Perseo, hijo de Zeus y la mortal Dánae, es desterrado de su hogar en Argos y crece feliz en una isla, hasta que la diosa Tetis, celosa de que Zeus haya premiado con todas las cualidades a Perseo y haya castigado a su hijo Calibos con una deformidad, buscará vengarse de Zeus haciendo daño a Perseo. El protagonista es arrancado de su hogar y llegará a la isla de Joppa, donde un terrible castigo divino obliga a ofrecer en sacrificio a la bella princesa Andrómeda. Solo Perseo, con la ayuda de los dioses podrá encontrar la forma de derrotar al Kraken, el terrible monstruo que debe devorar a la princesa para cumplir el castigo al que Joppa debía ser sometida.

En principio todo parecía ser sinónimo de éxito en esta película: protagonistas jóvenes y atractivos, actores secundarios que debían arropar con su buen hacer a los más jóvenes, una historia de aventuras sacada del mejor guion posible: la propia mitología… para al final quedar reducida a una película clásica pero menor, con una recaudación en taquilla de unos cuarenta y cinco millones de dólares; muy por debajo de lo que los productores esperaban, que la hicieron ser uno de los grandes fracasos de ese año.

¿Qué falló para que un film diseñado para el éxito se tornara un fracaso de tal calibre? Varias son las causas que podríamos aducir al respecto:

Un director sobrepasado por la responsabilidad: solo hay que bucear un poco en la filmografía de Desmond Davis para entender que un director que, básicamente, había dirigido durante la mayor parte de su carrera episodios para series de televisión o tv movies no era, quizá, la persona más adecuada para lo que se pretendía con esta película. Su trabajo en la dirección es muy básico: planos que no comunican nada, casi filmados “aprisa y corriendo” dan una idea de que era un gran profesional, pero no un “artista” del cine.

Una generación que soñaba con naves espaciales, no con espadas y armaduras: todo el cine posterior al estreno de Star Wars: episodio IV-Una nueva esperanza (George Lucas, 1977) se encontró influido, y de qué manera, por esta película. Las aventuras de la eterna lucha del Bien y del Mal en un contexto tan diferente como era la infinitud del Universo y todo el merchandising que trajo consigo la película despertaron en el espectador de finales de los años setenta y principios de los ochenta una “fiebre galáctica” que no casaba bien con el cine de aventuras de toda la vida. Si hacemos un rápido recorrido por las películas de aventuras clásicas con toques de magia de esta década (La princesa prometida, 1987; Conan el bárbaro, 1982; La historia interminable, 1984; Willow, 1988…) no podemos decir que fueran grandes películas en cuanto a recaudación y buenas críticas se refiere. Salvo obras como la saga Indiana Jones; el pastel en la taquilla se lo repartieron extraterrestres como T. (Steven Spielberg, 1982) y, por supuesto, la saga galáctica por excelencia (si bien las dos entregas posteriores, El imperio contraataca y El retorno del Jedi fueron dirigidas por Irving Kershner y Richard Marquand respectivamente, y no por George Lucas).

Un artesano anacrónico: hablar de Furia de titanes es tener como referente principal a un mito del Cine como es Ray Harryhausen. Este señor, a quien quizás algunos no conozcan, fue el creador por excelencia de efectos especiales de las décadas anteriores a los ochenta. Su gran aportación fue la técnica del “stop-motion” que, básicamente, consiste en dar vida y movimiento a cualquier objeto fotograma a fotograma, lo cual es de un valor y un trabajo inimaginable para cualquiera de nosotros. George Lucas había dinamitado la historia de los efectos especiales con La guerra de las galaxias varios años antes, así que los espectadores que acudieron a ver Furia de titanes (que competía en taquilla con El imperio contraataca) se sintieron ridículos al ver a criaturas mitológicas que tomaban vida de esta forma “tan anacrónica”.

Todo esto no ayudó a levantar el vuelo a una película que posee defectos evidentes, pero que también tiene trazas de gran cine de aventuras (y que, por cierto, tiene escenas rodadas en los maravillosos parajes del Torcal de mi querida Antequera, Málaga, una ciudad para descubrir y disfrutar): la historia en sí, aunque no está bien aprovechada, no deja de ser parte del ciclo mitológico de Perseo, con todo lo bueno que posee la rica y filosófica mitología griega. Las escenas de acción son tremendamente buenas (mención especial para la lucha entre Perseo y la Medusa) y son capaces de trasmitir muchísima fuerza e intensidad. Y, por supuesto, la animación de las criaturas mitológicas con la técnica del stop-motion dota a la película de cierto halo clásico que, personalmente, me parece maravilloso.

Furia de titanes requiere ser vista con ojos limpios, de niño, porque es un gran entretenimiento al que hay que acudir sin buscar los evidentes fallos o sin querer hacer hincapié en lo “ridículo” que nos suenan esos efectos especiales en una época, como la nuestra, en la que los ordenadores nos hacen visualizar cosas que solo podían estar antes en nuestra imaginación.

furiadetitanes1981

Es una película mítica, porque es una película que forma parte de la infancia de muchos; y que, como buen mito, no se debe tocar, porque se estropearía. Joaquín Sabina en su canción Peces de ciudad canta que “al lugar donde has sido feliz no debieras tratar de volver”, pero yo siempre que vuelvo a Furia de titanes consigo ser feliz de nuevo durante dos horas, tal vez porque consigo volverme un niño, disfrutar y dejarme fascinar, como lo hice la primera vez, con la fuerza del Kraken emergiendo del mar, con  Pegaso o viviendo con la misma tensión el momento en el que Perseo debe entrar a la guarida de Medusa…

Quizá porque pocas cosas tienen esa chispa, esa magia de hacernos regresar de nuevo a nuestra infancia como lo hace conmigo esta película, Furia de titanes para mi es arte y merece formar parte de mis películas imprescindibles.

Carlos Corredera (@carloscr82)