Una pandilla en busca del tesoro

En estos días de julio se cumplen treinta años del estreno en nuestro país de una película que podría haber pasado sin pena ni gloria por la cartelera española. Una obra más de aventuras y ciencia ficción en una década especialmente prolija en este tipo de género cinematográfico, con obras como E.T. (Steven Spielberg, 1982), Indiana Jones: en busca del arca perdida (Steven Spielberg, 1984) o Regreso al futuro (Robert Zemeckis, 1985). Dicha película, que se ha convertido por méritos propios en una de las más icónicas de los años ochenta no es otra que Los Goonies.

¿Qué esconde Los Goonies para haberse convertido en lo que es hoy día? ¿Cómo una película de aventuras infantil continua siendo, a pesar del paso del tiempo, tan recordada y celebrada en líneas generales? Sobre esas dos preguntas intentaremos construir, en este pequeño artículo, nuestra argumentación.

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A principios de la década de los setenta, dos de los directores más aclamados de unas décadas después, Richard Donner y Steven Spielberg se habían conocido en un restaurante californiano. Irónicamente, Spielberg, que por aquellos entonces no era el gigante poderoso en que logró convertirse después, se había acercado a Donner con la intención de presentarle sus respetos y su admiración. Parece ser que surgió cierta complicidad entre ellos, ya que se emplazaron con la idea de buscar, con el tiempo, un proyecto en el que pudieran trabajar juntos.

El proyecto no llegaba, pero la década de los setenta les servirá a ambos para consolidarse en el difícil mundo del star system hollywoodiense. Spielberg casi podríamos decir que “se sacaba de la manga” el primer blockbuster veraniego de la historia con la tremenda Tiburón en 1975, mientras que un año más tarde, Donner nos ofrecía la desasosegante La profecía (1976). Parece ser que a los dos les iba pero que muy bien sin tener que coincidir en proyecto alguno. Si bien esto es un hecho, no es menos cierto que seguían con la idea de coproducir una película juntos, que uno de los dos habría de dirigir. Llegaron los ochenta, y con Spielberg interesado en dar un giro más dramático a su carrera en algunos films como El color púrpura (1985), parecía evidente que el trabajo de dirigir iba a ser para Richard Donner.

El único problema era qué historia llevar a la gran pantalla. Y he aquí que la encontraron: la idea era, en un principio, sencilla y brillante para una película familiar, de esas que, a pesar de caer en el tópico, “tanto gustan a Spielberg”. La historia giraría en torno a un grupo de amigos, que vivían en un pequeño pueblo de Oregón, en la ficticia zona de Goon; de ahí que se hicieran llamar “goonies”. Estos chicos, preocupados por la situación financiera de sus familias comienzan la búsqueda del tesoro del pirata Willy el Tuerto, tras encontrar el mapa del tesoro en el desván de uno de los protagonistas. El “único” problema será superar las trampas y ganar una carrera contrarreloj contra los acreedores de sus padres y una familia de delincuentes que se encuentran detrás del posible oro del pirata.

Si les digo que esta es, a grandes rasgos, la historia que en dos horas aproximadamente nos cuenta Los Goonies, no me extrañaría nada que no les llamase la atención en líneas generales, a no ser que ni tan siquiera hayan llegado a la adolescencia. Entonces, ¿dónde estriba su éxito? ¿Qué hizo que sobresaliera hasta situarse en el “top ten” de las películas más vistas de ese año, llegando a recaudar más de sesenta millones de dólares en las salas estadounidenses?

El primero, y quizá uno de los principales aciertos de la película, estriba en el casting. Los jóvenes actores que encarnan a este variopinto grupo de amigos son capaces de transmitir verosimilitud a la historia. No podemos decir que fueran “actores del Método”, pero son cercanos, veraces en sus interpretaciones; muy lejos de esos niños que ofrecen demasiadas veces interpretaciones poco creíbles, con voces impostadas y exageraciones en los diálogos, haciéndolos forzados (pienso en algunas series españolas y dan ganas de llorar…). Los personajes están tremendamente definidos: el bocazas, el inventor, el guaperas… pero uno de los espectadores es capaz de sentirse identificado con su grupo de amigos de la infancia. Algunos de esos chicos tuvieron sus “quince minutos de fama” como es el caso de Corey Feldman en los ochenta, o Sean Astin (el hobbit Sam de El señor de los anillos) décadas después. Otros, comenzaron una carrera que continua exitosa hoy, como Josh Brolin.

La segunda razón es la historia en sí: simple, pero tremendamente bien resuelta. Es una historia de piratas, con trampas, carreras y maniquea: los buenos son buenos, y los malos, muy malos. Pero el guion escrito por Chris Columbus derrocha imaginación y diversión a raudales. Ese “savoir faire” en películas con cierto toque infantil que en 2001 mostró con Harry Potter y la piedra filosofal, aquí nos lo muestra como guionista. Pero la aventura de Los Goonies es diferente a las de otras películas porque tiene cierto toque de atemporalidad. Un espectador pudo ver la película hace treinta años, y la puede ver ahora, y es una aventura imperecedera. No pasa de moda. Quítenle las modas horteras en el vestir de los años ochenta, los coches anticuados y vayan a la esencia de la historia… El fondo no caduca. El tremendo ritmo de la historia, con un tema mítico como el que escribió Dave Grusin que nos acompaña en muchos momentos y el hecho de estar rodada en orden cronológico (para ayudar a que los jóvenes actores no se perdieran y aportarle naturalidad a sus papeles) la hacen una joya extraña en este sentido.

Quizá la última razón, pero no menos importante sea que la capacidad que tiene Los Goonies para atacarnos y atraparnos donde más vulnerables somos: apela a nuestra infancia. Al niño que todos (más escondido o menos) llevamos dentro. A ese niño que con sus amigos por las tardes corría e imaginaba aventuras, inventando mapas del tesoro y buscando puertas secretas detrás de cualquier rincón. Es una historia que convierte dos horas de film en pura diversión y entretenimiento con el sello inequívoco del maestro Spielberg. Si una historia es capaz de “tocar esas teclas”, el éxito está asegurado. Y para muestra, un botón: miren ustedes las listas de ventas de libros en España. Las tramas de aventuras con trasfondo histórico siempre suelen copar los primeros puestos. Códigos, sociedades secretas… no hace falta dar nombres, seguro. Los Goonies es eso, pero en lenguaje audiovisual y resumido en unas dos horas de metraje.

Si quieren disfrutar de Los Goonies, solo hay un secreto y condición indispensable para formar parte de este grupo de amigos que se embarca en la aventura de sus vidas: olvidarse de sus prejuicios, y hacer el ejercicio mental de intentar ser “como niños” para no perder la capacidad de asombro ante las sorpresas que esta película nos regala casi en cada una de sus escenas.

Hay una serie de películas que todos, siendo niños, deberíamos ver; porque nos hacen soñar, porque nos divierten y porque nos enseñan valores. En esa lista de imprescindibles de todos los tiempos yo incluiría, sin lugar a dudas, Los Goonies. No lo duden, animen a sus hijos a verla. Pocas películas hacen tan agradable el viaje iniciático hacia la madurez que este grupo de amigos se ve obligado a emprender en busca de Willy el Tuerto y su legado. Su recompensa puede que sea más que el oro o las piedras preciosas. Puede que el mejor tesoro que puedan encontrar al final del camino sea la amistad. Después de verla reflexionen: ¿cuál de los goonies serían ustedes? Seguro que lo tienen claro. Yo también.

Carlos Corredera (@carloscr82)

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By | 2015-08-06T11:36:41+00:00 agosto 5th, 2015|Cine Clásico|0 Comments

Sobre el/la autor/a

Estudió en Sevilla. Allí aprendió algo sobre Historia y algo sobre la vida; cosa que utiliza en su día a día como profesor. Es coautor de algún que otro libro, tanto de ficción como de historia. Una de sus grandes pasiones es el cine, que descubrió verdaderamente cuando era un adolescente y todavía lo sigue encandilando. Si quieren que no moleste, pónganle una película de Hitchcock y no hará ruido en dos horas al menos.

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