El 4 de julio de 1776, cincuenta y seis hombres firmaron en Filadelfia un documento que no solo declaraba la independencia de trece colonias británicas, sino que alteraba de forma irreversible la historia del pensamiento político. Aquella frase de la Declaración de Independencia —«Sostenemos como evidentes estas verdades: que todos los hombres son creados iguales»— constituyó una anomalía radical en un mundo dominado por monarquías absolutas e imperios hereditarios. La República norteamericana nació como el «Gran Experimento»: la hipótesis sin precedentes de que una sociedad podía autogobernarse mediante leyes escritas, división de poderes y derechos inalienables.

Doscientos cincuenta años después, al alcanzar su sesquicentenario en 2026, Estados Unidos no llega a esta efeméride como la ilusionada potencia del Bicentenario de 1976 ni como el triunfante «fin de la historia» tras la caída del Muro de Berlín. Llega, en cambio, habitado por una profunda incertidumbre sobre su propio relato nacional. Si bien su hegemonía configuró la modernidad tardía —desde la victoria en la Segunda Guerra Mundial hasta la revolución tecnológica de Silicon Valley—, la trayectoria estadounidense desde la gran crisis financiera de 2007 hasta la actualidad dibuja el retrato de una superpotencia atenazada por una doble fractura: una crisis de identidad interna y una acelerada erosión de su hegemonía internacional.

I. La significación histórica: Del «faro en la colina» al diseño del orden global

Es imposible calibrar el peso del presente sin entender la magnitud de la impronta estadounidense en el planeta. La Revolución Americana inauguró el ciclo de las revoluciones atlánticas, demostrando que la Ilustración podía traducirse en instituciones normativas y funcionales. A lo largo del siglo XIX y la primera mitad del XX, Washington combinó un fabuloso dinamismo económico con un mesianismo político fundamentado en el Destino Manifiesto y en la noción del «City upon a Hill» (la ciudad asentada sobre la colina): la idea de que Estados Unidos no era solo una nación, sino una promesa para la humanidad.

Tras el colapso de las potencias europeas en 1945, la Casa Blanca no se replegó al aislacionismo. Diseñó el orden liberal internacional: fundó las instituciones de Bretton Woods (el Banco Mundial y el FMI), impulsó las Naciones Unidas, tejió la arquitectura de seguridad de la OTAN e implementó el Plan Marshall. Durante medio siglo, el poderío económico, militar y cultural (soft power) de Estados Unidos actuó como el pilar de estabilidad del bloque occidental.

El punto culminante de este dominio se alcanzó en los años noventa. Tras el colapso soviético, la democracia liberal y el capitalismo de mercado de corte anglosajón se presentaron como los únicos modelos viables de civilización. Sin embargo, en el germen de aquella victoria incontestada se incubaba la semilla de las tormentas actuales.

II. 2007-2008: El punto de inflexión y la quiebra del consenso

Si hay una fecha en el siglo XXI que marca el fin de la inocencia norteamericana, es el colapso del mercado hipotecario subprime en 2007 y la posterior caída de Lehman Brothers en septiembre de 2008. Aquella catástrofe no fue únicamente una crisis bursátil o inmobiliaria; fue la quiebra del contrato social interno y de la credibilidad externa de Estados Unidos.

  1. La ruptura de la promesa de prosperidad: Para las clases medias e industriales del interior del país (el llamado Rust Belt o Cinturón del Cáncer), 2008 confirmó que la globalización y la desregulación financiera promovidas por Washington habían enriquecido a las élites costeras mientras precarizaban al resto. El rescate estatal a Wall Street, contrastado con el desahucio masivo de millones de familias en Main Street, destruyó la fe en el mérito y en el «sueño americano».
  2. La erosión del prestigio técnico: El consenso de Washington, que durante décadas había aleccionado a las economías emergentes sobre la disciplina fiscal y la desregulación, demostró ser vulnerable en su propio núcleo. La arquitectura financiera global impulsada por Estados Unidos se reveló frágil y opaca.

La sacudida económica aceleró dinámicas que transformarían radicalmente el panorama político: la polarización social, la desconfianza en las instituciones tradicionales y el nacimiento de movimientos contestatarios a ambos lados del espectro político, desde Occupy Wall Street hasta el Tea Party.A partir de 2010, la crisis económica mutó en una crisis de valores. El sistema político estadounidense, diseñado por los Padres Fundadores con un complejo entramado de contrapesos (checks and balances) que exigía el compromiso para gobernar, se atascó en una parálisis partisana sin precedentes.

La tribalización de la vida pública

La política estadounidense dejó de centrarse en debates ideológicos pragmáticos (impuestos, infraestructuras, gasto público) para adentrarse en guerras culturales identitarias (culture wars). Las comunidades locales y las familias se dividieron en cámaras de eco mediáticas y digitales desconectadas entre sí. La política pasó a entenderse no como un terreno de consenso entre rivales legítimos, sino como un enfrentamiento existencial contra un enemigo interno.

El vaciamiento institucional

Instituciones que históricamente actuaban como árbitros neutrales de la convivencia —el Tribunal Supremo, el FBI, las agencias de salud pública o los organismos electorales— pasaron a ser percibidas por amplios sectores de la población como herramientas de partidismo. El asalto al Capitolio del 6 de enero de 2021 visibilizó hasta qué punto la quiebra de la confianza institucional había corroído los cimientos del traspaso pacífico del poder, pilar fundamental de la democracia desde 1796.

El pesimismo existencial

El síntoma más agudo de esta crisis de valores es de carácter psicosocial. Diversos indicadores demográficos y sociológicos revelan un aumento de la soledad urbana, una caída drástica en los niveles de confianza interpersonal y la irrupción de las llamadas «muertes por desesperación» (sobredosis de opioides, alcoholismo y suicidios) que han diezmado zonas rurales e industriales. La fe constitutiva del ser estadounidense —la convicción de que la generación siguiente vivirá mejor que la anterior— se ha debilitado drásticamente.

Las costosas e infructuosas intervenciones militares en Irak y Afganistán generaron un profundo fatiga imperial en el electorado norteamericano. Tanta fue la huella que las administraciones sucesivas, desde Barack Obama hasta sus sucesores, adoptaron doctrinas de repliegue, reevaluación de alianzas estratégicas y pragmatismo geoeconómico. La apresurada retirada de Kabul en agosto de 2021 simbolizó trágicamente los límites de la ingeniería social e intervencionista en el extranjero.

El desafío chino y la revisión revisionista

Mientras Estados Unidos consumía recursos y cohesión interna en las guerras de Oriente Medio y en luchas partidistas, China consolidaba su ascenso como la segunda economía del mundo y la principal potencia industrial. Beijing, junto con una Rusia abiertamente revisionista y el bloque emergente de los BRICS, empezó a articular un marco alternativo que desafía la primacía del dólar, el alcance de las sanciones occidentales y la universalidad de los valores democráticos impulsados por Occidente.

Del libre comercio al proteccionismo

En el ámbito económico internacional, Washington ha abandonado el dogma del libre comercio que él mismo predicó durante medio siglo. Tanto las políticas de aranceles como los programas de subsidios a la reindustrialización nativa (como el Chips and Science Act o la política de nearshoring) confirman que Estados Unidos ha abrazado un nuevo nacionalismo económico, anteponiendo la seguridad nacional y la soberanía industrial a la eficiencia de los mercados globales.Llegar a los 250 años no es un logro menor. Muy pocas instituciones políticas nacidas en el siglo XVIII han sobrevivido continuadamente manteniendo la misma arquitectura constitucional. La capacidad de adaptación de la sociedad estadounidense —demostrada en la superación de una sangrienta Guerra Civil, la Gran Depresión y las luchas por los derechos civiles— sugiere que la nación posee un dinamismo y una capacidad de reinvención que no deben subestimarse.

Sin embargo, el reto actual presenta una naturaleza distinta. No proviene de un enemigo externo inequívoco, sino de la erosión del propio mito fundador. La noción de que Estados Unidos es un experimento cívico —basado no en la sangre o la tierra, sino en una idea compartida— exige que la ciudadanía crea en la validez de esa idea.

Al cumplir dos siglos y medio de vida, la República norteamericana se encuentra en una encrucijada histórica. Puede quedar atrapada en la parálisis de una decadencia facciosa, o bien utilizar este hito para acometer lo que el historiador Jill Lepore define como la tarea permanente de la nación: reconstruir el consenso cívico sobre la convicción de que las promesas de 1776 no son un monumento estático del pasado, sino un proyecto dinámico e incompleto que exige renovarse en cada generación. El rumbo que tome Estados Unidos en las próximas décadas no solo determinará la calidad de su democracia interna, sino el contorno del orden mundial en la segunda mitad del siglo XXI.