En el otoño de 1989, un grupo selecto de científicos soviéticos fue convocado a Obolensk, una zona aislada a las afueras de Moscú. Se reunieron en lo que parecía un hospital psiquiátrico para debatir una técnica pionera de asesinato masivo. Si alguien hubiera observado la actividad del complejo desde el espacio —algo nada improbable por aquel entonces—, habría visto a pacientes paseando por los jardines o jugando al voleibol en pijama. En realidad eran actores contratados para hacerse pasar por enfermos mentales y encubrir algo mucho más perturbador.

El edificio de cristal de ocho plantas en el centro del recinto, supuestamente dedicado a la fabricación de vacunas, era una instalación de defensa de máxima confidencialidad. Su cometido formaba parte de Biopreparat («preparados biológicos»), lo que uno de los participantes describiría más tarde como «el programa de armamento soviético más ambicioso desde el desarrollo de la bomba de hidrógeno». Los experimentos más recientes habían demostrado por fin la viabilidad de un arma capaz de aniquilar a poblaciones enemigas enteras sin causar el menor daño a sus infraestructuras: un patógeno modificado genéticamente para propagarse en cuestión de horas, matar en pocos días y resistir a cualquier tratamiento conocido.

Aquel programa violaba los tratados internacionales. En 1969, el presidente Richard Nixon había disuelto de forma unilateral el programa secreto de armas biológicas de Estados Unidos y, durante los seis años siguientes, la comunidad internacional ratificó la Convención sobre Armas Biológicas, que prohibía el desarrollo de agentes «repugnantes para la conciencia de la humanidad». Era un pacto para regular organismos microscópicos, pero contaba con una rendija lo bastante grande como para colar un portaaviones: se permitía el desarrollo de armas biológicas con fines «defensivos». Esta excepción era preocupante, aunque en la práctica daba casi igual, pues el tratado carecía de mecanismos reales de control. Todo hacía presuponer que los soviéticos no eran los únicos en incumplirlo.

El logro expuesto en Obolensk era una «quimera», un patógeno diseñado a la medida mediante la combinación de material genético de diversas fuentes. Un proyecto así era técnicamente factible desde hacía dos décadas. En las fases iniciales de la infección, el agente se comportaría como una enfermedad común, susceptible de ser tratada con vacunas o fármacos habituales. Sin embargo, la administración de antibióticos activaría un segundo patógeno oculto en el primero. Si la infección no se trataba, resultaba insoportable y letal. Si se trataba, resultaba igualmente insoportable y mortífera por otros motivos. Una primera ola de la epidemia causaría bajas masivas; la segunda minaría de forma definitiva la confianza de la población en el gobierno. Las bajas masivas por enfermedad eran solo el preludio del caos absoluto.

Buena parte del trabajo de Biopreparat se llevaba a cabo en el Centro Científico Estatal de Virología y Biotecnología Vector, situado en los bosques siberianos. Como instalación de contención biológica de nivel 4 (BSL-4), Vector era por entonces uno de los dos únicos depósitos oficiales de virus vivos de la viruela en el mundo (el otro eran los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades en Atlanta). Sus congeladores albergaban también muestras de ébola, Marburgo y otros agentes virales.

Los servicios de inteligencia sabían desde hacía tiempo que la Federación Rusa continuó con las investigaciones donde las había dejado la Unión Soviética. El 6 de septiembre de 2019 se produjo una explosión en Vector que dejó a un trabajador hospitalizado con quemaduras de tercer grado. Las autoridades rusas atribuyeron el incidente a un fallo en un tanque de gas, y los bomberos lograron sofocar el fuego antes de que supusiera una amenaza existencial.

Todo esto es real. Constituye el preámbulo histórico a la obra de Annie Jacobsen, Guerra biológica: un escenario. El libro es una suerte de secuela de su anterior trabajo, Guerra nuclear, y, al igual que su predecesor, funciona como una criatura híbrida: combina el rigor del periodismo de investigación —basado en archivos históricos y fuentes actuales— con fragmentos de ficción especulativa pegados a la realidad.

Como explica la propia autora: «El escenario que se describe a continuación —que relata las horas, días y semanas posteriores a la liberación de un arma biológica modificada genéticamente— se basa en hechos y proyecciones extraídos de entrevistas exclusivas con asesores presidenciales, mandos del Departamento de Defensa, médicos, microbiólogos, epidemiólogos, diplomáticos, congresistas, agentes de la CIA especializados en armas de destrucción masiva, personal de gestión de emergencias y equipos de primera intervención entrenados para ataques biológicos». Añade, además, que el relato «reproduce los simulacros de guerra biológica que realiza el propio Pentágono».

La narración comienza con otro incendio en Vector, pero esta vez fuera de control. El virus llega a Estados Unidos en menos de una semana y la administración declara el estado de sitio. Acto seguido, el Estado colapsa. El presidente queda atrapado a solas en un búnker, quizás para siempre, mientras en la superficie patrullan cerca de un millón de hombres armados con trajes de protección biológica. La inmensa mayoría de la población ha muerto. No hace falta avisar de destripes: la propia Jacobsen advierte al final de la introducción que el libro «termina en una distopía».

Los hechos hipotéticos que se van sucediendo están argumentados con un nivel de detalle en su mayoría plausible. De tanto en tanto, la autora interrumpe el hilo narrativo para ofrecer contexto mediante pequeñas «lecciones de historia». El peligro de cualquier relato sobre el fin del mundo que resulte creíble es que también puede parecer domesticado: los horrores de la incertidumbre se traducen al lenguaje del riesgo gestionable, un riesgo que se asume que alguien, en algún lugar, tiene la previsión y la responsabilidad de controlar. En los agradecimientos, Jacobsen recuerda que el minucioso realismo de su relato es solo un recurso literario. Por algo ha titulado el libro Guerra biológica: un escenario, y no El único escenario. Algunas de las alternativas, advierte, son «mucho peores».

Este escenario concreto arranca en una concurrida discoteca de Fráncfort. Un viajero estadounidense hace escala tras una excursión de caza en Siberia, donde se ha infectado con una cepa de peste neumónica diseñada «para matar a seres humanos de las formas más atroces». De haber estado expuesto a una peste común, los primeros síntomas lo habrían dejado postrado en cama. Sin embargo, no se siente mal; al contrario, experimenta un estado de euforia. La nueva plaga ha sido diseñada perversamente para desencadenar de entrada un subidón neuroquímico que impulsa a los portadores a buscar la compañía de otros de forma maníaca e irresistible. Para cuando su vuelo hacia Texas alcanza la altitud de crucero, la euforia ha desaparecido: sus pulmones han empezado a necrotizarse y termina arrojando vómitos negros y sanguinolentos en el baño del avión. El hedor pútrido del tejido en descomposición es confundido por el resto del pasaje con el pañal sucio de un bebé.

En teoría, aún habría tiempo de poner el avión en cuarentena al aterrizar. En Washington están al tanto del accidente en Vector gracias a los satélites de reconocimiento, que detectaron la explosión minutos después de producirse. El presidente solo tarda once horas en convocar una reunión nocturna de emergencia con su comité principal. Esta relativa rapidez es fruto de la lección aprendida tras la pandemia de COVID-19: las autoridades sanitarias se han jurado no repetir los errores del pasado y la situación actual es potencialmente más grave. Como señala la directora de la CIA en el libro: «Teniendo en cuenta el inventario de Vector, podríamos estar ante un escenario mucho peor que el de Wuhan».

La contención es prioritaria. El secretario de Defensa propone un ataque nuclear preventivo, pero el equipo concluye que la aniquilación atómica apenas supera en ventajas a una nueva pandemia. Por su parte, el gobierno ruso no muestra la misma preocupación y no responde a los mensajes urgentes de la embajada estadounidense, limitándose a asegurar a su población que el incidente no representa peligro alguno.

El discurso oficial de Rusia se mantiene hasta que empiezan a morir los primeros lugareños. Es entonces cuando el Kremlin cambia de versión y culpa de las muertes a las marmotas, animales que pueden transmitir la peste y cuya carne y vísceras se consumen de forma clandestina en Siberia por sus supuestas propiedades medicinales. Este giro argumental evoca un hecho real ocurrido en 1979, cuando docenas de personas murieron cerca de otro laboratorio soviético por la liberación accidental de ántrax en aerosol y las muertes se atribuyeron a «un cargamento de carne contaminada vendida en el mercado negro». En el libro de Jacobsen, no obstante, las autoridades estadounidenses no solo desconfían de la explicación por los antecedentes de engaño, sino por una razón más simple: es finales de primavera y las marmotas están hibernando.

En menos de tres días, el brote alcanza la República Dominicana, desde donde una multitud desesperada intenta huir por mar solo para ser frenada con fuerza letal por el ejército estadounidense. Pero la enfermedad ya ha cruzado las fronteras. Cerca de una zona marginal de Los Ángeles, personas sin hogar y enfermos empiezan a llegar a las urgencias médicas expulsando un esputo espumoso. El personal sanitario no está preparado para diagnosticar el primer brote de peste en la ciudad en cien años.

La escena apocalíptica se transforma rápidamente en algo digno de una película de zombis o un videojuego de acción: la policía antidisturbios dispara presa del pánico contra multitudes ensangrentadas y fuera de sí; las víctimas sospechan que son objeto de algún plan macabro de control poblacional; y estas teorías de la conspiración son amplificadas al instante con imágenes escalofriantes por generadores de contenido en internet. Algunos vecinos toman las armas para abatir a personas sin hogar en plena calle. La respuesta automática ante una crisis de salud pública —enviar equipos médicos y policiales a primera línea— solo consigue eliminar a las mismas personas encargadas de mitigar la catástrofe.

Hasta este punto, Guerra biológica parece una versión mucho más escabrosa de la historia reciente. A partir de ahí, la narrativa pasa del montaje cinematográfico a pie de calle al cálculo administrativo. La reserva nacional de antibióticos se raciona entre centros de distribución locales. Las instrucciones de recogida se comunican de forma discreta a sanitarios, militares, políticos y policías, pero la información se filtra y los depósitos médicos son asaltados por civiles armados que intentan salvar la vida.

Para escribir el libro, Jacobsen entrevistó al exlíder de la mayoría del Senado, Tom Daschle, quien describió lo dantesco de una emergencia así: «Gente capaz de cometer actos inhumanos con tal de sobrevivir». Las órdenes de cuarentena desembocan en una insubordinación generalizada y el gobierno decreta el estado de sitio. El presidente termina por cortar el acceso a internet.

En las instalaciones subterráneas de la agencia de emergencias (FEMA) y en el Pentágono, los modelos informáticos indican que casi la totalidad de la población estadounidense se habrá infectado en menos de seis días, con la única excepción de quienes dispongan de trajes de protección biológica o vivan en un aislamiento extremo. Durante lo peor de la pandemia de COVID-19, señala Jacobsen, la mortalidad rondaba el uno por ciento. Si las cifras del portavoz ruso son fiables, la tasa de mortalidad de esta «neumonía bacteriana atípica» se prevé veinticinco veces superior.

El presidente y los altos cargos son trasladados a ubicaciones secretas y se activa el protocolo confidencial para garantizar la continuidad del gobierno. La administración entra en modo de supervivencia pura: solo hay antibióticos para unos pocos millones de personas, por lo que las autoridades se ven obligadas a dar por perdidas a ochenta millones de almas.

Sin embargo, las premisas de los modelos informáticos resultan ser erróneas. La eficacia de los antibióticos no solo es nula, sino contraproducente: administrarlos activa el segundo patógeno oculto en el virus, la trampa oculta de esta «arma quimérica». En el genoma de la peste se han introducido genes de encefalitis equina, que causa síntomas neurológicos agudos. De este modo, lo que parecía la cura convierte una infección tratable en una sentencia de muerte que destruye por completo la confianza en la medicina. La tasa de mortalidad prevista del veinticinco por ciento se queda corta por un factor de cuatro. Solo un puñado de sobrevivientes saldrá adelante, y únicamente si se mantiene en aislamiento absoluto o provisto de trajes de aislamiento biológico.

A lo largo de la obra, Jacobsen insiste en que su planteamiento se basa en hechos científicos y no en mera ciencia ficción. Ha tomado acontecimientos reales y los ha retocado lo justo para que el escenario parezca no solo concebible, sino inevitable. Salvo por algún detalle discutible —afirma, por ejemplo, que los rusos lograron crear un «arma quimérica» plenamente operativa, algo no probado—, recopila suficientes evidencias del pasado reciente como para proyectar un futuro verdaderamente inquietante.

Sin embargo, hacia el final del libro, su rigor metodológico acaba actuando como una cortapisa creativa. Al comparar el panorama estadounidense tras la plaga con el Afganistán de 2012 —lleno de instalaciones militares fortificadas en los centros urbanos y soldados patrullando de forma permanente—, la analogía resulta paradójicamente anticlimática y casi reconfortante. Un desenlace sobrio es el precio a pagar en un libro que busca ser rigurosamente realista sobre lo inconcebible: el problema de lo inédito es que carece de precedentes a los que agarrarse.

El recurso del «escenario hipotético» está de moda. El libro anterior de Jacobsen exploraba las consecuencias de una guerra nuclear en la que casi toda la humanidad perecía. El ámbito donde más abundan estas proyecciones es el del desarrollo de la inteligencia artificial. El año pasado, un grupo de analistas publicó IA 2027, un escenario en el que, de nuevo, la práctica totalidad de la población acababa muerta; hace unas semanas entregaron una visión algo más optimista. En junio, un equipo de investigadores europeos dio a conocer Europa 2031, un planteamiento donde la civilización entre los Urales y el Atlántico queda funcionalmente extinta.

Jacobsen apenas dedica unas líneas al riesgo de la inteligencia artificial al final de su obra, señalando que las armas biológicas que describe, antes reservadas a programas estatales secretos, ahora pueden ser diseñadas por personas con conocimientos básicos mediante herramientas accesibles, incluidas plataformas impulsadas por IA. A aun así, resulta difícil leer sobre cualquier amenaza existencial sin pensar en el debate actual sobre la inteligencia artificial. Quizás esa fuera la intención. El prólogo de Guerra biológica concluye advirtiendo que un germen ultra virulento e incurable «podría ser la última invención del ser humano en el siglo XXI», cita que en las notas a pie de página se atribuye al filósofo Nick Bostrom.

En Silicon Valley existe la creencia muy extendida de que la llegada de una IA avanzada —primero como inteligencia general y luego como superinteligencia— representará el gran punto de inflexión de nuestra especie, una noción popularizada por Bostrom. En los últimos tiempos se ha consolidado la idea de que la vida, de continuar existiendo, pasará a ser algo irreconocible. Esta convicción adopta distintas formas: los acelera cionistas aguardan un paraíso terrenal, mientras que los más pesimistas coinciden con el título del reciente libro de Eliezer Yudkowsky sobre la superinteligencia: Si alguien la construye, todos moriremos.

Fuera del ámbito tecnológico suele predominar el escepticismo ante tales profecías, considerándolas poco serias. Hay quienes descartan planteamientos como IA 2027 por parecerles disparatados, mientras que otros articulan una postura más meditada: la característica principal de la historia es su sólida continuidad. Determinadas cosas cambian de forma gradual —la electricidad, los antibióticos, la democracia—, pero el futuro tiende a parecerse en gran medida al pasado. Apostar a que «esta vez será diferente» suele ser una mala jugada, pues el mundo nunca ha demostrado una capacidad de transformación radical de la noche a la mañana. La sociedad simplemente sale adelante como puede.

La mayoría de las veces parece sensato adoptar esa postura sobria. No obstante, hay una diferencia entre asumir que ciertas predicciones son erróneas y darlas por ridículas. En los años noventa, cuando revistas como Wired parecian boletines del futuro, la actitud de moda era el optimismo tecnológico. Hoy ocurre lo contrario: entusiasmarse en exceso por las novedades tecnológicas está mal visto. Recurrir a un argumento deductivo sobre el futuro —donde el sol siempre sale porque siempre ha salido— se ha convertido en una señal de madurez intelectual. Se proyecta la imagen de alguien capaz de ver más allá del alarmismo, frente a quienes se consideran elegidos para presenciar una singularidad histórica.

El fallo de esta postura escéptica radica en que ya ha decidido de antemano qué cuenta como prueba histórica o «clase de referencia». Si se limita el marco de análisis a «profecías que anticiparon con éxito la salvación o extunción global de la humanidad», es fácil concluir que todas han resultado absurdas. Sin embargo, se puede rebatir que esa selección de ejemplos está sesgada. Se dejan fuera eventos como la extinción de los dinosaurios o catástrofes históricas documentadas: en el libro Apocalipsis, la periodista científica Lizzie Wade recurre a hallazgos arqueológicos para describir cómo nuestra especie ha sobrevivido a varios «fines del mundo». Doggerland, una próspera región de la Europa paleolítica, se hundió bajo el mar del Norte; la subida drástica de las temperaturas hace 4.200 años provocó el colapso de la civilización del valle del Indo; y la llegada de los conquistadores fue una experiencia apocalíptica para los aztecas. Aunque la humanidad logró salir adelante, estos ejemplos demuestran que pueden darse rupturas históricas absolutas sin necesidad de llegar a la extinción total.

Estos antecedentes demuestran que han ocurrido catástrofes a gran escala y que podrían volver a repetirse. Sin embargo, existe el peligro de sacar la lección equivocada: si solo nos preocupamos por lo que ya ha sucedido en el pasado, descartaremos amenazas inéditas por el mero hecho de no haberlas experimentado antes. Y en ese caso, bastará con equivocarse una sola vez para que sea la última. La premisa de que el futuro se parecerá al pasado porque siempre ha sido así seguirá siendo válida hasta el día en que deje de serlo.

Por ello, no queda más remedio que recurrir a la simulación de escenarios. El planteamiento de Guerra biológica aporta una perspectiva fundamental: a pesar de las grandes plagas de la historia, la humanidad siempre ha logrado salir adelante. El libro de Jacobsen ofrece un argumento convincente de lo contrario, construyendo una cronología en la que, por primera y última vez, no logramos superar la crisis. Su análisis no trata solo de armas biológicas; sirve también para hacer reflexionar a quienes descartan cualquier debate sobre riesgos existenciales como si fuera una simple fábula apocalíptica.

Al mismo tiempo, la obra deja una lección para quienes se dedican a hacer predicciones radicales: tal vez no estén pensando de forma lo suficientemente audaz. El libro resulta espeluznante e inerte a la vez. Jacobsen reúne antecedentes sólidos para describir una catástrofe sin precedentes y logra probar su punto de vista, lo que tal vez contribuya a generar consenso sobre la necesidad de abolir las armas biológicas. No obstante, una de las razones por las que muchos descartan las predicciones apocalípticas sobre la inteligencia artificial es que a menudo parecen argumentadas hacia atrás, partiendo de una conclusión prefijada. Resultarían más convincentes si fueran más abiertas e imaginativas. Las civilizaciones descritas en el libro de Wade no colapsaron según los pasajes oscuros de sus propias escrituras, como imaginaba su gente; sus destinos fueron mucho más imprevisibles.

En su mejor dimensión, Guerra biológica habla de lo que ocurre cuando se carece de la determinación para tomarse la planificación de escenarios con la gravedad que merece. Durante décadas, el gobierno estadounidense ha realizado simulacros para preparar la respuesta ante catástrofes como la que contempla Jacobsen. A finales de los noventa, la cúpula de seguridad nacional llevó a cabo un simulacro interagencias llamado TOPOFF 2000, que incluía la dispersión de peste neumónica por parte de un grupo terrorista en Denver. El ejercicio se interrumpió tras evaluar solo cuatro generaciones de infección, no porque se hubiera dado con un plan de acción, sino porque las implicaciones eran tan pavorosas que los funcionarios simplemente se rindieron. En 2001, la base aérea de Andrews acogió una simulación similar llamada Dark Winter, en la que se planteaba la liberación de viruela en tres ciudades estadounidenses. En el ejercicio, los miembros del gabinete reservaban casi una quinta parte de las vacunas para sí mismos, desatando saqueos y disturbios violentos. La prueba concluyó abruptamente justo cuando se iba a declarar la ley marcial.

Nuestras herramientas, concluye Jacobsen, avanza más rápido que las normas que las regulan, y en ese vacío habita el peligro existencial. El objetivo no es sembrar el pánico, sino ejercer presión para actuar antes de desencadenar algo irreversible. Guerra biológica es una denuncia contra los programas de armamento que han creado esta realidad incómoda y contra la falta de visión de quienes los permiten. Pero es, sobre todo, una severa crítica a nuestra propia falta de imaginación.

Fernando de Arenas