Difícil decisión ante una pregunta que, lejos de resumir un estado de desvarío transitorio, alberga la esencia de uno de los mejores escritores de finales del siglo XX y comienzos del XXI. No es elegía, no es égloga, ni siquiera se trata de un homenaje a quién el que escribe podría estar loando décadas. Tan solo se trata de una sencilla pregunta, una pregunta que esconde mucho más de lo que muestra.

En Zapatos italianos, Mankell hace un grandioso alegato a la soledad, pero nos sorprende haciéndolo desde el reencuentro, qué ironía. Las islas de un archipiélago irreal pero construido con las piedras de alguno de los que rodean la península escandinava, sirven de telón de fondo para que el protagonista, un anciano doctor sueco, nos cuente su vida a través de su relación con personajes a los que creía olvidados e incluso de aquellos cuya existencia desconocía. La rutina da paso a la aventura, y lo hace en forma de viaje nostálgico y compasivo, el último deseo de aquella mujer, hoy anciana, a quién traicionó al tiempo que se traicionaba a sí mismo, una petición que no puede e incluso puede que no quiera rechazar pues la soledad en la que vive amenaza con desordenar su subconsciente, batalla en la que no se puede permitir perder a pesar de avanzar voluntariamente a primera línea de fuego. Pero ¿zapatos italianos? Verdaderamente es original el modo en el que aparecen estos pares de maravillas fabricadas con cuero por uno de los artistas más efímeros e impresionantes que pueden salir de la imaginación de un genio pues, indiscutiblemente, la imaginación, elíptica, lo llena todo y el recuerdo del bondadoso y hasta extravagante zapatero italiano nos acompañará hasta el fin de la historia e incluso su recuerdo permanecerá vivo cuando un par de botas suecas quieran asumir un protagonismo aún más distópico.

Mankell describe como nadie los blancos matices del invierno sueco y reivindica su labor de paisajista experto cuando los hielos ceden su protagonismo al frío luminoso de la primavera y de la estación estival. También es maestro en controlar los tiempos y consigue involucrarnos en sus historias, para que empaticemos u odiemos a los personajes que nos presenta, de ese modo nos concede el privilegio de ser jueces de aquellas criaturas que moldea a su antojo para nuestro regocijo o desesperación.

Una laguna negra escondida en los remotos bosques de la Suecia profunda, el camino en busca de sí mismo, de los orígenes y de la felicidad cortada de raíz, y el reencuentro con la vida y el estímulo de una vida diferente enlazan  con un  futuro desconocido que se reserva el autor para una segunda entrega, la misma en que las botas de lluvia de fabricación sueca asumen el protagonismo en forma de ausencia hasta la resolución de la trama.

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Mankell publica póstumamente Botas de lluvia suecas pero sabemos que dejó bien atada la trama para que alcanzáramos la última línea sabiendo que su sello estaría presente hasta en la última palabra. No podremos preguntarle acerca de los interrogantes que inteligentemente distribuye en la trama pero nos dará las pistas necesarias para que seamos los lectores los que los resolvamos. En esta ocasión cambia la sorpresa presente siempre en Zapatos italianos por el suspense que rodea una concatenación de incendios que pueblan la trama de esta segunda novela, novela en la que podríamos perfectamente imaginarnos al eterno inspector Wallander haciendo de las suyas.

Y en medio de todo, Jansson, un cartero que en vez de jubilarse decide seguir sirviendo a los habitantes del inhóspito archipiélago repartiendo el correo, cartas anónimas que quizás lea con el fin de conocer mejor a sus distantes vecinos, otra vía para abandonar la soledad que también lo abraza y lo sume en el letargo.

Zapatos italianos y Botas de lluvia suecas son dos espléndidas novelas de obligada lectura en las que se aprende a sentir e incluso a escribir. Son dos excusas para narrar como solo Mankell supo hacerlo, dos invitaciones a vivir vidas ajenas, dos manos que nos tienden para preguntarnos sobre el sentido de la vida, el poder del tiempo y su tiranía con nuestras vidas pero también es un canto a la esperanza, quizás la virtud, el anhelo al que debemos aferrarnos para no caer en la desesperación.

Es hora de contestar a la pregunta inicialmente planteada. Muchos optarán por tomar esos  zapatos italianos únicos en su especie y se sentirán especiales al calzarlos, como lo hacían todos los que tenían la suerte de adquirir el único par que el artesano elaboraba cada año pero todos podremos encargar un par de botas de lluvias suecas en las que sortearemos o no cada charco que encontremos en el camino y saldremos indemnes de las salpicaduras que pudieran surgir. Solo es cuestión de esperar a que un par de cualquiera de ellos caiga en nuestras manos.

Francisco Javier Torres Gómez