Es muy probable que los espectadores que no hayan leído a Homero sean quienes más disfruten de La Odisea, la nueva adaptación cinematográfica de Christopher Nolan. Y no por la razón obvia de que se hayan omitido pasajes —adaptar cualquier obra literaria extensa a la gran pantalla implica, inevitablemente, recortar y condensar—, sino por una ausencia mucho más profunda: la de los dioses. En el poema original, la primera escena muestra un consejo en el palacio de Zeus, en el monte Olimpo, donde las divinidades debaten el destino de Odiseo. En la película de Nolan, los personajes mencionan a los dioses, pero no hay debates divinos en las alturas. De hecho, la única figura del panteón griego clásico que aparece en pantalla es Atenea (interpretada por Zendaya), quien observa la acción de manera intermitente.

En su lugar, Nolan despliega un drama estrictamente humano. Al comenzar el filme, Odiseo (Matt Damon), líder de las fuerzas griegas en la guerra de Troya, lleva unos veinte años lejos de su patria, Ítaca: diez en combate y otros diez vagando sin rumbo. Mientras él se retrasa debido a una serie de encuentros y obstáculos —que van desde la seducción de Calipso hasta la furia del Cíclope antropófago—, su esposa, Penélope (Anne Hathaway), intenta esquivar el acoso de decenas de nobles itacenses. Estos pretenden obligarla a casarse con uno de ellos y, mientras esperan, consumen sin control los víveres y el vino de la casa real. Su hijo, Telémaco (Tom Holland), que era solo un bebé cuando su padre partió a la guerra, es ya un joven decidido a expulsar a los pretendientes, articulando una clásica trama de maduración. Cuando Odiseo logra regresar a casa, padre e hijo unen fuerzas para luchar contra los usurpadores. Contada de esta manera, con la intervención divina reducida al mínimo, la historia se mantiene como una apasionante aventura llena de pasión, terror, ternura y asombro. Sin embargo, carece de la fascinación particular que transmite la lectura de Homero: esa sensación del abismo que separa la mentalidad moderna de la época del Bronce. Homero retrata un mundo extraño e inquietante, donde la existencia humana está a merced de las deliberaciones y caprichos de unos dioses con sus propias motivaciones. Al eliminar esta continuidad entre lo natural y lo sobrenatural, Nolan prescinde de gran parte de lo que hace tan singular a la era homérica, incluida la atmósfera de lo divino y su particular código moral.

Nolan aborda el relato con un enfoque sobrio y casi naturalista, bastante atenuado. En lugar de sumergir al público en la psicología de la antigua Grecia, el director prefiere simplificar: la violencia se vuelve genérica, con escenas de batalla de corte rápido que apenas sugieren muertes cruentas; los sacrificios son asépticos y breves; la venganza resulta limpia y sin el horror original; las lágrimas caen con calculada precisión por una sola mejilla, y el dolor se expresa a través del silencio estoico típico del valor militar moderno. Aun así, Nolan defiende su visión —por más comercial y anacrónica que resulte— con una firmeza arrolladora y una claridad impecable. Los diálogos, concisos y de corte contemporáneo, permiten que su destacado reparto se mueva en su zona de confort, transformando a personajes antiguos y de una complejidad fascinante en figuras nítidas y rotundas. Como Penélope, Anne Hathaway despliega una mirada penetrante a la altura del personaje; incluso rescata un gesto sublime del Hollywood clásico cuando, al decirle a Telémaco que aún no es lo suficientemente hombre para una gran batalla, desvía un segundo la mirada con burla desde sus ojos hacia su cuerpo. Jon Bernthal le otorga a Menelao, rey de Esparta, un acento urbano decididamente moderno. Como Helena, casada a regañadientes con él y cuyo secuestro desencadenó la guerra, Lupita Nyong’o alcanza una intensidad serena al lamentar que se la utilice como pretexto para la muerte y la destrucción. En el papel de Eumeo, el porquerizo esclavizado leal a Odiseo y protector de Telémaco, John Leguizamo derrocha sabiduría y elegancia ruda, mostrando una nobleza interior que contrasta con la codicia de los pretendientes. Por su parte, la interpretación firme de Samantha Morton como Circe casi logra justificar el giro del guion, que transforma a la seductora de voz melodiosa de Homero en una crítica moralista que afirma haber convertido a los hombres de Odiseo en cerdos simplemente porque comían como tales.


El actor cuya interpretación está más ligada a la visión del director es Matt Damon en el papel de Odiseo. El personaje homérico, célebre por su astucia y sus artimañas, se presenta aquí como alguien directo y austero: un táctico práctico y parco, en lugar de un estratega brillante y moralmente ambiguo. Aunque el papel exigía una actuación muscular a la vez que voluble y enérgica, Damon sigue la premisa de Nolan y compone a un Odiseo impasible y atormentado.


¿Y cuál es la carga que arrastra este héroe? Para definir sus conflictos y su carácter, Nolan amplía audazmente pasajes que en la Odisea solo se mencionan de pasada y los convierte en escenas clave. La principal es la del caballo de Troya y el papel de Odiseo al idear la estratagema, que para Nolan se convierte en el eje central de la historia, moldeando la personalidad del protagonista y marcando el rumbo de su vida durante su periplo. Los troyanos meten el caballo en su ciudad sin dudarlo, creyendo que es una ofrenda religiosa, solo para que un puñado de soldados griegos ocultos en su interior, liderados por Odiseo, abran las puertas a una horda que devasta Troya.


La película retrata a un Odiseo consumido por la culpa por este engaño; al convertir un supuesto regalo en un arma mortal, siente que ha violado la ley sagrada de la hospitalidad impuesta por Zeus. También se sugiere que padece estrés postraumático, y que sus años de vagabundeo responden a su incapacidad para reintegrarse a la vida civil tras el combate. Tras retenerlo durante siete años como un amante prácticamente cautivo y adormecido por el loto, Calipso le confiesa que lo hizo para sanarlo: «Aún no estabas listo para volver a casa».

Psicoanalizar a Odiseo de este modo dota a La Odisea de una modernidad fácil de digerir —sugiriendo que los antiguos griegos eran justo como nosotros—, pero lo hace a costa de sacrificar la riqueza de detalles y la complejidad social que hacen que leer a Homero sea una experiencia tan viva. Además, suavizar la crueldad del relato va más allá de la mera censura: es un esfuerzo por redimir a Odiseo ante los ojos del espectador actual, presentándolo como una figura tan simpática como trágica. En la cinta no hay espacio para el Odiseo que, en el Libro IX del poema, cuenta con frialdad a uno de sus anfitriones una parada previa en su viaje: «Saqueé la ciudad y maté a los hombres. Nos repartimos a sus mujeres y sus riquezas por igual». Sin desvelar el final de la película, cabe decir que no es el del poema, resultando audaz, de gran alcance y con conciencia social, aunque en última instancia no del todo desarrollado.


Como director, Nolan parece haber prestado mucha más atención al argumento, los diálogos, las actuaciones y el vestuario que a la factura visual con la que presenta la historia. En su mayor parte, la composición de los planos muestra la acción de forma neutra, con escaso sentido del estilo o de la textura que sugiera una propuesta estética definida. Nolan aportó una intensidad visual mucho mayor a relatos de ciencia ficción como Tenet o Origen, pero resulta revelador que el mundo construido en aquellas películas mantuviera una continuidad cultural con el presente. Por el contrario, el realismo sobrio de La Odisea parece inseparable de su empeño por racionalizar una sensibilidad antigua que es, en esencia, irreductible.


Al ver la película de Nolan, no pude evitar recordar con admiración dos obras de Pier Paolo Pasolini sobre la antigua Grecia: Edipo rey (1967) y Medea (1969). En ambas, la sobrecogedora crueldad de la era clásica se corresponde con una sublimidad audiovisual que refleja la poesía de las tragedias originales de Sófocles y Eurípides. El énfasis de Pasolini en la violencia y el misterio de la Edad del Bronce se extiende a elaboradas representaciones de rituales religiosos —incluidos sacrificios humanos— que resultan tan coreográficas como antropológicas. Nolan, en cambio, impulsado por la contención de la moral moderna, termina por volver prosaico un poema épico.

Antonio Delgado