“Ici, J’ai bu le sang des rois”.

Jean Cocteau.

 

El hijo de un Dios, cuando se estaba despidiendo de sus discípulos, tuvo el detalle de santificar el vino. Era una acción de gracia. La consagración obró el milagro de la transubstanciación y el vino se hizo sangre. Misterios de la fe, que no es bueno subestimar el poder de las creencias. En la Edad Media, por ejemplo, la gente pensaba que los monarcas tenían poderes taumatúrgicos. Obsesionados con su legitimidad, los reyes maquillaron sus genealogías para darse un halo de divinidad y acabaron por hacer entender que podían curar con una mera imposición de manos. Luego la leyenda fue creciendo sola. Pero a la Historia, a veces, le falta poesía. A Marc Bloch y a Cocteau les separa la distancia infinita entre un campo de concentración de Saint Didier-de-Formans y el bello Fontainebleau. Eso y una visita a las bodegas de González Byass, donde el poeta puso palabras al misterio que el historiador había desvelado: “Aquí he bebido la sangre de los reyes”.

Pese al leve toque francés, la tradición de González Byass es elegantemente británica. El capital de Mister Robert Blake Byass dejó su impronta junto al apellido del padre fundador, Manuel María González Ángel, para formar la primera registrada de España. Los lazos, sin embargo, no pasaron del vino a la sangre. Los González consideraban a los Byass poco agraciados y no llegó a consumarse la unión con lazos familiares. Sabiduría popular. El amor casa mal con la empresa.

Pasaron los años y, sin parientes comunes de por medio, los Byass decidieron traspasar su parte el negocio, comprada casi en su totalidad por los propios González. Era 1988. Se marchaban las libras aunque quedaba el espíritu british. La tradición y la modernidad, las dos características que definen a Gran Bretaña según la audio-guía de la Apsley House, continúan uniéndose hoy en cada una de las botas de esta bodega. El caldo nuevo se mezcla con el viejo en un rito de constante renovación. Cambiar para seguir siendo. Y por acumular más ser, honrar al pasado. Las rúbricas más importantes de los últimos 170 años están reunidas en este Westminster apócrifo, un verdadero panteón de la excelencia. Las bodegas “Los Reyes” y “La Constancia” esbozan, a través de sus firmas, el talento de personalidades tan distintas como Lola Flores, Hugh Thomas, Joan Manuel Serrat, Leopoldo Alas Clarín, Pablo Picasso, Steven Spielberg, Curro Romero o Fernando Alonso. Sin distinciones. Todos iguales y unidos por la trascendencia de sus obras. La memoria entendida como motivo de orgullo común y herencia a respetar. Mentalidad británica pura de oliva. O en este caso, de uva.

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El pasado inmortal es prestigio. Como el vino. Como la sangre. Mientras mentes que nunca han levantado nada dictan clases de emprendedorismo de salón, los González sostienen un emporio donde armonizan a la perfección la economía de mercado y la de prestigio. Igual recogen pedidos de las entrañas de las Estancias Vaticanas que venden alcohol en los países musulmanes o preparan vino kósher. El negocio no entiende de credos. Pero sí de calidad: productos exclusivos viajan a los clubs de Pall Mall o a los despachos de los rascacielos de Manhattan. Siempre sin olvidar su tierra, donde riegan la Feria del Caballo con el mítico Tío Pepe. Degustación y cultura frente a usos y costumbres. Un símbolo luminoso en la Puerta del Sol y millones de botellas en todo el mundo. El rioja de moda junto al brandy de toda la vida. Inversiones en investigación para mejorar cultivos y procesos y el rojo sombrero cordobés en la salida de la Vuelta a España.

La magia en los detalles. La escalera que asciende el ratoncillo para dar un sorbo de Pedro Ximénez. El aroma de los ángeles que las rejas destilan al patio. La parra que cubre el cielo de las calles cerradas. Y el gusto. Sabores presos del cristal y la madera, gloria bendita dispuesta a ser descorchada. Privilegios del paladar donde flaquea el verbo. Ni siquiera Cocteau se atrevió a describir cómo sabe la sangre de los reyes.

Francisco Huesa (@currohuesa)