El drama de FX The Bear, que comenzó con el sueño del chef Carmy Berzatto de transformar la bocatería de su difunto hermano en un restaurante de alta cocina, siempre ha tenido presente la precariedad de la hostelería. Sin embargo, en su última temporada, emitida el mes pasado, elevó la presión financiera a niveles inéditos, mostrando a sus personajes desesperados por mantener la solvencia tanto dentro como fuera de los fogones. Reducen el tamaño de las raciones, ajustan el menú con ingredientes más baratos y se empeñan en abrir a pesar de una tubería rota, fallos en la maquinaria y una tormenta feroz, todo en el mismo día. Cuando el mecenas del establecimiento revela una caída drástica en su cartera de inversiones, a la frenética urgencia que siempre ha caracterizado a la serie se le suma la apatía propia de un barco que se hunde. Uno de los cocineros escucha de casualidad al sumiller suplicar por otro empleo por teléfono: «Limpio lo que haga falta, trabajo de noche, lo que sea».

Cuando The Bear se estrenó en 2022, era casi una excepción: una producción de prestigio centrada en los perdedores que luchan por salir a flote, en lugar de en los triunfadores insoportables de la economía. Históricamente, la televisión ha presentado la abundancia como la norma, pero producciones recientes como Succession, The White Lotus o las múltiples imitadoras de Big Little Lies llevaron esa tendencia al extremo, cambiando las casas elegantes de la clase media acomodada por las mansiones frías de las grandes fortunas hereditarias. Durante años, este tipo de ficciones supo encauzar tanto el malestar popular como la fascinación por la riqueza, invitando al espectador a aborrecer a la élite mientras codiciaba sus comodidades de cinco estrellas y sus gorras de cachemir. Con el tiempo, sin embargo, la mirada ácida sobre los ricos y los pobres acabó agotando su fórmula.

Una nueva hornada de series ha sabido tomar el pulso al momento enfocándose en el otro lado de la balanza: la clase media en proceso de empobrecimiento. Títulos como DTF St. Louis, Bronca o The Comeback parecen hechos a la medida de una época marcada por el miedo a la inflación, la crisis de la vivienda y el pesimismo económico. Son, además, de lo mejor que se ha visto en televisión en lo que va de año.

Mientras que la mítica comedia de los noventa Roseanne (que sigue siendo el referente absoluto para las historias de clase trabajadora) trataba las bajas expectativas como un estilo de vida y una fuente de humor autocompasivo, estas nuevas producciones adoptan la perspectiva de quienes están convencidos de que merecen más y de que, en un sistema más justo, podrían tenerlo. Aunque se centran en la clase media que se hunde, retratan una vivencia casi universal: el coste emocional de habitar un mundo que no funciona.

El drama de HBO DTF St. Louis, sobre el vínculo singularmente tierno entre dos hombres de periferia, capta de forma magistral cómo la precariedad económica puede deformar las relaciones humanas. Clark Forrest es el meteorólogo de una televisión local que acaba absorbido por los problemas de su nuevo amigo Floyd Smernitch, el intérprete de lengua de signos del canal. Floyd ya no siente atracción por su esposa, le cuesta conectar con su hijastro adolescente y debe decenas de miles de dólares en impuestos, una acumulación de tensiones que está minando su salud. Aun así, Clark está convencido de que Floyd es alguien extraordinario. Una noche, los dos amigos se quedan en ropa interior, bailan juntos y se dedican cumplidos sobre sus cuerpos.

Pocas horas después, Floyd aparece muerto. Aunque DTF St. Louis se articula como un misterio policial, lo verdaderamente fascinante es su retrato de una vida ahogada por las deudas. La economía de los Smernitch es tan precaria que, cuando Floyd compra un juego de mesa de diecisiete dólares en una tienda de aficiones, pide dividir el pago entre dos tarjetas distintas. Él y su esposa, Carol, reciben un acoso constante de llamadas y cartas de acreedores que les recuerdan a diario su incapacidad para volver a empezar de cero. La amenaza del embargo de su casa pende sobre ellos como una espada de Damocles. Floyd le confiesa a Clark que las deudas le han dejado un «corazón de pájaro» desbocado y que le encantaría «volver a tener corazón de hombre». Sin embargo, con tan poco margen, la deuda no deja de crecer.

Como es lógico, el matrimonio resiente el impacto. Después de que Carol, auxiliar contable, acepte un segundo trabajo como árbitra deportiva, la vida sexual de la pareja desaparece; Floyd no puede dejar de imaginársela con el voluminoso equipo de protección, símbolo evidente de su propia incapacidad para mantener el hogar. Carol se siente a la vez fascinada y frustrada por la ingenuidad y el altruismo de su marido, virtudes que lo llevaron a una profesión poco remunerada como la de intérprete. Por mucho que adore esa ternura, se ve obligada a endurecerse para mantener a flote a la familia. No es extraño que inicie un romance con Clark, quien en su primer encuentro se presenta como un empresario hábil. Tampoco ayuda que el dinero pudiera comprar la tranquilidad de la familia, entre otras cosas permitiendo enviar al hijo de Carol —con serias dificultades de autocontrol— a un centro adaptado a sus necesidades.

El desgaste de la vida en pareja a causa de los apuros económicos, algo habitual en la vida real, es curiosamente difícil de ver en la ficción televisiva, quizás porque a los ejecutivos les da reparo confrontar al espectador con realidades demasiado cercanas. Una escena en la que Carol rechaza un par de pendientes que Floyd le regala para destinar ese dinero a pagar las facturas resulta especialmente dura y, al mismo tiempo, muy cercana. La forma en que la serie retrata la vida residencial —casas de planta baja de color beige, citas clandestinas en moteles anodinos y un ambiente familiar asfixiante— resulta de un realismo reconfortante, alejándose de las producciones más deslumbrantes que suelen buscar quienes consumen entretenimiento por pura evasión.

Sin embargo, DTF St. Louis resulta fascinante a su manera a medida que las penurias financieras de los Smernitch se entrelazan con las complejas relaciones que ambos mantienen con Clark. Carol convence a este último para que contrate un seguro de vida a nombre de su marido, una petición inusual fuera del cine negro, aunque no tan alejada de la realidad histórica en la que las mujeres han dependido económicamente de los hombres durante siglos. El posterior ofrecimiento de Clark para pagar la matrícula del colegio privado del hijo es un acto de generosidad más ambiguo. Incluso para Floyd, que ajeno a muchos roles de género tradicionales, el gesto supone una humillación que le recuerda todo a lo que renunció cuando dejó de ser el sustento del hogar. En la serie, los sentimientos evolucionan de forma impredecible, pero el afecto raras veces logra imponerse a la vergüenza.

La desesperación y la impotencia son mucho más explícitas en la segunda temporada de Bronca (Beef), la serie antológica de Netflix sobre rivalidades encarnizadas. El encargado de un club social y su esposa son sorprendidos en medio de una discusión en casa por dos empleados del propio club, quienes graban el intercambio de gritos con el móvil. Se desata entonces un chantaje por el control de las imágenes: los trabajadores ven en el vídeo una oportunidad para exigir mejores salarios, mientras que Josh, el encargado, teme que la difusión del material le cueste el puesto. Sin embargo, gritar a su esposa Lindsay es la menor de sus faltas; para mantener su nivel de vida, Josh ha estado dejando en descubierto la cuenta de su difunta madre y pronto recurre a la malversación de fondos. Cuando le confiesa el plan a su mujer, ella reacciona con un entusiasmo directo; la rabia por haberse quedado sin dinero para divorciarse se disipa en cuanto él le promete que volverán a «encarrilarse».

El club social —un establecimiento repleto de celebridades en Ojai— es un escenario idóneo para la temporada. Se articula sobre la clásica división entre sirvientes y señores, pero sin la rotación constante de clientes propia de The White Lotus. Aquí, la falsa cordialidad y la presencia de socios habituales permiten a Josh y Lindsay imaginarse como amigos o iguales de los clientes ricos. Mientras que otras ficciones con conciencia de clase, como The Wire o La asistenta, se detenían en detallar los fallos del sistema, el enfoque de Bronca ilumina las grietas de las instituciones a través de las patologías individuales que generan. Josh, un optimista obsesionado con la mejora personal, está convencido de que la buena suerte está al caer. Sin embargo, sus intentos de codearse con los socios producen el efecto contrario, como cuando pierde diez mil dólares contra Michael Phelps en una sola partida de póquer. A fin de cuentas, alternar con los ricos le cuesta a Josh mucho más de lo que le aporta.

Aunque la mayoría de la clase media no se reúna con deportistas famosos o productores musicales, esa ilusión de riesgo que padece Josh —pensar que invertir en contactos y gastar por encima de las posibilidades acaba dando frutos de forma inevitable— es una idea que prende con facilidad cuando no existen otras vías de prosperidad. La ceguera resulta dolorosa de ver, pero la verdadera tragedia es que la cercanía a esa riqueza desmedida garantiza la infelicidad de la pareja. Que su estabilidad dependa por completo del éxito económico los aboca al fracaso matrimonial. El recordatorio constante del lugar que ocupan alimenta su ansiedad por el estatus, lo que a su vez desata tempestades en el hogar: una relación levantada sobre expectativas compartidas de futuro que se torna destructiva en cuanto los sueños no se cumplen.

Si Bronca y DTF St. Louis se centran en la tensión financiera en el ámbito de la pareja, la tercera y última temporada de The Comeback adopta una perspectiva más amplia. La serie de HBO arranca con su protagonista, Valerie Cherish, una actriz de comedias de situación venida a menos, recibiendo la oferta de encabezar el reparto de una nueva producción. Tratándose de The Comeback —una sátira de Hollywood donde la protagonista paga cada oportunidad a costa de humillaciones rocambolescas—, hay un inconveniente de peso: el guion de la comedia está escrito por inteligencia artificial. Por insultante que sea el papel, el panorama en la industria no es mucho mejor: el desempleo es generalizado y antiguos compañeros de profesión han tenido que abandonar el sector (Jane, la productora de tele-realidad que la seguía en las dos primeras temporadas, trabaja ahora en un supermercado). Para Valerie, que ha tenido que mudarse de una mansión a un piso más modesto y cambiar sus bolsos de firma por otros más asequibles, la elección se reduce a trabajar en una producción generada por IA o no trabajar en absoluto.

The Comeback dramatiza el coste humano más sutil de la escasez provocada por la tecnología: no solo la eliminación de un sector amplio de empleos estables y amparados por sindicatos, sino la ruptura de las estructuras de colaboración y el sentido de comunidad que los acompañaba. La serie no peca de nostalgia por la industria del pasado, que estaba igualmente repleta de abusos; nadie conoce mejor las dinámicas tóxicas entre guionistas y actrices que la propia Valerie, que en entregas anteriores sufrió el trato de creadores misóginos. Sin embargo, en esta nueva serie la relación humana se ha roto por completo. Los supervisores no tienen incentivos para mejorar los diálogos que escupe la máquina, ya que hacerlo equivaldría a entrenar al sistema que está diseñado para reemplazarlos. Ni ellos ni la tecnología son capaces de lograr la magia que sostuvo a las comedias tradicionales durante décadas: la observación de los actores por parte de los guionistas para escribir en función de sus fortalezas.

Mientras el debate sobre la inteligencia artificial suele centrarse en la pérdida de puestos de trabajo, The Comeback explora lo que significa vivir y trabajar en medio de la desconfianza, la rabia y la incertidumbre resultantes. A Valerie le piden que se posicione públicamente contra su propia serie por dignidad profesional, un gesto noble sobre el papel pero que pone en riesgo el sueldo de doscientas personas del equipo técnico. Cuando estos descubren que han sido engañados para trabajar en una producción generada por IA, la moral se desploma. Y no son las únicas víctimas de las trampas contractuales: al final, la plataforma de streaming termina reemplazando tanto a Valerie como a sus compañeros por réplicas digitales de sí mismos.

The Comeback es una parodia escrita desde dentro: la serie está co-creada y protagonizada por Lisa Kudrow (mítica por su papel en Friends), quien conoce de primera mano el exigente trabajo de hacer reír y los altibajos en la carrera de un actor. Sin embargo, esta temporada resulta mucho más ambiciosa que las anteriores, al advertir sobre el deterioro personal y profesional que aguarda en un futuro laboral cada vez más precario. Valerie, superviviente nata, encontrará sin duda la forma de mantenerse a flote aunque Hollywood se hunda en un apocalipsis tecnológico. Sin embargo, el pesimismo generalizado queda perfectamente resumido en la resignación con la que Lindsay, la esposa de Josh en Bronca, se toma la píldora anticonceptiva: aunque la pareja ha hablado a menudo de tener hijos, ha optado por ser cauta ante las circunstancias. En una época de estancamiento, nunca parece ser el momento adecuado.

Carmen Martí