En los últimos años hemos experimentado un cierto boom de series de televisión de una calidad creciente. Si bien, es cierto que esto viene dado por un aumento del presupuesto televisivo, un cambio en los hábitos de consumo, el cable, etc. Asimismo, dado que se producen un sinnúmero de series, es normal que de entre tantas salga alguna buena. En cualquier caso, no es lo que nos ocupa ahora mismo, sino las cabeceras de las series.

La cabecera es algo de extrema importancia. Marca el espíritu de la serie, expresa lo que hay detrás y con frecuencia se convierte en un elemento indisoluble. Inolvidable por ejemplo aquella de M.A.S.H. que nos mostraba a Alan Alda y un lloroso Mike Farrell.


Otras veces estos openings te presentaban tan bien a los personajes y los escenarios que podías apagar la tele porque todo transcurría exactamente como podías esperar. Eso sucede con Hill Street Blues, cuya traducción, a juzgar por los títulos de crédito, no pudo ser más acertada como Canción Triste de Hill Street. Triste la serie era un rato, eso es imposible negarlo.

Célebre también era el comienzo de El Equipo A con su conocida frase “En 1972, cuatro de los mejores hombres del ejército americano que formaban un comando, fueron encarcelados por un delito que no habían cometido, no tardaron en fugarse de la prisión en la que se encontraban recluidos. Hoy, buscados todavía por el gobierno sobreviven como soldados de fortuna. Si tiene usted algún problema y se los encuentra quizás pueda contratarlos…” Lo más grande de la cabecera era esa musiquilla de tono militar paleo-republicana tan típicamente sureña. Parece que esté uno por los campos de Louisiana a punto de toparse con alguno de estos personajes. Era, además, la típica cabecera con personajes hablando sin saber qué decían, salvo en el caso de Mr. T, cuya capacidad para el diálogo lo acercan a otros grandes del discurso como Stallone o Chuck Norris.

De aquella época también son célebres las cabeceras tipo “vidas de ricos y famosos” como las telenovelas Dallas, Dinastía o mi preferida: Falcon Crest. Una sucesión de grandes casones, entornos que harían palidecer las recepciones del embajador que da la Preysler y que sólo llegan al polvo de la Yerbabuena o Ambiciones. El gusto por las tomas aéreas era generalizado en este género, y en el caso de Falcon Crest, ¡qué decir de esa Angela Channing con cara de anciana buena inclinando ligeramente la cabeza! ¡o ese Lorenzo Lamas (aka Rey de las Camas) a caballo como un Cayetano de Alba cualquiera!

También podemos encontrarnos en aquellos tiempos las cabeceras de series de héroes solitarios. La palma se la lleva desde luego El coche fantástico con una cabecera que nos vende primero el coche y luego a David Hasselhoff (uno de los tres actores bautizados por un perro). Con el mismo éxito de ventas ambos, por cierto. Nada más que por decir al principio “El coche fantástico es una trepidante aventura de un hombre que no existe en un mundo lleno de peligros” y llamarlo “cruzado”, ya nos tenía en un puño.

No obstante, imposible superar lo de Chuck Norris en la cabecera de Walker Texas Ranger con ese rostro impávido en el cielo del Apocalipsis y la estrella de sheriff en llamas, incluyendo por supuesto como primera escena su memorable patada voladora.

Los 90 trajeron sin embargo un creciente aumento de la calidad en las cabeceras. La de Twin Peaks, aunque bebe aún del paisajismo ochentero de la etapa anterior, tiene una fuerza cautivadora inenarrable gracias a la música de Badalamenti y al cartel que nos anuncia la entrada al pueblo. Ese contraste entre lo terrible que sabemos que ha pasado y, al mismo tiempo, lo apacible del entorno, suponen uno de los mayores aciertos de la serie…

…sin olvidar lo que luego propuso Expediente X: todo lo contrario. Es difícil no ver ya la cabecera y no sentir un apretón en las nalgas. Extrañas fotos fijas, frases sueltas, algo en movimiento, si hay cabeceras que definen bien una serie sin duda éste es uno de los mejores ejemplos.

Bueno, ése y el de MacGyver, la serie que hace babear a Patty y Selma. Todo el repertorio del muchacho aparece explicitado. Nada más verlo ya sabes que si lo dejas suelto con una navaja suiza el tipo será capaz de acabar con el Ejército de Liberación Vasco. Y esto último es literal.

Más recientemente, muchas cabeceras se han basado más en insinuar mediante planos cortos y rápidos aquello de lo que van a hablar. La mejor serie de todos los tiempos, Los Soprano, tiene sin duda una cabecera acorde a su calidad, mostrándonos una ciudad alejada del glamour con la que la muestran las cabeceras de Sexo en Nueva York o Friends.

Algo parecido, mezcla de elementos rápidos y una música agresiva, es lo que usa la genial cabecera de True Blood, donde la propia canción de Everett es ya de por sí un argumento suficiente para ver la serie. Y si te gustan los vampiros y el sexo (al menos esto último seguro que sí), mucho mejor. Las escenas se suceden mezclando ese mismo cócktail que tiene la serie de sexualidad explícita pero reprimida en un entorno sureño. Resulta inquietante pero, como el sexo prohibido, terriblemente atractiva.

El mismo estilo anterior aparece en Californication. Con diversas variaciones a lo largo de las temporadas, la cabecera de esta serie es una rápida sucesión de imágenes instagrameadas que muestran la decadencia de Hank Moody. Rápida, como se pasan los capítulos o como el sexo que se practica en la serie. Curiosamente, sus cabeceras son menos sugerentes que en otros casos, teniendo en cuenta lo que llegan a enseñar algunos capítulos.

También una de las mejores que podemos encontrar es desde luego la de Breaking Bad, con una música de fondo que refleja el entorno en el que se mueve la serie, y el humo de las preparaciones químicas evidenciado en la tabla periódica de la cual van saliendo los nombres de los actores.

En este sentido, puede verse que las cabeceras han ganado en espectacularidad y en sugerencia. Se han convertido en un verdadero resumen de la serie. En Dexter podemos observar escenas que sugieren elementos de asesinato pero que, como le sucede al personaje, no son más que eso ya que ocultan la auténtica verdad. Es sin duda una cabecera para disfrutar en sí misma.

Aunque muchas otras se pueden quedar atrás, por ejemplo esa cabecera neumática de Los vigilantes de la playa, la indescriptible de Corrupción en Miami, o la magnífica de Mad Men que muestra de forma minimalista aquello que encarna Don Drapper, este recorrido acaba necesariamente con una de las que ha pasado ya a la historia como una de las cabeceras más memorables. Se trata de Juego de Tronos. Sin palabras.

Aarón Reyes