Hace algún tiempo leí un interesante artículo titulado “Quemar libros, qué extraño placer”, que reflexionaba sobre el hecho de que las comunidades humanas consideran el pensamiento y las reflexiones de otras comunidades diferentes poco menos que como algo pecaminoso, susceptible de ser purificado, o cuando menos, destruido (a veces, purificar y destruir viene a ser más o menos los mismo).

Hace poco, al ver las imágenes de la actuación de los seguidores del Estado Islámico en el museo de Mosul, no pude menos que sentarme a reflexionar. Y me vino a la mente el dichoso artículo, ya que, desde un punto de vista cultural o ideológico, lo mismo da quemar un libro que destrozar una estatua. El resultado final es la purificación ideológica, la extirpación de algo que está ahí y es repugnante desde el punto de vista de una comunidad determinada.

Y como no hay nadie que me lo impida, me lo cargo, porque:

  • Para mí no significa nada
  • Hago un favor a mi comunidad
  • Limpio mi entorno
  • Borro una memoria incómoda

Este comportamiento no es privativo de los modernos yihadistas, como parecen dar a entender los medios actuales, sino que goza de amplio predicamento en multitud de áreas del mundo, ya que forma parte, por así decirlo, del “programa” que toda comunidad humana lleva taladrada en sus genes.

Es más, en el Próximo Oriente asiático, la destrucción sistemática de cualquier vestigio histórico-artístico considerado obra del “enemigo”[1], es casi un deporte nacional que arranca desde la Edad del Bronce, si no antes.

LOS ASIRIOS Y SUS COSAS

Como pudimos ver en los ya mencionados vídeos, una turba de señores con barba destruía con furia una serie de obras artísticas depositadas en el museo de Mosul. Podemos anticipar, con cierta malevolencia, que si fuesen de cierto mérito artístico, ya llevarían casi una década en algún museo o colección privada norteamericana.

Pues bien, la escena de barbudos arramplando con todo lo que pillan no es nueva en las ajetreadas riberas del Tigris, pues las “víctimas” de hoy fueron los verdugos del ayer.

Hacia el año 1500 a.C. los asirios no eran sino otro de los innumerables pueblos asentados en la Mesopotamia histórica (actual Irak), y la verdad es que no tenían un presente muy brillante. Eran, como ya he dicho, un pueblo de campesinos que vivían a orillas del Tigris y que durante siglos iban a estar dominados por vecinos más poderosos.

 Tras varios siglos e intentos por establecerse como un poder fuerte, será Adad-Nirari II, en torno al siglo X a.C. el que construya lo que los especialistas llaman el Imperio Neoasirio, que iba a contar con poderosos reyes guerreros como Asurnasirpal II, Salmanasar III, Tiglatpileser III y Asurbanipal.

Éstos iban a construir uno de los imperios más característicos de la Edad Antigua, ocupando toda Mesopotamia, Siria-Palestina y gran parte de Egipto, englobando los actuales Irak, Siria, Israel, Jordania, Líbano y Egipto, precisamente y no por casualidad, los puntos calientes en los que hoy en día se desenvuelve el Estado Islámico.

El principal motor de la expansión fue, siguiendo la moda de la época, la creación de un poderoso ejército, equipado con armas de hierro y la adopción de una sistemática propaganda del terror[2], como puede verse en los relieves procedentes de los restos de los palacios de Dur-Sharrukin (Khorsabad), Assur y Nínive, sus principales ciudades.

Queremos incidir en esto, porque, erróneamente, se pretende señalar que la propaganda del terror es algo consustancial al integrismo islámico. No es así. Simplemente es la puesta en práctica de una costumbre arraigada en la zona desde los tiempos de la Edad del Bronce.

Si tenemos la ocasión de revisar el catálogo de atrocidades cometidas por los asirios cuando interaccionaban culturalmente con otras personas, tendremos la sensación de estar presenciando un telediario a las tres de la tarde, sin la molestia de tener que escuchar la voz del presentador de turno: empalamientos, apaleamientos, extracción de uñas y ojos, destrucciones sistemáticas, robo de ganados y cosechas, lapidaciones…

Aún a riesgo de parecer truculento o morboso hay un par de prácticas sobre las que me gustaría llamarles la atención. En primer lugar, el trato dispensado a los reyes y héroes muertos de las ciudades conquistadas: lo primero era profanar las tumbas y saquearlas y después se arrojaban los huesos a basureros o letrinas.

Era la manera de decir un “me cago en tus muertos” sin pronunciar palabra, amén del significado simbólico de eliminación del pasado. Tus reyes son mierda, tus héroes y tus antepasados son mierda. Ahora obedeces a los asirios y eso es lo que hay. Como podemos ver, mutatis mutandis, la actitud viene a ser la misma.

Otra cosa que llama la atención es el hecho de la obsesión decapitadora. Los asirios solían decapitar a los enemigos muertos, para después, atendiendo a las fuentes escritas y artísticas, ser amontonadas y contadas por un escriba, que llevaba el registro. Este hecho puede ser conectado fácilmente con el modo de ejecución que estamos, lamentablemente, acostumbrados a ver en los últimos años. Las posturas y el “ritual” por así decirlo, aterran por lo parecido.

Asirios decapitando

LA DESTRUCCIÓN DE LOS DIOSES

Los dioses no eran ajenos a la violencia de aquellos tiempos. Ideológicamente eran seres presentes y partícipes en los avatares de la vida y tenían un carácter salvaje y vengativo, sin principio moral alguno. Esto es típico de los dioses semitas, como podemos ver ojeando un poco el Antiguo Testamento[3].

Por todo ello, la relación de los dioses con la vida diaria era compleja y a veces, omnipresente: se les consultaba casi todo aquel  aspecto de la vida que presentase alguna problemática y se tenían en cuenta sus deseos y consejos, transmitidos a través de la boca de los sacerdotes.

Hemos de hacer notar que cada comunidad humana, como exponen antropólogos como Marvin Harris, considera que sus dioses y rituales son los únicos verdaderos (como la religión católica) y los de las otras comunidades, como ya mencionamos más arriba, ridículos o demoniacos, creados por fuerzas malévolas para confundir a los verdaderos hombres (que son ellos mismos).

En el caso de conflictos entre comunidades, los dioses jugaban un papel protagonista, en tanto que protectores de su comunidad, siempre y cuando estuviesen a buenas con sus fieles, lo cual no siempre estaba garantizado.

Por ello era común hacer una serie de exorcismos previos en los que se invocaba a los dioses del enemigo para que se cambiasen de bando y así, asegurar la victoria. Esta práctica estaba extendida por todos los pueblos de mentalidad y cultura antiguas (está documentado frecuentemente entre los romanos) hayan o no desaparecido hoy día.

Sin embargo, la práctica más común era la de “secuestrar” a los dioses enemigos, robando sus estatuas e imágenes como botín de guerra, lo cual, a niveles espirituales, tenía un efecto devastador en los derrotados: no tenían protección divina frente a las catástrofes y sus dioses los habían abandonado a su suerte, por lo que posiblemente, morirían entre terribles catástrofes. Eso fue lo que debieron sentir los pobres babilonios cuando el rey hitita Mursilis I saqueó Babilonia y se llevó la estatua de Marduk[4] con él.

Los asirios, como hombres de su tiempo, también estaban inmersos en estas prácticas, que en ocasiones extremas llegaban a la destrucción de las imágenes sagradas, como máxima ofensa.

Se buscaba demostrar que los dioses del enemigo, en el mejor de los casos, demonios, no eran sino dioses falsos, incapaces de defenderse de la máxima agresión, porque simplemente, no existían. Esto viene a demostrar que las destrucciones sistemáticas de estatuas de divinidades no tienen por qué tener su origen en la implantación de un islam rigorista (aunque sea una práctica implícita en él) , sino que responde a patrones culturales de comportamiento cerca de 3000 años más antiguos que el surgimiento del Islam.

Esta “damnatio memoriae” será también practicada en el caso de gobernantes cuya existencia u acciones se quieren olvidar, mediante la destrucción sistemática de sus obras e imágenes, práctica comenzada en Mesopotamia y Egipto, continuada por Roma y finalmente de actualidad en hechos como la caída de la URSS (con el derribo de las estatuas de Lenin, por ejemplo) o en la más reciente II Guerra del Golfo con las efigies de Saddam Hussein rodando por el suelo o los saqueos al palacio de Muammar el Gadafi durante la revolución en Libia.

RELIGIONES SIN IMÁGENES

Estas prácticas seculares, propias del Oriente Próximo de la Edad del Bronce se mantuvieron bien con los años, habida cuenta de la ajetreada vida política del marco geográfico.

La aparición de un pueblo peculiar (el judío), con su religión anicónica (que no da culto a imagen alguna) motivó la introducción de una nueva variable para el conflicto entre pueblos: consideraban a las imágenes de dioses una aberración, por lo cual, destruían todas las que tenían a su alcance, como se observa en pasajes del Antiguo Testamento (el becerro de oro) o se horrorizan ante su aspecto (como Dagón, al que llamaban la “abominación filistea).

El Islam, como religión anicónica, que basa su culto en un solo Dios cuya imagen no se representa nunca, bebió en sus inicios de estos preceptos, adoptados por el judaísmo y el cristianismo primitivo. Los fue amalgamando poco a poco con las prácticas sociales locales de los territorios que se iban incorporando poco a poco a la órbita islámica, como fue el caso de la Mesopotamia, arrebatada a los sasánidas de Persia y habitada por los descendientes de los asirios, cuyas prácticas ancestrales de guerra y paz seguían conservando, amalgamadas con otras del vaivén de pueblos que han habitado la región.

Hoy día, con el yihadismo en pleno auge en  ciertas regiones, esas prácticas, relacionadas con el mundo de lo trascendente, vuelven a surgir, en parte, porque nunca se han ido, independientemente de la religión que se profese (los cristianos iconoclastas de Bizancio destruyeron las imágenes sagradas de su propia religión, por considerarlas abominables).

El Islam radical sólo ha dado alas a algo que se venía haciendo desde milenios antes: erradicar lo del “otro” porque es malo, no es lo “mío” no pertenece a mi comunidad y puede corromperme.

Hace 2700 años, Senaquerib[5] saqueó Babilonia y destruyó lo que le vino en gana, sagrado o profano. Hoy sus descendientes hacen lo propio con el legado de su propio pueblo. Que Assur [6]les perdone.

Ricardo Rodríguez 

[1] El enemigo “absoluto”, compendio de todos los defectos, depravaciones e inmoralidades, es otra comunidad organizada de otro modo distinto al nuestro, por tanto, su consideración va desde “demonios” hasta “imbéciles”, basta con comprobar como hoy vemos, por ejemplo, a los europeos del norte o cómo ellos nos ven a nosotros.

[2] La propaganda de guerra surge unos dos milenios antes, en la “Estela de los Buitres” del rey sumerio Shulgi. En Egipto será Narmer, el primer faraón el que se retrate ante los cadáveres de sus competidores

[3] Con episodios como el sacrificio de Isaac, la destrucción de Sodoma y Gomorra o la propia caída de Adán y Eva

[4] Dios supremo del panteón babilonio

[5] Emperador de Asiria entre 705 y 681 antes de Cristo. Sucesor de Sargón II, llevó a cabo numerosas expediciones militares para mantener unido un imperio demasiado grande para ser controlado eficazmente con los medios de la época

[6] Assur era el dios principal de los asirios y del que el país tomaba el nombre. Dios supremo y creador, era el dueño del país, siendo el rey un simple delegado del dios (curiosamente la misma relación que el dios islámico guarda con los califas)