Pocos conflictos ha resultado tan impactantes para las personas que la sufrieron como la Gran Guerra (1914-18). En ella una Europa optimista, dominadora del mundo, se tropezó, casi sin quererlo, con el desastre.

Los complicados sistemas de equilibrios ideados por estadistas de la talla de Otto Von Bismarck o Teophile Delcassé durante la Paz Armada (1870-1914) saltaron por los aires cuando un estudiante serbobosnio enclenque, llorón y mal tirador, Gavrilo Princip[1], asesinó en Sarajevo al archiduque austriaco Francisco Fernando y a su esposa, la condesa checa Sofia Choteck de Chotkowa.

Las alianzas militares se pusieron en marcha y en agosto de 1914, la Triple Entente y la Triple Alianza, salvo Italia, marcharon alegremente a la guerra. No sabían lo que se iban a encontrar.

Acostumbrados a las guerras coloniales contra hordas de chinos, zulúes u otras tirbus y a las recientes guerras europeas de mediados y finales del siglo XIX (la Guerra Francoprusiana, la Austroprusiana, la de los Ducados, la Guerra del Piamonte etc.) todos pensaban que el conflicto iba a durar poco tiempo y que todos estarían en casa para el otoño de 1914.

Nada más lejos de la realidad. La guerra entre países industrializados, modernos, con infinidad de medios materiales y contínuos avances tecnológicos se iba a mostrar terrible, descarnada y brutal, sacudiendo las conciencias de las clases acomodadas europeas, poco acostumbradas al sufrimento en sus charlas de sobremesa.

En la primera fase de la guerra, librada además en varios frentes y continentes, la llamada “de movimientos”, los ejércitos combatían al estilo del siglo XIX, con asaltos frontales, cargas de caballería etc, hasta que en el invierno de 1914 y tras la “Carrera hacia el Mar”, se entró en la llamada “Guerra de Posiciones” en el Frente Occidental.

Desde el Mar del Norte hasta la frontera suiza, alemanes y franco-británicos se agazaparon en dos líneas paralelas de trincheras excavadas en el suelo, reforzadas por parapetos, baluartes y nidos de ametralladoras.

Desde allí y como si fuesen topos, se dedicaban a esconderse de los bombardeos y gaseos enemigos y se lanzaban como suicidas al asalto de la trinchera de enfrente cruzando la “Tierra de Nadie”, un paraíso lleno de alambradas, minas, cráteres de explosiones y camaradas agonizantes, mientras el enemigo cómodamente instalado, les disparaba con sus ametralladoras (aquel arma que Lord Douglas Haig, mariscal británico, consideraba “sobrevalorada”).

Sólo el ejército británico acumuló 90000 muertos en un mes. Para el invierno de 1914, los ánimos de los soldados, que habían salido arropados por los besos de sus novias y mujeres desfilando por bulevares alfombrados de flores, se habían enfriado  bastante, hacinados en frías trincheras, en refugios llenos de ratas y piojos bombardeados con regularidad por los obuses enemigos.

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Jugadores del Hearts

Especialmente duras eran las condiciones para los británicos enrolados en los “Batallones de Kitchener[2]”, conocidos popularmente como “Batallones de Colegas” (The Pals Battallions), formados por soldados voluntarios procedentes del mismo pueblo, barrio, sector profesional o incluso equipo de fútbol (fue muy célebre el formado por futbolistas y aficionados del Hearts of Midlothian, de Escocia, del West Ham o de otros equipos famosos) que se alistaban porque se les garantizaba servir con sus amigos y conocidos.

Estos, en casi permanente estado de ansiedad ante la guerra y la pérdida cotidiana de seres queridos o amigos de la infancia, eran proclives a actos de indisciplina o “cobardía” a ojos de los mandos.

Las rebeliones y actos de insubordinación, por tanto no eran raros y los de “confraternización con el enemigo” tampoco.

Por tanto, lo que sucedió en la Navidad de 1914 en el Frente Occidental, no fue algo tan espontáneo como pudiera aparecer y como ciertas historias apócrifas han hecho creer.

Cerca de la localidad de Ypres, en Bélgica, que se haría tristemente célebre meses después[3], los alemanes adornaron sus parapetos con velas, árboles y demás parafernalia que un hippie posmoderno calificaría como “consumismo decadente”  o “mercantilización de los sentimientos” mientras usa su smartphone en una cool libería cafetería del centro de cualquier ciudad. Dichos adornos habían sido facilitados por el kaiser Guillermo II para elevar la moral de las tropas, junto a raciones extra de cigarrillos, rancho, alcohol y chocolates.

No tardaron en ponerse a cantar villancicos. Los ingleses, en las trincheras de enfrente, les respondieron con sus propios villancicos (convenientemente, la leyenda afirma que se trataba de “Noche de Paz”). Poco a poco, en tierra de nadie, grupos de soldados y oficiales intercambiaron chocolate, tabaco y raciones, paseando y charlando más o menos amigablemente. Incluso se celebró una misa en honor de todos los caídos en días precedentes, aprovechando para enterrarlos de un modo digno.

Todo esto parece alucinante, pero los testimonios de oficiales presentes de ambos bandos, como los redactados por Bruce Baimsfather, Edward Hulse Bart o Johannes Niemann son coincidentes en multitud de aspectos.

El ejemplo cundió por otros lugares del frente, como Comines, donde franceses, belgas y alemanes hicieron una tregua similar a la descrita, enviando los belgas cartas a sus familias en territorio ocupado por los alemanes.

Incluso en el Frente Oriental, caracterizado por una guerra más primitiva y salvaje, austrohúngaros y rusos confraternizaron amablemente en estas fechas tan señaladas.

Se habló incluso de la celebración de partidos de fútbol en tierra de nadie entre un bando y otro, cosa que, habida cuenta de las condiciones del terreno parece poco menos que imposible. Sin embargo, hace pocos años, se descubrió entre la correspondencia de un antiguo soldado alemán una referencia a uno de esos partidos, que ellos ganaron por 3-2 a un grupo de escoceses y del que sólo se conserva una fotografía. Incluso el afamado tenor alemán Walter Kirchhoff, presente en los acontecimientos se animó a actuar para todos los presentes. Otras versiones dicen que fue él el anónimo soldado alemán que empezó a cantar los villancicos en su propia trinchera.

Pienso que extasiados por poder relajarse siquiera unas horas, aquellos soldados y oficiales de baja graduación recuperaron siquiera fugazmente la humanidad. No tardaron en concertar treguas no oficiales que duraron no ya sólo el día 25 sino hasta Año Nuevo y en algunos casos extremos, posiblemente hasta febrero.

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Cuando los respectivos Altos Mandos y Estados Mayores de los ejércitos en pugna se enteraron de aquel “despropósito”, no tardaron en tomar medidas disciplinarias: al parecer, algunos desgraciados franceses fueron fusilados al azar, acusados de traición.    Por su parte, un grupo de ingleses, también escogido al azar, porque no podían castigar a unidades enteras, fue arrestado temporalmente y enviado luego a Inglaterra. Los alemanes, por su parte, fueron trasladados de sector y algunos de ellos, enviados como castigo al Frente Oriental a luchar contra el invierno y los rusos.

Asimismo, se establecieron medidas para evitar en lo sucesivo actos espontáneos parecidos. Cabe destacar que en todos los ejércitos se llegó a conclusiones parecidas: aumentar la intensidad de los bombardeos las semanas y días previos a Navidad, programar a continuación ataques masivos y aumentar las raciones de alcohol. Con ello se conseguía que los soldados estuviesen frustrados e irascibles y envalentonados por la constante embriaguez.

Para el año siguiente nadie recordaba ya la Tregua de Navidad, nadie la pidió y nadie la concedió. De hecho, muchos veteranos de las campañas de los años sucesivos hasta 1917 (última Navidad de la Gran Guerra) ni siquiera guardan recuerdos de que fuese un día distinto a los demás, alienados por el constante martillear de los obuses , granadas y ametralladoras y más preocupados por salvar su pellejo que de otra cosa. Mientras, las planas mayores disfrutaban de permisos y celebraban fiestas por todo lo alto en la que no escatimaba en cocottes[4], champán y delicias culinarias varias.

Como era de esperar, la censura sobre lo que había sucedido en Ypres y otros sectores del frente no tardó en producirse y hasta hoy día es complicado hallar documentos más fiables que los relatos que los propios soldados mandaron desde el frente o lo que contaron si regresaron a casa lo suficientemente enteros como para poder hablar. El resto son leyendas inventadas que recorrieron todos los frentes como un murmullo y que hablaban de paz, de esperanza en un próximo fin de la guerra y de promesas de amistad nunca cumplidas. Navidad en estado puro.

Sobre estos acontecimientos se rodó una película en 2005 con un reparto encabezado por el hispano-alemán Daniel Brühl en el papel del teniente Hortsmayer, bastante interesante, pero que comete el pequeño error de localizar todos los fenómenos descritos en el mismo lugar del frente. Incluye el filme la actuación de un tenor alemán, Sprink, como alter ego del ya mecionado Kirchhoff y las tribulaciones de un párroco inglés que, alistado en uno de los “Batallones de Colegas”, ve morir a sus feligreses, habitantes del mismo pueblo y acaba por renunciar a su fe (esto mucho más verosímil).

El problema es que, desgraciadamente, este rasgo de sincera humanidad y camaradería entre seres humanos llevados al extremo de su resistencia física y moral por el bien de unos pocos no pasa de ser una nota al pie de página, una curiosidad, como el entierro del Barón Rojo o los Ángeles de Mons[5], en el capítulo inicial del siglo XX. Una guerra que provocó 10 millones de muertos, la ruina de Europa y las bases para todos los conflictos del siglo siguiente.

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La Cruz de Ypres

Hoy en día, casi un siglo después, un humilde monumento erigido en los campos de batalla alrededor de Ypres es el único testimonio de lo que allí pasó en la Navidad de 1914. Fue colocado en 1999 por un grupo de descendientes de soldados británicos que estuvieron allí presentes. Una cruz de madera y un viejo balón de fútbol. El epitafio desgarra por su sencillez: “No olvidar”.

 Ricardo Rodríguez



[1]    Gavrilo Princip (1894-1918) Estudiante serbobosnio, estuvo en contacto con la sociedad secreta “Mano Negra”, que aspiraba a la creación de una Gran Serbia, asesinando al archiduque austriaco Francisco Fernando. Murió de tuberculosis en la cárcel de Thersienstadt, Bohemia. Pidió que lo quemasen vivo para ser un mártir.

[2]    Programados por el mariscal Lord Horatio Kitchener, ante sus previsiones de una guerra larga. Estaban formados por civiles voluntarios unidos por lazos de amistad o intereses comunes a los que se encuadraba juntos. Ante las escandalosas bajas, que afectaban a pueblos, fábricas o sectores sociales enteros, fueron desmantelados y sustituidos por una recluta obligatoria que destinaba a los soldados al azar.

[3]    En 1915 tuvo lugar el primer ataque con gas de la historia cuando los alemanes bombearon cloro contra posiciones enemigas.

[4]    En francés, “Gallina, gallinita” nombre que se daba a las putas de lujo

[5]    Sucesos de la Gran Guerra: en el primero, el célebre piloto Von Richtoffen, el Barón Rojo, fue enterrado en el campo de batalla por sus propios enemigos con todos los honores. El segundo hace referencia a las supuestas apariciones de espectros que intervinieron en Mons a favor de los británicos, asustando a la caballería alemana. Soldados de ambos bandos describieron el fenómeno con los mismos detalles. Modernos estudios concluyen que se trató, posiblemente, de un caso de psicosis colectiva, provocado por el estrés de la guerra.